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Relatos del bimestre mayo-junio 2019

cncurso relatos

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32 respuestas en este tema

  • Lyn

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#1

Escrito 14 mayo 2019 - 18:39

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 26 de mayo, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 27 será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día 28 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 29 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos

 

La condición de este bimestre :

 

 

En el relato tiene que contarse la misma historia AL MENOS tres veces, utilizando para cada una de ellas un narrador diferente, con el objetivo de destacar las diferentes perspectivas que poseen de los mismos hechos.

 

(Un ejemplo creo que conocido por la mayoría es el capítulo de Los Simpsons "Trilogía del error", donde se cuenta varias veces la misma historia (Homer se corta un dedo, Lisa hace a Linguo, Bart encuentra un alijo de petardos) pero desde cada una de las perspectivas de los miembros de la familia.)

 


Editado por Lyn, 14 mayo 2019 - 18:39 .

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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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  • Lyn

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#2

Escrito 14 mayo 2019 - 18:41

Magnicidio

 

 

09:13 - Yassir Melhaini camina despacio por el parque, ajeno a los escasos niños que corretean y juegan por el césped y los caminos. Aunque parezca andar distraído pelando una naranja, arrojando los trozos de piel al suelo mientras saborea los gajos, un espectador más atento observaría que vuelve su cabeza numerosas veces a los edificios más cercanos al margen del parque. Incluso en un punto de su paseo se sienta en un banco de cara a ellos, donde pocos árboles tapan su visión. El día es despejado y, pese a la hora temprana, cálido; pero a Yassir lo único que le interesa de la climatología es la práctica ausencia de viento. Al poco mira su reloj, se levanta y se encamina a la salida del parque.

 

10:47 - Yassir capta a su objetivo con los prismáticos. Con presteza, deja los binoculares en la mochila y se coloca en posición, sujetando el rifle de precisión que ha dejado previamente junto a la ventana. Sabe que tiene aproximadamente un minuto antes de que El Haddad pase por el punto elegido. Otea a través de la mira del arma: un hombre alto y corpulento, vestido con ropa deportiva corta, se acerca corriendo a un ritmo de carrera suave. A ambos lados y detrás de él, otros cuatro hombres, a los que sólo les falta llevar escrito “guardaespaldas” en la camiseta, acompañan al primero, vigilando en todas direcciones tras las imprescindibles gafas de sol.

 

Yassir apunta a la cabeza del hombre y sigue sus movimientos. Un primer árbol lo oculta a su visión por unos segundos, como estaba previsto. Luego un segundo; cuando pase el tercero y llegue a la altura del banco será el momento. El sicario acaricia el gatillo con el índice y contiene la respiración. Ahora. Aprieta la pequeña pieza curva, y automáticamente siente el retroceso de la culata en el hombro mientras exhala el aire de sus pulmones. Con los oídos aún zumbando por la detonación, vuelve a usar la mira del rifle y ve a los cuatro guardaespaldas rodeando un cuerpo caído: dos de rodillas, atendiéndolo, mientras los otros dos, pistola en mano, intentan localizar el origen del disparo.

 

El tiempo es fundamental. Yassir desmonta su arma en las diversas partes que la componen, las guarda en la mochila, y sale de la estancia para escapar, confundiéndose con la multitud. Ya sólo queda cobrar la otra mitad del pago.

 

****

 

10:15 - Mahmoud El Haddad termina de atarse los cordones de sus zapatillas y, como cada mañana, se dispone a hacer ejercicio durante la próxima hora.

 

—Salgo a correr, cariño —se despide de su esposa con un breve beso en los labios.

 

 

Franquea la puerta del palacio presidencial y se le unen sus cuatro guardaespaldas, vestidos para la ocasión. Primero dan una vuelta por el jardín de la propiedad para calentar, y después salen al parque adyacente. A Mahmoud le gusta así —no tanto a los encargados de su seguridad—, ver las miradas de envidia de los hombres y las de admiración de las mujeres mientras va corriendo. Además, le relaja meditar sobre sus obligaciones haciendo ejercicio rodeado de naturaleza; por ejemplo, una incómoda entrevista con un embajador que tiene programada a mediodía.

 

10:47 - Dos semanas sin ver a su amante, piensa Mahmoud mientras pasa bajo la sombra de los árboles. Espera poder visitarla el próximo fin de semana, aprovechando una recepción a la que asistirá sin su mujer. El hilo de pensamiento se corta cuando escucha una explosión, siente un doloroso impacto y cae al suelo. Su cabeza golpea contra el empedrado y ya no siente nada más.

 

****

 

11:09 - Mustapha Iznogoud recibe el aviso que llevaba esperando desde que, hace algo más de un mes, contratara los servicios de un asesino a sueldo. El Presidente ha sufrido un atentado y se encuentra en la zona medicalizada del propio palacio presidencial. Abandona su despacho manteniendo las formas, aunque en su fuero interno está exultante: muerto el presidente, él, como Vicepresidente, asumirá el mando del país. Y, pasado un tiempo prudencial, él y su cómplice, la Primera Dama, podrán dedicarse a su relación sin tapujos, aunque por ahora tendrán que continuar en la clandestinidad para no levantar sospechas.

 

****

 

10:17 - Ismail Abdelaziz charla con sus tres compañeros cuando el Presidente El Haddad sale por la puerta del imponente edificio que le sirve de residencia y desde el que dirige la nación. Tras saludarlo y obtener a cambio un leve asentimiento de cabeza, se posicionan junto a él cuando empieza a correr; Ismail se coloca a la izquierda del mandatario. No tardan mucho en salir al parque; ya han desistido de convencer al presidente para que sólo corra en los jardines del palacio presidencial, en aras de una mayor seguridad. El muy testarudo…

 

Afortunadamente el mandatario no corre muy deprisa, lo que permite a sus escoltas vigilar con atención a todas las personas que van encontrando próximas a su recorrido, así como los lugares cercanos. Cualquier mochila, cualquier mano oculta dentro de un bolso o bajo una chaqueta es una posible fuente de peligro.

 

Es entonces cuando se desata el caos: Ismail observa cómo el presidente pisa una cáscara de naranja, desequilibrándose. A la par, suena un estampido, que el entrenado oído del escolta identifica como un disparo. El Presidente cae al suelo, golpeándose la cabeza. Tras un breve lapso de confusión, los escoltas reaccionan con premura. Dos de ellos se arrodillan para atender al dignatario, comprobando que el disparo le alcanzó, por fortuna, en el hombro. Sin embargo, ha quedado inconsciente por la caída. Uno de ellos llama para pedir asistencia médica. Mientras, Ismail y su compañero Ahmed ya han desenfundado sus armas reglamentarias y comienzan a escudriñar los alrededores, buscando de dónde ha podido venir el disparo.

 

—¡Ha tenido que venir de aquellos edificios!¡Ismail, quédate aquí, voy a echar un vistazo! —ordena Ahmed mientras se aleja.

 

****

 

13:58 - El Vicepresidente Iznogoud pasea nervioso por la sala de espera, silenciosa pese a estar atestada de altos cargos del Gobierno. A duras penas mantiene en su rostro una mueca de preocupación, en lugar de la frustración que hierve en su interior. En vez de la muerte de El Haddad, la noticia que le han dado era muy distinta a la que esperaba recibir: ¡el inútil del sicario ha fallado y sólo ha herido al Presidente en un hombro! No se teme por su vida, aunque aún sigue inconsciente por el traumatismo en la cabeza.

 

Desde que ha entrado ha evitado el contacto con la Primera Dama, excepto unas pocas palabras para disimular. Tendrán que esperar a verse a solas para poder hablar sobre el tema.

 

Entran el jefe de seguridad y dos miembros de su equipo, encaminándose directamente hacia él.

 

—Por favor, acompáñenos, señor Vicepresidente.

—¿Qué ocurre?

—Uno de los guardaespaldas ha podido atrapar al tirador, y digamos que no ha opuesto mucha resistencia a contarnos todo. Queda detenido por conspirar para asesinar al Presidente.

 

Un murmullo generalizado invade la sala. Mientras acompaña a los tres hombres, Iznogoud echa un último vistazo a la mujer del Presidente, mortalmente pálida. Si tiene que caer, no será el único.


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  • Lyn

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#3

Escrito 14 mayo 2019 - 18:42

 

De fábula

 

 

A veces no es fácil ser un oso. Cuando tienes ganas de un poco de miel y las abejas han tenido una primavera perezosa, muchas veces te encuentras colmenas llenas de obreras más bien zánganas y sin una dulce gota de miel. Comer fruta no está mal, pero cuando me da el antojo y no encuentro miel, me pongo furioso y acabo destrozando los panales.

 

Pero bueno, aquel día me levanté con la pata izquierda, y por eso pensé que sería diferente. Fui en busca de un buen desayuno a base de manzanas cuando me topé en mi camino con una tortuga. Caminaba despacito (como todas las tortugas) y no parecía tener prisa por llegar a su destino, cualquiera que fuese. Nunca había probado la carne tortuga, así que la levanté y me dispuse a hincarle el diente.

 

—Para, no me comas —pidió la tortuga. Más que un grito de auxilio parecía estar pidiendo un favor a un amigo.

 

—No debería hablar con la comida, es de mala educación —contesté, muy cortés.

 

—Sé donde puedes encontrar mucha comida. Soy muy sabio, tengo más de cien años.

 

Separé la mandíbula y saqué la tortuga de mi boca.

 

—¿Incluso miel?

 

—Todo lo que quieras. Sé dónde se encuentra una fuente mágica. Allí habita un hada que te concederá el deseo que quieras.

 

Dudé un momento, pero yo no soy tonto.

 

—Está bien, pero tú me acompañarás. Si mientes, te comeré.

 

—Me parece razonable. De todos modos, no tengo camino que seguir.

 

Bajé la tortuga al suelo y me guio hasta una fuentecilla cutre en un claro del bosque. Por ahí no se veía ningún hada.

 

—Vale, ¿y el deseo?

 

—Paciencia, joven oso, el hada solo hará acto de presencia ante una muestra de piedad.

 

—Tortuga —le contesté, comenzando a perder la paciencia—. Sé que me intentas engañar. Pero te perdonaré la vida, de todos modos seguro que no eres muy nutritiva.

 

La tortuga sonrió.

 

—Muchas gracias, ahora continuaré buscando mi camino.

 

Y se alejó lentamente. El hada apareció de la nada y se me puso delante del hocico.

 

—Valoro tu acto de buena fe, pide un deseo y te será concedido.

 

Sonreí. Mi boca se me hacía agua pensando en toda la miel que me iba a comer. Sin embargo, esto no sería un cuento si no tuviese una moraleja.

 

—Mi deseo es que la tortuga encuentre su camino.

 

—Así se hará —contestó el hada, agitando su varita.

 

Así que nada, me fui a seguir buscando manzanas. Al cabo de varios días me volví a encontrar a la tortuga. Regentaba un pequeño negocio de venta de miel. Abrió mucho los ojos al verme. Me alegré tanto de verla que me la comí al momento. Estaba deliciosa.

 

—Estás invitado —agradeció la tortuga, que por una ambigüedad lingüística había estado a punto de morir.

