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Lyn

Relatos del bimestre mayo-junio 2018

Publicaciones recomendadas

Lyn Líder de gimnasio

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Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS


- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.


- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.


- Los lectores no participantes pueden votar.


- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.


- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.


- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.


- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 24 de junio, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.


- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.


- El día ? será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.


- El día ? del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.


- A partir del día 25? se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS


- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).


- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.


-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos




La condición de este bimestre era la propuesta alfon7193


 



 


El relato debe comenzar con: Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo.



 



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Fulgencio


 


 


Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo en medio de una calle del centro de Zagreb, lloviendo a mares y con un ramo de flores en la mano izquierda.


 


 


Él, que no había salido de su pueblo en cuarenta años, estaba allí, bajo la lluvia sin dejar de sonreír, expectante a cada peatón que pasaba por su lado esperando reconocerla a ella. Estos, extrañados e incomodados, aceleraban el paso y bajaban los paraguas para que no les abordara, como si se tratara de un mendigo o vendedor molesto del que hay que alejarse sin provocarle demasiado. Y así iban pasando las horas, con el ramo más mustio y la sonrisa más impertérrita, casi como una máscara.


 


 


Tras varias horas sin moverse bajo la lluvia y sin que pudiera evitarlo, estornudó, y ese estornudo fue como un clic que hizo que los transeúntes levantaran el paraguas para mirarlo por fin. Un gesto mágico, ya que provocó que también Fulgencio los viera a ellos y se diera cuenta de su propia imagen, un hombre de mediana edad solo y en medio de la nada. Este hecho era más perturbador que si hubiera sido un vagabundo hambriento que los acosara con sus lamentos y súplicas. La gente no sabía como actuar ante él, Fulgencio en ese instante notó su miedo y descubrió su poder, el poder del caos.


 


 


Hay momentos en la vida que nos cambian para siempre, la mayoría de gente cree que esos cambios son producto de algo importante y repensado hasta la saciedad. Lo que Fulgencio descubrió en ese momento fue que los momentos más banales son los que pueden provocar los cambios más drásticos y terribles, y para él, ese momento sublime de conexión y descubrimiento del mundo fue un simple estornudo.


Un momento como otro cualquiera, pero donde eres capaz de ver el engranaje de todo, puedes atisbar las tuercas y la grasa aceitosa que hace que el mundo se mueva y tenga sentido, y cuando lo descubres eres capaz de leer entre líneas y adelantarte a los acontecimientos. Se veía sí mismo como Neo. De hecho, se parecían, su traje, con esa especie de levita antigua era parecida al abrigo de Neo. Fulgencio recordaba una escena de esa película donde Neo era capaz hasta de leer la lluvia como si fueran ceros y unos.


 


Así veía ahora a la gente que le miraba pasmada y paralizada en medio de esa plaza de Zagreb, esperando que Fulgencio les permitiera volver a su rutina y continuar su vida. Fulgencio entonces hizo otro gesto banal, chasqueó los dedos y asintió con la cabeza, y la gente pudo volver a sus pensamientos aliviada. Ese gesto fue condescendiente y Fulgencio lo sabía, solo por eso lo había elegido. Después sabiéndose otra vez invisible para el resto, miró las flores que había comprado hacía solo unas pocas horas antes, ahora las veía como si fueran una especie de extrañas plantas marcianas que no deberían haber estado nunca en su mano, las arrojó al suelo con decisión y las pisó sin contemplaciones al alejarse de la plaza para entrar en la primera óptica abierta que encontró.


 


 


Cuando volvió a su pueblo a la semana siguiente, sus vecinos lo descubrieron radiante y feliz, todos pensaron que por fin el bueno de Fulgencio había tenido éxito y de ahí su sonrisa radiante, mas amplia aún que cuando les dijo que se marchaba en busca del amor que había conocido en internet. Su sonrisa y sus nuevas gafas de sol era lo que habían operado el cambio, se dijeron a sí mismos los vecinos que se acercaban para saludarlo afectuosamente.


 Fulgencio se deslizó como pudo entre ellos como si fueran las balas de una pistola que él podía preveer, no tenía tiempo que perder. Fue directo a su casa, se quitó las gafas de sol compradas en una óptica en Zagreb colocándolas cuidadosamente en el armarito de la entrada. Se atusó el pelo en el espejo del recibidor, colgó su traje chaqueta, dio de comer a Sara Connors, su gata, y se dirigió al comedor. Se sentó, levantó la tapa de su portátil y entró en la última página que había cerrado justo antes de marcharse a Zagreb, su página de contactos favorita. Inmediatamente cambió su perfil de usuario, remodelándolo para que Trinity lo encontrara. Todo Neo necesitaba una Trinity de eso estaba seguro Fulgencio, pero está vez en las preferencias geográficas puso solo Albacete.


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Primera cita


 


 


Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo. «Vamos a ello», se dijo, dándose ánimos. Echó un último vistazo a su imagen en el espejo, se colocó un pequeño mechón que se había descolgado del flequillo y salió del baño. Rodeó una mesa en la que una pareja de veinteañeros conversaba animadamente sobre una cantante de la que Fulgencio nunca había oído hablar, y llegó a su sitio, donde lo esperaba su acompañante.


Era ésta una mujer entrada ya en la cuarentena, que exhibía una rizada melena castaña. Llevaba un vestido blanco ajustado y con un generoso escote, pese a su figura algo rubenesca. Sus ojos oscuros se movían tras unas gafas de pasta, que había colocado cerca de la punta de la nariz para leer la carta de platos. Levantó la mirada al dirigirse Fulgencio a ella.


