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Isolee

V Torneo Internacional de Minirelatos - hilo serio - ¡Feliciten al campeón!

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Isolee Et in Arcadia ego

Publicado
vida restante: 100%

Condición: El relato debe estar protagonizado por uno o varios personajes de El señor de los anillos (pongo este libro porque supongo que lo habremos leído todos o casi todos -la idea original era alguien de los tres mosqueteros, pero seguramente lo habrá leído menos gente-); propuesta por Le Baron de Rimbombant.

 

Jabberwock

 

 

Fuegos de artificio

 

Un carro solitario cruzaba pausadamente el puente sobre el río Brandivino. Su conductor vestía una larga túnica gris y un sombrero puntiagudo, que le protegía del sol estival. Tenía la mirada perdida en las praderas de la Comarca, un océano de hierba y margaritas que se extendía más allá del camino empedrado. Pequeños arbustos emergían como islas vegetales y, tras uno de ellos, una pareja de hobbits observaba agazapado al viajero. De raza menuda, era tan natural para los hobbits esconderse como tomar un segundo desayuno o fumar hierba en largas pipas de brezo observando el atardecer. Aunque parecían interesados en el carro, aquellos hobbits no eran salteadores, sino hijos de dos nobles familias. Se llamaban Meriadoc Brandigamo y Peregrin Tuk.

 

 

 

¡Lo sabía, Merry, es Gandalf! exclamó Peregrin, cuando el viajero giró la cabeza hacia ellos y su rostro arrugado y de larga barba quedó visible.

 

 

 

¡Shh! chistó Meriadoc, tapándole instintivamente la boca a su amigo. Baja la voz, Pippin, o nos oirá.

 

 

 

Debe de venir a visitar a Bilbo. Oye, ¿crees que llevará fuegos artificiales en el carro? Los ojos de Pippin se clavaron en la carga que transportaba, cubierta con una lona parduzca.

 

 

 

Siempre los trae. Seguro que está lleno de saltachispas de colores, zumbadores, giracohetes y con suerte algún dragón de humo sopesó Merry. Aun siendo mayor que Pippin, los fuegos artificiales le apasionaban tanto como a su amigo.

 

 

 

El carro continuó su camino y desapareció tras una colina. Pippin se tumbó en la hierba y su mirada se perdió entre las nubes algodonosas. Merry encendió su pipa.

 

 

 

¿Te imaginas tener nuestro propio dragón de humo? comentó Merry, mirando las volutas de humo espeso que salían de la pipa. Seguro que el cascarrabias de Tom Dospiés saldría corriendo en cuanto lo viese.

 

 

 

En la imaginación de Pippin, una de las nubes se convertía en un fiero dragón y descendía echando chispas por los ojos.

 

 

 

¡Hagámoslo! exclamó de pronto, levantándose de un salto. Cojamos uno mientras charla con Bilbo. Seguro que no se da cuenta.

 

 

 

Gandalf siempre se da cuentacomentó Merry, receloso, por algo es un mago.

 

 

 

Y nosotros somos hobbits. Venga, Merry. ¡Vamos!

 

 

 

Merry apagó los rescoldos de su pipa con sus peludos pies y salió tras Pippin, que ya trotaba por el camino hacia Hobbiton.

 

 

 

El carro de Gandalf estaba aparcado delante de una casa excavada en la ladera de una colina. Dentro se oían risas conocidas. El caballo de tiro pacía tranquilamente, ajeno a unos hobbits que, silenciosamente, rebuscaban en la carga. El carro estaba lleno de extraños artefactos inscritos con runas, libros de cubierta gastada y varias bolsas repletas de comida élfica. Pippin golpeó insistentemente el hombro de Merry y señaló una pequeña figura de ébano, pulcramente tallada en la forma de un dragón. La cogió y se alejó sigilosamente del carro, sin dejar de mirar hacia la puerta de la casa de Bilbo. Merry cubrió la carga con la tela y fue tras él.

 

 

 

¿Seguro que eso es un dragón de humo? preguntó Merry, cuando llegaron a una distancia prudencial.

 

 

 

Tiene forma de dragón, ¿qué va a ser si no? Vamos a probarlo, venga. Seguro que el viejo Tom está pescando en Delagua.

 

 

 

Efectivamente, en el medio de la laguna, a las afueras de Hobbiton, estaba la canoa de Tom. Merry encendió una cerilla y se quedó mirando unos segundos la figura de madera. Luego intentó prenderle la cola, apuntando la cabeza hacia el bote. La figura cobró vida de repente, se giró y le mordió el dedo. Merry gritó y la soltó. El pequeño dragón revoloteó a su alrededor y exhaló una pequeña llama que prendió su camisa. Pippin intentó golpearlo con la mano, pero la figura lo esquivó y le dio un mordisco en el trasero. Merry se arrojó a la laguna para apagar las llamas, echando a perder sus cerillas y su preciada reserva de hierba del Valle Largo. Echaron a correr hacia la casa de Bilbo, perseguidos por el dragón que continuaba mordiéndoles y prendiéndoles la ropa.

 

 

 

¿Dragón de humo? ¡Malditas sean tus ideas, Pippin! jadeó Merry, tratando de apagar sus pantalones a palmadas.

 

 

 

Vieron a Gandalf salir de la casa y acercarse a grandes zancadas, armado con su vara. Golpeó el pequeño dragón con un certero golpe ascendente y luego murmuró unas palabras. La figura estalló en el cielo, dejando tras de sí un enorme dragón de humo que agitó sus alas y planeó rasante sobre sus cabezas. Merry y Pippin lo miraron boquiabiertos y comenzaron a reír a carcajadas.

 

 

 

¡Te lo dije! exclamó Pippin, alzando los brazos al cielo. ¡Dragón de humo!

 

 

 

Gandalf les tiró de las orejas para reprenderles, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa amable.

 

 

 

Meriadoc y Peregrin, debí imaginarlo. ¡Si buscáis el humo debéis estar preparados para el fuego!

 

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Condición: El relato debe estar protagonizado por uno o varios personajes de El señor de los anillos (pongo este libro porque supongo que lo habremos leído todos o casi todos -la idea original era alguien de los tres mosqueteros, pero seguramente lo habrá leído menos gente-); propuesta por Le Baron de Rimbombant.

 

Milgerardo

 

La Quinta Edad

 

 

Se encontraba tumbado y boca arriba sobre un camastro hecho astillas. De éste quedaban unas pocas tablas encajadas en una armadura de hierro oxidado, que no podían llamarse somier, y que se hallaba inclinado sobre una de las patas que en algún momento, había desaparecido. Y con las manos sobre su cuerpo, por decir alguna cosa, tamborileaba sus dedos enfundados en un par de guantes de cuero de pésimo gusto, mirando a través de los cristales rotos de la ventana y esperando a que terminase por amanecer.