Saqué el hocico del tarro de miel y sonreí. La miel sabía más rica después de ayudar a quién lo necesitaba.

 

Moraleja: Ayuda al prójimo y te ayudarás a ti mismo.

 

 

 

«Vaya cuento más estúpido», pensé mientras tiraba el periódico a una papelera. «Ayudar al prójimo. Seguro que lo ha escrito un podemita».

 

Acababa de salir del metro en Lavapiés y me dirigía a hacer la compra cuando se me cruzó un negro delante.

 

—Una moneda, por favor —me pidió, pues por supuesto era pobre.

 

Le escupí en la cara y le dije con el español más comprensible que pude

 

—Vuél-ve-te a tu pa-ís.

 

Satisfecho por mi contribución a la sociedad española, decidí que me merecía un chute de azúcar, así que cambié el rumbo y entré en un veinticuatro horas regentado por un indio. Cuando le vi la cara, salí del local y me dispuse a encontrar uno donde su dinero no fuese a parar a una familia extranjera de veinte hijos. Dos kilómetros más tarde, logré encontrar uno con una banderita nacional en la puerta. Parecía bastante desvencijado por fuera, así que pensé que sería una buena acción comprar allí.

 

—Viva España —dije al entrar, levantando un brazo tan fuertemente que podría parar tres taxis a la vez.

 

El dueño, que llevaba un traje de luces y un sombrero cordobés (y por qué no, la cara de Franco tatuada en el culo), me devolvió el saludo efusivamente.

 

—Quiero un cruasán, pero que sea bien español, ¿eh? —le pedí, sacando mi cartera con la bandera nacional.

 

—Tengo uno especial para usted —me contestó—. Dicen que al comerlo, si eres suficientemente español, aparece el señor Reverte y te concede un deseo.

 

—Bua, yo paso de drogas, eso es para los perroflautas de Pablemos —rechacé, con asco, al pensar en la de porro y setas que llevaría ese cruasán.

 

—No me malinterprete, esto es real —replicó, misterioso—. Se lo dejo en quinientas pesetas.

 

Abrí mucho los ojos. «Por fin podré usar las pesetas que llevo siempre encima, como buen español que soy», pensé. Así que le compré el cruasán y me lo comí. Al momento, me desmayé. Me encontraba en el claro de un bosque, y había una fuentecilla, al igual que en esa mierda de cuento. De pronto, de la fuente surgió la cara del señor Reverte, que me miró con aire español.

 

—Te concederé el deseo que quieras para recompensarte por tu amor a la patria.

 

La mirada se me iluminó. Pensé que la de cosas que podría pedir. Una plaza de toros para mí sólo. Que Vox ganase las elecciones. O millones de euros. Todo estaba al alcance de mi mano. Sin embargo, esto no sería un relato xenófobo si no cometiese un acto racista.

 

—Mi deseo es que todos los extranjeros se vuelvan a su país.

 

—Así se hará —contestó Reverte, agitando su «varita».

 

Me desperté al poco rato, tirado en el vestíbulo de un hospital y con un dolor en el costado derecho muy sospechoso. Muchos médicos y enfermeros habían desaparecido a lo Infinity War, así que el edificio era un caos. Probablemente acabaría muerto en un rato sin una atención médica adecuada. Pero yo era feliz, había hecho España un lugar mejor.

 

 

 

—Joder, vaya mierda de relato racista me acabo de marcar —dije, con satisfacción—. Con el ambiente que hay últimamente en Meri seguro que gano el concurso.

 

Salí de casa a airearme un rato, que tantas horas metido dándole vueltas a esta condición tan chunga me había vuelto un poco turulata. Pasé la calle Literatura y me encontré con una tortuga que no parecía tener prisa por llegar a ningún lado.

 

—Ah, hola Alfon, no esperaba verte por aquí.

 

—Ya ves —contestó, alicaído—. No se me ocurre nada para esta condición, así que había salido a despejarme.

 

—Pues yo estoy terminando el mío, mira —le dije ilusionado, y le enseñé el relato.

 

Alfon puso cara de odio infinito.

 

—¿En serio? ¿Un metarrelato con foreros y encima me metes a mí de personaje? ¿Se puede ser menos original? Te voy a poner un cero tan grande que a mi lado Wowi va a ser Santa Teresa de Calcuta.

 

No pude más que encogerme de hombros y continuar mi camino. Es verdad que Alfon había avisado de que si se escribía un relato así, le pondría un cero, pero había algo que me había impulsado a hacerlo. Una necesidad subconsciente y profunda. Y de pronto lo entendí, sabía lo que tenía que hacer. Utilicé mis poderes argumentales de autor para teletransportarme al claro del bosque donde se situaba el clímax de los otros dos relatos. Allí, en la fuentecilla cutre, se encontraba un unicornio con cara de porreta.

 

—Hola Dso, no podía elegir mejor hada que tú para conceder deseos —le dije, orgulloso y feliz de mi juego de palabras ultra mega pro.

 

Dso parecía contento con su nuevo rol. Trotaba alrededor de la fuente con aire risueño. Al verme, se acercó, me lamió la cara y luego dijo, solemne y gracioso.

 

—Pide el deseo que quieras, autor, y el poder argumental te lo concederá.

 

En ese momento me sentí superior. Podría escribir lo que quisiese. COMO QUISIESE. séʌǝɹ lɐ ɹıqıɹɔsǝ ɐʇsɐH. Podía pedir ganar el concurso, aplastar a todos los demás. Pero sabía lo que tenía que pedir. Lo único que haría que la condición pudiese tener algo de sentido. La única posibilidad de que Wowi levantase el dedo de la tecla cero. Esto no sería un relato de Meri si no cumpliese la condición de forma cutre.

 

—Mi deseo es que Alfon comprenda que los metarrelatos con foreros también pueden ser buenos relatos.

 

Dso relinchó. Parecía estar haciéndole gracia esta situación.

 

—No puedo concederte esto, joven autor —replicó, enseñando unos feos dientes amarillentos de tanta droga—. No tengo influencia sobre la mente de una persona real. Solo soy un personaje de un relato.

 

Dso tenía toda la razón, por mucho que me cabree. No podía pedir eso, pero tenía que pedir eso. Sino este relato perdería todo el sentido y la condición no se cumpliría. Ah, pero se me ocurrió otra cosa.

 

—Está bien, pues mi deseo es que Alfon encuentre la inspiración para escribir su relato.

 

—Así se hará —contestó Dso, agitando su cuerno.

 

Me hice invisible y me teletransporté a donde se encontraba Alfon. Aparecí en su casa, en su cuarto de baño. Allí, Alfon escribía furiosamente, sentado en la taza del váter.

 

—Joder, que buen relato estoy cagando —murmuraba, satisfecho.

 

El sonido de algo zambulliéndose me hizo replantearme que estaba haciendo con mi vida, así que decidí terminar con esto de una vez por todas. Entregué el relato y me puse a seguir a Lyn como si fuese un fantasma, susurrando a cada poco: Lyn, los comentarios.

 


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  • Lyn

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#4

Escrito 14 mayo 2019 - 18:44

 

Humo y sangre

 

 

La noche transcurría en un antro subterráneo, con el aire sobrecargado con humo de puro y los asientos ocupados por las cabezas de la mayor asociación criminal del país. Cualquier asesinato, robo, estafa y contrabando pasaba por sus manos. Los ojos de estos hombres estaban fijos en el escenario, donde media docena de las prostitutas más hermosas que puedas imaginar bailaban al son del piano. Una de ellas, la más bella de todas, se acercó al borde del escenario, deleitando a los mafiosos con su dulce voz y, entre nota y nota, cayó muerta al suelo.

 

*

 

Sentado junto al escenario, Gerardo vio caer a Talía. Su querida Talía. La vio caer al suelo, su collar se rompió y las perlas rodaron por el suelo. Recordó cuando la llevó a comprar el collar, en una de las muchas noches que pasaron juntos; cómo sonrió y se negó a quitárselo mientas hacían el amor. «He sido un idiota», pensó Gerardo. Los regalos caros, las cenas lujosas, obligarla a no tener otros clientes salvo él. No habían sido lo suficientemente discretos y ahora alguien había matado a Talía. Alguien sabía el cariño que le había cogido a la prostituta y decidió asestarle un golpe. Alzó la mirada y vio a Adalberto observando detalladamente el cuerpo de la mujer. Era su segundo; un hombre fuerte y ambicioso.  Últimamente Gerardo se había visto forzado a pararle los pies, pues estaba adquiriendo más y más influencia en la organización. Siempre había sido alguien de mal genio, el Adalberto. «Te castigaré», piensa Gerardo. «Con gran venganza y furiosa cólera».

 

Gerardo desenfundó su arma y se tomó unos segundos para apuntar.

 

**

 

Cuando Talía murió, la vista de Adalberto voló hacia el anciano Herminio, sentado plácidamente en uno de los reservados. Creyó ver un amago de sonrisa en su arrugada cara cuando sus miradas se cruzaron. Al final, Talía había cometido un error y sido descubierta. Estúpida. En estos últimos meses, Adalberto le había pagado a la puta para que se acostase con Herminio, le hiciese feliz y le sonsacase información. Después le contaba todo lo que había descubierto, mientras compartían un cigarro después de follar como salvajes. Adalberto ya echaba de menos a la puta, pero no desperdició una mirada en el cadáver. Necesitaba la información para tener algo que usar contra el anciano, algo que le librase de las deudas que había acumulado. Usar a Talía era una inversión de alto riesgo que no había salido bien. Solo le quedaba una vía para escapar de las garras del anciano. Adalberto desenfundó su recortada y se tomó unos segundos para apuntar.

 

***

 

Herminio, padrino de la mafia, vio caer a la prostituta al suelo. Era una de sus favoritas. La que más, sin duda; excelente en su trabajo. En los últimos meses la había estado viendo cada vez más y más, pagando grandes sumas para asegurarse de que para ella no había ningún otro cliente. Su muerte había sido obra de su mujer, sin duda. La vieja arpía nunca había sabido cuál es su sitio. A su derecha, Antonio mantenía la vista fija en el cadáver de la chica. Era el guardaespaldas de confianza de su mujer. El padrino sospechaba que los dos se acostaban a sus espaldas, pero no le importaba mientras fuesen discretos y el niño no olvidase a quién le debe respeto. Ahora, sin embargo… Aún seguía mirando el cuerpo, congelado. Pensando en lo que había hecho, sin duda.

 

Con la vista fija en Antonio, Herminio desenfundó su revólver y se tomó unos segundos para apuntar.

 

**

 

Antonio veía a su hermana caer al suelo y su mundo dar bandazos. Natalia, que fue secuestrada cuando no era más que una niña. La había estado buscando durante años; le había costado sudor y sangre encontrarla, y aún más difícil había sido entrar en la mafia. Le dolió ver que Natalia era una prostituta para ellos, pero por lo menos tenía una buena vida. Era popular, cuidada y mimada por algunos de los peores hombres en la faz de la tierra.