Ya estoy. Disculpa, pero soy algo maniático con lo de lavarme las manos antes de las comidas esbozó una media sonrisa, como queriendo excusarse, a la par que se acomodaba en su silla.


Oh, no te preocupes sonrió ella a su vez, así he aprovechado para mirar un poco la carta.


¿Te parece que pidamos vino?


Claro, a ver si nos achispamos un poquito rio. Elige tú; tinto, si te parece.


Sí, el tinto me gusta asintió Fulgencio. ¿Ribera, Rioja?


Un Ribera estaría bien.


La camarera, una joven morena vestida totalmente de negro, se acercó mientras Fulgencio miraba la carta de vinos.


¿Les voy trayendo la bebida?


Sí, tráenos una botella de Protos; y unos minutos para elegir la comida, por favor.


De acuerdoanotó, ahora mismo les traigo el vino.


¿Nervioso?


Un poco, la verdad Fulgencio hablaba subiendo y bajando la cabeza, alternando la vista entre su interlocutora y el cuadernillo con los platos. Esto de las citas a ciegas es nuevo para mí.


Para mí también. Pero hay que probar de todo, ¿no?


Nunca se sabe dónde puede surgir el amor.


El amor u otras cosasinsinuó la mujer, cambiando el tono.


En ese momento llegó la camarera con el vino. «Joder, va a saco», pensó Fulgencio mientras les echaba el líquido granate en las copas.


¿Ya saben lo que van a tomar?


Sí respondió ella. Fulgencio, a su vez, asintió con la cabeza. Yo tomaré deconstrucción de sopa de picadillo, y chupa-chups de codorniz.


Para mí ensalada templada de rúcula y canónigos y, de segundo, tartar de atún pidió Fulgencio, mientras se preguntaba cómo se podía deconstruir una sopa de picadillo. Y dime, Maite, ¿a qué te dedicas? preguntó, cambiando de tema mientras la camarera se marchaba para pedir la comanda.


Soy abogada. ¡Chinchín! exclamó, alzando su copa. Fulgencio correspondió levantando a su vez la suya y haciéndolas chocar con cuidado; a continuación ambos bebieron un sorbo, como mandan los cánones ¿Y tú?


Funcionario. En el Ayuntamiento.


Mmm está rico este vino, buena elección dio otro sorbo, vaciando la copa. ¿Me sirves?


Claro. Mira, ahí traen nuestra comida.


Fulgencio miró con curiosidad el plato de Maite, la sopa deconstruida. Era un rectángulo de pizarra sobre el que bailaba un tambaleante cubo de gelatina de color grisáceo: el caldo, imaginó. Lo acompañaban en la negra superficie unas virutillas de jamón serrano, medio huevo duro colocado en rodajas y un cuenquito blanco con los picatostes. Todo ello adornado con variadas y coloridas líneas de salsas sin identificar.


En su plato, que parecía un sombrero mexicano puesto del revés, se mezclaban hojas de distintas formas y colores, semillas de granada, algunos taquitos de beicon y varios piñones. Por encima tenían un líquido oscuro y viscoso, que Fulgencio supuso vinagre de Módena.


Que aproveche dijo Maite. Uy, qué torpe.


La mujer se inclinó hacia un lado para recuperar la servilleta, que había caído al suelo, y el vestido a duras penas pudo contener el movimiento de sus nada desdeñables glándulas mamarias. Fulgencio, instintivamente, estiró un poco el cuello y abrió bien los párpados para observar mejor el espectáculo. Craso error. Su ojo izquierdo porque Fulgencio tenía un ojo de cristal, fruto de un accidente de tráfico en su juventud, como queriendo tener mejor visión del canalillo que la que le otorgaba su dueño, saltó de su cuenca, rebotó sobre la mesa y se zambulló en la copa de vino de la mujer.


Fulgencio a duras penas pudo recomponer su expresión de horror, ya que casi al momento Maite se volvía hacia él, incorporándose con la servilleta en la mano. Bajó la mirada hacia su plato y se cubrió el lado izquierdo de su cara con una mano mientras, con el tenedor en la otra, removía distraídamente la ensalada.


¿Te encuentras bien? inquirió la mujer, al verlo en esa actitud.


¡Perfectamente! Estaba sí, estaba mezclando bien la ensalada con el aliño. ¿Cómo está tu caldo?


Ahora mismo te lo digo. Pero primero, un poco de este vino tan rico.


«¡Espera!», gritó Fulgencio. Pero ya era tarde. Maite, con más ansia de la debida, trasvasó todo el contenido de la copa a su boca y, de ahí, a su garganta. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Empezó a boquear, buscando aire, y sus maquilladas mejillas adoptaron un color más carmesí. Con la boca abierta, se llevó una mano al cuello mientras con la otra hacía gestos, señalándose.


Fulgencio reaccionó con rapidez: se levantó, se colocó detrás de Maite, y la ayudó a ponerse en pie tirando de sus axilas. Acto seguido empezó a darle unas palmadas en la espalda, y como seguía sin poder respirar, procedió a aplicarle la maniobra de Heimlich. Tras varias compresiones, Maite finalmente pudo expulsar el díscolo ojo, que trazó en el aire una trayectoria parabólica e impactó en la frente de una de las camareras, que venía a interesarse por lo que estaba ocurriendo. Ésta, sorprendida, dejó caer el plato que llevaba en la mano, que cayó sobre el regazo de otro comensal, desperdigando su contenido por las ropas del hombre.