 

   La luz naciente perfilaba el desastre del cual se rodeaba. Vivía en la miseria, era evidente, pero eso a alguien como él le era indiferente. El sol se dibujaba entre las hojas de los robles del otro lado de la calle, cuando escuchó el timbre de una bicicleta y después, un golpe en la puerta. No fallaba el día. El Rey Brujo no llevaba mucho tiempo viviendo en aquella casa que se caía a pedazos y, sin embargo, ya había aceptado que el repartidor de periódicos era imbécil. El dinero que estará perdiendo el Estado con él, pensó, como todas las mañanas. Así que se desperezó, como si aquel golpe en la puerta fuera la señal que andaba esperando, se levantó, cogió su Iphone y al salir de la habitación, con un chasquido de sus dedos, la enorme bata que segundos antes había estado tirada sobre el suelo quedó suspendida, y tras otro chasquido, salió volando detrás de él como una monstruosa mascota. Bajó los peldaños, los que quedaban, uniformemente tal y como solo un espectro puede hacer, hasta llegar a la puerta. Una vez allí se quitó los guantes, dejó las pantuflas al lado de sus escombros favoritos y así, completamente desnudo, abrió la puerta, salió a la calle y cogió el periódico. Por supuesto esto no tenía ningún sentido siendo lo que era, ya que con solo pensarlo el periódico se habría aparecido en su mano, pero la idea de salir en pelotas en mitad de la calle y con un poco de suerte saludando a algún vecino, simplemente le divertía. Claro que aunque pretendía fingir que no se daba cuenta, en realidad sabía que así, con todo colgando, nadie podía verle. Para los mortales era completamente invisible.

 

   Así que después de su escarceo mañanero, vestido de nuevo y con su periódico bajo la axila, por decir algo, se dirigió a la cocina. Se preparó el té, huevos revueltos y un zumo de naranja sin moverse de la única silla de toda la casa que se mantenía en pie. Cuando todo estuvo preparado y en su sitio, dejó el móvil sobre la mesa y desdobló el periódico. Y entonces con una voz grave, destructora, terrible, un eco inmundo despojado de cualquier humanidad, con una voz como nacida del mismísimo inframundo, leyó un artículo titulado Una vez más:

 

   Como bien dice el título leyó ceremoniosamente, este joven y querido ciudadano de Elmore no se cansa y seguirá repitiendo cuantas veces sea necesario, bla, bla, bla... Son muchos los testigos que no se atreven a dar la cara y que confirman que un oscuro espíritu habita en nuestro pueblo familiar

 

   El mismísimo Rey Brujo de Angmar estuvo tentado de sonreír, pero no tenía cara. Así pues, para terminar leyó con satisfacción la firma del artículo, que decía: Atentamente, Patrick Melrose. Era el crío que repartía los periódicos. El más grande de los Nazgûl pensó que el chaval al fin y al cabo no parecía ser tan imbécil. Pero entonces zumbó su móvil, repetidas veces, asustándolo aunque tal cosa no fuese posible y alejó de él todo pensamiento adicional. Agarró el móvil con ansia, y se detuvo unos segundos. Apagó y encendió la pantalla para asegurarse de que todo andaba bien, de que no había ningún error. Se levantó precipitadamente, se deslizó sobre azulejos y tejas rotas, maderas astilladas y tuberías reventadas, hasta que al fin llegó a una especie de espejo, completamente destrozado y al que por su aspecto parecía que alguien, en algún momento, le había pegado un cabezazo. Cogió la bata, su preferida, y recordó al tipo gordo y calvo al que había pertenecido y que se cagó literalmente en ella al ver al espectro en su casa y vestido con la ropa de su mujer, hace ya unos años. Aquella vez, pensó, sí que me reí. Jo, cómo me reí. Así que la cogió firmemente y con un movimiento experimentado se la echó por encima de la cabeza, de manera que quedaba un agujero oscuro y temible en el lugar que debería ocupar su cara. Se la alisó de mil maneras. Por los viejos tiempos, dijo con voz gutural. Cogió su Iphone y volvió a encender la pantalla. En ella podía leerse: enhorabuena, no hagas esperar a tu match.

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Condición: El relato debe estar protagonizado por uno o varios personajes de El señor de los anillos (pongo este libro porque supongo que lo habremos leído todos o casi todos -la idea original era alguien de los tres mosqueteros, pero seguramente lo habrá leído menos gente-); propuesta por Le Baron de Rimbombant.

 

Mr Bater

 

 

Interludio

 

A Eothen le gustaba ir al bosque desde que era una niña. En su aldea, lindante con el bosque, todos los niños estaban obsesionados con los caballos. Solo pensaban en cabalgarlos algún día, y si no eran lo bastante valientes para hacerlo, su mayor aspiración era tener una granja llena de ellos. Pero ella no, a ella lo que le fascinaba era el bosque más allá de su pueblo. También le gustaban las historias antiguas repletas de seres mitológicos. Por las noches se sentaba alrededor de la hoguera para oír las historias de los mayores. Mientras el resto de niños dormían soñando con caballos hermosos, ella se acurrucaba entre las piernas de su abuelo escuchando historias de un mundo ya extinto, lleno de elfos y seres imposibles.

 

 

Cada día hacía incursiones en el bosque y su conocimiento de él fue aumentando, casi podía recorrerlo con los ojos cerrados. De esta manera atrajo su atención un árbol casi seco y que parecía habitar ahí milenios. Al principio no se percató, pero con el paso de las semanas vio que incluso había avanzado unos metros en el bosque. Se emocionó imaginando que estaba vivo de verdad, por eso intentó hacerle reaccionar de todas las maneras posibles. El día en que el árbol por fin abrió los ojos y la miró directamente, de los ojos de Eothen brotaron lágrimas de alegría, era la confirmación de que sus sueños existían, podía incluso tocarlos con sus manos y atesorarlos como propios. Eothen comprobó que el tiempo para el árbol era mucho más lento, a ella le costó un par de años amoldarse a él.

 

 

Cuando Eothen tuvo a su primer hijo el árbol le dijo su nombre, Bárbol, y al siguiente año ya eran capaces de hablar entre ellos, aunque una pregunta y su respuesta podía fácilmente tardar un día. Así fue pasando el tiempo y ella iba conociendo más y más cosas de los Ents, que así se llamaban estos seres. Las conversaciones se iban alargando y haciendo normales.

 

 

 

Esta parte del bosque se llama A-lalla-lalla-rumba-kaanda-lind-orburúmë. Antes esto era una colina, Eothen. Ahora ya no puedo ser un pastor de árboles, hace mucho de eso. Ya no quedan casi, como mucho solo podría ser un pastor de matorrales. No soy necesario ya en esta época.

 

 

Eothen, se entristecía cuando Bárbol entraba en ese estado, la desazón parecía adueñarse tanto del bosque como de ella, y era como estar en invierno aunque fuese primavera más allá del bosque.

Cada vez Eothen se quedaba más y más tiempo junto a Bárbol y él cada vez iba endureciendo su cuerpo mientras las conversaciones con ella se iban espaciando.

 

 

 

Soy él último de los Ents. Ya no queda nadie, los elfos se fueron hace mucho y los trolls se escondieron en los agujeros más profundos.

 

 

 

Eso no es cierto. Yo estoy aquí y estoy hablando contigo ahora.

 

 

Bárbol esbozó una sonrisa tosca, parecía más bien una mueca.

 

 

 

Tú me olvidarás, Eothen. Morirás como murió Merry y tantos otros. Ellos ya no pueden recordarme, y yo dentro de poco los olvidaré a ellos también.

 

 

Esta última frase a Eothen le costó entenderla, más que palabras era como el sonido del viento en las hojas de los árboles.

 

 

Cuando volvió a su aldea después de eso, la notó muy distinta. Tampoco lo pensó mucho porque su cuerpo le dolía demasiado, estaba muy cansada y solo quería descansar. Al entrar a su casa le sobresaltó una voz.

 

 

 

Hola. ¿Quién es usted, abuela?

 

 

Eothen, se quedó parada en el recibidor y se miró las manos, estaban todas arrugadas. Levantó la mirada y pudo verse en el espejo, sus cabellos estaban desaliñados y llenos de hierba. Eran grises y en su rostro había arrugas muy profundas. Se llevó las manos a la cara y huyó de allí en dirección al bosque. Cuando regresó al lado de Bárbol supo que por fin había llegado a casa.