La había encontrado, habían hablado, y tras muchas discusiones habían decidido huir juntos. Antonio aún tenía los billetes de tren en su bolsillo. Estaban listos para desparecer y dejar este mundo. Ese era el plan, al menos. Ahora Natalia estaba muerta y Fausto era el culpable. Su hermana le dijo que era su único cliente y que no podía dejarle; era un hombre sin piedad que se encargaba de las tareas más sucias de la familia. Evidentemente se había enterado de que iban a escapar y la mató por orgullo.

 

Antonio sacó disimuladamente su pistola y apuntó a la cabeza de Fausto.

 

*

 

En su rincón usual, cubierto por sombras, Fausto vio caer a la prostituta. «Una lástima», pensó. Tenía una voz bonita y habían pasado más de una buena noche juntos. Fausto examinó el lugar y de un vistazo se dio cuenta de cómo las armas empiezan a salir. Vio a Gerardo ir a por su arma mientras mira con odio a Adalberto, mientras que este no se dio cuenta y miraba el reservado de Herminio. Fausto cogió sus armas gemelas. «Hace mucho que no estamos en un buen tiroteo, pequeñas». Las dirigió hacia Gerardo. Nunca le había caído y, cuando todo esto acabe, nadie dudará que le alcanzó una bala perdida. Se tomó unos segundos para apuntar.

 

Diez latidos de corazón después de que Talía dejase de cantar, una docena de disparos retumbaron en el antro subterráneo, con el aire sobrecargado con humo de puro y pólvora, y los asientos ocupados por los cuerpos sangrantes de la mayor mafia de país.

 


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#5

Escrito 14 mayo 2019 - 18:46

La voz de la experiencia

 

 

  Eva y yo éramos los únicos que estábamos en el laboratorio tan temprano, a las seis y media de la mañana. Llevábamos varias semanas atascados con la calibración de la máquina de emisión y detección de fotones de rayos X y queríamos averiguar que pasaba. Parecía que el ajuste que hacíamos un día, centrado en el agujero de gusano cuántico-relativista, no servía para el otro. Antes de comenzar con una nueva calibración, Eva estaba repasando un programa espía que había descargado e instalado para registrar usos no autorizados de la máquina. El log del sistema no mostraba ningún acceso sospechoso, pero ella sospechaba que alguien lo había hackeado. En teoría, solo Eva, Pedro, otro físico experimental que trabajaba con nosotros, y yo teníamos acceso al experimento. Nosotros dos no podíamos ser, porque somos pareja y vivimos juntos, pero, ¿y Pedro? Parecía un chico majo y algo simplón, pero cuando experimentas con una máquina del tiempo no te puedes fiar de nadie.
 
  —¡Juan! Mira, alguien ha estado usando la máquina entre la una y las tres de la mañana.
  —¿Estás segura?
  —Sí, además lo ha estado haciendo los últimos veinte días.
  —Justo cuando empezó a descalibrarse.
  —Sí, un uso intensivo durante las dos horas hace que se desgasten las láminas micrométricas de oro y se tenga que volver a ajustar para compensar la disminución —sentenció Eva.
  —Vaya, así que no son dilataciones térmicas como pensábamos…
  —No, pero, ¿quién querría usar la máquina con el desfase actual de doce segundos? Uno no puede recibir información útil desde el futuro…
 
  En ese momento, me quedé helado, lo reconozco. Soy una persona a la que le imponen respeto las armas de fuego, ya que en España no es habitual verlas, salvo las que portan la policía y la Guardia Civil. Incluso observar a mi tío Fermín, viniendo de caza con su escopeta de dos cañones, abierta y sin cartuchos, me daba un poco de canguelo. Por esa razón, cuando Pedro salió de detrás del acelerador de protones con una pistola en la mano y se acercó rápidamente a Eva desde su derecha, sujetándola, no supe reaccionar.
 
  —¡Ah! —gritó Eva del susto, al verse agarrada.
  —¡Quieta! ¿Ves esto? Es una Beretta 92 cargada y con el seguro puesto… de momento. No os interesa cabrearme.
  —Por favor, Pedro. No hagas ninguna locura… —suplicó Eva.
  —Por supuesto que no voy a hacer ninguna locura. Me esperan ciento doce millones de euros en una cuenta en Suiza y quiero disfrutar del resto de mi vida como un millonario, no como un triste becario que espera la renovación de su contrato precario.
  —¿Qué quieres? —pregunté.
  —Ya te lo he dicho; vivir a lo grande, con dinero.
  —Ya y montar un casino, con furcias y todo eso, no te jode. Para empezar, ¿cómo te has hecho millonario? Vives con tu madre…
  —Espero que no te olvides que estoy apuntando a tu amorcito con mi arma, ¡así que guárdame un poco de jodido respecto! Eso lo primero —continuó ya más calmado—, lo segundo es que solo a un gilipollas como tú no se le ocurriría usar esos doce segundos de ventaja para especular en los mercados de valores y de criptomonedas. Con un software adecuado, uno puede empezar con mil euros y en veinte días hacer una pequeña fortuna de más de cien millones.
  —Pedro, suéltame, te lo pido —siguió implorando Eva.
  —Calla, por vuestra culpa, tengo que tomar una difícil decisión. En la próxima sesión iba a subir mi patrimonio a mil millones, para retirarme a continuación. Pero no quiero dejar cabos sueltos. Lo siento, erais unos compañeros guais, pero por esa cantidad de dinero mataría incluso a mi madre.
 
  Sigilosamente, sin hacer ruido, me acerqué a los tres desde la derecha, desde una posición más retirada de donde se había escondido Pedro. Me daba vergüenza ajena verme a mí mismo veinte años más joven, un joven tirillas y acobardado. No me quiero acordar de lo hípster que era por aquel entonces, yendo por la calle con una bicicleta plegable, con barba frondosa y comiéndome un helado de pistachos con frambuesas ecológicas mientras escuchaba a Kings of Leon. Un pusilánime cobarde que temblaba literalmente de miedo, tal y como me estoy viendo ahora mismo. Seguí acercándome sin hacer ruido, aprovechando que todavía no había amanecido y que, fuera de los focos fluorescentes que iluminaban el contenedor del agujero de gusano, no se veía un carajo. “Lo siento, eráis unos compañeros guais, pero por esa cantidad de dinero mataría incluso a mi madre.” Estaba acabando de decir Pedro en ese momento, como un villano cutre de James Bond. El otro día me lo encontré en el metro, venía de grabar un programa con Cárdenas en la televisión holográfica en abierto. Hacía un año que acababa de salir de la cárcel y se estaba haciendo de oro colaborando en los programas de tertulias. Todo gracias a que muchos capullos, como mi yo más joven, habían votado a partidos progres de mierda que abolieron la prisión permanente revisable. Mientras espero los últimos segundos antes de mi intervención, observo que a Eva se le habían puesto los pezones duros. La primera vez no me di cuenta, por lo asustado que estaba y porque la tenía de frente. Ahora, de perfil, observaba esos pezones juveniles, tersos y erectos por dentro de su fina camiseta. Nada que ver con los crecidos en probeta que le pusieron en la clínica donde le hicieron la cirugía reparadora. Fue un trabajo envidiable y no se notaba nada la doble mastectomía que había sufrido dos años antes, pero yo siempre preferí los originales. Vi a Eva asustada, con su maravilloso pelo rubio, dorado, sin canas, agitándose  mientras gemía “No, no”. Sabía que ese era mi momento y de algún modo las leyes físicas de protección temporal me hicieron saltar y decir lo que yo recordaba haber oído veinte años antes.
 
  —Calla, ¡so capullo! Tu mierda italiana no tiene nada que hacer al lado de mi Smith & Wesson, modelo 29.
  —¿Quién coño eres tú? ¿Habéis llamado a las fuerzas especiales? Mira que quito el seguro…
 
  Reconozco que marcando bíceps, con una camiseta verde oscura ajustada, pantalones de camuflaje y revólver en mano parecía un SWAT. De hecho, lo soy; pertenezco a la brigada especial de protección cronológica de la Guardia Civil, en la que entré hace dieciocho años. De repente, observo que Eva mira con atención mi cuerpo y sé que, con el subidón de adrenalina que tiene ahora, está mojando las bragas por su salvador. Pero, cuando alza sus ojos hasta los míos surge, inmediatamente, el chispazo de reconocimiento. Su cara cambia y noto como su mente está intentando asimilar lo que está viendo: a un viajero del tiempo, su pareja para más inri, que viene del futuro.
 
  —Venga, Pedro, baja tu arma. No tienes nada que hacer; estás rodeado.
  —¿Nada que hacer? ¡A que me la cargo! ¿Y por qué dices que estoy rodeado?
  —Vamos, gilipollas, alégrame el día —dije mientras le apuntaba con el revolver.
 
  Me acerqué a los cuatro, desde la izquierda. Usando la meditación, había disminuido mi ritmo respiratorio y mis constantes vitales para aguantar agazapado y en silencio durante más de veinte minutos, camuflado por la sombra de un armario. Desde hace años, el yoga me está ayudando a superar la pérdida de Eva y la filosofía zen impregna ahora todo mi ser. Todavía no me habían visto, mientras avanzaba con el sigilo de un ninja, cuyas técnicas había aprendido hacía veintiún años en Japón. Ahí estaba mi yo más machito, marcando pectorales ante el amor de mi vida y enseñando la pistola de Harry el Sucio, como un símbolo fálico de su hombría. Supongo que al votante del partido imperial español le habría dado asco enterarse de que su yo del futuro había estudiado meditación de la mano de místicos zoroastrianos y monjes tibetanos. Además, tuve que echar mano de mi autocontrol para evitar que el corazón me diera un vuelco al ver de nuevo a Eva, de joven. La herida todavía no se había cerrado del todo y, aunque las pasiones de la juventud no ardían con tanta fuerza como antes, todavía conservaba el fuego de mi amor por ella. “Vamos, gilipollas, alégrame el día” Le oí decir, cual Clint Eastwood de Parla, y supe que ese era el momento de actuar. Intuía que las líneas de campo temporales guiarían mi shuriken, así que ni me molesté en apuntar. Avancé hasta la luz, donde mi yo joven estaba flipando con esa nueva aparición, y tiré mi estrella ninja contra la mano de Pedro, que en ese momento se volvía para apuntar hacia el Juan con esteroides.
 
  —¡Ah! ¡Joder! —gritó Pedro del dolor.
  —¡Juan! ¡Ayúdame! —exclamaba Eva mientras se separaba de su captor con un codazo en el pecho.
 
  Vi venir a Eva hacía mi y la agarré fuerte, con un abrazo apasionado. Por el rabillo del ojo vi como Pedro se cambiaba el arma de mano para intentar dispara con la izquierda. En la derecha, la punta del shuriken se le había clavado en la palma, por debajo de donde había estado el gatillo y sangraba profusamente. En ese momento, el musculitos le apuntó con el pistolón en la nariz y se le quitaron todas las ganas de contraatacar. Por la izquierda, el abuelo, con la cabeza afeitada y vistiendo una túnica color azafrán, se acercaba a ambos con un palo largo de madera en la mano.
 