Todo esto lo había seguido con suma atención Fulgencio, con su mirada monocular. Por desgracia para él, perdió de vista la pequeña esfera de cristal después de que golpease a la camarera, con lo que dejó a Maite sentada recuperando el resuello y empezó a buscar con preocupación el ojo; no en vano le había costado un ídem de la cara. Finalmente, tras mirar por el suelo, con disimulo sobre las mesas localizó el globo ocular, alojado en el moño con el que se había recogido el cabello una de las clientas. El conjunto asemejaba a un pequeño monstruo alienígena devorador de cerebros que estuviera observándolo con aviesas intenciones.


Fulgencio trató de hacerse con él disimuladamente, pero era difícil conseguirlo cuando casi todas las miradas del local están fijas en ti. Lo retiró de su nido capilar con suavidad y lo sostuvo en la palma de su mano, observándolo. Estaba empapado de vino y saliva, y tenía adheridos algún pelo y varias pelusillas. Tendría que ir al baño a lavarlo y secarlo bien para ponérselo.


¡Fulgencio! le llamó una voz a su espalda. Sorprendido, se colocó como buenamente pudo el ojo en su sitio, arrepintiéndose nada más ubicarlo.


Carlos respondió, dándose la vuelta y enfrentando a su interlocutor. Éste levantó una ceja, en un gesto característico.


Lamento decirte que Maite se ha marchado. La que has preparado, amigo Fulgencio. Mira que hemos tenido gente peculiar en el programa, pero nunca nos había pasado algo así.


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El renacer de Fulgencio


 



Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo. Su gigantesco cuerpo ocupaba toda la calle con despreocupación, confiado en que cualquier transeúnte que se encontrase en su camino se apartaría, aterrorizado ante la opaca mirada de sus ojos muertos.


Desde un callejón, a una distancia prudencial, dos sombras y media le vigilaban.


El sécat ha venido murmuró una de ellas. Se hizo el silencio y el callejón quedó vacío.


En el local, la luz jugaba con la oscuridad, corriendo sobre las mesas y las esquinas. El suelo de metal vibraba con cada gota derramada y todo estaba lleno de... bueno, de gente. Era un lugar humano hasta la más profunda de sus raíces; un lugar por el que ningún sécat bajaría de su palacio en las nubes. Fulgencio era una anomalía, un estudioso y coleccionista de la humanidad.


El nerviosismo del hombre onduló hacia Fulgencio. Era la primera vez que hacían negocios, y era evidente que era la primera vez que veía a un sécat. El miedo le hacía temblar levemente. El hombre deslizó el libro sobre la mesa metálica, sin atreverse a alzar la mirada hacia el rostro serio de Fulgencio. Este lo cogió con cuidado y, sin cambiar aún de cara, examinó la portada, un niño sumergiéndose en un oscuro lago; contó las páginas y examinó la firma, poco más que una N y una G casi indescifrables. Tal vez demasiado indescifrables. Fulgencio sacó de un bolsillo su mirada inquisitiva y, en un único y fluido movimiento, sustituyó su mirada seria por ella. Se levantó, acechando ominismente hacia adelante. El pánico del hombre frente a él le llegó con un fuerte sabor salado.


Alrededor del sécat reinaba un silencio denso y pesado; únicamente dos clientes se atrevían a hablar, y lo hacían usando palabras tan poco afiladas que no podían romper la capa de silencio a su alrededor. La luz y la oscuridad corrían sobre ellos, convirtiéndolos de sombras a hombres y de hombres a sombras.


Todos me parecen iguales. No estoy seguro de que sea Fulgencio.

¿Acaso importa? ¿No es un sécat de tres metros, sin cara, con una decena de tentáculos y recubierto de una piel oscura como el alquitrán? ¿No es un simbionte de un humano centenario con una bestia salida del más profundo de los abismos? ¿No es nuestra única oportunidad?

Lo sé. No me estoy echando atrás. Solo digo que si no es él nuestra investigación no habrá servido para nada.

Sí. Lo siento.

No pasa nada. Es la hora.


Los dos hombres se levantaron, seguidos un segundo más tarde por media sombra.


Su plan no debería haber funcionado. En cualquier otro instante no lo habría hecho, pero cuando se acercaron a Fulgencio, el sécat estaba concentrado en el hombre que tenía frente a sí. Todos sus receptores empáticos estaban focalizados en intentar separar el miedo natural e instintivo de un sécat del miedo a ser despedazado por intentar engañarle. Todo su atención estaba ocupada, y no notó a uno de los hombres pasar una cuerda por torso, cortando sus nervios. No notó a su compañero clavar una espada de tres filos en su cintura y usar todo su cuerpo para hundirla hasta el fondo, atravesando su corazón.


Fulgencio cayó al suelo, sus caras golpearon el metal y su piel se derritió y esparció, dejando a la vista el cuerpo de una mujer, aún con una espada atravesando su pecho, en el interior de la masa de alquitrán. Únicamente dos hombres y una niña quedaban en el local; el resto de humanos había tomado la decisión instintiva de huir.


El padre de la niña cogió la cabeza del sécat, la cabeza demoníaca, ahora una bola negra sin rastro de cara.


Sólo lo diré una vez más dijo su hermano: ¿estás seguro? No sabemos cómo cambiará si hacemos la unión. El sécat le afectará, la Susana que salga puede ser totalmente diferente.


La bola negra se pegó a la mano del hombre, clavando pequeños garfios en la piel. El padre dio un tirón y la colocó sobre la cabeza de su hija.


Pero estará viva.


Los pequeños garfios se afianzaron en la cabeza de Susana. Del suelo, algunos restos de alquitrán reptaron y subieron por el cuerpo de la niña, cubriendola de pies a cabeza.


