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Relatos del bimestre febrero-marzo 2019

relatos concurso

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18 respuestas en este tema

  • Lyn

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#1

Escrito 18 marzo 2019 - 18:24

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 31 de marzo, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día ? será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día ? del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 1 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos

 

La condición de este bimestre :

 

“El valor del NO. La libertad de elegir".

 


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  • Lyn

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#2

Escrito 18 marzo 2019 - 18:26

Negación

 

—No.

 

—Tienes que ayudarme, te lo pido por favor, Roberto.

 

Jaime no sabía como convencer a su colega, llevaba casi una hora recibiendo un "no" tras otro, por mucho que suplicara.

 

—No cuentes conmigo. La cagaste, ¿vale? Ahora tienes lo que mereces, si me hubieras prestado atención, si hubieras atendido a mis demandas... No te verías en esta tesitura.

 

Era el primero del grupo al que se lo pedía, así que Jaime se convenció de que los otros darían su brazo a torcer, después de todo Roberto era el nuevo, su traje azul aún brillaba y tenía el olor a nuevo de los que no han atravesado el fuego o no han tenido que resistir el envite de coche en marcha; su capa aún no tenía jirones ni agujeros de bala. Era el novato, seguro que Tomás, con el que había compartido decenas de tardes de cervezas, le ayudaría.

 

Fue a verlo en su piso.

 

—No.

 

—Por favor, Tomás, sólo me quedan unos pocos días. Sabes que no puedo hacerlo solo; tiene que ir alguien y evitarlo.

 

—Pues que cualquier otro te haga de recadero. No cuentes conmigo. Por lo que a mí respecta, vas a tener lo que te mereces.

 

—Me estás matando, ¿sabes? Es como si me apuntaras con tu infalible pistola y apretaras el gatillo.

 

—No malgastaría una bala contigo, y mi tiempo tampoco. Así que eres tan amable de largarte de mi casa...

 

Se estaba quedando sin opciones, pero a Jaime aún le quedaba su más fiel y antiguo compañero, Antonio, con el que había tenido muchos roces y ya no podía decirse que fueran amigos, pero seguía habiendo respeto entre los dos. Y quería apelar a la moral de casi obligado cumplimiento que sentía Antonio de hacer lo correcto.

 

—No.

 

—Pero Antonio, eres mi única esperanza.

 

—Y tú lo eras de cientos de miles, y decidiste ser egoísta. ¿Creías que nunca se volvería en tu contra tus continuos actos caprichosos? Estás sufriendo una ironía del destino. No veo por qué debería hacer algo, es el castigo que te has ganado.

 

—Pero al final nadie murió, conseguisteis salvar la situación...

 

—Como siempre hacemos cuando nos dejas vendidos. Casi morimos, y he decidido que no puede haber más situaciones así.

 

Jaime recordó aquella misión. Una de esas donde hay un gran peligro y un reloj metafórico haciendo tic tac, lo que venía a ser un día cualquiera en la oficina. En aquella ocasión el gran peligro tenía forma de roca de medio kilómetro y el reloj la distancia que le quedaba por recorrer hasta la capital de donde vivían: Ciudad Épica. No era la primera vez que algo caído del cielo amenazaba la ciudad con mayor porcentaje de catástrofes inminentes y siempre evitadas, la mayoría por el grupo de Antonio o por otros con superpoderes que cubrieran el cupo cuando los primeros estaban en alguna aventura interdimensional; pero en esta ocasión, había una forma fácil de evitarlo, sin que nadie corriera riesgos.

 

Días atrás habían encontrado la Piedra de la Luz, que guardaba en su interior un el poder de transformar la materia y darle nuevas propiedades, incluso algunas que ni siquiera existían en este universo. Jaime, al ser un miembro con poderes tácticos que no servía para la acción directa, fue el encargado de ir a buscarla mientras los otros tres se preparaban por si la Piedra de la Luz no funcionaba. Así que la sacó de su estuche, subió hasta la azotea para tener contacto visual con el meteorito y... decidió que sus compañeros podían repetir la jugada de la anterior crisis. Y que en vez de convertir el meteorito en polvos de talco, podía usarla para convertirse a sí mismo en alguien más poderoso. Inmortal incluso.

 

Sus compañeros lo vieron venir, e intentaron evitarlo, pero enseguida estuvieron demasiado ocupados con el peligro inminente como para tomar algún tipo de represalia contra Jaime. Tomás nunca fallaba los disparos, fuera con una pistola o con un cañón, y los proyectiles siempre llegaban al instante de ser disparados, así que apuntó en los puntos clave del meteorito y lanzó varios obuses que impactaron y dañaron la estructura de la roca, debilitándola para que Antonio, maestro de los terremotos, proyectara un seísmo sobre el mismo meteorito para que se fracturara en cientos de trozos, más manejables por Roberto, que creó varias decenas de redes invisibles que capturaron los fragmentos más grandes o susceptibles de caer sobre los edificios. El resto cayó al mar, sin más incidentes que un oleaje que habrían disfrutado mucho los surfistas.

 

—Ya ni siento el sabor del café... —musitó Jaime volviendo a la conversación.

 

—Tampoco pensaba prepararte uno —replicó Antonio.

 

—Podría obligarte a hacer lo que necesito.

 

—Podrías enviarme, sí, pero no obligarme a hacer nada.

 

—En pocos días será luna nueva. El ciclo se renovará y todos los días anteriores quedarán sellados para siempre... Si no me ayudas tú, estoy jodido.

 

—Estás jodido, entonces. Aunque me envíes al pasado, lo que haré será usar la habitación del pánico que creamos, para aislarme, no modificar los acontecimientos y reducir el impacto que los viajes en el tiempo tienen en la causalidad. Así que haz lo que quieras.

 

Jaime no hizo lo que quería. No hizo nada. Acabó vagando por las calles solo y pensativo. Podía contratar a alguien para que cumpliera su petición de evitar que cometiera la estupidez de usar la Piedra de Luz consigo mismo, pero estaba convencido de que sus antiguos compañeros intervendrían si conspiraba con alguien.