  Al ver que Eva ya estaba en brazos de mi yo cobarde del pasado, me acerqué rápidamente a disuadir al imbécil de Pedro de que hiciera cualquier tontería. Con mi visión periférica observé como el abuelo en el que me convertiría seguía fugazmente el movimiento de ella hacía mi yo joven. No me gustó nada: era como la mirada de alguien que ve de nuevo a una persona tras muchos años de separación. Supongo que cuando vuelva le tendré que decir a Eva que nunca deje de ir a revisiones, pero también comprendo que es inútil: el tiempo se protege a sí mismo.
 
  Bueno, el superpolicía que era yo en el pasado, acaba de detener a Pedro. Me acerco a él, que está gimiendo de dolor, y que todavía no se ha dado cuenta de quien realmente ha frustrado sus planes, pero me alegro que todo haya salido como tenía que suceder. Dos semanas antes de volver al pasado, me tomé un café con Pedro en un bar de Atocha. Me enseñó la cicatriz de la mano y me dijo que, pese a llevar más de treinta operaciones de cirugía estética, nunca había querido quitársela, que era una medalla de guerra para él. Se había hecho famoso como estrella de holotelevisión y acababa de volver de un reality en Hawái, donde los concursantes tenían que sobrevivir en una isla desierta que, además, tenía un volcán en erupción. Hay algunas cosas que nunca cambian y la telebasura todavía seguía existiendo en el futuro.
 
  —Gracias, aunque es la tercera vez que lo experimento, siempre es una situación peligrosa y se ven detalles que no han observado anteriormente.
  —Sí, pero ambos sabemos que el campo temporal se protege a sí mismo y que los hechos nunca cambian. Oye, ¿cómo es que te ha dado por ese rollo oriental?
  —Ya te contaré esta noche, durante la cena. Obviamente, solo lo que recuerdo haber oído de mis labios, treinta y cincuenta años atrás.
  —Sí, pero vamos a acercarnos a este par de jóvenes tortolitos. Todavía nos queda la parte más dura.
  —¡Bribón! Tú sí que sabes…
 
  Eva y yo dimos las gracias a mis yoes del futuro. Tras llamar a la policía, que se llevó a Pedro, los invitamos a tomar algo en nuestro piso. Durante la comida, congeniamos muy bien, la verdad sea dicha. Tanto, que después del vino, pasamos al whisky y de ahí a la cama, los cuatro juntos. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

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#6

Escrito 14 mayo 2019 - 18:48

Un encuentro casual

 

 

Ya todo daba igual, todo estaba bien ahora. Nunca se había sentido tan feliz y una de las razones era que podría volver a ver a Emma. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se vieron? George apretó los puños y sonrió, ahora ya era libre. Corrió por las calles a la vez que el viento tibio de primavera le hacía enrojecer las mejillas como si fuera un niño. Cerró los ojos y gritó eufórico mientras la gente se apartaba a su paso.

 

Salió a una gran avenida y la atravesó casi abriéndose paso a codazos entre grupos de gente que lloraban mientras se abrazaban. Cuando llegó por fin al centro, en medio de la calle, mientras jadeaba por el cansancio, vio cómo la gente había salido de sus coches y preguntaban el porqué de tanto alboroto, otros vagaban sin saber muy bien qué hacer y dónde ir. George tampoco lo sabía, pero no importaba, daba igual dónde estuvieras, había que disfrutar de ese momento. Por eso mientras estaba ahí plantado miró a su alrededor y vio a una mujer sola como él, pero ella parecía perdida sin saber cómo reaccionar, casi angustiada en ese torbellino de éxtasis colectivo. George se dirigió a ella esquivando a la gente de alrededor y cuando la agarró del brazo y la atrajo hacia sí vio a una chica joven que lo miraba sin verlo. Ella parecía brillar bajo el cielo límpido de primavera y su vestido blanco reforzaba esa sensación. George sintió una apremiante necesidad de abrazarla y así lo hizo. Cuando escuchó los silbidos y las risas a su alrededor se dio cuenta de que la estaba besando. Se separó de ella y le sonrió, ella lloraba. George saludó a la gente que le jaleaba y diciéndole adiós a la chica de blanco con una reverencia y su mejor sonrisa siguió su camino. Esta vez tenía un rumbo, Emma. Solo tendría que coger un tren, solo un tren, algo sencillo. Cuando pensó en ello volvió a reír, cogió su gorra la tiró al aire y detrás de él nadie vio cómo se perdía entre la multitud.

 

 

****

 

 

Greta no había tenido un buen día. Le dolían los pies por los tacones y estaba cansada de ir por toda la ciudad. Había mucho trabajo y lo peor es que pintaba mal. Sabía que seguiría exhausta las próximas semanas tal y como estaban las cosas en Europa. Ahora por lo menos iba en autobús y podía descansar un poco. Seguía pensando en sus cosas cuando el autobús frenó en medio de la calle. Greta pensó que había un accidente.

 

—¿Qué ha pasado?

 

Lo dijo con congoja, pero no por los supuestos heridos sino porque si los había le tocaría bajar a ella a ayudarlos, y estaba tan cansada. Un señor trajeado le contestó.

 

—No lo sé, pero hay gente corriendo. Algo malo debe haber ocurrido. Son malos tiempos estos que nos ha tocado vivir.

 

Ella le miró la prominente barriga y pensó que no debían ser tan malos para él. La gente abandonaba el autobús y Greta también lo hizo. Se dirigió hacia la calle principal asustada pero allí no había un accidente sino solo caos. La gente reía, incluso bailada y muchos se abrazaban. Había un grito unánime, todos lo repetían, pero ella no se lo terminaba de creer. No era posible, después de tantos años no podía haber terminado todo, era demasiado fácil. Pero la cuestión es que todo el mundo sí parecía creerlo y lo estaban celebrando. Greta vio como la gente salía de sus comercios abandonándolos en medio de la catarsis general, la gente andaba por en medio de la calle y todos parecían felices, ella en cambio, estaba paralizada en medio de la avenida viéndolo todo como si estuviera detrás de una cámara, no parecía real, no podía ser verdad. En ese momento alguien la agarró del brazo y sintió como la abrazaban con fuerza a la vez que la besaban con pasión. Era un chico joven y la estaba besando en medio de la calle, pero solo sentía el brazo de él clavándosele en la espalda mientras ella retorcía las piernas para no caerse al suelo debido al peso de él. Sintió una punzada de dolor en el pie. En ese momento mientras la besaba un desconocido solo podía pensar en su dolor de pies y en sus malditos zapatos. Eso la sacó de su shock inicial. Estaba pasando, debía de ser verdad. Cuando el desconocido se separó un poco ella vio su cara, pero no pudo fijarse en nada más que en sus labios y en lo que le susurraban. No reparó en los gritos de lo demás ni en toda la gente que les rodeaba aplaudiéndoles. No vio nada más que los labios de él ni escuchó otra cosa que lo que él le dijo casi como un deseo, pero que como por arte de magia, al ser pronunciadas, como si fueran un conjuro que el beso hubiera roto y todo fuera un cuento de hadas, esas palabras se habían convertido en realidad.

 

—La guerra ha terminado.

 

 

 

****

 

 

Ahí estaba, enfrente de sus narices y él ni siquiera había reparado en ellos dos. George iba de los brazos de una chica a otra y solo tenía ojos para ellas. Los dos contemplaban ahora atónitos cómo agarraba a una chica y la besaba groseramente sin ningún pudor. Un flash de una cámara los sacó de su estupefacción, cuando volvieron a fijarse en él, George ya había desaparecido entre la multitud. Se acercaron al fotógrafo y este les habló emocionado.

 

—¿Lo han visto? La foto era fantástica. La revista me la pagará bien. Ella era como un ángel con ese vestido tan puro y blanco de enfermera. Casi no me da tiempo de hacer la foto, suerte que vi cuando la agarraba, todo ha sido tan rápido —El hombre escuchaba al fotógrafo sabiendo que no esperaba respuesta por su parte, por eso le dejó hablar sin interrumpirlo. —Y el contraste con el traje de marinero de él es perfecto, y ese beso tan apasionado…

 

Aquí el hombre arqueó una ceja y se retorció molesto. El fotógrafo paró un poco, miró su cámara con cariño y continuó:

 

—En verdad representa la pasión de un país, esta foto plasma la victoria de Estados Unidos. La fuerza inquebrantable de una nación en ese marinero vencedor y el amor puro de esa enfermera abnegada que lo recibe. Es perfecta.

 

El fotógrafo calló por fin y el hombre aprovechó para preguntarle.

 

—¿Cree de verdad que esa foto es tan importante? ¿Será

publicada?

 

—¿Acaso lo duda? Le aseguro que la revista la publicará y llegará hasta el último rincón de este maldito país. Así que, usted mismo y su bella hija podrán verla dentro de pocas semanas.

 

El fotógrafo sonrió a la hija del hombre y el hombre la alejó de él con un movimiento brusco que este ni siquiera percibió, ya que seguía ensimismado en su cámara. Después de eso, el hombre agarró a su hija del brazo alejándola de la plaza.

 

—Al final no ha sido un error venir a ver a George. Menuda desfachatez. Qué vergüenza, hemos sido humillados ahora y lo seremos ante todo el país dentro de poco. Nunca más volverás a verle. Volvamos al pueblo ahora, Emma.

 

****


Editado por Lyn, 14 mayo 2019 - 18:59 .

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#7

Escrito 14 mayo 2019 - 18:50

 

Pequeñas decisiones

 

 

Sancho se levantó de la cama, como era su costumbre, poco después de las siete de la mañana. No necesitaba despertador, pues años y años de madrugones habían acostumbrado su cuerpo con precisión mecánica. Después de una vida entera dedicada a la construcción, al llegar la jubilación había decidido hacer caso por fin a su médico: comer mejor y llevar una vida menos sedentaria.

Como cada mañana durante los últimos seis meses, salió de casa después de asearse para dedicar las dos siguientes horas a realizar un largo paseo. Al contrario que la mayoría de la gente, Sancho no buscaba un parque o un lugar tranquilo para pasear, prefería caminar entre aceras y asfalto, el paisaje urbano que durante cuarenta años había ayudado a modelar y del que se sentía muy orgulloso.

Aquella mañana giró hacia la derecha al salir del portal, aunque un rápido vistazo hacia un cielo encapotado de color gris oscuro le hizo tomar la precaución de regresar a casa y coger un paraguas. Al regresar a la calle giró hacia la izquierda, en dirección contraria a la ruta que había elegido inicialmente.

Al cabo de veinte minutos de paseo comenzó a caer una fuerte granizada. Sancho buscó un lugar en el que cobijarse. La panadería con servicio de cafetería que había al doblar la esquina fue el lugar elegido. Pidió un café con leche y una tostada, mirando con fastidio la amplia variedad de dulces que lo tentaban desde el mostrador. Además de él solo había otro cliente. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años que compraba dos bollos de pan. El hombre esperó unos minutos al lado de la puerta, hasta que escampó, y se fue. Sancho terminó su consumición, pagó la cuenta y volvió a la calle.

Al retomar su paseo, a pocos metros de distancia, vio un paso de peatones cuyo semáforo se encontraba en verde en aquel momento. Apuró el paso todo lo que pudo para no tener que esperar y cruzó la calle. El corazón casi se le sale del pecho al escuchar como un coche frenaba bruscamente para no atropellarlo.