Susana, por favor, dime que eres tú.


La criatura frente así le miró sin una cara.


¿Papá?




Y allí estaba Fulgencio, sin cara y desnudo. Recordaba vagamente haber sido apuñalado, pero los recuerdos anteriores a la pérdida de un núcleo siempre eran difusos y fragmentados. Tenía un cuerpo pequeño. No sólo por haber perdido mucha piel en el ataque, sino que también vestía a un humano minúsculo. Frente a sí había un hombre, sus ojos suplicando una respuesta. Fulgencio utilizó el instinto madurado durante siglos y se arriesgó a decir:


¿Papá?


La faz del hombre perdió la rigidez acumulada en sus músculos. Había acertado.


«AAAAAAHHHHHHH».


El padre le cogió del brazo y le arrastró al exterior. El local se había vaciado; la visión de un sécat muerto inspira terror en cualquier humano. Fulgencio vio el libro sobre la mesa, dañado de forma irreparable por los ácidos restos de la piel de Fulgencio.


Una mujer, la madre de la niña, les esperaba en un coche arrancado. Fulgencio guardó silencio y condujeron por calles grises hasta llegar a un palacio en un barrio sombrío.


«AAAAAAHHHHHHH».


Un mayordomo con un ojo mecánico y un rifle a la espalda les abrió la puerta, y en la última planta de la torre central estaba el cuarto de una niña, con una cama de dosel rosa, una colección de muñecas de trapo y un kit de reparación infantil. Junto al kit había un autómata a medio construir, con su pecho abierto y los engranajes esparcidos por la mesa.


«Aahhh...».


Durante los días siguientes Fulgencio memorizó los detalles de la casa. La niña recobró la cordura y su mente apenas opuso resistencia a sus zarpas.


«Se llama Zacarias», dijo cuando el mayordomo subió a su cuarto. «Antes era un líder de banda, pero una herida en el pecho le impide trabajar de activo. Mi padre le mantiene por su amistad y porque es un buen perro guardián».


«Es el señor Zeta», explicó cuando Fulgencio sintió el miedo, avaricia, soberbia y astucia de un hombre a través de trece puertas. «No me gusta. Es el mejor con la ganzúa pero no le cae bien a nadie. Discutió mucho con mi padre cuando empezó a planear matarte. Dijo que era muy arriesgado».


«Esa es la sala de trofeos. No tengo permitido entrar ahí».


En pocas semanas, los padres de la niña estaban convencidos de que Fulgencio era su Susanita de siempre. En pocos meses, la madre propuso que volviera al colegio, argumentando que debía tener una vida normal. Días más tarde el padre cedió, y al principio del curso Fulgencio subió al autobús del instituto, vistiendo uniforme y una cara nueva. Se sentó al final, su cabeza sobrepasando por medio metro la altura de los asientos.


Hola, Sus. ¿Cómo estás? saludó una niña, consiguiendo de alguna forma apartar la mirada y mirarle fijamente al mismo tiempo. Oí lo que te pasó. No me lo creía, creí que habría pasado lo mismo que le pasó a los padres de Ned.


«Línea».


«Qué va, Nat. Mi padre es mucho más fuerte que el de Ned. No iba a dejarse quemar».


Qué va, Nat. Mi padre es mucho más fuerte que el de Ned. No iba a dejarse quemar.


Entonces, Fulgencio se dio cuenta de que apenas había rozado la mente de la niña.


«Te lo estás tomando muy bien», dijo el sécat. La otra niña se sentó cerca de él. «Normalmente tengo que apretar para obtener información».


Susana se encogió figuradamente de hombros. «Es esto o el cáncer», dijo. «De esta forma al menos mispadres sufren menos».


La otra niña se sumergió en una historia de lo que había pasado en la ausencia de su amiga.


No te creo aportó Fulgencio.


«¿Por qué haces esto?», preguntó Susana. «Sé lo que eres capaz de hacer. Podrías irte cuando quisieras».


«Niña, ¿crees que habría vivido mil cuatrocientos años con once núcleos diferentes si los humanos no creyeseis que la simbiosis funciona?».


Sufriría durante unos años haciéndose pasar por una niña, cambiando gradualmente de personalidad y volviendo a ser un sécat. Cuando los padres creyesen que su niña había cambiado, pero seguía siendo ella, volvería a las nubes y silenciaria a su núcleo.


Los años pasaron. Fulgencio dio las clases de Susana, se interesó por el trabajo de sus padres y sufrió la dura y extensa vida social de un adolescente. Empezó a usar más sus poderes. Usó sus doce tentáculos en vez de dos, utilizó cada vez más sus receptores empáticos, dejó de lado destornilladores y cables y reparó autómatas y artefactos usando sus dedos. Empezó a volar y respirar bajo el agua, creó fuego frotando sus brazos y cambió su forma a voluntad. Se interesó por la vida sécat. Los padres de Susana pensaron que la niña se estaba adaptando a su nuevo cuerpo. En cualquier momento podría abandonarlos sin levantar sospechas.


En cualquier momento.


Fulgencio estaba en el último examen del año, en el último año de instituto. Estaba inclinado sobre un pupitre, su cuerpo de dos metros doblado sobre una hoja de papel. Después de esto podría irse sin levantar sospechas; no iría a un gremio, como se esperaba de Susana, sino que dejaría la vida humana y ascendería a las nubes.


«La respuesta es e^x^2», dijo Susana.


«No lo es. Es x*ln2».


«Te has equivocado al despejar».


Fulgencio cambió reluctantemente el resultado, instantes antes de que sonara la campana y el examen desapareciera por una ranura en la mesa.


