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confeso

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  1. ¿Cuál es el otro foro? Seguro que allí están esperando mis textos.
  2. Consideraba que no había de existir peor enfermedad que la alopecia. Más tarde, diagnosticaron leucemia mieloide agua a una mujer que yo conocía muy bien, y aprendí que la calvicie podía ser un mero, insignificante, síntoma. ¿Es la injusticia generalizada una clase de justicia? Incluso moribunda, enjuta, derrengada por el insomnio del espanto, su aspecto era mejor que el mío. Aunque esputaba coágulos de sangre y bastaba rozarla para dejar la impresión de un dedo en su carne lívida. Cabe la posibilidad de que yo mismo me halle agonizante. En todo caso, cuanto vive agoniza de la enfermedad del tiempo. A veces encuentro cierto consuelo a mi terror en el transhumanismo, en pensar que quizá se dé con una solución al empobrecimiento capilar y, subsiguientemente, a la muerte. Mas pronto se me ocurre que, tarde o temprano, aun si se habla de cientos de millones de años, uno ha de acabar por sucumbir al olvido, puesto basta con morir una única vez para perder la vida por siempre. Aun si imagino mi cuerpo futuro como compleja máquina del tamaño de una galaxia que ha absorbido las conciencias de todos los seres inteligentes para conservarlas por la eternidad, ¿qué impediría que se me cruzara un quásar, por ejemplo, y (en un doble atropello) me friese los circuitos de almacenamiento -o, incluso, los simulados cabellos de queratina sintética-? Imaginemos que se alcanza tal dominio absoluto sobre el tiempo y el espacio, que se puede prevenir la aniquilación (no únicamente la propia, sino retroactivamente la de cualquier ser fallecido); que, en cada último hálito, la máquina de las mentes se presenta, durante un nanosegundo imperceptible para cualquier espectador, y extrae la conciencia que pronta estaba a apagarse para que brille en cambio por siempre en el candor de su matriz y no se extravíe en las tinieblas. Conjeturemos un artilugio tan avanzado, tan exquisito, que fuera recogiendo sin ser advertido cada cabello arrancado, miniaturizado, -en general- perdido, y lo cultivara para reinjertártelo más lustroso que nunca el día decisivo en que una muchacha joven y bella se echase a la calle para descubrir por vez primera los melifluos néctares de la nubilidad. Pero lo cierto es que creo yo que la eternidad causaría hastío, si fuera acompañada de prepotencia (como la otorgada por una guedeja demasiado exquisita), y acabaría el sempiterno por querer formarse un engaño, al menos algunas veces, con el que recordar lo que era la vida: con sus limitaciones, pesares, pequeñas victorias y demoledoras catástrofes. Si bien nada impide, a priori, que por cada universo real haya un número casi ilimitado de simulados, yo tengo el convencimiento de que ha de ser real este en que experimento la existencia. O bien, si me hallo en uno irreal, ha de ser manejado por un maligno -sea yo mismo u otro- que me pene (poniéndome, entre otras cosas, cabeza de lo mismo) estimulando mi cerebro extirpado con tósigos y descargas en una cubeta. Es cosa terrible el perder el atractivo físico, el tener un cipote por frente, salvo la raja y con poco esmegma, sobre todo cuando se es ya algo fálico por más bien larguirucho y por crecer o decrecer un palmo según estén las energías y el estado de ánimo, cosa que a todos asombra cuando me lo descubren. Pese a que siempre me tuve por un Tersites, lo cierto es que la vida se empeñaba hasta hace no mucho en intentar convencerme de lo contrario. <<Hola>> - decía, como sólo puedo calificar de ricamente, una muchacha rubita, desconocida, con sonrisa amable y rubor en las mejillas, que me saludaba con gran efusividad con la mano. <<Hola>> - respondía yo, habiendo crecido hasta los diecisiete centímetros y tentado de hacer un rápido movimiento de rotación para desmentir o comprobar el ridículo de que hubiera alguien mucho más atractivo que yo a mi espalda. Pero soy ya invisible. Y lo cierto es que no he vivido lo suficiente (si es que alguna vez llega a ser suficiente) esa ficción a la que llaman amor. Ya ninguna se me prende del brazo en las avenidas, o me escribe poemas, o me suplica que me quede a dormir sin llamar la atención sobre nosotros, sin hacer ruido, para que no nos descubran los demás, los enemigos de nuestro pequeño (en extensión, pero ilimitado en dicha) amor -o, más bien, no gusto de las que se prestan o prestarían a ello-. No es esta una simulación, pero ¿sería mía o sería nuestra si lo fuera? Si en el faustoso ingenio de las mentes y la eternidad cada cual tiene su propio sueño -o su propia pesadilla-, ¿es posible la conexión con alguien? ¿Era la pesadilla de la leucemia suya, era mía, o era nuestra? ¿Es lo que ven de nosotros los demás lo que hemos visto de nosotros y son los demás lo que ellos vieron de sí? Sospecho que no, pese a que sea tentador pensarlo; tentador porque haría parecer que uno es libre de trocarse en otro. La experiencia me dice que estamos solos, desolados por el dolor, que jamás hallamos la conexión con otro ser, que el consuelo es circunstancial, que los horrores de la vida son inasumibles, y que merece la pena vivir, quizá por programación biológica, quizá por locura, aun a pesar de todo, incluso pese a la calvicie. Escribía Nietzsche algo así como que amaría la vida, aun si de ella sólo restasen amarguras. No sé si llego a tanto, pero lo cierto es que no he perdido mi inexplicable amor por ella, por más veces que me dé a entender que agotó en su caso el poquito que me tenía, saludando, en efecto, a los que vienen a mi espalda con sus frentes perfectas y posturas erguidas.