 

 

El tiempo pasó, y en el lugar del bosque de Fangorn ahora había una reserva natural. Los caballos habían desaparecido y en su lugar había hierro y cemento en la aldea ahora convertida en una gran ciudad. Pero si te tumbabas en medio de la vieja colina cerrando los ojos, la gente contaba que el viento entre los arboles te traía el sonido de un tiempo y una era ya olvidada. Una sonrisa tosca aparecía en tu rosto y podías perder perfectamente la noción del tiempo. En ese lugar, como en tantos otros, las colas eras inmensas para conseguir un selfie y subirlo a las redes sociales en un solo minuto.

 

Editado por Isolee

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Exupery

 

 

Salva el anillo

 

Míralo, ahí sigue, sin moverse. No aparta su mirada de ti.

 

Tienes que hacerlo. Si no atacas primero, él lo hará tarde o temprano, ¿lo sabes? Sí, lo sabes, entonces debes perder el miedo; el miedo no sirve; el miedo no te va a ayudar en nada. Atácalo. Mátalo. ¡Mátalo! Y cuando esté muerto su carne te dará vida. La carne será alimento y su sangre bebida.

 

Sabes que tienes que matarlo. Cuanto antes, mejor. Su cabeza debe estar ahora mismo llena de pensamientos homicidas. Debe estar planeando dar un zarpazo, reuniendo fuerzas para un salto rápido y letal; a lo mejor dentro de su cabeza ya roe tus huesos. ¿Y tienes idea de qué es lo peor? Que si no acabas con él no sólo te quitará la vida: te quitará el anillo. Te quitará tu anillo. ¿Vas a dejar que se lo quede, que se quede con tu regalo? No, no vas a permitirlo.

           

Que no te engañe su forma. No es cómo tú, no es como nadie. No es nadie. Es cierto que tiene algo que te falta, el nombre; es cierto que se llama Gollum. No importa, cuando acabes con él y te apropies de su carne también podrás tener su nombre. Tú serás Gollum y tendrás el anillo.

           

Acércate. Sí, hazlo así, lento, con sigilo. No te espantes porque haga lo mismo. Imitarte debe ser su estrategia, pero no debes preocuparte: esa figura famélica no podrá hacerte ningún daño. Ya estás tan cerca como puedes para saltar. Salta. Salta ya. No esperes más

 

Ya no está. Ha desaparecido y no queda ningún rastro de Gollum. Saltó junto contigo y lo viste de  cerca. Cuando lo impactaste era duro como una roca, como un muro. Sólo hubo un estruendo y ya nada más quedaste tú en la cueva. Tócate la frente. ¿Qué es eso negro que brota de ahí? Es sangre. Lámela. Sí, así debe saber la sangre de Gollum.

           

Tienes sueño. Duerme. Hazlo. Duerme. Cuando despiertes tal vez regrese y deberás proteger el anillo, tu anillo. A lo mejor vuelve aparecer del otro lado del agua, en el muro húmedo. No lo sabes, pero ¿vas a dejar que te lo quiten?

 

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Sen

 

La maldición de Faramir

 

 

¡No podrás encontrarme! Dijo Faramir mientras su hermano esperaba a que se escondiera.

 

 

Faramir era rápido y astuto pero no tanto como Boromir, 4 años mayor que él, por muy bien que se escondiera al final siempre terminaba encontrándolo pero esta vez sería diferente.

 

 

Se dirigió a la habitación principal, donde dormía su padre, hacía un par de años que sus padres dormían separados, tenían prohibida la entrada así que su hermano, más responsable, no se atrevería a entrar. Se metío en uno de los armarios donde aún quedaban algunos vestidos de su madre.

 

 

Hacía 4 años que su padre había sido nombrado Senescal de Gondor y desde que vivían en minas Tirith su madre había caído en una profunda tristeza, añoraba el mar y no se acostumbraba a la visión de Mordor desde su ventana, los gongorianos decían que era "como una flor de los valles del mar sobre una roca estéril".

 

 

Dentro del armario le pareció oir un susurro, guiñó los ojos pero todo estaba demasiado oscuro, deslizó sus manos por la base del armario a tientas en dirección al susurro y tocó algo redondo, duro y frío a través de un paño, abrió la puerta del armario para dejar entrar un poco la luz y quitó el paño apoyando su mano sobre la esfera de cristal, al tiempo que Boromir entraba en la habitación. De repente notó un profundo poder oscuro atravesando su mente, entrando por las cuencas de sus ojos e instalando en su cerebro la imagen de un gran ojo de fuego que le decía "acabaré poco a poco con aquello que más quieres" y vió la imagen de su madre saltando por la ventana de su actual aposento, a Boromir flotando sobre un río con un cuerno de gondor reposando en su pecho y a su padre cubierto de aceite ardiendo en una pira. Boromir abrió del todo el armario y alejó el palantir de su hermano de un golpe haciendolo rodar por el suelo y cubriéndolo de nuevo con el paño. Faramir volvió en sí con un profundo dolor de cabeza, las lagrimas brotaban de sus ojos angustiado.

 

Perdóname hermano, no volveré a entrar aquí. Le rogaba a su hermano de rodillas pero cuando alzó la vista la expresión apática de Boromir lo confundió.

 

Faramir cálmate, te he buscado por todas partes, nuestra madre ha muerto.

 

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Qwerty Fish

 

Capítulo 17: De lo pequeño y lo mundano

 

(...)

 

No tardaríamos en darnos cuenta, tras aquella aventura sin igual, que la vida no iba a ser la misma en La Comarca. Todo lo que hacíamos antes de embarcarnos en aquel viaje iba a quedarse pequeño a nuestra vuelta: las dulces manzanas nunca más iban a acabar con nuestro hambre, la cerveza fría en la taberna jamás volvería a saciar nuestra sed y la belleza de La Comarca nunca más sería suficiente para nuestros ojos después de vivir lo que habíamos vivido.

 

A nuestro regreso las cosas no eran así, por supuesto. Las noticias de nuestro periplo llegaron mucho antes de lo que podíamos imaginar y al volver a casa nuestros familiares y amigos nos recibieron como héroes. Jamás había visto las caras de Merry y Pippin con tanto orgullo. Recibíamos gestos y palabras de admiración a cada momento, repetíamos una y otra vez las historias de nuestro viaje: en casa con Rosita, en la huerta, en la taberna... ¡Hasta en el siguiente festival de la cosecha nos prepararon un entarimado para contar desde allí cómo escapamos del Balrog! Esa era una de las historias favoritas que les encantaba escuchar a los demás hobbits, aunque siempre nos traía a la memoria la triste desaparición de Gandalf.

 

Pronto el día a día volvería a ser como antes: una vida tranquila y humilde en la que las pequeñas cosas y los pequeños placeres ya no eran suficientes. El vacío tras el Viaje se apoderaba poco a poco de nosotros tres; los días pasaban lentos y sin emoción y el orgullo por haber luchado un día por algo más grande que cualquier individuo o comunidad quedaría arrinconado en un lugar de nuestro corazón y encadenado a lo que ahora eran ya sólo recuerdos. Cuando volvimos a ser unos hobbits más, Merry pasó largas semanas en casa (él me diría más adelante que estuvo escribiendo las memorias de su Viaje, pero aún no las he visto). Pippin, por su parte, desaparecía durante días sin mencionar el destino de sus salidas. No sería muy lejos donde llegaría, pues apenas se llevaba provisiones y como mucho estaba de regreso una semana más tarde.