¿Cómo te ha ido? le preguntó Natalia, a la salida del aula. ¿Qué has puesto en la tercera? Me salía pi.


A mí cero.


Mierda.


Caminaron juntos a la salida, la pequeña adolescente y el gran sécat.


Te veré en el festival, ¿no? ¡Adiós!


Natalia se alejó corriendo sin esperar una respuesta.


El festival era a finales de verano, una gran despedida para los estudiantes. Para entonces Fulgencio ya habría abandonado cualquier lazo con Susana. El instituto había terminado; no más excusas. Finalmente la silenciaría y volvería a su vida.


«Nunca he ido a un festival», susurró Susana, en la parte trasera de su conciencia...


Y allí estaba Fulgencio, vistiendo estrellas sobre sus ojos, una camiseta desgarrada y una niña emocionada en su interior.


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De Fulgencio y sus hechos


 


 


   Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo. Prendió una cerilla y con ella el combustible que se filtraba por sus elegantes costuras; originando una inmediata bocanada de fuego que empezó a consumir su cuerpo. Pasaron alrededor de cinco minutos hasta que algunos de los empleados que trabajaban en el edificio consiguieron extinguir el fuego con ayuda de un extintor; mientras Gabriel sentado en la silla del escritorio de su elegante despacho, contemplaba el horror de la imagen que formaban las incontables serpientes de fuego que devoraban el cuerpo de Fulgencio, un hombre que hasta entonces era totalmente desconocido para él. La imagen que quedó de Fulgencio era bastante escabrosa, con el traje totalmente carbonizado dejando así expuesto una masa desnuda y requemada en la que algunos entre ellos el propio Gabriel podían reconocer una inquietante sonrisa. Pero sin duda, lo más llamativo de todo, era un extraño collar que había logrado sobrevivir al fuego con apenas unas pequeñas marcas de ceniza. Se apreciaba a simple vista que era un objeto asociado al lujo, con eslabones dorados que se unían en un pequeño amuleto donde quedaba tallada una piedra preciosa de un intenso color carmesí.


 


   Pese a lo macabro de los hechos, las autoridades encargadas del caso se limitaron a identificar al fallecido como Fulgencio Hernández del Lobo, natural y vecino del pueblo de Racia; a seiscientos kilómetros de las oficinas donde ardió, lo que hacía aún más extraña su presencia en ese lugar y a constatar que se trataba de un suicidio. También entre los empleados del edificio corrían constantemente pequeñas habladurías, aunque siempre desde la seguridad que proporciona la distancia de la ignorancia. Solo una persona estaba interesada en tratar de entender en su plenitud lo que había sucedido; y esa era Gabriel, que sentía de alguna manera, que aquello era algo personal pese a que no conocía al difunto en nada. No era solo el hecho de que Fulgencio hubiera elegido precisamente su despacho para prenderse fuego estando él presente, si no que además, percibió que el peinado y el traje que llevaba eran muy similares al suyo propio, lo cuál le inquietaba de sobremanera. También dentro de Gabriel existía una predisposición natural por las historias de intriga, como reflejaba su faceta de ávido escritor de pequeños relatos que de vez en cuando alcanzaban el papel bajo un seudónimo.


   Gabriel Zarzón Ruiz, nacido en el seno de una familia acaudalada, ya desde joven se caracterizó por ser alguien de gran lucidez y entendimiento. Siempre trabajador, buen amigo de sus amigos y hombre de familia modélico; Gabriel estaba predispuesto a la excelencia; y es por ello que pocas voces discordantes pudieron oírse el día que tomó el control de la empresa de su padre; que a su vez este la heredo de su abuelo y este de su bisabuelo, el cuál un día tras volver de hacer una fortuna de origen turbio en el otro continente, consiguió levantar un negocio de comercio que acabaría siendo la semilla de una de las compañías más importantes del mundo. Con Gabriel al mando, la proyección exterior de la empresa que ya inicio su padre antes de jubilarse, quedó totalmente consolidada y además se apostó por un giro filántropo que mejoró la imagen de la empresa y situó a Gabriel como una gran figura pública. Gracias a su estatus social y todos los medios con los que contaba, no es de extrañar que a Gabriel no le costase demasiado empezar su investigación sobre la figura de Fulgencio. Pidió unas vacaciones y se traslado al pueblo de Fulgencio donde recabaría información a través de los vecinos.