 

Además, cada vez le importaba todo menos. Era una sensación, un sentimiento, o más bien la ausencia de éstos, que cada vez crecía más en su interior. No sólo estaba perdiendo la capacidad de disfrutar de las cosas, si no que la apatía lo estaba consumiendo poco a poco. Se había vuelto inmortal, pero a costa de volverse poco a poco invulnerable a cualquier tipo de sensación, tanto psicológica como física, hasta acabar siendo un fantasma en vida.


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#3

Escrito 18 marzo 2019 - 18:29

¿Y después qué?

 

Llego a casa, tiro las llaves al jarrón y dejo el uniforme sucio en la entrada. Me arrastro hasta el sofá del salón. Al tumbarme, siento que éste me absorbe.

 

—¿Cómo ha ido el día, cariño? —. Mi mujer está leyendo en pijama. No la he visto.

 

—Genial —. Son las dos y estoy molido. Cómo novedad el banquete se ha alargado y por supuesto yo no voy a oler un euro de más—: ¿Qué haces despierta tan tarde?

 

Noto que se muerde el labio y me evita con la mirada. Mierda, ¿que he hecho? No importa, porque el chaparrón es inminente. Sin embargo sonríe. Parece que se hace de día.

 

—Han llamado por lo del currículum —cierra el libro y se acerca. Su beso me sabe amargo—. Te he dejado el recado pegado en la nevera. Cuando hayas tomado una decisión lo hablamos. Piénsatelo. La entrevista es mañana.

 

Aturdido, la sigo con la mirada hasta que se va del salón. Está preocupada, es obvio. Estamos pasando una mala época en lo económico, pero de momento aguantamos. De momento. Me levanto y vago hasta la cocina. Las piernas me duelen horrores. La susodicha nota viene acompañada de un «Te apoyaré, decidas lo que decidas» y firmada con un beso.

 

—Jo-der.

 

La citación viene de Durayeb & Associates, el mejor bufete del país. La mitad de mi promoción apuñalaría por un despacho allí. A las buenas te pueden hacer rico, pero a las malas... Que la entrevista sea mañana no es casualidad, pienso. Me quieren meter prisa. Salgo de la cocina, cojo el uniforme y lo echo a lavar. La nota no dice nada sobre el sueldo, pero seguro que es mejor que camarero a 5€ la hora.

 

Son las tres de la mañana y estoy sentado delante de la lavadora viendo como el uniforme da vueltas. No sé qué hacer. En cinco horas me tocaría secar la ropa en el radiador y empezar otra jornada infernal. Me despierto cuando el sol me pega en la cara: está amaneciendo, tengo el traje empapado y la espalda destrozada.

 

Me levanto, saco el uniforme de la lavadora y lo tiro a la basura. Se acabó.

 

Mi mujer sigue dormida. Sin despertarla le doy un beso en la frente y me voy a la ducha. Me arreglo y me pongo mi mejor traje, ese que guardo para ocasiones especiales.

 

—Esta una ocasión especial —le digo al espejo.

 

Reservo el próximo tren, una noche de hotel barata y me preparo para hacer LA llamada.

 

—Durayeb & Associates, ¿en qué puedo ayudarle? —. El tono corporativo de la secretaria bien podría estar anunciando un despido masivo como informado de la entrega del aguinaldo—. ¿Si? ¿Hola? Durayeb & Associates, ¿en qué puedo ayudarle?

 

—Soy Durhan Massic, llamaba para confirmar una reunión.

 

La conversación tiene mucho discurso prefabricado, pero me quedo con el hecho de que me hospedo en un Hilton de 150 euros la noche. Todo a cargo de la empresa. Impresionante. A lo que me quiero dar cuenta estoy en un asiento de primera clase, rumbo a al capital. Cuando se me pasa el subidón echo una cabezada, pero a mitad de trayecto mi móvil monta un escándalo. Mierda. Seguro que me llaman del bufete para anular la reunión; seguro que se han equivocado y la oferta iba para otro señor Massic...

 

Descuelgo y la sarta de insultos que escupe el móvil casi atasca la línea. Me he olvidado de que ya tenía un trabajo. De mierda, pero un trabajo. Siempre he querido hacer esto:

 

—Calla y escúchame, cretino. Eres un explotador amargado de mierda y antes de que me amenaces que sepas que en veinticuatro horas tendré un despacho desde el que podré hundirte la vida. Considera esto mi carta de dimisión y piérdete, canalla.

 

Antes de colgar los insultos ya no comprenden de comas o espacios. Me imagino a mi ex jefe con la vena del cuello hinchada. Es curioso. Mi ex jefe. Parece que ya he tomado una decisión sin saberlo. Le mando un mensaje a mi mujer y me acurruco contra la ventana.

 

No recuerdo haber dormido tan bien en meses.

 

La sede de Durayeb & Associates es impresionante: un titán de cristal y acero que deja bien claro quién es el macho alfa en la manzana. Al dirigirme al mostrador principal me asalta una secretaria con una sonrisa prefabricada, protocolaria y corporativa. La mujer concierta una reunión para dentro de ventitrés minutos y me da un número de despacho. Todo es aún más frío de lo esperado, raro, pero al menos me invita a pasar a una salita a tomar café

 

En la habitación hay treinta personas, nadie habla con nadie y todos llevan su mejor traje. Empiezo a perder los nervios. Calma. Me han pagado el hotel y ni siquiera lo llamaron entrevista. Todo va bien. Me tomo el café y uso la excusa de ir al baño para perder tiempo.