  3. ¿Será tan frecuente para los demás el sentimiento de culpa? Imagino que, de serlo, no procederían como lo hacen, aunque por otro lado me resulta impensable el que el sujeto promedio no se reproche su propia actitud. Creo que no existe ocasión en la que no me lamente por no haber hecho con mis acciones la vida mejor de quien conmigo interactúa. Será porque me cabe poca duda de que ensucio y perjudico a quienes se dignan a dirigirme la palabra -será porque soy quejicoso en modo superlativo, de natural colérico, impaciente, huraño, ególatra, poco atento-, que cuando me acuesto en la cama no puedo, en lugar de conciliar el sueño, dejar de revolverme hasta el punto de casi estrangularme con las mantas sin dejar de repetirme lo mucho que he emponzoñado y estropeado la vida del resto. Aun si bien podría ser esto fruto, al mismo tiempo, de la dicha egolatría. Puesto que ¿quién sino un narcisista megalomaníaco sin remedio se tendría por de tanta importancia para el discurrir de las existencias ajenas? Declararé haber observado muchas veces el mismo patrón, e igualmente inverosímil es pensar que elijo con especial tino a cada uno de los que arrimo para darles palique o entretenerme en vez de tenerme por inductor de él. Puesto es así; idéntica metamorfosis aprecio en todos: de despreocupados y simples, a taimados, envenenados por la lectura, conspiradores contra el mundo. ¿Cómo es que se acrece, por ejemplo, tanto el intelecto de las mujeres que pasan el tiempo conmigo -cosa constatada incluso por tests estandarizados cuya validez se reconoce doquiera- cuando yo me hago acaso más imbécil con cada día que conoce su fin? Bien es sabido que el intelecto desarrollado es una cosa pesada, horrenda y torturadora que no hace sino causar molestias a quien sisifescamente lo carga en vano. Pero lo que yo parezco descubrir ahora es que la inteligencia es una actitud, siempre y cuando se gocen de las energías -en mí muy exiguas- para mantenerla, cultivable por cualquiera; o si no, no me explico el que hasta los perros callejeros que me persiguen durante mis inacabables caminatas acaben asombrándome con CIs de 140 y meditadas lecturas de los más obtusos filósofos tudescos en lengua original. Será que mi intuición inicial: -que todos son genios, pero despreocupados; y yo, un idiota profundamente afectado- era acertadísima, y sólo está el individuo que bebe orina de burra en lata al son de una pseudocanción en que monomaniacamente se repite una obscenidad -o el nombre de una fémina- hasta la fractalización del término y la liquidificación de las meninges del oyente, a una crítica vitriólica de ponerse a escuchar a Schumann y, por así decirlo, dar caladas a una pipa de marfil y ébano mientras abre un tratado sobre las implicaciones del cálculo lambda en las funciones del lenguaje humano. ¿Qué mofa es esta? ¿Y cómo es que se vuelven todos tan infelices a consecuencia de este trocar en algo que habría de ser superior a lo que eran? ¿Cómo es que recibo llamadas que son puro acíbar donde se me comunican los mil males y desengaños que trae consigo la inteligencia? ¿Cómo es que el hasta ayer ingenuo, feliz, resuelto, risueño, dichoso en suma, echa los hinojos al suelo por no caer en los brazos repentinamente confortables del suicidio, ya que de pronto todo le resulta -como a mí- ya pésimo e insoportable? Es la maldición que traigo conmigo, yo pienso. La maldición de reclamar independencia, de ser un pendenciero sin límites, de tener sed de mejora cuando se halla uno respirando los miasmas del vertedero de lodos ya usados y descartados por otros suidos más adinerados y elegantes. La maldición de ser un sujeto vil que ante la brutal irrupción de un machacón <<¡TÚMBALA!>> empieza a echar espumarajos por la boca y a anunciar genocidios sin fin.