   «Fulgencio proviene de Fulgens, que significa brillante o bien resplandeciente» era una observación que le gustaba hacer a Fulgencio cuando le preguntaban a Fulgencio por lo particular de su nombre Cuando Gabriel oyó de esto no pudo evitar asociarlo con la imagen de Fulgencio convertido en una flama diabólica. Particular era el nombre como particular lo era la persona. De carácter introvertido, sus antiguos compañeros de colegio y profesores destacaban de él su afición a la lectura. Mientras la mayoría de niños acostumbraba a jugar con cuerdas, palos y balones; Fulgencio buscaba un rincón solitario donde poder disfrutar de sus libros sin que nadie le molestase. Solía ser bastante tímido a la hora de comentar lo que leía, aunque por lo que algunos podían ver de reojo entre sus páginas, eran libros bastante viejos y las historias que contenían giraban alrededor de temas relacionados con lo macabro; lecturas avanzadas y antiguas no correspondientes a un chico de su edad. Dichos libros también se reflejaban en su comportamiento, siendo un niño que sorprendía a todo el mundo por su rico vocabulario; llegando a recurrir incluso a arcaísmos y que también los incomodaba profundamente cuando ocasionalmente dejaba caer cierta fascinación por asuntos perversos que comprendían desde la nigromancia hasta la aruspicina. Con la madurez, es de presuponer que no abandonara dichas pasiones e incluso fueran cada vez más encendidas; pero había aprendido a no exteriorizarlas, siendo capaz de mantener un trato más mundano con otras personas pese a seguir siendo notorio su carácter introvertido. La mayoría de los vecinos del pueblo no dudaban en señalar su conflictivo entorno familiar como uno de los responsables de la forma de ser de Fulgencio. Criado bajo un techo humilde, que había pasado de generación en generación por parte de su madre no debía ser agradable para el pequeño Fulgencio ver cómo su padre tenía la mano ligera con la bebida; pero sobretodo con su madre la cuál recibía ocasionales palizas. El día más trágico llegó cuando su padre embebido por el demonio de la botella, la asesino a golpes y fue arrestado por las autoridades. Los vecinos aún recuerdan con estremecimiento el rostro de Fulgencio el día que volvió de la capital, (donde cursaba Medicina gracias a una beca) después de enterarse de la tragedia; era difícil de explicar pero de alguna manera podían ver como algo se había roto dentro de él. Pasados los años, el padre de Fulgencio murió en prisión tras contraer una repentina y agónica fiebre.


   Gabriel compartía con su esposa toda la información que había ido recopilando. Ella podía entender que una vida tan marcada por la desdicha pudiera haber desembocado en el suicido de aquel hombre, pero todavía no entendía cuál era la conexión de Fulgencio con su esposo. Eso era, porque Gabriel, como buen narrador de historias que se consideraba, había decidido guardase la última pieza de este puzzle para el final, donde cobraría protagonismo aquel enigmático colgante que apareció junto al cadáver de Fulgencio.


   El colgante perteneció a su madre, que tras fallecer, pasó a las manos de un abatido Fulgencio. Al huérfano de madre, tras examinarlo, le llamó la atención una pequeña inscripción situada en el reverso del amuleto, ligeramente desgastada por el tiempo pero aún legible. «Sofía H.» era el nombre que podía leerse en él y que le suscitó una enorme curiosidad. Fulgencio se empecinó en descubrir la identidad de dicha persona quizás intentando eludir el dolor que había causado la muerte de su madre. En base a lo antiguo que era el colgante, supuso que venía de herencia familiar y solo tuvo que comprobar miticulosamente los registros civíles para confirmar su deducción y dar con el nombre que buscaba. Sofía Hernández, la bisabuela de Fulgencio y primera propietaria de esa casa. Fulgencio en su particular obsesión, estaba dispuesto a averiguar como había llegado un objeto tan valioso a una familia aparentemente pobre.


 


   En la casa de Fulgencio, y que en su momento perteneció a su bisabuela, no había ningún tipo de retrato, fotografía o alguna antigüedad que dijera algo obre la vida de Sofía; y los pocos ancianos del pueblo que pudieron haberla conocido, solo murmuraban inteligibles balbuceos fruto de los estragos de la edad . Fulgencio se encontraba ante un aparente callejón sin salida hasta hasta que recordó aquellos antiguos libros que solía leer cuando era pequeño, pertenecientes a las destartaladas estanterías de su propia casa. Ni su madre, ni su padre expresaron nunca interés por la lectura; por lo tanto, estaba autoconvencido de que esos libros provenían de su bisabuela. También pensó que debían existir más libros y su razonamiento consistía en que pese a ser una extensa colección que desbordaba los estantes, existían recopilatorios divididos en varios tomos incompletos; de tal forma que se podía encontrar los números uno, dos y cuatro, pero no así el tres. Fulgencio se rio de si mismo por no pensar desde el principio, en algo tan insultantemente manido en estas historias, como lo era el hecho de que en su casa pudiera haber un antiguo sótano donde se hubieran depositado los libros excedentes y otras antigüedades. Finalmente, tras llegar incluso a abrir el suelo de su casa, encontró lo imposible: un enorme y oscuro almacén subterráneo y en él decenas y decenas de columnas de libros apilados. Fulgencio se sentía como un arqueólogo tras descubrir la mismísima Iram de los pilares.


   Se dedicó a rebuscar entre las páginas de los polvorientos volúmenes y encontró lo que tanto ansiaba; una única carta dirigida a Sofía en la que al fin se explicaba el origen del amuleto y de los libros. En ella, un antiguo amante de Sofía se disculpaba con ella por haberla abandonado en busca de fortuna en el otro continente; que era consciente del hecho de que el niño que ella sola estaba criando, era hijo suyo; y que aunque nunca podría resarcirla, esperaba que una casa en el pueblo que había mandado a construir para ella y el caro amuleto como símbolo de su amor; sirvieran para mitigar el daño que le había causado. Aquella carta estaba firmada por Gabriel Zarzón Hernández, el bisabuelo de Gabriel que un día volvió de hacer fortuna en el otro continente.


   La esposa de Gabriel se quedó atónita ante tal revelación. El exitoso empresario concluyó que seguramente Fulgencio se había dedicado a investigar a toda su línea familiar hasta llegar a él; y que por algún oscuro sentimiento, lo había elegido como testigo de su suicidio. Sin embargo, Gabriel no tuvo respuesta para una pregunta que realizo su aún incrédula esposa: ¿Como se entero su marido del descubrimiento que hizo Fulgencio?. Gabriel trató de buscar dentro de su cabeza sin resultado. Ni fueron los vecinos, ni ningún documento de algún tipo la fuente de dicha información; y sin embargo, podía ver con una nitidez absoluta la imagen de Fulgencio leyendo la carta de su bisabuelo hasta el punto de distinguir un fragmento que le llamó mucho la atención:


   «Puede que no entiendas el contenido de estos libros pero te aseguro que me han sido bastante útiles en estas tierras. Te ruego que los conserves a la espera de que quizás nuestro hijo pueda darles buen provecho».