 

Por mi parte, aquí estoy relatando mi propio Partida y regreso desde que volvimos de Mordor, lo que me permite mantener viva esa llama de emoción que me embargó durante nuestra odisea. Pero tengo miedo a qué ocurrirá cuando estas palabras se acaben y a que la llama se apague, como ya he sentido al ver a Merry y Pippin. Y me temo que ese día está próximo, ya que me queda poco que contar. Supongo que el miedo tal vez proceda de que me queda poco que vivir, o que no voy a vivir algo como aquello de nuevo; vivido y narrado, ya sólo queda recordarlo.

 

(...)

 

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Boulder, Colorado

 

UNA NOBLE ALTERNATIVA

 

Uno, con el tiempo, se da cuenta que pocas cosas hay en el mundo más absurdas que las casualidades. Como si dos sucesos supuestamente independientes aparecieran de repente ante nuestros ojos y, qué cosa más curiosa y qué coincidencia, resultaran relacionados.

 

Hacía cosa de unas semanas, el Viejo, Sábio, Omnisciente y Distinguido Cirdán me hacía llamar a sus aposentos. Lo llamaban aposentos para revestir de neutralidad lo que en realidad era un palacio construido en oro y mithril. Él, que se hacía llamar el carpintero de barcos, como si realmente sus manos alguna vez hubieran tocado una madera astillada, decidía interrumpir mi duro trabajo en los astilleros para encomendarme una misión. Galdor, hijo, los Puertos necesitan de tu ayuda. Vete ahora para Rivendel y hazle saber al noble Elrond lo que ahora te voy a contar, me dijo. Y yo, tan elfo como él, pero se ve que ni tan noble, ni tan rico, ni tan sabio como él, me tragaba mi orgullo y le decía que sí mi señor, que placer más inmenso sería obedecer sus siempre sabios dictámenes.

 

Tras dos semanas de caminata, sin ningún corcel como montura, no fuera que mi falta de nobleza de sangre pudiera manchar los bellos pelos de alguno de los cientos de caballos del viejo Cirdán, llegaba a Rivendel. Había buscado a Elrond para transmitirle el mensaje con presteza, pero me informaron que el excelentísimo se encontraba demasiado ocupado por váyase a saber qué historias de vital importancia y que ya él me haría de ver cuando tuviera su momento.

 

Me lo encontré unos días después en uno de los largos pasillos que conducían al majestuoso comedor. Iba rodeado de su séquito particular de aduladores y admiradores que veían en él algo parecido a un mismísimo Valar. Ah, Galdor, mensajero del Gran Cirdán, me hacen saber que me traes un mensaje suyo, mas ahora no puedo atenderte pues el destino de las vidas de todos los bellos seres de esta tierra dependen de mí y del Concilio que ahora se celebrará, me dijo. Y como tampoco sabía muy bien qué hacer, y viendo que él y su séquito se marchaban al Concilio, decidí seguirlos. Alguien debió confundirme con un miembro importante del séquito, pues sin darme cuenta me encontraba en la espléndida sala de concilios, sentado y rodeado de aquellos elfos de los que sí se habla en los cuentos y se canta en las canciones.

 

Y así es como yo, Galdor, un simple elfo arterano, con más de cuatrocientos años de trabajo en los astilleros, me encontré sentado en el Concilio del que tanto se hablaría en un futuro. Y allí, rodeado de grandes elfos, de los que realmente dicen que importan, pero también de algún enano y casi enano, de reyes humanos y de hasta un mismísimo mago, oí el terrible relato del regreso de Saurón; de cómo este buscaba su anillo, el Gran Anillo Único de Poder; de cómo este anillo se encontraba justo delante nuestro, en manos de un medio humano; y de cómo todo el destino de Tierra Media dependía de destruirlo o no.

 

Quizá yo sólo fuera un simple elfo carpintero, pero varios siglos de existencia me dieron algo de experiencia. Resultaba terriblemente sospechoso que para aquella causa tan necesaria, para aquella tarea tan vital, sólo fueran asignados unos pocos héroes. Ni un ejército de elfos, ni un ejército de enanos, ni tan siquiera la participación de los grandes paladines de la casa de Elrond, ni de Lórien, ni los del Bosque Negro. Nada. Sólo un mago, cuatro amigos y un discurso insoportable loando el honor, el sacrificio y qué sé yo. Por esa decisión, pero también por el semblante apesadumbrado y serio de los participantes, daba la impresión que pocos creían en esa misión.

 

Por eso no me sorprendió cuando, al fin, le pude leer el mensaje de Cirdán al noble Elrond: Elrond, hermano, por si las cosas se tuercen allá en el Este, por el tema ese del innombrable, aquí en los Puertos tengo yo una barcaza preparada para largarnos de Tierra Media. Tráete sólo a los tuyos. Y algo de Mithril y Oro. Cosas de nobles, supuse.

 

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Tótem

 

 

La espera

 

 

Apoyado contra la columna, Gandalf se preguntó cómo tal situación podía haber llegado a suceder. El fuerte viento azotaba su barba enmarañada e hirsuta, y el frío se ensañaba con su piel, ya enrojecida. La lluvia le calaba los huesos y le entumecía los miembros y las articulaciones. Hacía tan solo un rato que se había arrastrado a gatas por el pequeño suelo ennegrecido, solo para cerciorarse de que no existía escapatoria posible. Allí arriba, en la Torre de Orthanc, la única expectativa era la muerte. Saruman lo había confinado en ella tras derrotarle y descubrirle que servía al Señor Oscuro. Humillado y con la mirada perdida por el aturdimiento, el mago sabía que había sucumbido ante un dilema de difícil solución.

 

 

 

Por haber obrado bien para la Tierra Media se dijo, me encuentro bajo este yugo. ¡Desdichado de mí! se lamentó.

 

 

 

Gandalf había cuestionado la autoridad de Saruman y Sauron siguiendo un criterio intolerable para ella. La destrucción del Anillo Único, que ya había empezado a tramar enviando a Frodo y a Aragorn a Rivendel, atentaba contra los designios del nuevo poder establecido en Mordor. La tortura eterna a la que había sido condenado en aquella torre se desvelaba como necesaria, incluso aunque su culpa hubiese consistido en intentar salvar de la tiranía a los innumerables pueblos y gentes de la Tierra Media.

 

 

 

¡No! exclamó Gandalf sobresaltado, como si hubiera despertado del letargo. Conozco tanto todos los daños que me torturarán aquí arriba como el destino que me aguarda. Mas aunque los designios de Sauron sean inexorables, no debo dejar de callar su despotismo y el infortunio en que me encuentro asintió convencido. Él imparte justicia a su disposición, siempre para satisfacer su rencor. Las leyes con las que domina no están sometidas a ninguna razón, y así será hasta que alguien astuto le arrebate su poder. Agachando la cabeza y con párpados caídos y pesados, masculló: Yo sabía todo esto. De buen grado desobedecí, aun sabiendo que ayudando a los pueblos de la Tierra Media me ganaría los sufrimientos de esta cárcel. ¡Burlaos de mí, si lo deseáis! bramó al cielo tormentoso. Soy responsable de mis acciones, incluso aunque me hayan conducido a semejante ultraje insistió.