  4. Incertidumbre acerca de la adecuada selección de los términos. De un largo tiempo a esta parte, no me he visto en la tesitura de tener que escribir libremente, o casi de tener que poner palabra sobre el papel en modo alguno. Digo papel y en realidad me refiero a este rectángulo de blanco nuclear, cegador, sobre el que una falsa negrura se derrama en forma de palabras. Escribir tan rápidamente como se pueda, casi adelantando al pensamiento, tampoco imagino esto como técnica idónea. Buscar los términos y las estructuras es, a mi entender, lo esencial del entrenamiento verbal. En todo caso, habré de tomar esta tarea como si se tratara de la redacción de mi diario. ¿Qué he hecho hoy? ¿Acaso hago algo alguna vez? Me es muy costoso el desprenderme de la percepción de que no vivo tal cual soy, sino como un actor, un extraño, un fingidor. ¿A qué se debe que me sobrevengan estas impresiones? ¿Qué da origen a este distanciamiento para conmigo mismo? ¿Es que es cierto que vivo representando un papel que no es el que me corresponde? Pero ¿en qué consistiría lo veraz, de haberlo? Hago vivos esfuerzos por no contar mentiras, pero a veces lo que uno considera que es verdad no posee esta característica más que momentáneamente y, tan pronto como se han expelido las palabras, se interroga uno acerca de si no habrá sufrido quizá una suerte de terrible delirio que le haya propelido a formular los más increíbles disparates. A veces veo antiguos recuerdos en el ojo de mi memoria. No tan a menudo como antes, ni siquiera con la frecuencia que por elevada sería la que yo preferiría; en todo caso, a veces me veo como transportado al mundo pretérito, y sin que quepa a explicar por qué, me invade en esos momentos una felicidad casi completa, una alegría que, sospecho, no era ni remotamente la que sentía en los momentos que mi mente evoca. Leí que Kierkegaard estaba atormentado por la ausencia de repetición en el mundo. Comparto su parecer, aunque al mismo tiempo considero que ha de tratarse de un sentimiento casi exclusivamente aristocrático; ningún individuo cuyo sustento dependa de la labor manual encontrará ausencia de repetición en la existencia. Y, no obstante, aun la repetición es remedo, reimpresión de algo, mas no la cosa misma. Creo que hasta el maldito, en su dolor, buscaría una reimpresión, las más de las veces, de la existencia antes que perderla. Muestra de ello es que podamos añorar los tiempos pasados, aun cuando no fueron buenos; sentimiento que, yo creo, se produce porque todo lo que ya aconteció está más distante de la muerte que el futuro o el presente. ¿Cómo de conscientes son los hombres de estar arrinconados entre el ahora y el desfiladero de la muerte? ¿Sienten que son empujados, jalados, abocados al abismo total e irresoluble? ¿Cómo viven, entonces? Tal seguridad evidencia en el proceder cada ser en que reparo, que no dejo de asombrarme de lo que se presenta como una genialidad completa del carácter. Pero quizá sea meramente estulticia, estrechez de miras, desconocimiento. Dicen que los extremos se tocan: cliché y frase manida. Cuando fui acusado de dar validez a un cliché, cual si eso me menoscabara en grado sumo, respondí que no había convencionalismo más dramático y generalizado que el de eludir todo convencionalismo, y que la verdadera revolución consistía en creerse enteramente sin importancia y repetir como un loro lo dicho por otros hombres, sin propósito siquiera de comprender lo que se reiterara. Esta opinión era, por supuesto, de una estupidez sin límites, pero suficientemente válida en su contexto como para asquear a todos los presentes y ganarme sus enemistades, aun si por un instante. Luego me extraño de sentir que actúo con falsedad. Mas, ¿es posible aspirar a la coherencia? ¿Debe cada parecer circunscribirse al momento y, más justamente, a la conversación presente, al parecer de cada contemporaneidad? En caso negativo, tengo la sospecha de que acabaría siendo uno el más fiero de los fundamentalistas, aparte de un pésimo conversador y una fortificación carcelaria en forma humana. Pero también es cierto que la corriente contraria lleva a pagar el alto precio del arrepentimiento constante, del saber que, si bien con una falta total de probidad, se ha defendido