   Así, al cabo del tiempo, la mente de Gabriel fue viéndose asediada por una especie memorias que parecían pertenecer a Fulgencio. En ellas se le veía leer estudiar aquellos libros del viejo almacén; la comprensión de que quizás no eran simples fantasías; inquietantes rituales en el sótano, una obsesión con el hombre que le quito una herencia que le pertenecía; y la decisión de reclamarla.


   Finalmente, un día la mujer de Gabriel notó que había algo raro en su marido. Gabriel había comentado sus intenciones de comprar la casa de Fulgencio y trasladar todos sus libros a una amplia biblioteca que pudiera albergarlos todos. Después, se puso un traje que había mandado a confeccionar en una elegante sastrería y este escondía una especie de amuleto dorado. Gabriel se dirigió a las oficinas de su empresa, saludó a los empleados, abrió las puertas de su oficina y allí estaba Gabriel, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo.



 



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El mejor día de su vida


 


 


Y allí estaba Fulgencio, vistiendo su mejor sonrisa y un traje nuevo. Abrió el grifo del lavabo para deshacerse del semen que acababa de eyacular en su mano izquierda. Luego se subió la cremallera del pantalón y se ajustó el nudo de la corbata. Se había comprado aquel elegantísimo traje el día anterior por casi seis mil euros. «A tomar por culo», pensó al entregar la tarjeta al dependiente de la lujosa tienda. Y allí se encontraba, frente al espejo, dispuesto a vivir el mejor día de su vida.


 


Salió de su casa sin despedirse de su mujer, cosa que a ella no le importaba en absoluto. Ambos sabían que se habían casado únicamente por miedo a la soledad, tras muy escasas relaciones y de poca duración por parte tanto de ella como de él. Simplemente eran dos feos que se encontraron, echaron un polvo que les supo a gloria tras años de sequía y pensaron que el matrimonio les facilitaría un poco las cosas económicamente. Ahora ella estaba más pendiente de Tinder que de si él se dejaba la taza del váter abierta, y él no salía de casa sin machacársela pensando en Claudia, la chica de la oficina que se encargaba de los clientes que acudían a informar de algún siniestro. «Por lo menos no hemos tenido críos», pensaba siempre Fulgencio.


 


Subió a su Opel Astra y encendió el aire acondicionado; no era un día caluroso pero conducir siempre le producía esas feas machas de sudor en los sobacos y bajo el pecho, debido a su sobrepeso. El día era soleado, lo que le produjo de nuevo una sonrisa tonta, que no pudo evitar contemplar en el espejo retrovisor. En el asiento de atrás vio a tres personas: el Fulgencio de trece años, el de veintidós y el de la semana anterior.


 


¿Recuerdas el día en que intentaste besar a Martita? preguntó el Fulgencio más joven.


 


Claro contestó el Fulgencio que iba al volante. Martita era una de las chicas más guapas de la clase. Iba a ser mi primer beso, pero me vomitó encima en cuanto me acerqué. Me dijo que era repugnante y desde aquel día todos en clase me llamaron Reflugencio. También hacían el gesto de tener una arcada cuando me cruzaba con cualquiera que me conociera. Lo hicieron hasta que salí del instituto. No volví a intentar besar a una chica hasta los veinte años.


 


Cuando Fulgencio volvió a mirar por el espejo, el niño ya no estaba, pero las otras dos apariciones seguían en el asiento trasero, presenciando divertidas la escena.


 


¿Y tú qué haces aquí? se dirigió al joven que ocupaba el centro.


 


Pues no lo sé muy bien contestó dubitativo. No sé qué es lo que hago ni lo que quiero hacer. ¿Sabes que he dejado la universidad?


 


Sí Sólo te quedaba un año. Un año para licenciarte en ingeniería en telecomunicaciones y lo abandonas todo. ¡Buena decisión!


 


No me juzgues, tío. Creo que voy a montar un negocio y lo voy a petar: me haré rico.


 


¿Tú crees? Yo pienso que vas a acabar de comercial, vendiendo seguros, soportando a un jefe de mierda y a unos compañeros que harán lo que sea por robarte una venta. Pero, ¡oye!, te va a dar para pagar el alquiler y comprarte trajes de seis mil pavos.


 


Fulgencio vio cómo su yo de hacía una década mantenía un gesto de asentimiento mientras iba desapareciendo poco a poco. Ahora su único acompañante en el coche era el más reciente; pudo ver la espinilla en su frente de la que aún conservaba la marca en el momento actual.


 


Te veo feliz dijo la presencia.


 


Gracias a ti, empiezo a serlo.


 


A tomar por culo, ¿verdad?


 


¡A tomar por culo!


 


El Opel Astra se detuvo en un semáforo. Fulgencio miró a su izquierda y vio a un chico en tirantes en un BMW, llevaba la música a todo volumen y las ventanillas bajadas. A pesar de llevarlas él subidas, Fulgencio escuchaba perfectamente cada palabra de la canción y notaba la vibración en sus oídos con cada nota que daba la batería. Se alegró de haberse levantado con mocos esa mañana. Sorbió con ganas y carraspeó hasta formar una espesa flema en su boca, luego bajó la ventanilla y escupió a través de ella. La masa verdosa cayó tanto en el asiento del copiloto como en el brazo descubierto del niñato. «¡Guau! Eso sí que es una flema», pensó. «La mejor que has soltado en tu vida». Y aceleró riendo a carcajadas.