 

 

 

Gandalf entendió que toda confianza quedaba destruida cuando se caía en la tiranía: aún le retumbaban en la mente las palabras que Saruman le había dirigido antes de castigarlo. Rebosando soberbia le recordó que nadie en este mundo era libre salvo el Señor Oscuro, que a nadie rendía cuentas y que todo y a todos aspiraba a esclavizar. Robar los privilegios de los gobernantes, por abyectos que fueran, no podía ser algo pasado por alto. Tras reprocharle su insolencia y su lengua altanera, Saruman le humilló instándolo a deponer su cólera y a buscar la liberación sometiéndose al yugo de Sauron. La rabia invadió el pecho de Gandalf y le subió hasta la garganta, oprimiéndolo. La ignominia era insoportable.

 

 

 

¡Saruman, viejo amigo! volvió a gritar, enfurecido. ¡Conque piensas que tengo miedo del nuevo poder en Mordor! Nunca cambiaría mi castigo por tu servilismo asestó con desprecio. He sobrevivido a innumerables injusticias y a muchos gobiernos despóticos. No callo por arrogancia, sino porque existen normas atemporales que trascienden los dictados de los tiranos. Mi corazón podrá desgarrarse al verse ultrajado de esta forma, pero la Tierra Media habría perdido toda esperanza de no ser por mis acciones dijo, reafirmándose.

 

 

 

Gandalf sabía que pronto sería interrogado por Saruman. Pese a haber sido derrotado, aún presentía que Frodo no había perdido el Anillo. Una información preciosa que podía dar al traste con toda la estrategia del enemigo. Pero el mago no se dejaría amedrantar por los métodos que usara contra él. Con ojos vidriosos y abiertos, quedó pensando en su redención mirando al horizonte de Isengard.

 

 

 

Había dejado de llover y La Hoz se engalanaba sobre las estribaciones de Nan Gurunir. En el este parecía vislumbrarse a Gwaihir.

 

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Condición: El cuento debe partir del final de una obra literaria muy conocida. (Me explico, por si no queda claro: el cuento debe tratar de lo que pasa después de que acaba una obra famosa. Por ejemplo, qué pasa después del suicido de Emma Bovary... y así); propuesta por Exupery.

 

tortuguita

 

 

Los tres cerditos (cont.)

 

El lobo aulló y aulló, corriendo hacia el exterior. Se lanzó al suelo, retozó y volvió a aullar, intentando aplacar las quemaduras de su cuerpo y las risas de los tres cerditos.

 

¡Ja ja, el lobo se ha quemado! dijo el pequeño, mientras el cazador soplaba sus cuartos traseros.

 

¡Ja ja, el lobo ha perdido! dijo el mediano, mientras una montaña de pelo quemado caía a su alrededor.

 

No vuelvas a mi casa de ladrillo dijo el mayor, mientras echaba una última ojeada al lobo y cerraba la puerta.

 

El temible lobo se marchó cabizbajo. Había perdido. Tres veces había intentado cazar a los cerditos y tres veces le habían derrotado. Había sido humillado, reído y mofado. El fiero lobo notó como la vergüenza avivaba un fuego de ira que crecía en su interior. Los cerditos estaban a salvo, de momento, pero esta noche cenaría cerdo. El poderoso lobo empezó a correr.

 

Cuando sus hermanos habían decidido independizarse, el cuarto cerdito no les acompañó. Los tres cerditos se mudaron a las afueras, a regiones aisladas y solitarias. Regiones sin ley, seguridad o civilización. No, el cuarto cerdito se quedó en la ciudad y la casa que construyó fue una taberna.

 

El temible, fiero y poderoso lobo abrió las puertas de un soplido. Apareció en el quicio, con fuego en su mirada y bilis entre sus dientes. El lobo miró al cerdito, cualquier resto de sanidad perdido, e hinchó su pecho. Se hinchó e hinchó, y un cazador bajó su hacha sobre su maltrecho cuerpo, dividiéndolo por la mitad. El cazador se levantó y sacó su trofeo del bar, mientras el resto de cazadores, bestias, zorros, cerdos y gallinas apartaban la mirada de la entrada. Los lobos se esforzaron en ignorar a su compañero caído, pues la casa del cuarto cerdito era un lugar seguro: no basaba su protección en paja, madera o ladrillo; sino en un fuego acogedor, comida caliente y cerveza al punto de hielo.

 

Editado por Isolee

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Pantalónez

 

Los tres cerdotes

 

Es bien sabido que los tres (otrora) cerditos aprendieron una valiosa lección de vida tras su encontronazo con el desdichado lobo feroz: descubrieron la importancia del ladrillo. Lo que no es tan conocido es que este hecho despertó en ellos un interés tan potente que en poco más de diez años se transformaron en los mayores especuladores inmobiliarios de todo el bosque. De hecho, el banco que formaron, BPF (Banco Porcino Forestal) era acreedor de centenares de animalitos por toda la comarca, que disponían de una hipoteca a interés fijo prácticamente de por vida (es que los pequeños mamíferos no viven tanto). Así, los tres cerditos se habían convertido en unos verdaderos hombres de negocios, asquerosamente ricos y mórbidamente gordos, lo que había hecho que ahora se les conociera como los tres cerdotes.

 

En ese mismo intervalo, el lobo feroz dejó de hacer honor a su nombre y se dedicó a malvivir como pluriempleado con trabajos pordioseros con los que a duras penas podía pagar el alquiler mensual de su pisito de mala muerte (propiedad de BPF). En su vida no ocurrió ningún evento especialmente memorable, pero nos gustaría destacar una anécdota curiosa, en la que estos cuatro personajes se reencontraron en una situación muy distinta a la original.

 

Todo sucedió un viernes por la noche en el que el lobo feroz hacía un partido hasta las tres de la madrugada en una franquicia de una famosa hamburguesería multinacional.  Ese día lo habían puesto de cara al público, cosa que no le gustaba nada (él era más de batidos, en su opinión), lo cual propició todo.

 

Cuando eran ya casi las once de la noche, tres orondos puercos babosos entraron por la puerta automática entre risotadas. Llevaban unos trajes tan encorsetados que parecía que iban a reventar en cualquier momento (de hecho algunos botones ya habían desaparecido) y su estado era eminentemente ebrio.

 

Se acercaron a nuestro lobito sin reconocerlo y con un apestoso aliento ordenaron tres Big Macs con extra de beicon (mucho extra recalcaron). El lobo sí que supo ver quienes eran a la primera, y asépticamente les explicó que ahora para pedir tenían que ir a las máquinas con pantalla táctil. Hecho que no sirvió de nada ya que los cerdotes estaban demasiado concentrados desternillándose mientras se explicaban anécdotas muy obscenas sobre sus secretarias.

 

Al cabo de diez minutos, los tres hermanos se fueron, ya que al fin y al cabo sólo habían acudido para observar el local, que estaban pensando en adquirir para engrosar su patrimonio. El lobo terminó su jornada y volvió en moto a su casa tras haber ganado siete euros por hora trabajada.

 

Esa noche (realmente ya había amanecido cuando se acostó) se planteó el sentido de su vida y recordó las malas decisiones que había tomado a lo largo de ella. Probablemente dejar los estudios en primero de bachillerato para hacerse tatuador e irse de fiesta cada sábado encabezaba la lista, aunque por alguna razón en lo que más pensaba era en aquella vez que casi se zampó a esas tres bolas de sebo. También pensó que la vida era muy injusta, ya que sabía bien que ellos tres tuvieron una buena educación y pudieron ir a una universidad privada a estudiar arquitectura y economía gracias a sus padres (este hecho suele omitirse en la primera parte de la historia) mientras que él, con sus padres heroinómanos, había nacido con un sino nefasto.