 

23 minutos. A los 18 ya estoy en el despacho. La puerta se abre y me da paso un hombre con una sonrisa de batracio. Ningún candidato sale del despacho. Es buena señal. La reunión empieza con sonrisas de manual y comentarios ocurrentes —pero no pedantes—. Un profesor una vez nos dijo «Alumnos, la clase de hoy va a ser la más importante de toda la carrera» al tiempo que sacaba un montón de corbatas de una caja. Que razón tenía. Charlo con el entrevistador sobre la empresa y la cosa pinta de lujo. En cuanto empiezo a usar el plural éste también lo hace. Esa que es una buena señal.

 

—Discúlpeme un segundo, pero, ¿en qué parte del proyecto encajo? —señalo mi currículum—. Las relaciones internacionales son mi especialidad, como bien sabrá.

 

—Verá, señor Massic. Temo que la plantilla de nuestro bufete está cubierta. Usted formará parte de nuestros Especialistas en Gestiones Centralizadas. Es una empresa subsidiaria.

 

El tipo abre una carpeta y me enseña un logo muy colorido. El slogan tiene gancho y por lo que veo hasta cuentan con una App asociada. Todo muy millenial. Sé muy bien de qué me están hablando en realidad: un modelo de trabajo neolibreral que arrasa desde hace años. Primero fueron empresas como Glovo, Uber, Cabify… Startups con proyección meteórica, decían, pero cuya traducción rápida en este caso es la siguiente: Contrato de falso autónomo y jornada laboral que ni en sueños se ajusta a lo que se estipula sobre el papel.

 

—Tengo dos carreras y un máster. He trabajado con Dickinson durante tres años, recibiendo dos menciones honoríficas. No puede ser que me haya traído hasta este despacho para, no se ofenda, que les ordenes los papeles.

 

—Verá. La situación es complicada, señor Massic. El país tiene la tasa de paro más alta de su historia. Todos debemos arrimar el hombro, sobretodo los de arriba.

 

Arqueo una ceja. Hace poco leí que Durayeb & Associates había cerrado el año fiscal con unos beneficios récords. Me pongo de los nervios, pero de pronto el tipejo cambia a un tono tranquilizador: habla de vacaciones flexibles y disponibilidad familiar. Me vende que el puesto es una oportunidad para emprendedores. Casi un regalo. No suena mal, la verdad.

 

—¿Y qué hay de mi remuneración? —pregunto. Llegado a este punto sé que tengo que aceptar sí o sí. Durayeb & Associates tiene fama de pagar bien. Eso que me llevo.

 

—Tiene que comprender, señor Massic, que el proyecto no será barato. Profesionales como usted gozarán de un sueldo estándar para su categoría. Todo un lujo en los tiempos que corren. Ah, y cada trimestre la empresa celebra una cena. Yo nunca he ido a ninguna, pero los que lo hacen, repiten —rió—. Aquí está el contrato modelo estándar. Firme y podré darle la bienvenida a Durayeb & Associates. Bueno, a su hermana menor...

 

La pluma que me ofrece es magnífica, remachada en oro. Le echo un vistazo rápido al contrato y todo parece en orden. La verdad es que el puesto es mejor que las miserias en las que llevo trabajando los últimos años. El sueldo ha mejorado bastante: mil cien euros.

 

Pero entonces hago cuentas. ¿Cuanto me quedaría a final de mes? Si firmo, mi mujer y yo nos tendríamos que mudar a la capital, donde los alquileres son carísimos. Del transporte mejor ni hablar: una hora en metro como mínimo. ¿Horario flexible? ¡Un carajo! Luego llegarían los problemas con el primer hijo. ¿Cómo íbamos a pagar las facturas? Trabajando los dos, obvio. Quizá de vez en cuando pudiéramos salir a cenar a un restaurante caro o darnos algún capricho. En algún momento nos compraríamos un coche nuevo...

 

Y después, ¿qué?

 

—Aceptaré, pero con una condición —digo—. Seis mil euros.

 

—¿Perdón? —. El tipo se echa hacia atrás

 

—Eso es lo que vale mi dedicación total a su empresa. Mi vida, si así prefiere llamarlo. No se ría. Si firmo tendré que dejar a un lado mi familia y mis proyectos personales. No tendré tiempo para ver a mis hijos y ya me puedo olvidar de ahorrar para sus estudios. Por mil cien euros al mes no firmaré, pero sí por seis mil. Lo toma o lo deja.

 

—Mire, señor Massic, ahí abajo tengo otros cincuenta candidatos optando a su puesto.

 

—Me parece que lo que hay ahí abajo no son cincuenta candidatos, si no otros tantos idiotas como yo. Nos metéis el miedo en el cuerpo, luego nos hacéis sentir importantes con eso del tren y los hoteles caros. Nos hemos vendido a hombres con traje cómo usted, dándoles lo mejor de nosotros, nuestra vida, a cambio de migajas. Venir aquí ha sido un error. No. No pienso firmar. Este contrato es insultante. ¡Métaselo donde le quepa!

 

Lo que viene a continuación no es motivo de orgullo. En un momento dado alguien alza la voz y el otro responde. Hace años ser mileurista era una tragedia; hoy, un privilegio. Tras hacer del contrato una bola arrugada sé que no hay marcha atrás, así que me largo antes de que llamen a seguridad.

 

Al cruzar la salida del edificio me arrancó la corbata y la tiro a la basura. La gente me mira como un perturbado, pero me da igual. Me siento más vivo que nunca. Estoy pletórico, exaltado… Tengo la adrenalina por las nubes.

 

Entonces el teléfono me devuelve a la realidad: es mi mujer. La he jodido. Soy un parado más y mis referencias laborales son un desastre. Descuelgo. A ver cómo se lo explico.

 

—¿Sí, cariño?

 

—Acabo de ver tu mensaje. ¿Cómo ha ido?

 

Quizá de crío podía esconder a mis padres una trastada durante un par de horas, quizá dos días, pero no tiene sentido callarme aquello. Mentirle es una idiotez.

 

—No muy bien. Cariño, sé que me vas a matar. ¿Que qué he hecho? Cagarla. Meter la pata hasta el fondo. Eso es lo que he hecho.