deficientemente lo indefendible, que se debía haber sustentado un mejor caso en pro de lo inverosímil e intolerable. Me pregunto si la distancia excesiva de un individuo para consigo es la manifestación principal de algún síndrome o enfermedad tremendamente gravoso y casi que deletéreo, en la medida en que, si bien la muerte, según creo, no es que sobrevenga antes, sí que la vida parece haberse escapado de quien habría de haber sido su dueño. Me cuestiono si el no ser capaz de hacer una sola cosa de manera no irónica no será de algún modo una terrible afección degenerativa que le roba a uno, si bien no sus recuerdos, como ocurre con otras, sí su presente. ¿Cómo puede haber alguien tan imbécil como para reírse de todo? Y ante la existencia de mí mismo, claro que puedo verme en la tesitura de preguntarme el cómo, pero no dudar de la corporeidad de tal encarnación del patanismo. Ahora en serio. ¿En qué encuentro la gracia de las cosas? ¿Por qué se me viene a la boca, cual arcada, esa sonrisilla nerviosa e inquieta de sandio en situación toda? Es muy fácil decir cosa tal que: se debe a la inseguridad que experimentas. Pero bien se sabrá que esto es una tontería y una completa pérdida de tiempo, pues si actuara con seriedad plena también se podría aplicar el mismo diagnóstico ¿y qué enfermedad genera síntomas contrarios entre sí? Pero se puede objetar que no son contrarios, sino que más bien son manifestaciones del mismo síntoma, que es uno: el de presentar niveles inadecuados de humor en la existencia cotidiana. Ha de existir por tanto un segmento válido de expresión de manifestaciones humorísticas lingüísticas o corporales que sea tenido por funcional, y lo que a él escapa; id est, aquellos extremos en los que mucho o poco humor es sugerido, ha de ser disfuncional y digno de reprensión y censura. Tonterías, lo importante es como uno se siente. El mismo sentimiento de inutilidad experimento cuando me excedo en mis obras del ingenio que cuando casi que finjo acalorarme o tomarme un tema con el más alto grado de los apasionamientos. El conjunto de lo que hago, a fin de cuentas, no deja de sentirse como una mentira, como una torpeza, como una equivocación, como un error vergonzoso que bien podría haber evitado de gozar yo de alguna suerte de fuerza de voluntad con la que refrenarme. Puede que mi propósito fuera el de ser planta, me pregunto cómo podría abochornarme en tal caso. Quizá me secara bajo la lluvia o me ahogara bajo el sol.
  5. ¿Casco de alemán o trompa de elefante?
  6. De mi puño y letra ha salido todo esto. No sea usted sinvergüenza en sus acusaciones.
  7. El libro era magnífico, pero me reí con autosuficiencia al pensar que, si bien mi destreza literaria era, a todas luces, inferior, mis vivencias habían sido mucho más interesantes. Acostumbraba a sucederme. Una y otra vez hallaba a escritores sublimes capaces de conmoverme con vidas prácticamente anodinas que habían sido imbuidas de significancia mediante el ejercicio de los más sublimes ejercicios narratológicos. Encontraba, ante todo, fascinantes las descripciones casi psicopáticas que tal y cual realizaban de sus vidas amorosas. Yo hubiera querido poder creer en la impasibilidad de estos seres -para poder así admirarlos-, pero algo en mi interior me inducía a pensar que se trataba de una pose, de un ejercicio de deshonestidad y vanidad simultáneamente cautivante y fatigoso. Mi incredulidad verdadera hacia el amor y cualquier clase de unión trascendental entre dos seres, llámese amistad o como se quiera, me habían arrojado a cuantos pozos de inmundicia y deshonra existieran en el mundo. Puesto buscaba derrotar mi descreimiento a cualquier precio, no había ridículo con el que, en mi exploración de lo humano, no me hubiera mortificado. Tanto ansiaba poner yo fin a mi cinismo y gozar de la vida sin pararme a considerar el absurdo de las relaciones humanas, que en toda interacción acometía los más ridículos sobreesfuerzos. En cuanto a lo tocante a lo puramente amatorio, se podría decir que he conocido ambos extremos. En debido a mi cualidad de ser monstruoso: desgarbado, maleducado, guedejoso, granujiento y extraño- son muchas las mujeres a las que he espantado, más aún en los precoces tiempos del colegio; mas, a