—¡A ver si nos fijamos, coño, que casi me matas! —gritó Sancho entre indignado y asustado.

—¡No he visto el semáforo, hombre! Tampoco es para tanto. No se ponga así —respondió el conductor.

Sancho decidió dejarlo estar. Negó un par de veces con la cabeza y no dijo nada más. Continuó su camino sumido en sus pensamientos. «Maldito gilipollas. Deberían quitarle el carné de conducir». La situación lo había dejado tan descolocado que caminaba sin rumbo, como un zombi. Presa de la distracción, tropezó con una baldosa suelta y se habría caído de bruces contra el suelo de no ser por la agilidad de reflejos del hombre que pasaba a su lado. Un brazo había agarrado el suyo. Sancho levantó la vista hacia el rostro del dueño del brazo y no pudo más que sorprenderse al reconocer al hombre que compraba los dos bollos de pan. Con él iban dos niños de primaria que lo miraban divertidos.

—¡Le pille! —dijo el hombre con una sonrisa en los labios.

—Vaya, muchas gracias —respondió Sancho—. Iba un poco distraído.

—Ha elegido un mal lugar. Esta acera está bastante descuidada y el ayuntamiento no se decide a repararla.

—Sí, así funcionan las cosas. Siempre hay otras prioridades. En fin, muchas gracias de nuevo.

—¡De nada, hombre! ¡Cuídese!

El padre continuó su camino y Sancho fue a sentarse a un banco cercano. Después de media hora allí decidió que ya había vivido suficientes aventuras para un solo día y eligió el camino más corto para volver a casa. A mitad de recorrido observó una obra de ampliación. A un inmueble que originalmente consistía en dos plantas le estaban construyendo otras dos plantas encima. El resto de peatones evitaba acercarse a los andamios pero él sí lo hizo, presa de la curiosidad profesional. En el suelo había un objeto redondo. Una moneda. «Pero si son dos euros. Al final el día no va a ser tan terrible». Se agachó para recoger la moneda.
 


* * * * *

Marcos buscó a tientas el despertador que sonaba encima de la mesilla. Lo apagó con mano torpe y volvió a cerrar los ojos. «Cinco minutos más y me levanto», pensó. Veinte minutos después se levantó somnoliento y desganado. Dedicó la primera media hora del día a sus redes sociales, cuestión que ocupaba la mayor parte de su tiempo libre.

Después de prepararse y subir un par de fotos para sus seguidores, bajó al garaje y cogió el coche. Todavía tenía que hacer una parada en el ayuntamiento antes de ir a trabajar, por lo que después de responder a un par de comentarios, dejó el móvil en el asiento del acompañante y se introdujo entre el tráfico de la ciudad.

Marcos conducía con tranquilidad cuando su teléfono móvil emitió un pitido de aviso. Lo cogió y vio que le habían enviado una foto de grupo de la cena del sábado anterior. Con una sonrisa en los labios, levantó la vista de la pantalla del móvil y vio a un hombre que cruzaba la calle en medio de la carretera. «¡Joder!». Clavó el pie en el pedal de freno. El semáforo estaba en rojo para los vehículos pero como iba distraído no se había dado cuenta.

—¡A ver si nos fijamos, coño, que casi me matas! —gritó el peatón.

—¡No he visto el semáforo, hombre! Tampoco es para tanto. No se ponga así —respondió Marcos.

El hombre no dijo nada más, negó un par de veces con la cabeza y siguió su camino. «Se ha tirado a la carretera a lo loco. ¿Y si al coche por cualquier fallo mecánico no le funcionasen los frenos? Malditos viejos, se creen los amos y señores de la ciudad». Marcos continuó su camino y resolvió el papeleo en el ayuntamiento.

Cuando salió se fue directamente al trabajo, una obra de ampliación en un edificio de dos plantas. De camino vio a Alberto que iba andando por la acera de la derecha. Aparcó en doble fila y llamó su atención golpeando repetidas veces la bocina del coche.

—¿Qué pasa, Berto?

—Hola, Marcos.

—Vengo de entregar unos papeles en el ayuntamiento. Sube y ya vamos juntos al trabajo.

—Que va, ya voy andando. Así disfruto del paseo.

—¿Con este día? ¿Y si cae otra granizada como la de antes?

—Correré el riesgo.

—Pues nada, hombre. Ya voy tirando para poder aparcar.

«No entiendo quién querría ir andando teniendo la posibilidad de que lo lleven en coche. Este Berto es un tipo un poco raro. En fin, allá él».

Marcos aparcó el coche y se dirigió a la entrada del edificio que estaban reformando. Sacó el manojo de llaves del bolsillo sin apartar la vista del móvil, sin ser consciente de que además de las llaves había salido una moneda que cayó al suelo. Subió y se cambió, y aprovechó los cinco últimos minutos que quedaban hasta la hora de entrada para ver unos cuantos videos. En ese medio tiempo llegó Alberto. Ya era la hora cuando Marcos decidió ir a enseñarle uno de los videos a Alberto, el que más le había gustado.

—Berto, tienes que ver este video. ¡Es súper gracioso! —dijo Marcos.

—Ahora no, Marcos. En cualquier momento puede llegar el jefe.

—El jefe tardará por lo menos media hora y el video no dura más de dos minutos. ¡Venga, hombre! ¡No seas un amargado!

—Está bien, está bien.

Marcos le enseñó el video. Cuando todavía estaba por la mitad llegó el jefe, así que escondió el móvil y se puso a realizar sus tareas.

 


* * * * *

 

Alberto comenzó su día como siempre. Se duchó, desayunó y despertó a los niños. Mientras Julia se encargó de darles el desayuno, bajó a buscar dos bollos de pan para prepararles la merienda del recreo. Cuando entró en la panadería se sintió afortunado por poder ponerse a cubierto, ya que en aquel momento comenzó a granizar. No había más clientes en aquel momento, aunque alguien entró apenas unos segundos después de él. Compró el par de panes y espero unos minutos junto a la puerta, hasta que escampó. Volvió a casa y preparó los bocadillos, acabó de vestir a los niños, se despidieron de Julia y salieron a la calle rumbo al colegio.

Alberto se fijó en un hombre que caminaba ensimismado. Su cara le sonaba de algo, pero era incapaz de ubicarlo. Se acercó lo máximo que pudo a él, sin que pareciese un movimiento sospechoso, para poder ver un poco mejor su rostro. En ese momento, el hombre tropezó con una baldosa suelta. Alberto, haciendo gala de sus rápidos reflejos, alargó el brazo y consiguió agarrar el del hombre, impidiendo que se cayese.

—¡Le pille! —dijo Alberto con una sonrisa en los labios.

—Vaya, muchas gracias —respondió el hombre—. Iba un poco distraído.

Durante un instante, Alberto pareció notar sorpresa en la cara del hombre, como si lo hubiese reconocido. Sin embargo, él no conseguía ubicarlo. Desechó la idea, sería su cara susto.

—Ha elegido un mal lugar. Esta acera está bastante descuidada y el ayuntamiento no se decide a repararla —De inmediato se arrepintió de su comentario. No le apetecía ponerse a discutir de política.

—Sí, así funcionan las cosas. Siempre hay otras prioridades. En fin, muchas gracias de nuevo —respondió el hombre.

—¡De nada, hombre! ¡Cuídese!

Tan pronto como se alejó unos metros, Alberto reprendió a sus hijos.

—Os he visto sonreír. El pobre casi se mata. No es motivo de risa.

Después de dejar a los niños en el colegio continuó su camino rumbo al trabajo. Estaban realizando una obra consistente en incrementar la altura de un edificio en dos plantas más. Se encontraba relativamente cerca de su propio domicilio y del colegio de los niños, lo que le permitía dejar el coche en casa y disfrutar del paseo. Se giró al escuchar como un conductor hacía sonar su bocina con efusividad. Era Marcos, que había parado en doble fila.

—¿Qué pasa, Berto?

—Hola, Marcos.

—Vengo de entregar unos papeles en el ayuntamiento. Sube y ya vamos juntos al trabajo.

—Que va, voy andando. Así disfruto del paseo.

—¿Seguro?

—Sí, gracias. Prefiero caminar.

—Pues nada, hombre. Ya voy tirando para poder aparcar.

Marcos se marchó. «No es mal tipo, pero es un liante». Miró su reloj y apuró el paso. No quería llegar tarde. Cuando subió al edificio en obras Marcos ya estaba allí. Se cambió de ropa y comenzó a cargar el pequeño montacargas instalado en el lateral del edificio. Marcos se acercó a él.

—Berto, tienes que ver este video. ¡Es súper gracioso!

—Ahora no, Marcos. En cualquier momento puede llegar el jefe. «Ya está el de siempre enredando».

—El jefe tardará por lo menos media hora y el video no dura más de dos minutos. ¡Venga, hombre! ¡No seas un amargado!

—Está bien, está bien. «Veo el vídeo y después sigo a lo mío. Es la única manera de librarme del pesado este».

A mitad de video el jefe llegó de repente. Alberto disimuló como pudo y pulsó el botón de descenso del montacargas. Con la distracción del video de Marcos y la irrupción sorpresa del jefe había olvidado asegurar la carga. La vibración provocó que se moviese y se precipitase al vacío, estampándose contra el suelo. Con el corazón en un puño, Alberto se asomó por la ventana. Debajo de toda la basura esparcida asomaba un brazo con una mano abierta en cuya palma reposaba un pequeño objeto redondo: una moneda.

 


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#8

Escrito 14 mayo 2019 - 18:54

Ira, dolor y compasión

 

 

Estimada señora Trono:

 

Me llamo Denise Ángel. Hablamos por teléfono hace algo más de dos meses a través del Facilitador, cuando usted me encargó el caso Lamar. Debido a la información sensible que contiene, le ruego que extreme las precauciones para que esta carta no sea leída por otras personas.

 

Primero concerté una entrevista con Irma Colonomos, la madre de Irene Lamar, para obtener una perspectiva diferente del sospechoso, Faruq Lamar. En aquel momento no le di importancia a sus palabras, pero resultaron ser muy reveladoras cuando tuve una visión más global de lo ocurrido. He decidido transcribir todas las intervenciones de forma literal.

 

Mi hija está mejor así, ¿sabe lo que le digo? Porque es mejor estar sola que mal acompañada. Sí, claro que Irene está triste y eso me apena. Es mi hija, ¿cómo no va a dolerme? Pero su relación con Faruq no terminaba de gustarme, y nunca lo he ocultado, no soy de esas que sonríen y luego te clavan un puñal por la espalda.

 

Algo no funcionaba bien entre ellos. Mi niña tiene una educación, una de calidad, siempre ha recibido lo mejor, ¿sabe? Se graduó con las notas más altas y todo el mundo quiere contratarla, todo el mundo, desde IBM hasta Microsoft, porque saben que es muy buena. ¿Sabe que fue ella quien dio con la solución para el Brain? Los de IBM no lo reconocerán, claro, pero les entró miedo y pidieron ayuda a mi hija, porque es muy inteligente, por supuesto que sí. Por eso me preocupaba su relación con Faruq, porque ¿qué puede ofrecer alguien como él a mi hija? Nada. Nada, se lo digo yo.