 

—Ya te dije que te apoyaría hicieras lo que hicieras... ¿Has aceptado el puesto, verdad?

 

—¿Cómo? No, no he aceptado el puesto. Los he mandado al carajo. La oferta era de risa.

 

La tormenta parece inminente, pero ella se ríe, ¡ríe de alegría! Me dice que está orgullosa, que ya era hora de que dejara de venderme por cuatro euros y que yo valgo muchísimo más. Sé que no andamos bien de dinero, pero ahora eso me importa un bledo, porque soy consciente de que ya tengo lo que necesito. Basta de vivir para trabajar. Se supone que la cosa es al revés, ¿en qué momento lo olvidé? Ya soplarán vientos a favor.

 

—Tranquilo, saldremos de ésta, cariño —dice ella—.  La verdad es que yo también tengo que contarte una cosa. No quería decírtelo hasta que hubieras tomado una decisión, para no influenciarte —ahora su voz se pone juguetona—. Señor Massic, estoy embarazada.

 

El móvil se me escurre de las manos. Vaya, esto va a ser más difícil de lo que pensaba.

 

Por lo menos aún tengo pagado ese Hotel de 150 euros la noche. Algo es algo.


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#4

Escrito 18 marzo 2019 - 18:29

Rendirse no es una opción

 

Generalmente, en los relatos de los héroes no hay lugar para las pequeñas incomodidades que las necesidades fisiológicas imponen a las personas normales y corrientes. En la diminuta cápsula espacial que iba en la deriva, el wáter estaba situado en el lateral derecho y una exigua cortinilla daba una poca de intimidad al usuario del retrete. En ese momento, la capitana estaba usando el cono con aspiración para la orina cuando se dio cuenta de que necesitaba ayuda.
 
—Bob, ¿me puedes pasar el paquete de compresas? Está en mi cajón de efectos personales.
—Sí, por supuesto —dijo el piloto mientras de un grácil salto en gravedad cero pasó por encima de los asientos de los astronautas para ir al otro lado de la cápsula.
 
Cuando abrió el cajón de Tessa, vio no solamente el paquete de compresas, sino también una foto plastificada de la capitana con el resto de su promoción. Ella se graduó con los máximos honores, por delante de todos sus compañeros. Cerró el cajón y, antes de volver volando al otro lado de la cápsula, aspiró hondo porque quería reunir el valor de comunicarle a su superiora lo que venía pensando desde hace dos días, tras el inesperado accidente que los dejó a la deriva.
 
—Gracias —dijo Tessa al coger el paquete— no me podía quitar el cono sin manchar el traje o la ropa interior.
—Mira, te quería decir…
—Espera un momento, no quiero soltar ninguna gota de coágulo mientras me la pongo…
 
Tras una incómoda espera donde el espeso silencio se veía interrumpido por los sonidos que hacía la capitana al ponerse la compresa, la cortinilla se abrió por fin y Tessa le espetó por fin a Bob:
 
—¿Qué es eso tan importante que me quieres decir?
—Son matemáticas puras.
—¿Matemáticas?
—La capsula llegará a la Tierra en cincuenta días y nosotros tenemos agua y comida para veinte días. Para dos personas. En cambio, una sola persona con raciones normales tendría para cuarenta días sin racionar. Con racionamiento llegaría fácilmente a los cincuenta.
—La respuesta es no. ¡No! ¡¿Me entiendes?! Soy capitana de esta nave y ya he perdido a Dick con la explosión del tanque de combustible y bajo ninguna circunstancia voy a perder a nadie más bajo mi mando.
—Podríamos echarlo a suertes…
—La respuesta sigue siendo no. Para mí, rendirse no es una opción. Si es necesario, podemos racionar nuestras provisiones al máximo, llegaremos como sacos de huesos a la Tierra, pero llegaremos.
—Sabes que la comida no es limitante. Es el agua lo que nos hace falta. En el módulo de servicio, que quedó destruido con la explosión, está el reciclador. La comida la podemos racionar, pero perdemos agua al excretar. El inodoro estaba conectado a la bomba del reciclador, en cambio ahora da al vacío del espacio. No podemos reutilizar el agua de nuestra orina.
—Lo sé, déjame pensar en algo. Todavía tenemos una bombona con oxígeno para realizar otra actividad extravehicular más, de treinta minutos de duración.
—De acuerdo, Tessa. Medítalo esta noche, pero mañana me tienes que dar una solución, cada día que pasa es un día perdido.
—Lo haré, en todo caso pospondremos el racionamiento para mañana. Quien salga mañana con el traje deberá tener toda la energía disponible para trabajar en los restos del módulo de servicio.
 
Tessa se movió inquieta esa noche durante el sueño. Nunca le gustó dormir con gravedad cero y tuvo una pesadilla muy extraña que recordó al día siguiente. Estaba de nuevo en el centro de entrenamiento de astronautas, realizando el curso para conseguir su certificación y todos sus compañeros habían pasado por el simulador de reentrada. Todos ellos lidiaban con un escenario imposible: la cápsula regresaba a la Tierra a velocidad de escape después de circunvalar la Luna y con el escudo térmico destrozado. Delante de ella, los otros aspirantes luchaban contra las adversidades inútilmente. La cápsula se convertía en una bola de metal fundido matando (virtualmente) a todos sus ocupantes. Otros intentaban un ángulo de ataque más elevado, pero la cápsula rebotaba en la atmósfera y se perdía en el espacio. Por fin llegó el turno de Tessa y no perdió el tiempo intentando frenar la capsula con los retrocohetes. Eso no rebajaba lo suficiente la velocidad de reentrada. Por eso, intentó una última estrategia a la desesperada: Los cohetes de frenado y posición funcionaban con propergoles hipergólicos, mezclando hidrazina con tetróxido de dinitrógeno. Pero ella conocía un menú de mantenimiento donde podía abrir sola la válvula de hidrazina sin abrir la del tetróxido de dinitrógeno. La hidrazina se congelaba a 274 K, casi la misma temperatura que el agua. Abrió los tanques a un ritmo bajo y dejó que se fuera sublimando parte y parte se fuera congelando. La hidrazina se fue infiltrando por el escudo térmico destrozado, congelándose en el vacío del espacio. Fue apurando los últimos segundos antes de tocar las capas superiores de la atmósfera viendo por la cámara de posición como el escudo se iba cubriendo de una capa helada, hasta que saltó una alarma: La válvula se había atascado. “No, no” pensaba ella, en el pasado, su particular Kobayashi Maru había funcionado y sus superiores la había felicitado. En el sueño, sin embargo, todo iba mal y veía como la capsula del simulador se iba poniendo cada vez más naranja hasta que despertó empapada en sudor. En todo caso, había tomado una decisión: A la mañana siguiente saldría ella con el traje espacial, porque ya sabía lo que había que hacer. Después de desayunar, se lo anunció a Bob:
 