 

Al día siguiente, mientras los cerdotes desayunaban lomo embuchado con tocino, tomaron la decisión definitiva de comprar el local, ya que le veían bastante potencial como aparcamiento de camiones. Hicieron un par de llamadas y al cabo de dos semanas el lobo feroz volvió a estar de patitas en la calle, junto con otros treinta y dos empleados.

A partir de entonces sus caminos se separaron de por vida. Hay quien dice que ahora el lobo deambula por las calles perpetuamente emporrado y alcoholizado, aunque lo cierto es que raramente se le ve a la luz del sol.

Ah, por cierto, los cerdotes ganan actualmente unos mil trescientos euros por minuto (cada uno), más o menos. Todo el mundo recibe lo que se merece, ¿no?

 

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IDT

 

LA OFRENDA

 

 

Recuerdos confusos, atormentados. Jirones de niebla recorren mis velados ojos mientras mi ser va tomando consciencia. El cuándo es abstracto y nimio. El dónde no cambia nunca, atrapado en este entorno que cambia con el tiempo, sin poder alejarme jamás de mi destino.

 

Hace cientos de años ciertos dioses paganos me dieron una moneda para Caronte, pero no para el viaje sino para arrojársela a la cara y reírme de su nívea y pétrea faz mientras le daba la espalda y volvía a este decadente mundo de perfidia e indolencia. Mi salvación fue mi castigo.

 

Me han vuelto a despertar. Oigo su llamada.

 

Jack repiten en mi mente incesantemente, una nueva ofrenda es necesaria.

 

Sé que mi inmortalidad tiene un precio, pero no existe remordimientos para alguien que obtiene placer recitando nombres de descuartizados en las contiendas.

 

Languidece el ocaso, las nubes púrpuras tornan grises como mi alma cuando salgo de mis aposentos en Whitechapel. Una pobreza abyecta sigue inundando estas miserables calles mientras la aterciopelada oscuridad esconde a una sombra furtiva que vagabundea por ellas.

 

Jack vuelven a susurrar, la hora se acerca, ten paciencia.

 

En estos días he podido comprobar las grotescas y ridículas teorías acerca de mi persona que se han vertido durante los más de cien años que han transcurrido desde mi última ofrenda. Desde ese triste y afeminado Duque de Clarence, pasando por sus allegados y conocidos, hasta ese pobre leguleyo que no soportó la presión del hostigamiento y se lanzó al Támesis.

 

Aún recuerdo a la rechoncha Mary Ann y su sombrero; puta de feria barata cuyo nauseabundo hedor alimentó a mis Padres en igual proporción que su sangre. Siempre tiene algo especial la primera ofrenda tras el despertar del largo letargo.

 

Es noche cerrada cuando estudio a mis víctimas. Esta ciudad ha cambiado sus calles estrechas y adoquinadas, llenas del limo de los desperdicios, de hombres cheposos y mujeres desarraigadas; pero sigue rebosante de atormentadas almas que anhelan inconscientemente alimentar con su sangre a mis Padres. Me uno a ellos en sus ridículos tours nocturnos, estudiando sus torsos, imaginándome cómo serán sus vísceras y preguntándome si serán suficientemente dignas. Poco pueden imaginar en sus abyectas y decadentes mentes que aquél al que desean conocer está tras ellos y que ha traído otra vez la muerte. La muerte en un cuchillo.

 

Jack, se nos va acabando el hálito, es la hora.

 

Me introduzco en las oscuras sombras de un lóbrego soportal. Las leyes humanas desaparecen en la oscuridad. Siento cómo va surgiendo en mi interior esa forma indefinida, hermana de las tinieblas, mientras rozo con mis manos el sándalo al ver acercarse una sombra. Llegó el momento.

 

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David Hasselhoff

 

Las peripecias que se esconden tras la vuelta a casa

 

El cuerpo del Principito cayó en la arena silenciosamente. Su espíritu, en cambio, viajó hasta su pequeño asteroide B 612. Lo hizo rápido: cuando uno no tiene un cuerpo que arrastrar, todo queda a distancia de un pensamiento si sabes en qué dirección ir. Había estado toda la vida junto a su cuerpo y seguro que lo echaría de menos, pero no pensó en las verdaderas consecuencias hasta más tarde, después de que su flor le recibiera.

 

Ah, eres tú...

 

Después de mucho, he vuelto.

 

¿Tanto ha sido?

 

Se notaba en su tono de reproche que sabía perfectamente cuánto tiempo había pasado, pero era una flor orgullosa, demasiado quizá, y eso afectaba a su forma de expresarse, sobre todo si era para tocar sentimientos delicados.

 

Sí, ha sido toda una aventura, pero tenía que volver a casa y...

 

Claro, claro, claro. Bueno, ¿vas a ir a por esa regadera? Si estoy un minuto más sin agua creo que voy a marchitarme.

 

El Principito sonrió, ahora tenía claro que en sus palabras había aprecio. Le había echado de menos y esa era su forma de decírselo.

 

Fue entonces cuando se percató de gran error que había cometido: no tenía manos, y sin ellas no podía agarrar la regadera, ni tampoco podría ocuparse de deshollinar los pequeños volcanes. Tampoco podría pincharse con las espinas de la flor, aunque bien mirado, aquello no era tan mala cosa.

 

¿Vas a tardar mucho? preguntó la flor, que estando en la otra cara del asteroide no tenía campo de visión de los gestos que el Principito hacía intentando, inútilmente, coger el asa de la regadera. Sus manos fantasmales la atravesaban una y otra vez.

 

Creo que no vas a poder desayunar hoy le dijo.

 

¿Qué? ¿Por qué? ¿Es un castigo? ¿Estás enfadado? Realmente te he echado de menos...

 

Lo sé. Y no se trata de eso, es que he dejado mi cuerpo allá de donde vengo.

 

¡Serás cabeza de chorlito! ¿Cómo se te ocurre!

 

Quería volver a casa cuanto antes. Eres mi responsabilidad.

 

¡Pues ya ves que responsable, que no puedes ni darme un poco de agua!

 

Ambos se pusieron de morros. O más concretamente, ella fue la que se enfurruñó y el Principito le dejó espacio para que se le pasara. Al cabo de un rato, ambos llegaron a sus propias conclusiones.

 

Tendré que volver al desierto a por mi cuerpo... Esa fue la del Principito.

 

¡No! No me dejes otra vez. Quiero que me lleves contigo. Y esa la de la flor.

 

No puedo tocarte, no sabría cómo hacerlo.

 

Sólo tengo que hacer como tú, dejar mi pesado cuerpo aquí y viajar adónde sea contigo.

 

Al Principito no le pareció que «pesado» fuera palabra para referirse a una flor, pero entendió que desde el punto de vista de ésta lo sería. Sin embargo, fue cortés y no comentó nada sobre su peso.

 

Y eso fue lo que ocurrió. Ella acabó marchitándose, sin musitar ni un solo reproche, y pronto ambos estuvieron juntos sin ataduras físicas de ningún tipo.

 

Decidieron entonces vivir una aventura, así que marcharon de viaje, abandonando el pequeño asteroide quizá unos días, quizá para siempre. Visitaron los mismos planetas que el Principito había ido: el del rey, el cual le había nombrado embajador; el del vanidoso, que les pidió admiración y se la dieron; el del bebedor, que aún no había conseguido olvidar que le avergonzaba beber; el del hombre de negocios, que seguía contando estrellas; el de farolero Buenos días. Buenas noches; y el del geógrafo inmerso en sus mapas; pero también muchos otros, como el del telefonista, el del historiador o el del pirómano bombero, y por supuesto, también la Tierra.