 

No es porque sea, ya sabe, en fin, no tengo nada en contra de esa gente, aunque no se porten como Dios manda… Bueno, Dios es amor, él sabrá perdonarlos, uno no puede elegirlo todo en la vida, ¿no es así?, a veces nacemos envueltos en pecado y no es culpa nuestra. Pero no me refiero a eso, no me molestaba eso de él. Me molestaba su familia, porque no le dan importancia a la educación, ¿sabe?, y eso se nota. La educación lo es todo. No tiene más que escuchar lo que dicen de él, ¿verdad? Sí, ya sé que no se puede hacer caso de todo lo que una escucha, pero lo estaban investigando, su propia empresa, ya ve, a saber lo que habrá hecho, porque no te puedes fiar de un hombre como ese.

 

Yo creo que la pegaba. Ella nunca me lo ha confesado, pero detrás de esa máscara de buen muchacho siempre se esconde un maltratador, de los que levantan la mano para reafirmarse, para sentirse hombres, ¿no es irónico? No, claro, dirá que no, pero bien sabe el cielo que Faruq tenía mucho que reafirmar, y los hombres así se sienten inferiores ante alguien como Irene, ¿sabe?, una mujer hermosa y lista, usted lo sabe bien, Denise, como mujer seguro que lo sabe. Y mi niña, mi Irene, ahora está triste, pero él la ha dejado, la ha abandonado, no me mire así, es lo que ha hecho, la ha dejado sola y ella está mejor así. Porque al final todo se reduce a eso, a una cuestión de voluntad, de cumplir tus promesas. Él prometió que nunca la abandonaría, ¿no es así? ¿No es lo que prometen todos? Pero la dejó, y ahora todo es mejor.

 

Como ya sabe, el vehículo que conducía Faruq Lamar no presentaba signos de haber sido manipulado, pero también es posible que no hayamos pasado pruebas por alto ya que los restos quedaron muy deteriorados. El señor Lamar atravesó el cristal delantero antes de que el vehículo cayera al fondo del acantilado y eso le salvó la vida, pero no podemos saber si la dirección se bloqueó, como dice el informe, o si el vehículo fue saboteado. Me entrevisté con su padre, el Cadí Saqid Lamar. Ostenta un cargo honorífico y goza de gran prestigio en su país.

 

La comprendo. La he perdonado. Se lo dije desde el primer momento, porque sé que para ella debió ser una decisión difícil, y no sé lo que yo habría hecho en su lugar. Esta conversación es privada, ¿verdad? Lo que voy a decir no puede salir de aquí.

 

No sé qué es lo que ocurrió, sólo sé lo que me contó la policía y la señora Trono, la presidenta del Consejo de Dirección. Dicen que su coche se salió de la carretera porque Fariq había manipulado el sistema para saltarse los controles de velocidad, como si mi hijo fuera un atolondrado que quisiera presumir de conducir más rápido que nadie. Pero Faruq era buen conductor, prudente, y jamás habría saboteado su propio coche. Lo dicen para echar tierra sobre el asunto, igual que las acusaciones de robo. Dicen que mi hijo robó millones a la empresa, pero eso es imposible. Faruq era honrado y un buen muchacho, y jamás habría hecho eso. El coche falló. No fue mi hijo. Mi hijo era honesto, siempre lo fue, llevó una vida ejemplar, y… Siempre…

 

El señor Lamar se levanta y se dirige al aseo. Vuelve al cabo de dos minutos.

 

¿Por dónde estaba? Antes le hablaba de Irene y decía que la he perdonado, porque quizá yo habría hecho lo mismo. La vida humana es sagrada, lo sé, pero cuando pienso en mi hijo, en su sufrimiento, en su terrible agonía… Dicen que fue un milagro, que sobrevivió al accidente gracias a la intervención divina. Pero Al-lāh es misericordioso, y no veo misericordia en el estado en el que quedó mi hijo, confinado para siempre en una cama, drogado hasta la inconsciencia y sufriendo terribles dolores cuando despertaba. Sé que debo ser un ejemplo para mi gente, sé que debo ser fuerte, y por eso le pido, señora Ángel, que jamás repita lo que estoy diciendo hoy aquí.

 

Irene, a quien siempre he tratado como a una hija, a quien mi hijo amaba, lo sé, por encima de todas las cosas, fue quien lo asistió. Él pidió su ayuda porque no tenía fuerzas para continuar, y ella lo ayudó cuando más lo necesitaba, cuando nadie más se atrevió a hacerlo. La han acusado de cometer un delito, dicen que puede ir a la cárcel por lo que ha hecho. Pero yo no puedo sino darle las gracias, porque supo ser fuerte cuando mi hijo no lo fue, porque lo ayudó, a pesar de todo. ¿Sabe por qué lo sé? ¿Por qué sé con seguridad que fue mi hijo quien le pidió que acabara con su vida? Porque también me lo pidió a mí, y yo no fui capaz de hacerlo. Que el Profeta me perdone, pero no fui capaz de ayudar a mi propio hijo.

 

El señor Lamar y yo seguimos hablando un buen rato, pero negó en repetidas ocasiones que quisiera demandar a la compañía por el accidente de Fariq. Creo que es sincero cuando habla de su hijo y de su honestidad. Lleva una vida sencilla y dispone de ingresos regulares, así que la hipótesis del robo por causas familiares queda descartada.

 

La situación financiera de Fariq Lamar tampoco era preocupante. Sus líneas de crédito se mantenían abiertas y sólo tenía pequeñas deudas que cubría con rapidez, por lo general relacionadas con las actividades empresariales de Irene Lamar. La viuda de Fariq cambió su apellido de soltera, Colonomos, por el de su marido, Lamar. Creo que tenían intención de abandonar el país y solicitar una nueva nacionalidad, pero no puedo demostrarlo y, por otro lado, este cambio de nacionalidad no sería extraño en Irene, ya que los beneficios fiscales por la propiedad intelectual varían mucho de unos países a otros. Descarté la hipótesis del robo por razones financieras.

 

En ese momento decidí trabajar en una última línea de investigación que había sido descartada por los investigadores de la Compañía. Para esclarecerla hablé de nuevo con Irene.

 

¿Quiere saber lo que ocurrió realmente? ¿O sólo está aquí para asegurarse de que no voy a demandar a la Compañía? Voy a tranquilizarla en ese sentido, Denise, no tengo intención de hacerlo. El coche de mi marido se salió de la carretera. Él quedó malherido, confinado en una cama con dolores insoportables, pero sé que el sistema de seguridad del coche no falló. Que fue culpa de mi marido y que por eso no puedo poner una demanda.

 

¿Sabe por qué lo sé con tanta seguridad? Porque mi marido, señora Ángel, mi marido Fariq, se quería quitar la vida cuando sufrió el accidente. Por eso no llevaba puesto el cinturón de seguridad. Por eso se salió de la carretera en un tramo con buena visibilidad. Porque no aguantaba más la culpa, los remordimientos y las continuas mentiras.

 

Le voy a contar algo, Denise, le voy a dar una información muy sensible que espero sepa manejar con discreción. Fariq y yo éramos amigos. Amigos, ¿comprende? Éramos un matrimonio sobre el papel, porque él necesitaba casarse y, no voy a negarlo, como su esposa yo tenía acceso a inversores y líneas de crédito para mi empresa, y me venía muy bien. Nuestro matrimonio por interés funcionó durante años.

 

Pero nadie puede engañar a todo el mundo durante todo el tiempo, ¿no se dice así? Y Fariq, que en paz descanse, porque eso es lo que deseaba, descansar, no pudo seguir mintiendo. Le ruego que no lo juzgue, Denise, porque es muy difícil ponerse en su lugar. ¿Sabe lo que hacen en su país con los hombres que tienen sus inclinaciones? ¿Se imagina el escándalo que sería para su familia? Su padre perdería su posición, Fariq sería repudiado y todos caerían en desgracia. Puedes matar a tu mujer a golpes, pero no puedes amar a otro hombre, ya sabe a lo que me refiero. Lo mantuvo en secreto durante toda su vida, pero llegó un momento en el que ya no podía más. Quería marcharse, ¿sabe? Empezar de cero en otro lugar, donde nadie lo conociera, donde pudiera ser él mismo por primera vez en su vida y… Para eso necesitaba dinero. Mucho dinero, porque empezar siempre es complicado.

 

Entonces cometió el robo. Intenté impedírselo, se lo aseguro. Tenía acceso al dinero y la tentación fue muy fuerte, pero cuando comenzaron a investigarlo se vino abajo. La presión fue demasiado, ¿comprende? Si lo acusaban terminaría en la cárcel y su familia sería deshonrada, y sólo encontró una salida. Yo lo sabía porque él, antes de marcharse… Cuando sufrió el accidente, yo…

 

En este momento se interrumpió la narración de Irene. Retomamos la entrevista, pero no añadió nada que pudiera ser de interés para la investigación.

 

Después de esta conversación decidí procesar de nuevo los restos del vehículo. No encontré rastros de un fallo mecánico, pero descubrí que el sello digital del sistema de seguridad había sido manipulado. No lo detectamos en el análisis preliminar porque no buscábamos ese tipo de sabotaje, pero el sistema fue intervenido. No cabe duda.

Voy a aventurar una hipótesis sobre lo ocurrido. Creo que Irene manipuló el coche de su marido para matarlo. Quizá su madre tenía razón y era una mujer maltratada, o quizá, como asegura ella, su marido cometió el robo para empezar una nueva vida y la mujer decidió que quería el dinero para ella. Y, cuando su marido sobrevivió al accidente, se aseguró de que muriera en el hospital y lo disfrazó como un acto de misericordia.

 

Fariq robó un dinero que ya no podrá ser recuperado, porque el seguimiento que podíamos hacer murió con él. Podríamos seguir investigando a Irene pero, si se descubre que su vehículo fue saboteado y controlado a distancia, el prestigio de la Compañía se verá seriamente afectado. Sugiero, por lo tanto, insistir en que Fariq manipuló el sistema para saltarse los controles de velocidad, y desmentir los rumores sobre el robo, como si nunca hubiera sucedido.

 

A la larga, todos saldremos ganando.

 

Siempre a su servicio,

 

Denise Ángel.


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#9

Escrito 14 mayo 2019 - 18:56

La grandilocuente aventura de la princesa Míriam y el mago

 

 

La princesa Míriam desmontó su unicornio. No le gustaban esos cuadrúpedos con cornamenta, pero era la única montura de la que disponía, y además, era rápida, así que ya le venía bien, porque el tiempo apremiaba. Como había dicho la reina, en cuando el sol tocara el horizonte, la maldición sería irreversible y todo el país acabaría desapareciendo en un manto de sombras y oscuridad.

 

Para lograr sus objetivos contaba con su espada, la sin nombre, porque aún no se había decidido por uno, y su hermano, que contra todo pronostico no era príncipe sino un mago. Uno de inexorables poderes, como solía decir él. La princesa Míriam sospechaba que su hermano no acababa de comprender que significaba la palabra "inexorable", pero ella tampoco, así que era mejor no sacar el tema.