—Ayúdame a ponerme el traje, seré yo quien salga.
—No es necesario, puedo hacerlo…
—Soy la capitana y estás bajo mi mando. Harás lo que yo te ordene y si algo sale mal ya tendrás resuelto tu jodido problema de matemáticas.
—De acuerdo —transigió Bob cabizbajo.
 
Tessa salió al exterior con su traje y la última bombona de oxígeno que quedaba en la cápsula. Su traje estaba atado con un hilo de nailon a la maneta de la escotilla y, agarrándose por los salientes de la nave fue bajando hasta los restos del módulo de servicio. Una pequeña explosión de combustible remanente fue lo que se llevo a Dick por delante cuando intentó hacer la misma maniobra. Eso fue dos días antes, ahora Tessa esperaba que todo se hubiera evaporado ya en el vacío del espacio. Tessa se fue moviendo lentamente hasta el lado derecho de la nave, justo la zona que quedaba debajo del retrete y que estaba en el lado más alejado de donde se había producido la explosión. Tras desatornillar un panel, vio la unidad de reciclaje. Las tuberías que llevaban a esta estaban destrozadas, por eso la orina era succionada hacia el espacio, pero la unidad en sí estaba dentro de una caja de acero que había resistido relativamente intacta. Empezó a desmontarla a contrarreloj.
 
—Tessa, te quedan quince minutos.
—Lo sé, joder. No me metas más presión.
—No te va a dar tiempo a desmontar la unidad antes de que se te acabe el oxígeno.
—¡Cállate!
 
Tessa sudaba dentro del traje y a la unidad solo le quedaba un tornillo que estaba muy duro. En ese momento saltó la alarma de que quedaba solo un minuto en la bombona. Apretó los dientes y con un último esfuerzo el tornillo se aflojó. Empezó a mover la unidad con dificultad. Estaba llegando ya a la escotilla con los avisos en rojo y respirando entrecortadamente un aire cada vez más bajo de oxígeno. Pudo ver por el cristal que Bob tenía puesto el traje de presión para el interior de la nave, con una pequeña cantidad de aire de reserva y estaba abriendo la escotilla. Tessa estaba a punto de perder la conciencia, por eso ató a una argolla de su traje un cable que sobresalía de la unidad. Tras hacer eso se desmayó.
 
Se despertó cinco minutos después dentro de la cápsula. Bob la había introducido a ella y a la unidad dentro, no sin dificultad, porque el traje presurizado para el interior no estaba hecho para el vacío del espacio aunque contase con oxígeno propio.
 
—Me alegro que estés bien, Tessa —dijo Bob al ver que había recuperado la conciencia.
—Gracias. Como ingeniero de esta nave, ¿cuál es tu opinión?
—La unidad está bien y podremos conectarla a la electricidad de la nave Tengo manguitos y recipientes. Si meamos, usando la manguera de aspiración, por este otro conducto deberá salir agua destilada, en teoría.
—Pues manos a la obra.
 
Ambos se pusieron a trabajar en reparar la unidad. Bob hizo los honores, meando por el interior de un manguito, unido por cinta aislante al aparato. Por el otro lado, Tessa sujetó con una goma una bolsa para almacenar líquido. Tras recolectar un poco de agua decidió, como capitana, arriesgarse ella a probarla.
 
—¿Qué tal, Tessa?
—¡Puaj! En fin, es agua… casi. No nos moriremos de sed, eso te lo garantizo.
 
Al final Tessa y Bob llegaron vivos a la órbita terrestre, tras pasar mucha hambre y beber un agua que sabía, literalmente, a meados. Fueron recibidos como héroes y su gesta fue contada como una historia de superación. Tessa, tras sacrificar su vida personal para convertirse en una astronauta de prestigio, tomó su última decisión como capitana. Bob, por supuesto dijo que sí. Si para conocer a una persona te tienes que comer mil kilos de sal con ella, a Bob y a Tessa le bastaron con mil litros de agua. La pareja que recicla unida permanece unida.

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#5

Escrito 18 marzo 2019 - 18:31

 

Terror litoral

 

Desde el momento en que Alan pone los pies en aquella playa, sus pocas esperanzas de regresar vivo a casa se desvanecen. La lancha de desembarco ha encallado en la parte más meridional y estrecha de la playa, extendiéndose ante él tan solo unos pocos de metros de arena hasta el acantilado. Pero aquella extensión baldía, sin un solo parapeto del que protegerse de la lluvia de balas enemiga, resulta lo más parecido a un infierno en vida. Mire donde mire, Alan ve cuerpos ensangrentados vestidos con su mismo uniforme, como si de una macabra predicción se tratara. Tras dar un par de pasos, sus pies se detienen inconscientemente. Recibe varios empujones de sus compañeros de pelotón, que lo adelantan en su carrera hacia el abrigo del acantilado. Uno de ellos resulta alcanzado por los disparos y cae, profiriendo un grito sordo. Alan da un paso hacia atrás.