 

Aún es posible verlos cruzar el firmamento en las noches claras si uno afina bien la vista. Si veis una estrella fugaz, no lo dudéis, saludad, porque es bien posible que sean ellos haciéndonos una rápida visita.

 

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Zaxxaelasangre

 

ADiós

Desde el monte más alto, que se vislumbraba en el horizonte, había dos jinetes contemplando una ciudad de ensueño, bañada en oro. Estaba protegida por altas murallas ricas en la belleza lumínica que se reflejaba en las diferentes piedras preciosas que adornaban cada una de las doce puertas vigiladas por su correspondiente ángel. aquel brillo celestial que emanaba era pura poesía fantástica convertida en reino. Un reino creado por el poder de la palabra de Dios.

 

¡Me corroe la rabia por dentro! dijo el jinete más corpulento. Su pecho se hinchaba y contraía como un tsunami y su voz habría sido capaz de provocar aludes en las montañas. ¿Es que no vamos a hacer nada? Su corcel bermejo piafó para acentuar su última palabra.

 

¿Qué quieres hacer? No había ánimo alguno en la voz de su interlocutor. Un susurro apenas audible. Nos ha invitado a irnos. Lentas eran sus frases, como lenta y agónica es la muerte de quien no tiene recursos para vivir. Y nos ha arrebatado nuestro poder.

 

El corcel rojo se encabritó y le quiso dar un bocado al caballo negro, pero éste se apartó, desequilibrando a su jinete.

 

¡Si tuviera mi espada

 

No puedes hacer nada.

 

...Arrasaría su estúpida ciudad!

 

Por eso te la ha quitado Terminó de desmontar y permitió a su caballo que pastara lejos de la otra bestia.

 

Ambos se entretuvieron mirando al caballo negro mientras rumiaba hierva fresca, otrora se secaban los prados a su paso.

 

La pregunta es... Se oyó el trote de un caballo en la lejanía. ¿Qué será de nosotros?

 

¿Se te ocurre algo?.

 

No. El sonido de los cascos se intensificaba, como destino inexorable al que se enfrentan los mortales. Dios habló primero contigo. ¿Qué te dijo?

 

Que no había cabida en la nueva tierra para el odio y la guerra. Que sus habitantes no conocerían jamás esas palabras y su significado.

 

A mí me dijo lo mismo. El caballo estaba más próximo. En su reino no existirá ni el hambre ni la pobreza. Que él se encargará personalmente de secar las lágrimas a

 

¡Pura mierda! No nos puede utilizar y luego desterrarnos.

 

Tienes razón, pero hay algo que no entiendo. Desde la posición elevada que dominaba el valle apareció por un sendero la figura lúgubre que montaba al caballo de color amarillo infecto. Si quisieras que algo se olvidara, acabarías con ello. No dejarías pruebas.

 

Puede ser, sí. Es lo que haría. Así es como hemos reducido a cenizas gran parte de la humanidad.

 

En ese caso La Muerte llegó a su altura. Él ha venido a por nosotros.

 

Hubo un largo silencio. Dios les había dado un designio. Habían cumplido su cometido a la perfección, pero si existieran cualidades humanas en la mente de los ángeles, sería desde luego en aquellos ángeles encargados de purgar la tierra a base de sufrimiento. Por eso su condición humana les hacía ser reacios a aceptar su destino.

 

La Muerte segó el silencio:

 

De modo que estáis aquí. Se fijó en que los jinetes estaban desprovistos de sus poderes. No había ni espada ni balanza.

 

El Hambre se arrodilló y se preparó para dejar de existir.

 

¿Dolerá?

 

La Muerte ladeó la cabeza sin comprender.

 

Ellos tampoco comprendían nada. No parecía dispuesta a matarlos, pero no tuvieron valor para hacerle esa pregunta tan incómoda.

 

La Muerte retomó la iniciativa.

 

¿Dónde está el que falta?

 

No lo sé contestó la Guerra, extrañado.

 

Se habrá ido, sin más. añadió el Hambre. O se habrá quedado... Al fin y al cabo, él no hizo nada... Sólo nos supervisaba.

 

No creo dijo la Muerte. Es tan responsable como nosotros. Y si atendemos al orden de apertura de sellos, a él lo habrá expulsado primero.

 

Sea como sea, estamos condenados.

 

Pero no a muerte aclaró la misma.

 

¿No has venido a por nosotros?

 

Si, pero para que nos vayamos de aquí.

 

Otra voz intervino:

 

Exacto. seguidme Todos se giraron y vieron al jinete rubio montado en su caballo blanco. Nadie lo vio ni oyó llegar. En su nuevo reino quiere que se olvide todo lo que representamos.

 

¿Y adónde vamos? ¿A vagar por el mundo hasta que no nos recuerde nadie?

 

No creas hizo una pausa. Las palabras tienen poder porque son pronunciadas, porque son recordadas explicó el Misterioso. Y a su vez son recordadas porque ejercen su poder. ¿Entendéis?

 

No parecía.

 

No todo lo que se pronuncia es real añadió, pero de algún modo sí que existe todo lo que se pronuncia.

 

Por eso. Es la palabra de Dios Es su voluntad.

 

En efecto Dios es todopoderoso y nos ha arrebatado nuestro poder aquí. ¿Pero de verdad creéis que seremos olvidados?

 

Espoleó su caballo y galopó de nuevo en silencio.

 

Los demás lo siguieron a ciegas, preguntándose si aquello también sería el plan de Dios.

 

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Arthur Dayne

 

 

MALA SANGRE

 

 

Los dos hombres y la mujer tomaron asiento. En el centro de la mesa, junto a un candil que contribuía a iluminar la estancia, reposaba todavía sin abrir la carta que Jonathan Harker había recibido tres días atrás.

 

Gracias por acudir con tanta celeridad, doctor dijo la señora Mina Harker, aparentemente más tranquila que su marido. ¿Ha tenido un viaje tranquilo desde Amsterdam?

 

Ha sido un viaje sin incidentes. Dejando a un lado la turbación que me ha causado el contenido de su telegrama, nada que lamentar. Pero, por favor, dejen las formalidades para otro momento, amigos míos contestó el doctor Van Helsing. Centrémonos en el asunto para el que me han convocado.

 

Mina endureció el gesto y asintió; Jonathan tomó la palabra.

 

Bien. Esta es la carta de la que le hablé en el telegrama. Jonathan le mostró en primer lugar el dorso. Viene remitida por el conde, con las señas de su castillo en el desfiladero del Borgo, lugar que por desgracia todos conocemos. Jonathan volteó la carta. Como puede ver, fue timbrada en la oficina postal de Bistrita, a unas millas del castillo, el pasado día seis. El día exacto en que se cumplieron diez años de nuestro enfrentamiento con el conde, en el que nuestro amigo Quincey Morris perdió la vida, y en el que destruimos a ese horrible ser. O eso es, cuando menos, lo que creíamos hasta ahora. Si se trata de algún tipo de broma pesada, que es lo que quiero pensar, se trata de una broma muy elaborada.

 

Ojalá sólo fuese una broma, pero mucho me temo que se trata de una carta con noticias funestas. ¿Han informado ya a Arthur y a John?

 

No, doctor. Nos pareció mucho más prudente comunicárselo primero a usted y confirmar si hay algún tipo de amenaza respondió Mina.

 

Creo que han actuado correctamente. Está bien, no lo retrasemos más.

 

Van Helsing tomó la carta y la observó con una mirada fija y profunda, como si pudiese atravesar el sobre y ver más allá. Giro la misiva varias veces entre los dedos y después de lo que pareció una eternidad, consiguió armarse de valor. Suspiró y rasgó el sobre. A continuación, comenzó a leer la carta en voz alta.