 

El castillo quedaba muy lejos a sus espaldas, pero podían sentir que la reina les observaba, porque ella también tenía poderes mágicos y por mucho que la princesa Míriam y su hermano el mago intentaran vivir aventuras furtivas y secretas, la reina siempre se acababa enterando. Aquello no era del todo malo, porque la vez en la que La Gran Bestia Voladora la había envenenado, la reina había acudido en su ayuda y les había salvado. Pero en esta ocasión, Míriam esperaba no necesitar ayuda para los desafíos que le esperaban.

 

El primero no tardó en aparecer. Un río que bajaba caudaloso e impedía el paso. Míriam miró a su hermano:

 

—Este parece un trabajo para tí, hermano.

 

El mago afirmó con la cabeza y acto seguido, pronunciando unas palabras ininteligibles y alzando su báculo, hizo aparecer un sólido puente por el que cruzaron sin más problemas.

 

El segundo desafío era el Desierto Sin Fin, cuyo nombre no provenía por su vasta extensión, sino por las criaturas que lo habitaban y que si te capturaban te sometían a una tortura que hacía que el tiempo no fuera a acabar nunca. Eran pequeñas, pero con agresivos dientes. La princesa Míriam siempre había sido de la opinión de que eran inocentes, y que había que ingeniárselas para cruzar las dunas de arena sin interactuar con ellas, pero su hermano era demasiado impulsivo, así que, como en otras ocasiones, usó uno de sus mejores conjuros de fuego para exterminar unas cuantas criaturas. Sea como sea, funcionó y pudieron cruzar el desierto sin más incidentes.

 

Míriam recibió entonces un hechizo de comunicación. Era la reina, apremiándola para que se diera prisa en completar su gesta, pues el sol estaba cada vez más bajo. Debían derrotar al dragón cuanto antes. Siempre había un gran dragón al que vencer al final de toda gran aventura que la princesa Míriam aceptaba.

 

—Hermano. La reina me ha comunicado telepáticamente que nos queda muy poco tiempo, tenemos que ir lo más rápido posible a la mazmorra del dragón.

 

Entonces, su hermano invocó un coche volador y no dudó en tomar el puesto de conductor.

 

—¿Un coche? ¿Tenías que conjurar un coche? ¡Pero si aún no se han inventado! —le dijo Míriam.

 

Su hermano siempre estaba improvisando cosas así, que violaban las leyes del universo. Y como otras veces, al final lo resolvieron con un hechizo de viaje en el tiempo. Volviendo justo antes de cruzar el desierto. Ahí el mago usó un conjuro de confusión contra una serpiente de arena gigante y Míriam la domesticó blandiendo su espada y haciéndole saber que el no comportarse como una buena montura era una mala idea.

 

Y así volaron hacia la fortaleza. Ahí Míriam desenvainó su espada y venció de una estocada al dragón. Y justo a tiempo, pues al momento la reina se volvió a comunicar, de que el tiempo había terminado y que la princesa Míriam debía regresar.

 

Volvió caminando, pues una vez vencido el dragón, todo quedaba más cerca, así que en un minuto ya estaba dentro del castillo. Nuevas aventuras surgirían, pero tendrían que esperar al día siguiente.

 

*****

 

A María le gustaba ver desde la ventana de la cocina a qué jugaba su hija. Le tranquilizaba por varios motivos, principalmente porque era madre, y toda madre quiere saber que su hija de ocho años está a salvo porque nunca se sabe qué puede ocurrir, como la avispa que le picó en una ocasión, pero también por ver que la niña estaba superando la pérdida y volvía a jugar y sonreír. Se le hacía extraño que jugara como si estuviera con alguien más, pero ¿acaso no hacían eso muchos niños? Ella misma de pequeña solía jugar mucho con la imaginación, porque era hija única. Con el tiempo, creyó que eso era algo triste y por ese motivo se dijo que cuando fuera madre tendría al menos dos hijos, para que jugaran juntos.

 

—Míriam, ya sabes cómo va. Tienes que volver antes de que se ponga el sol si no quieres estar castigada de nuevo —le dijo.

 

La niña hizo un gesto con la mano, como que la había escuchado y se bajó del unicornio balancín que le había regalado hacía unos años. Luego Maria observó cómo Miríam giraba el grifo de la manguera que usaban para regar el césped del patio y, tras crear un riachuelo, usó unos tablones del cobertizo para improvisar un puente y cruzar. Después, fue directa a la parte de arena, donde María aún no había decidido qué plantar ahí, e imitando a lo que solía hacer su hermano, se agachó y utilizó una lupa para intentar quemar unas cuantas hormigas. El sol estaba muy flojo, así que no funcionó, pero Míriam hizo como que sí, y las hormigas al notar sus pies se alteraron y empezaron a corretear más rápido. La niña, sintiéndose satisfecha, se puso en pie de un brinco y siguió con sus juegos.

 

—Cariño, dos minutos y adentro, que la cena ya casi está —le apremió María.

 

Ella respondió con un gesto, y habló en un tono confidencial a quien suponía que sería el amigo imaginario. Después, cogió el coche de juguete que solía ser de su hermano, una réplica de un Audi, y lo hizo volar brevemente como si fuera un avión, para luego arrepentirse y dejarlo lentamente en el suelo, como si aquello estuviera mal. Tras eso, dio unos pasos caminando hacia atrás, de nuevo donde las hormigas, cogió el trozo de manguera que habían cortado por estar defectuosa y usó como caballito para corretear hasta donde estaba el cobertizo. Lo abrió, sacó su espada de juguete y apuñaló el viejo mono de trabajo que solía usar su padre las pocas veces que le daba por hacer bricolaje.

 

Satisfecha, Miríam dejó todos los tratos dentro del cobertizo y se dirigió al interior del hogar.

 

*****

 

Aquello no le gustaba nada. Estaba claro que María creía que todo era un juego y resultado de la infinita imaginación de una niña, pero lo cierto es que ahí estaba, ese supuesto hermano interactuando con Míriam.

 

Eso de por sí no era lo sorprendente, sabía que los espíritus y fantasmas existían; él mismo era uno de ellos, porque había preferido no ir a la luz al tener aún cosas pendientes. Lo extraño de todo era que él era su hermano y Miríam estaba interactuando con un espíritu impostor. Y ningún espíritu hace ese tipo de cosas si no es por un mal motivo. No sé qué quería de Miríam, si poseerla o quedarse con su alma, pero no pensaba quedarse de brazos cruzados.

 

El ente que se hacía pasar por él estaba ya bastante arraigado dentro de la mente de su hermana, y ya conseguía actuar a través de ella, como al utilizar los tablones para cruzar el riachuelo improvisado o hacer que Míriam creyera que quemar hormigas era buena idea. A ella nunca le había gustado eso último, lo detestaba y más de una vez habían discutido y se había ido corriendo con lágrimas en los ojos, porque no era capaz de tolerar esa clase de crueldad contra unos inofensivos seres vivos.

 

Decidió intervenir en cuanto vio el coche. Era suyo, no tanto en lo material, sino en lo que significaba para él y para ella. Si no rompía la conexión, si ella seguía creyendo que estaba a salvo y protegida por el espíritu de su hermano...

 

Así que se abalanzó contra el ente, sin saber si aquello podía funcionar, o si ella sería capaz de verle como parecía ver al impostor. Y tras unos forcejear un poco, consiguió inmovilizarle lo suficiente para que Míriam, al asestar una estocada al supuesto dragón, atravesó también el cuerpo etéreo del ente. La voluntad de vencer al mal rompió la conexión entre la niña y el ente parasitario, que acabó desvaneciéndose.

 

El espíritu de su hermano se quedó observando a Miríam mientras regresaba a casa. Al día siguiente seguramente volvería a sus juegos de princesa, pero en esta ocasión tendría que hacerlo sola. Sería duro, también para él, pero tarde o temprano hay que dejar que el duelo siga su curso. Él había muerto, y ella tenía que superarlo.


Editado por Lyn, 14 mayo 2019 - 19:01 .

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#10

Escrito 14 mayo 2019 - 18:57

RELATO FUERA DE CONCURSO

 

Tres mujeres y una venganza excesiva por algo sin importancia

 

Jorge se toma el tequila de un trago, sin sal ni limón. Las piernas le siguen temblando.

 

—¿Te pongo otro, princesa? —pregunta Peti, la camarera—. ¿O prefieres otra cosa?

 

Jorge va a responder, pero se abre la puerta y entra una mujer alta, rubia, de pelo rizado, tacones de aguja y bolso a juego.

 

—Hola, Jorge —dice mientras se acerca a la barra—. ¿Llevas mucho esperando? Ponme un Nordest, chica, con hielo, dos arándanos, una hoja de menta y un trozo de corteza de limón. En copa ancha, con la mejor tónica que tengas. Vamos a una mesa. ¿Este… sitio está siempre tan vacío?

 

—Marchando un gintonic con salmorejo —responde Peti en voz baja.

 

Jorge se levanta y se sienta con la mujer en una mesa algo apartada.

 

—Mira, Jorge, no sé lo que pretendes con esto, pero creo que está todo bastante claro, ¿no? No esperaba saber nada de ti, ¿sabes? ¿Te di mi número? No me acuerdo de nada de esa noche… ¿Qué quieres? Estuvo bien, pero no sé si quiero repetir, no me siento muy cómoda con esto, ¿vale? Pasamos un buen rato y ya está. Mejor lo dejamos así, ¿no? Tal y como está. Ya sabes. Entre nosotros.

 

La mujer interrumpe el monólogo cuando Peti trae una copa para ella y una cerveza para él.

 

—¿Brindamos? Todo está bien, ¿no?

 

Jorge asiente, chin, chin, y para adentro. La mujer bebe primero un sorbo, luego otro, y al final pega un trago que deja la copa por la mitad.

 

—Joder, qué bueno —dice—. Pues eso, fue una noche atrevida, ¿verdad? Nos lo pasamos de miedo, y terminamos a lo grande, ¿eh? Estuviste bien, te portaste y aguantaste el tipo, que no todos lo hacen. Samara y la Juani también se lo pasaron bien, no te creas, que Samara parece una monjita pero en cuanto le masajean un poco el…

 

—Laura —dice Jorge interrumpiendo a la mujer—, yo quería decirte que…

 

—Tengo que mear.

 

Jorge se queda con la palabra en la boca mientras Laura, que es como se llama la mujer, se levanta y se dirige al aseo. Se tambalea y suelta una maldición mientras camina con aire desorientado.

 

—Tu amiga ya estaba fina antes de entrar —dice Peti, que se ha acercado a la mesa—. Así que no esperes mucho, dale un minuto y entra.

 

—¿Tan rápido? Pero, ¿qué le has echado?

 

—Mierda de la buena, reina, ¿tú qué te piensas? Venga, ve, que ya estará a punto. Pero no te la tires.

 

—Vete a la mierda, Petra.

 

—Vuelve a llamarme Petra y te abro la cabeza como a un melón maduro.

 

Jorge se dirige al baño de señoras, entra y cierra la puerta. Al cabo de cinco minutos sale de nuevo, jadeando y con las manos sudorosas.