 

—¡Alan! ¿Qué cojones haces? ¡Ven aquí! —le ordena su sargento, que ha logrado alcanzar la cobertura natural del acantilado.

 

Las piernas de Alan no le responden. Se encuentra de pie, a menos de un metro de la lancha abandonada, totalmente desprotegido. Las explosiones y los silbidos de las balas se suceden a su alrededor. Alan sabe que es cuestión de tiempo que le alcancen. Sabe que no saldrá vivo de aquella playa. Da otro paso hacia atrás. Está de nuevo en la lancha de desembarco. Una bala perdida le arranca el casco de su cabeza. Se tira al suelo instintivamente. Levanta la rampa de salida de la lancha y se cubre tras ella. Tiene la mirada borrosa por culpa de las lágrimas. Intenta secárselas con la manga de la chaqueta, pero pronto asume su inutilidad. La otrora débil llovizna se ha convertido en un chubasco que comienza a calarle el uniforme. El pánico empieza a remitir y la culpabilidad lo sustituye. Tiene mucho frío. Los gritos y las explosiones continúan sin cesar. Se sienta en posición fetal e intenta rezar, pero las palabras se apelotonan en sus labios y no es capaz de pronunciarlas. Sujeta con fuerza su fusil y siente ira hacia sí mismo. Por ser tan cobarde y abandonar a sus compañeros. Por no proteger a su país y a su familia del enemigo. Intenta calmarse respirando pausadamente por la nariz, pero el penetrante olor de la pólvora entremezclado con el del salitre le pone todavía más nervioso. Tiene que hacer algo, pues es cuestión de tiempo que un obús enemigo vuele la lancha por los aires. Sin embargo, el miedo se revela como su más inmediato enemigo, pues se siente incapaz de hacer otro movimiento que no sea apretar su fusil.

 

—No… tengo… miedo…

 

Pronuncia esas palabras vocalizando cuidadosamente cada sílaba, intentando convencerse a sí mismo de la veracidad de esa negación. Se pone lentamente de rodillas. Una explosión cercana hace vibrar la lancha y salpica de arena húmeda su interior. Recoge su casco y se lo vuelve a poner. El constante tamborileo de la lluvia al golpearlo resuena en su cabeza y lo apremia a continuar. Vuele a abrir la rampa de salida y comienza a esprintar hacia el acantilado. Tras recorrer poco más de diez metros, un violento estallido a su espalda le obliga a tirarse al suelo instintivamente. Los oídos le chirrían a causa de la onda expansiva. Debido a la caída, tiene toda la cara cubierta de arena húmeda y los ojos le arden. Mira hacia atrás con dificultad y descubre horrorizado que la lancha es ahora un amasijo de metal en llamas. Las piernas comienzan a temblarle y nota como se le humedece la entrepierna. «No hay escapatoria». «No hay vuelta atrás». «Voy a morir». Esos pensamientos le amartillan del mismo modo que hacen las ametralladoras a sus compañeros a lo largo de la playa.

 

—¡Alan! ¡Levanta el culo y ven aquí!

 

Las palabras de su sargento suenan sorprendentemente cercanas. Alan mira hacia delante y se da cuenta de que está a menos de diez metros del acantilado. Sujeta con fuerza su fusil.

 

—No tengo miedo. No tengo miedo.

 

Siente la boca pastosa por la arena. «No quiero morir, tengo que levantarme». Alan se concentra en ese pensamiento, se incorpora a duras penas y recorre a toda velocidad la distancia restante hasta el acantilado. Siente las balas silbar a su alrededor. Finalmente, logra alcanzar su objetivo y se apoya de espaldas a la roca húmeda, jadeando violentamente.

 

—¿Se puede saber qué mierda le ha pasado, soldado?

 

—Lo s-siento, mi sargento —contesta Alan, con dificultad—. El miedo me ha paralizado, señor.

 

Lejos de seguir gritándole, el sargento esboza una media sonrisa y le lanza una cantimplora. Alan está tan alterado que es incapaz de cogerla al vuelo.

 

—Lávese esa cara, soldado, y forme con el resto del pelotón.

 

Alan recoge la cantimplora, hace un gesto que recuerda vagamente a un saludo militar y camina hacia sus compañeros, siempre pegado al acantilado.

 

—¡Alan! —le interrumpe el sargento. Alan se vuelve para mirarle—. Todos tenemos miedo. Estamos en medio de una maldita guerra. Céntrese. No deje que le controle. Enfréntese a él.

 

Alan llega finalmente con el resto de sus compañeros. Son pocos. Muy pocos. Ve algunas caras desconocidas, y faltan muchas conocidas.

 

—Llegas tarde, Alan —le reprocha Gomes.

 

—Al menos ha llegado —comenta otro soldado, lacónico—. Nos han reventado en la playa, joder.

 

El sargento los alcanza al poco rato. Lleva un plano plastificado en la mano. Lo muestra al pelotón, que se reúne a su alrededor para recibir las órdenes.

 

—Nuestro objetivo es asaltar este búnker de aquí. Rodearemos el acantilado y atacaremos desde detrás. Avanzaremos reptando y en silencio. No nos deben ver venir, ¿entendido? ¡Vamos!