 

 

 

Estimado señor Harker:

 

Soy consciente de que la recepción de la presente epístola habrá provocado en su persona un sentimiento de estupefacción e incredulidad. Su lógica y su razón intentarán convencerle de que tal suceso no es posible debido a los eventos del pasado. Le aseguro, querido Jonathan, que soy yo, su amigo el conde, el que postrado en su lecho, ha redactado esta misiva de su propio puño y letra. A pesar de los años transcurridos estoy seguro de que reconocerá la caligrafía. Cierto es que se trata de una situación inédita, al alcance únicamente de estarara avis que tiene a bien escribirle.

 

Espero que me recuerde, señor Harker, tal y como yo lo recuerdo a usted. Tal vez nuestros caminos no vuelvan a cruzarse. Es para mí un misterio el tiempo que permaneceré convaleciente. Tal vez pasen años, o décadas, hasta que me recupere lo suficiente como para poder abandonar la seguridad de mi castillo, a pesar de que nada me haría más feliz que el hecho de poder reencontrarme cara a cara con usted y su grupo.

 

No me olvide, señor Harker, pues yo tampoco lo he olvidado. Ni a usted, ni a sus compañeros de aventuras.

 

Afectuosamente, su amigo.

 

DRCULA

 

 

 

Los tres permanecieron callados unos minutos. Jonathan había adquirido una palidez extrema y estaba completamente abatido. Mientras, Mina le sostenía la mano con ternura. El doctor, con los ojos cerrados, movía afirmativamente la cabeza. Fue este último el que rompió el silencio.

 

Siempre lo he temido y esta carta es la prueba que confirma mis sospechas. Aquel día vencimos al mal, pero no logramos erradicarlo.

 

Los cónyuges Harker se estremecieron e intercambiaron una mirada de miedo pensando en su hijo.

 

¡Debemos ir al castillo a terminar el trabajo! ¡Debemos destruir a la bestia de una vez y para siempre! gritó Jonathan víctima de un súbito ataque de ira.

 

No se deje llevar por la emoción, amigo mío contestó el doctor. El conde es un ser malvado y estoy seguro de que no piensa más que en la venganza. Si ha tardado diez años en descubrirse es porque realmente su regeneración es muy lenta. No debemos ir a su castillo, pues eso es lo que el conde pretende. En su castillo es fuerte, y quién sabe la cantidad de trampas que preparará pensando en nuestra visita. No, al ir allí sólo nos esperaría la muerte.

 

¿Qué hacer entonces?

 

Sólo nos queda esperar e investigar sobre la criatura. Deberemos permanecer siempre alerta, vigilantes, paladines en la noche. Y si algún día regresa... estaremos preparados.

 

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Le Baron de Rimbombant

 

La nueva expedición

 

La almadía avanzaba rauda por el túnel, cabalgando el feroz torrente de agua. Me estremecí por un momento al pensar en lo que sería de nosotros si encontrábamos algún obstáculo en nuestro camino. En mi fuero interno, vislumbré la frágil embarcación colisionando contra un muro pétreo y haciéndose añicos, catapultando nuestros destrozados cadáveres a insondables profundidades.

 

Tras un descenso que se me antojó interminable, nuestra embarcación golpeó al fin contra una masa de agua, en la que se zambulló parcialmente antes de volver a emerger. Quiso la fortuna que ni mi tío, ni Hans, ni yo mismo, cayésemos al agua, al estar fuertemente agarrados al mástil. La balsa se desplazaba ahora blandamente por la superficie de un lago, en una amplia caverna.

 

Se oyó de pronto un rugido como el retumbar de un trueno; una de las paredes de la gruta pareció estallar en mil pedazos, y de la abertura surgió la enorme cabeza de un plesiosaurio. A horcajadas sobre su descomunal cuello se hallaba el mismísimo Arne Saknussemm, altivo e imponente. El alquimista señaló nuestra balsa, y el gran saurio lanzó sus fauces, abiertas y terribles, contra nosotros.

 

¡¡No!!

 

Cálmate, querido Axel; era sólo una pesadilla.

 

La que así me hablaba, con su voz calmada y cariñosa, era mi dulce Graüben, sentada en el borde de la cama. Me confortaron sus palabras y el ver que me encontraba en nuestros aposentos en la casa de Konigstrasse, en lugar de en aquella gruta perdida en las entrañas del planeta. Me refresqué un poco y bajamos a desayunar.

 

Marta nos sirvió una comida excelente, como de costumbre. El profesor no nos acompañaba. Mientras saboreaba unos huevos, me quedé abstraído recordando mi sueño. Una idea, que había revoloteado por mi cabeza sin que llegase a fijarla, se presentó de repente ante mí.

 

¡Marta! ¿Dónde está mi tío?

 

El amo salió esta mañana muy temprano, señor Axel. No mencionó dónde iba.

 

Pasé el resto de la mañana intranquilo, pendiente de la vuelta del profesor. Cerca de las once creí escuchar la puerta. Marta me confirmo que mi tío se encontraba ya en su despacho, conque me encaminé hacia allí de inmediato.

 

Tío, tengo que contaros algo.

 

Ah, adelante, muchacho me respondió tras su inmenso escritorio, cubierto por libros, correspondencia y minerales por catalogar. Siéntate y dime.

 

Veréis, tío, he tenido un sueño más bien una pesadilla, que me ha hecho reflexionar. Le conté mi sueño, que mi tío escuchó con viva atención. ¡Creo que debemos volver al centro de la Tierra! concluí.

 

El profesor Lidenbrock hizo ademán de responder, dando la sensación de que únicamente las gafas evitaban que sus grandes ojos abandonasen sus cuencas.

 

Recordad proseguí, sin darle ocasión de interrumpirme cuando llegamos a la galería desde la que subimos al Stromboli. En el estado en que nos encontrábamos, no pudimos apenas explorarla. ¿Y si contenía algún pasaje por donde continuar nuestro viaje a las profundidades? Quizás incluso, alguno que usase el propio Saknussemm, ya que lo último que vimos de él fue antes de volar el túnel: no sabemos si subió por el volcán, al igual que nosotros. Hemos calculado muchas veces las distancias de nuestro viaje, y sabemos que faltaron muchas leguas para rozar siquiera el núcleo planetario. ¿Habremos de permitir que alguien, emulando nuestro viaje, supere nuestras hazañas y conquiste el corazón de la Tierra?

 

Extraordinario respondió mi tío al tiempo. Yo también he tenido sueños similares últimamente, y mi conclusión había sido idéntica a la tuya. Ayer mismo mandé un telegrama para exponer mi plan a nuestro buen Hans y preguntarle si podíamos contar con él; he aquí su respuesta, que he recibido hace menos de dos horas.

 

Me tendió un papel, donde el cazador de eiders, con su laconismo característico, sólo había plasmado una palabra: «».

 

¡Sí! exclamé con gran excitación. ¡Dice que sí! ¡Hans nos acompañará!

 

En efecto, Axel; no esperaba menos de nuestro valiente islandés. Desde que conocí su respuesta, he estado preparando el viaje a Reykjavyk y comprando pertrechos para la expedición. ¿Qué haces aún aquí? ¡Corre, muchacho! ¡Corre a preparar tu equipaje!

 

Abandoné con presteza el despacho del profesor, emocionado ante la idea de volver a reencontrarme con el Sneffels y sus nevados picos, el fiel arroyo Hans o el mar Lidenbrock, tan misterioso e insondable como la cúpula que le servía de cielo.

 

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