 

—¿Todo bien? —dice Peti.

 

—Todo genial —responde Jorge—. Todo como debe ser. Ponme otra cerveza, que ésta se me ha calentado.

 

—¿No le habrás cortado el cuello? Espero que no hayas manchado las paredes, porque acabo de…

 

—La he estrangulado, tranquila.

 

—Bueno, entonces vale.

 

El bar sigue vacío. Jorge se toma la cerveza con calma, charlando con Peti, y la puerta vuelve a abrirse.

 

—Eres un pedazo de cabrón —dice una mujer—. Eres un mierda y un cabrón de cojones.

 

—Hola, Juani —responde Jorge.

 

—O es un cabrón entero o sólo un trozo, a ver si te aclaras —dice Peti.

 

—¿Perdona?

 

—Que qué te pongo.

 

—Una caña. Vamos a una mesa, Jorge. —Hace una pausa y piensa que debe añadir algo—. Hijo de puta.

 

Juani es una mujer de corta estatura, morena, de cintura estrecha, trasero firme, dos pechos turgentes como melocotones recién cogidos, etcétera. Se sienta frente a Jorge, bebe su cerveza casi entera de un trago y lo mira con desprecio.

 

—Que sepas que te voy a denunciar —dice al cabo de un rato.

 

Jorge abre los ojos con una sorpresa genuina que no puede ocultar. Se queda sin palabras y, al cabo de unos instantes, le da un ataque de risa. Juani tiene cara de llevar guindillas debajo de las uñas y ni siquiera sonríe.

 

—No me lo puedo creer —dice Jorge secándose una lágrima.

 

—¿Crees que esto es gracioso? Te voy a meter una denuncia de la hostia, por acoso, por agresión, por violación y… y… y por maltrato. A las tres. Samara está hecha una mierda y llena de moratones, y yo también. Y Laura. Ella menos. Pero da igual, te vamos a denunciar las tres y no vas a poder acercarte a una mujer en tu vida. Lo de la otra noche te va a salir por un pico.

 

—Cuando empezamos estábamos todos de acuerdo —responde Jorge con semblante serio—. Pero luego…

 

—Eso, pero luego no. Laura sacó fotos y eso va a joderme, ¿entiendes? Ya sabía yo que eso no podía terminar bien…  Puta Laura de los cojones… Y tú ya puedes prepararte porque voy a… a… Ahora vuelvo.

 

Juani se levanta y se va al servicio con paso rápido. Al cabo de unos segundos se escuchan los ruidos inconfundibles de las arcadas y los vómitos.

 

—¿No debería…? —dice Jorge dejando la pregunta en el aire.

 

—Sí, deberías —responde Peti—, porque está vomitando la yocaína y eso significa que tienes que actuar.

 

—Qué pesadez.

 

—Déjalo, anda, ya voy yo.

 

Peti sale desde detrás de la barra con una cuerda fina de nylon, le da dos vueltas a cada mano y entra en servicio de señoras. Al cabo de unos segundos se escuchan golpes, gritos ahogados y alguna maldición que otra. Peti sale, finalmente, limpiándose el sudor de la frente y guardando la cuerda en un bolsillo.

 

—¿Sabes que estamos jodiendo las estadísticas? —dice mientras sirve dos vasos de tequila en la barra—. Alguien va a tener que explicar este repunte de mujeres asesinadas. ¿Salud?

 

—Salud —Jorge coge su vaso y lo termina de un trago—. ¿Y si las dejo en un callejón como que se han matado la una a la otra?

 

—Estrangulación mutua. Suena a película de bajo presupuesto.

 

—O a porno.

 

—¿Porno de estrangulaciones? ¿Qué tienes? ¿Doce años?

 

La puerta vuelve a abrirse. Se trata de Samara, obviamente. El pelo largo, descuidado, le tapa ligeramente el rostro. Tiene ojos grandes, marrones, enrojecidos por el tabaco y la sal de las lágrimas, ojos de quien está acostumbrado a bajar la mirada, sin rechistar, de quien se sabe débil, víctima derrotada en todas las contiendas. Se acerca a la barra y sorprende a Peti pidiendo un vodka sólo, sin hielo, que bebe como hacen los alcohólicos tempranos, de un trago. Pide un vaso de agua y Jorge le indica por señas una mesa.

 

—Lo siento —dice la mujer en cuanto se sientan.

 

—En realidad, Samara, te he llamado porque…

 

—Déjame hablar, por favor. Si no lo digo todo del tirón no sé si voy a ser capaz. Lo que te hicimos fue algo horrible y… Pensaba llamarte, ¿sabes? Para disculparme. Para ir contigo a la policía, si querías denunciarnos. Estás en tu derecho y… Yo confirmaría lo que dijeras. Si quisieras. Yo… Tengo que contarte… Tengo que hablar con alguien y contárselo. Contarlo todo.

 

Jorge guarda silencio y Samara habla, y sigue hablando durante un buen rato. Le habla de su infancia, de su familia, de su tío, el que venía a cuidar a su hermano y a ella cuando eran pequeños y sus padres salían de fiesta. De los juegos con su tío. De cómo cambiaron esos juegos cuando ella cumplió once años, y dejaron de jugar en el salón y empezaron a hacerlo en su habitación, quisiera ella o no quisiera, porque él era su tío, un adulto, y sabía lo que se hacía.

 

Entonces se lo contó a su madre, y ella se indignó. Se lo contó a su padre, que se enfadó, porque estaba hablando de su hermano, y eso era imposible. Samara habló, y habló, y siguió hablando mientras Jorge se ponía en su pellejo.

 

—Que no me creyeran me dolió más que ninguna otra cosa. Eso es lo peor, ¿sabes? El cuerpo se cura, pero la vergüenza dura toda la vida. Vergüenza por ser una mentirosa y una puta al mismo tiempo, por haber actuado mal, por ser mala niña, mala hija, mala mujer. Si un hombre en un bar se pone agresivo puedo marcharme o pedir ayuda pero, ¿qué haces cuando eso sucede en tu propia casa?

 

—¿Cuántos años tienes, Samara?

 

—Diecisiete. Aparento más, lo sé. 

 

—Joder. Y vives…

 

—Sigo viviendo con mis padres. Mi hermano tiene doce años. A mi tío le gusta jugar con él y no voy a dejarle solo. El día que yo no esté se lo llevará a él a su cuarto, y no puedo dejar que ocurra eso.

 

Samara sigue hablando. Peti lleva a la mesa otro vaso de vodka cortesía de la casa, pero Jorge niega con la cabeza sin que la muchacha se dé cuenta. La camarera se lo lleva de nuevo y lo tira por el desagüe.

 

Samara llega a la noche en la que Laura, Juani y ella misma conocen a Jorge, y hubo mucho alcohol y alguna pastilla que otra, y Laura hizo una proposición muy loca y todos se rieron, menos Samara, y Juani siguió el juego, y ella dijo ¿por qué no?. El sexo convencional le resultaba frío y algo más agresivo le parecía, ¿cómo decirlo? Atractivo. Excitante. ¿Por qué no probarlo?

 

—Lo que te hicimos fue horrible, Jorge. Yo fui quien más daño te hizo, quien insistió al final, quien te… Yo… No espero que me perdones. Lo siento. Lo siento muchísimo.

 

Jorge ya no sonríe.

 

—Juani dice que tenéis fotografías. Ha amenazado con denunciarme.

 

—Sí, me lo ha contado —dice Samara—. Quiere decir que tú la violaste. Cree que así se librará si las fotografías salen a la luz algún día porque… Bueno, ya sabes. Está en las juventudes. No puede arriesgarse. —Levanta la mirada y hace la pregunta que ha temido hacer desde que entró en el bar—. ¿Cómo te encuentras? ¿Tienes algún… problema?

 

Jorge guarda silencio. Respira profundamente, exhala el aire y mira a Samara a los ojos.

 

—No te preocupes. Me encuentro… —En ese momento se levanta bruscamente de la silla—. ¡No! ¡Para!

 

Es inútil. Peti se acerca a Samara por la espalda, pasa la cuerda de nylon por su cuello y aprieta con todas sus fuerzas.

 

—¡Para! ¡Peti, para, por Dios!

 

Pero la mujer no hace caso, no afloja ni siquiera cuando el hombre se le echa encima intentando separar sus manos. La cuerda aprieta, es inexorable, aprieta mientras la muchacha agita los brazos, boquea, intenta gritar y zafarse, pero es inútil, y Peti mantiene la presión incluso cuando los brazos caen y los aspavientos cesan. Aprieta durante un minuto más, y entonces suelta la cuerda.

 

—Por si te lo estás preguntando —dice jadeando—, cerré la puerta del bar hace un rato.

 

—Había pensado perdonarla —dice Jorge.

 

—Pues mal pensado. ¿Se te ha puesto dura al verla o algo parecido? Porque lo último que sé es que estos tres angelitos te dejaron impotente a hostias. Aunque antes te echaron un polvo, todo hay que decirlo —añade después de dudar un segundo.

 

Jorge mira a la muchacha que está sentada frente a él con los ojos abiertos, la lengua colgando fuera de la boca y una mueca de terror. El hombre quisiera ver un rastro de agradecimiento en ese rostro, un atisbo de que la niña mujer por fin podía descansar, como si la muerte fuera un alivio de algún modo. Pero no es así. Cuando se sintió morir tuvo pánico, como todo el mundo.

 

—Me siento mal —dice Jorge—. Me siento extraño y vacío.

 

—La venganza es anticlimática, princesa, ¿qué esperabas? —dice Peti—. Pero, en fin, ya está. Hemos hecho lo correcto.

 

—¿Tú crees?

 

Peti mira a Jorge fijamente y sonríe.


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  • Lyn

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#11

Escrito 14 mayo 2019 - 19:01

Ya está todo :)

 

Votad al relato fuera de concurso. No os olvidéis.


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#12

Escrito 14 mayo 2019 - 19:09

¿Por qué fuera y no dentro?

Pasados los relatos rápido con el dedo, debo decir que el mío es claramente superior al resto.
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#13

Escrito 14 mayo 2019 - 23:26

¿Por qué fuera y no dentro?

Pasados los relatos rápido con el dedo, debo decir que el mío es claramente superior al resto.


Quieres decir que es el que aparece primero?

Porque son todos igual de malos, no es por nada.

Excepto el mío.

Bueno, lo sería si... Ya sabes.

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#14

Escrito 15 mayo 2019 - 16:39

 Leídos todos

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#15

Escrito 21 mayo 2019 - 14:00

He leído y comentado todos los relatos, pero no sé cómo repartir los puntos.

 

Joe, es que son todos igual de malos.

...

...

Bueno, vale, no seré tan mala persona. Es que son todos de calidad similar.  :D

 

Nah, sin coñas, voy a intentar repartir porque darle puntos y votar como "mejor relato" al mismo texto no me hace gracia, porque hay otros muy buenos que creo que merecen puntos también...

 

Así que votaré como mejor escrito a un relato que no tendrá puntos y eso me da rabia, pero en fin, tengo que elegir...

 

¿o no? ¿Es una decisión incorrecta?

 

 

dso, perdidico en un mar de dudas


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