 

El grupo se pone en marcha. El alivio de Alan está desapareciendo y la ansiedad retoma lentamente su cuerpo. Siente que se está deslizando hacia un matadero. Los disparos se vuelven más lejanos, pero no por ello menos amenazadores. Escalan el acantilado por su zona más baja y se desplazan reptando por el lodo. Se mueven en silencio, guiados por los gestos del sargento. La lluvia no amaina, pero Alan hace tiempo que no la advierte. Siente una presión en el estómago, acrecentada por su manera de desplazarse. Mira a su alrededor y no puede evitar pensar que pronto verá a alguno de sus compañeros morir. Él mismo puede morir. Sujeta con fuerza su fusil y se centra en continuar la marcha. «No tengo miedo», piensa. Pronto divisan el búnker, que se erige en lo alto del acantilado. Varios soldados enemigos entran y salen apresuradamente, cargando diversos bultos. Otros están apostados en los bordes del acantilado, armados con fusiles de precisión. Cuando el pelotón está lo suficientemente cerca del objetivo, el sargento les comunica con señas el plan. Alan debe proporcionar fuego de cobertura a Gomes y a otros dos soldados que no conoce mientras asaltan el flanco oriental del búnker. El resto del pelotón atacará por el otro flanco. Los soldados se levantan y toman posiciones. El sargento dispara en primer lugar, alcanzando a un oficial enemigo. Entonces se desata el infierno. Las balas silban en ambas direcciones. Alan, cubierto tras el tronco de un grueso roble, amartilla su fusil y comienza a disparar hacia la entrada oriental del búnker. Los soldados enemigos se agazapan. Ve de soslayo como Gomes y el resto avanzan sigilosamente hacia allí. Una bala impacta en el árbol, provocando una nube de astillas. Alan vuelve a cubrirse tras el tronco. Ha estado cerca. Muy cerca. Dos balas más alcanzan al roble. «Me están disparando a mí», piensa. «Si me asomo estoy muerto». Los sentimientos de culpabilidad e impotencia le vuelven a abrumar. Sabe que, si no sigue disparando, acabarán por descubrir a sus compañeros y los matarán.

 

—No tengo miedo. No tengo miedo.

 

Otras dos balas impactan contra el árbol. Alan se agazapa más y se pone inconscientemente en posición fetal. Tiene miedo, mucho miedo.

 

—¡Alan! ¡¿Qué hace?! ¡Dispare!

 

Alan gira la cabeza y ve al sargento erguido, empuñando su fusil, mirando hacia él. Entonces, lo comprende. Su rostro, su mirada, no dejan espacio a la duda. El sargento está aterrorizado. Y a pesar de ello, permanece de pie, firme, disparando en medio del fuego cruzado. Él ya ha derrotado al miedo, su verdadero enemigo, y ahora aparenta ser invencible. Alan inspira hondo, se levanta y enarbola su fusil. Se asoma y apunta a los soldados enemigos que, efectivamente, habían abandonado la cobertura y se estaban acercando al grupo de Gomes «¡No!», se grita Alan a sí mismo, a su propio miedo, y comienza a disparar. Oye las balas silbar a su alrededor, pero no duda. Siente la adrenalina recorrer su cuerpo. Sus disparos fallan, las manos le tiemblan. Pero se mantiene firme. Continúa apretando el gatillo hasta vaciar el cargador. Sus compañeros aprovechan el caos de la situación y atacan también a los desprevenidos soldados. Alan vuelve a guarnecerse tras el tronco, saca un cargador de su cinturón y lo coloca en su fusil. Tiene miedo, quiere quedarse allí detrás, parapetado, a salvo. Pero algo ha cambiado. Ahora sabe que puede derrotar a su propio miedo. No dejará nunca más que le controle. No volverá a paralizarle. «¡No!», grita de nuevo mientras se asoma y vuelve a vaciar el cargador sobre los pocos soldados que continúan vivos. Alcanza a dos de ellos y observa como Gomes y el resto acribillan a los otros tres. Recarga por segunda vez su fusil y esboza su primera sonrisa desde que pisó aquella playa. «Lo he logrado», piensa, satisfecho. Con la entrada oriental asegurada, el grupo liderado por el sargento acaba tomando y asegurando el búnker. El pelotón se reúne en su interior, y Alan aprovecha para sentarse a descansar y a beber un largo trago de agua. Observa al resto de sus compañeros. En sus ojos puede ver miedo, pero también alivio, y en algunos tristeza. El sargento capta su mirada y se acerca para sentarse junto a él.

 

—Ha estado bien ahí fuera, Alan —le felicita, mientras saca un húmedo paquete de cigarrillos de su cinturón.

 

—Gracias, mi sargento —contesta Alan, agachando la cabeza—. He hecho lo que usted me dijo. He vencido al miedo.

 

—No se equivoque. Al miedo no se le puede vencer. Igual que tampoco se puede negar su presencia. Siempre está ahí, acompañándonos. Forma parte de nosotros, de nuestra naturaleza. Pero nunca debe dejar que le controle.

 

Tras varios infructuosos intentos de encender el cigarrillo húmedo, el sargento desiste y se levanta para rebuscar en las numerosas cajas de suministros incautadas al enemigo en el búnker. Alan también se levanta y se asoma a la ventana horizontal para observar la playa. Los tanques han comenzado a desembarcar. Soldados aliados con el distintivo médico avanzan de un cuerpo a otro buscando supervivientes. La batalla parece estar cerca de su final, y tan solo se escuchan las detonaciones lejanas de algunos fusiles. Cuando finalmente cesan, el sargento reúne al pelotón para una última y dolorosa misión. Enterrar a los caídos. Cavan una tumba para cada uno de los cinco compañeros que cayeron durante el ataque al búnker. Alan no conocía a ninguno de ellos, pero estaba seguro de que había estado muy cerca de encontrarse en su lugar. Finalmente, cavan entre todos una fosa común y entierran a los soldados enemigos, ante la reticencia de varios compañeros del pelotón.
 

—Ellos no tienen la culpa de esta guerra —sentencia el sargento, acallando los reproches de sus soldados—. Merecen una sepultura tanto como nuestros compañeros.
 

A la caída del sol, un mensajero les avisa de que el perímetro es seguro y que el campamento de campaña ya está siendo establecido. Alan sonríe, pues eso significa comida caliente y un sueño guarnecido de la intemperie. Ha sobrevivido al primer día de aquella guerra, y ha aprendido una valiosa lección sobre sí mismo. Mañana habrá que volver a luchar. Nota el miedo en su interior, palpitante y ansioso, pero ahora ya no lo teme. Ahora sabe como negarlo.