modo de broma de la existencia, por ser justamente beligerante, mentiroso, más espigado que lo opuesto, más vetusto -que no mayor, dado que mi rostro siempre ha sido el de un viejo- que las féminas de mi entorno, y por gozar de no poco tiempo libre, fuera del colegio, mientras estaba en él, y más tarde doquiera, mi éxito ha sido tan grande, por momentos desmedido, que nadie pudiera dar crédito a él de ser conocedor de mi fealdad y torpeza. Así pues, entre la matinal semana era yo, llegado cierto punto que pronto esclareceré, un felpudo miserable, cuyos tímidos avances eran recibidos con aflicción y desafección, pero el resto del tiempo vivía las andanzas casanovianas de un incorregible casquivano. Jamás he leído yo a persona alguna narrar situación semejante en libro que haya abierto, y es entre otras cosas por ello que me sobreviene la corrosiva y sardesca a los labios. Se ha de explicar que era yo de natural no muy tonto, por lo que había sido flexibilizado escolarmente a eso de los 12 años, con la subsiguiente pérdida de sex-appeal y amistades. De ser un individuo extravagante, pero tenido por atractivo en algunos círculos no tan estrechos, pasé a verme trocado de pleno derecho en un paria. Los mencionados granos y tirabuzones brotaron rabiosamente en esta época, como para agravar la circunstancia, dejándome arrojado a los lodazales del asco en aquel centro de desenseñanza y viles monjas. Onán era mi ídolo y mi profeta. Varias veces al día consagraba mi esfuerzo a su causa, a menudo en mitad de una clase, ya que la última fila era la Poveglia en que me habían apartado. Como, además, por el pronto vehemente que ya he confesado tener, era castigado más que muy a menudo con quedar encerrado en la escuela mientras los demás retornaban a sus hogares o gozaban del recreo. Aprovechaba yo entonces para hacerme con las, preferiblemente sudadas, prendas de gimnasia de las muchachas; por pliegues y costuras resbalaban gota a gota los litros de lefa que me ordeñaba a costa de tantas fatigas. ¿Cómo nunca fui descubierto? Imposible es saberlo. Tantas veces palpitó con hiriente angustia mi corazón al escuchar que alguien clamaba con repugnancia contra los olores y acartonamientos, que incluso ahora me sorprendo de no haber caído fulminado por afección cardíaca. Especial afición tenía por las ropas de una muchacha que me parecía una prostituta, y merecedora por tanto de cuantas humillaciones se dirigieran contra ella. Como era voluptuosa, pero el olor a tabaco a sus prendas adherido enmascaraba cualquier cosa, me ponía sus pantalones cortos -del martes al jueves, primer y último día de educación física, en la clase a su suerte dejados- bajo mi propia ropa el miércoles y me masturbaba compulsivamente durante un día entero de priapismo, hasta que la pestilencia a tabaco de las calzas era tal, que las acusaciones de ser fumador, y el terror a ser descubierto en algo indeciblemente peor, me hicieron abandonar el hábito. Cogí entonces afición de usar como diana las mesas y las sillas. Mi mente se entretenía con el extremadamente implausible escenario de un embarazo en diferido. Por todos los medios disponibles a mi hormonado magín me propuse el preñar a cuantas se pudiera de mi clase y la aledaña. Con ningún éxito, como cualquiera, salvo yo entonces, pudiera prever. Dije no muy tonto. Toda esta fantasía me había germinado a mí en la infancia, cuando una pariente a la que había jugado a encajarle el pito en la raja debajo de la mesa de la salita me había convencido de no juntar nuestras orinas, para que no quedara ella embarazada, ya que la orina de un niño y una niña no debían, salvo para este propósito, mezclarse. Cautivado por la idea de crear un niño-monstruo, un rosado cocodrilo de las alcantarillas, me propuse orinar siempre inmediatamente tras ella en el cuarto de baño. Allá va mi atroz vástago – pensaba tras irrumpir a toda prisa en el baño que ella acababa de desocupar. Años después, propuse a una conocida, que tenía severas deformidades físicas y estaba enamorada de mí, tener un monstruo; sólo con ese fin me acostaría con ella, le dije. Herida, declinó con pesar mi oferta. Ah, tantas cosas podría yo contar… Y puede que lo haga.
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