 


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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#6

Escrito 18 marzo 2019 - 18:32

Por las calles de San Vicente

Paseamos por las calles del barrio marginal de San Vicente, las mismas calles en las que pasó su adolescencia y juventud Carmen Rodríguez Amescua. El nombre tal vez no les resulte familiar, pero la cosa probablemente cambiará si les decimos que Carmen tuvo un hijo llamado Daniel Valcarce Rodríguez, un nombre tristemente célebre en nuestro país los últimos días.

 

La zona ha cambiado poco en tres décadas y media: “si acaso”, nos dicen, “en que las casas están aún más en ruinas que a mediados de los 80. Y en que hay menos yonquis tirados por las calles y dispuestos a atracarte jeringuilla en mano”. Abundan los locales cerrados, con sus carteles luminosos destrozados y sus escaparates salpicados con eternos anuncios de venta o alquiler. Rara es la fachada que no exhibe al menos una persiana desvencijada, y en las menos afortunadas encontramos ventanas con cristales rotos.

 

Caminamos hasta llegar a la valla del Instituto Miguel Hernández. En sus aulas, una Carmen con dieciséis años conoció a Jaime Ortiz, Jimmy. “Coincidimos con él después de que repitiera dos veces el curso. Era el guaperas de la clase y estábamos todas coladas por él” confiesa Raquel, una compañera de clase de Carmen desde E.G.B. “Tenía ese rollo de malote, de chico peligroso, ¿sabes?, además de ser más mayor. Y tenía moto. Aquel curso se debió tirar por lo menos a cuatro o cinco de las chicas de clase”. Pero eso no impidió que Carmen empezara a salir con él. “Debió ser poco antes de las vacaciones de Semana Santa. Se saltaban las clases para ir al parque a fumar y beber… y a follar, claro”.

 

Ese desenfreno adolescente tuvo pronto consecuencias: Carmen se quedó embarazada antes de terminar el curso. Jimmy insistió, y no siempre de buenas formas, en que abortase —“decía que conocía a un tío que realizaba la intervención, de manera clandestina, claro; el aborto era ilegal por aquel entonces”—, pero la joven, criada en el seno de una familia de fuertes convicciones cristianas, se negó en redondo y decidió seguir con la gestación hasta el final. Viendo que no lograría convencerla, finalmente el futuro padre “desapareció sin más, de un día para otro. Nadie sabía dónde había ido, ni siquiera su familia”. Esta circunstancia no cambió la decisión de Carmen, que terminaría siendo madre soltera y dejando los estudios para cuidar del bebé.

Nos encontramos ahora junto al portal donde vivían los padres de Carmen, y donde ésta crió al pequeño Daniel. Sus antiguos vecinos lo describen como un niño callado, huraño incluso. “Andaba siempre mirando al suelo, y no respondía al saludo cuando te cruzabas con él por las escaleras. Ni siquiera cuando iba con su madre y ella le decía que dijese hola”. El niño “salió torcido desde el principio, y fue a peor con los años”. Una de las vecinas siempre sospechó que estaba detrás de la desaparición de su perro, aunque nunca pudo demostrarlo. Daniel contaba entonces con menos de diez años. Su madre tenía dos trabajos y apenas lo veía; sus abuelos —principalmente la abuela, ya que el abuelo trabajaba— se encargaban de su crianza, aunque ambos fallecerían un par de años después en un accidente de coche.

 

La relación entre padres e hijos suele ser difícil durante la adolescencia de estos últimos, y este caso no fue una excepción. Las discusiones entre Carmen e hijo, a voz en grito y con golpes al mobiliario, eran conocidas por toda la comunidad gracias a los delgados tabiques. Todo cambió cuando Daniel agredió a Carmen por primera vez: la mujer empezó a mostrarse sumisa con su hijo, y las discusiones dieron paso a altercados en los que los únicos gritos eran los de Daniel. Los golpes a los muebles se alternaban con puñetazos, patadas y bofetones del irascible adolescente a su madre. Quizás durante esos días, Carmen se arrepintiese por primera vez de no haber hecho caso a Jimmy.

La situación se prolongó hasta que Daniel se marchó de casa a los diecinueve años, aunque Carmen no volvió a ser la misma: apenas tenía trato con vecinos y amigas, y la acompañaba siempre un aura de tristeza. Sólo pareció animarse un poco al saber que Daniel había sido detenido y pasaría una larga temporada en prisión.

Por desgracia, como todos nuestros lectores ya saben, Daniel Valcarce cumplió condena y fue puesto en libertad hace dos semanas. Acudió a casa de Carmen y acabó con su vida, iniciando a continuación un incendio que se extendió a varias viviendas del bloque, dejando dos víctimas mortales. Posteriormente asesinó a tres personas más, presuntamente relacionadas con el caso que lo llevó a prisión, y en su huida mató a un policía e hirió a otro antes de ser abatido.

San Vicente aún no se ha recuperado de los recientes acontecimientos, y probablemente tarde mucho tiempo en hacerlo.


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#7

Escrito 18 marzo 2019 - 23:24

Oleole


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#8

Escrito 19 marzo 2019 - 02:37

¡Hay concurso!

 

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For a successful technology, reality must take precedence over public relations, for Nature cannot be fooled.

Richard Phillips Feynman

 

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#9

Escrito 19 marzo 2019 - 15:43

He ganado ya?
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#10

Escrito 19 marzo 2019 - 17:31

¿Ha ganado Tenma ya?


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#11

Escrito 19 marzo 2019 - 18:27

Lyn, los comentarios


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#12

Escrito 23 marzo 2019 - 22:24

A comentar¡


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#13

Escrito 23 marzo 2019 - 22:29

Eso el último día a última hora. Qué siempre se me olvida cuándo es. Mejor me pongo un recordatorio...
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#14

Escrito 27 marzo 2019 - 00:12

¿Queda mucho?


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#15

Escrito 27 marzo 2019 - 00:48

Ahorita mismo gano, tranqui.
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