 


 


Fulgencio llegó a la oficina con diez minutos de retraso. Se sentó rápidamente en su despacho, si es que se podía llamar así al espacio abierto con dos paredes de media altura prefabricadas, la mesa de metro y medio por un metro y las tres sillas de oficina, una de cara a la pantalla del ordenador y dos al otro lado. No le dio tiempo de encender el ordenador cuando su jefe ya estaba encima de él echándole la bronca por llegar tarde. Fulgencio escuchó con expresión seria y una sonrisa en su interior y se limpió con la manga en varias ocasiones las gotitas de saliva que salían de la boca de su jefe y acababan en su cara.


 


Que no se vuelva a repetir zanjó el hombre, calvo y corpulento.


 


No, jefe. Descuide.


 


¡Ah! Y más te vale que cierres la póliza del señor Fuentes dijo señalándolo con el dedo. No podemos dejar escapar una venta de tal magnitud para la cartera de hogar. Estás en la cuerda floja, Reflugencio.


 


Fulgencio salió del trance en el que se encontraba, donde oía las palabras de su jefe pero no las escuchaba.


 


¿Perdone?


 


¡He dicho que estás en la cuerda floja, Fulgencio!


 


Se puso al día con tareas que dejó a medias el día anterior hasta que el señor Fuentes entró por la puerta de la oficina. Fulgencio se levantó a atenderle con su mejor sonrisa y amabilidad. Tras los saludos, le invitó a sentarse y comentaron durante quince minutos todas las particularidades del contrato que estaban a punto de firmar. Desde el primer momento, Fulgencio notó a Fuentes dubitativo, a pesar de llevar un par de semanas cocinando la venta a fuego lento, habiendo conseguido una prima muy competitiva y realmente económica para la gran cantidad de coberturas y paquetes extra que Fuentes quería asegurar. Finalmente, éste se echó atrás y decidió no contratar la póliza con Fulgencio.


 


Lamento que sea esa su decisión, señor Fuentes. He hecho lo posible para lograr las garantías que usted me pidió al precio que le acabo de ofrecer. Sinceramente, no creo que en otra aseguradora vaya a encontrar una oferta mejor.


 


Lo siento, pero me sigue pareciendo caro y he recibido feedback de amigos que me han comentado que han tenido problemas con ustedes a la hora de cobrar la totalidad del valor del riesgo asegurado.


 


Fuentes se levantó, dispuesto a salir de la oficina. Fulgencio vio a su jefe mirando la escena desde la cristalera de su despacho.


 


Espere, señor Fuentes saltó de su silla como un resorte. Debe firmarme el formulario de cesión de datos personales para que podamos compartirlos con los mediadores.


 


¡No quiero que den mis datos a terceros! exigió Fuentes, malhumorado.


 


Muy bien. En ese caso, firme marcando la casilla contraria.


 


Fulgencio extendió el documento a Fuentes, que firmó de mala gaa y acto seguido salió de la oficina. Con el documento de la Ley Orgánica de Protección de Datos firmado, no le resultó difícil falsificar el contrato, pues ya había estado practicando con la firma de su mujer y sus padres. Cuando estuvo satisfecho con el trazo, escaneó el documento del contrato y retocó ciertos detalles antes de dar de alta la póliza. Se dirigió con una copia al despacho de su jefe.


 


Ya le dije que no se preocupara dijo tirando el documento sobre la mesa. Tenemos la póliza del señor Fuentes.


 


Buen trabajo contestó el hombre rollizo a regañadientes.


 


En ese momento, Roberto Cortés, el que para Fulgencio era el mayor trepa de la empresa, entró en la oficina cargado con una mochila y un palo de golf con un lazo amarillo en el mango. Se dirigió directamente hacia ellos.


 


¿Qué ha pasado, Fulgen? preguntó con una sonrisa de oreja a oreja y guiñó un ojo. Me he encontrado al señor Fuentes ahí mismo y le he preguntado qué tal la firma; me ha dicho que al final nada No se preocupe, jefe, ya le he dicho yo que conseguiría mejorar la prima y que se pasara de nuevo por aquí mañana. Este no se me escapa a mí.


 


El hombre calvo lanzó a Fulgencio una mirada fulminante antes de ir a buscar la firma en el documento falsificado.


 


Por cierto, Fulgen, ¿has visto qué putter me ha regalado la parienta? ¿Te apetece estrenarlo el domingo?


 


Fulgencio pensó que quería estrenarlo en ese mismo instante. Se imaginó arrebatando el palo de golf a Cortés y atizándole con él en la cara. Imaginó cómo caía al suelo mientras un chorro de sangre salpicaba en la cristalera del despacho de su jefe. Fulgencio seguía dándole golpes, desde el abdomen hasta la cabeza, hasta que ésta comenzó a hundirse y convertirse en una masa viscosa y sanguinolenta. No paró de machacar el cráneo hasta que se quedó sin fuerzas.


 


Fulgencio imaginó aquel final para Cortés, sólo que la escena no fue producto de su imaginación. Cuando se relajó y miró alrededor, vio el despacho lleno de sangre y trocitos del cerebro de Cortés por el suelo y las paredes. Su jefe, tan grande y amenazador a diario, se encontraba agazapado en un rincón. Fuera, algunos de sus compañeros gritaban y otros se llevaban las manos a la boca; no podían creer lo que había ocurrido.


 


Tranquilo y con la misma sonrisa que llevaba exhibiendo todo el día, Fulgencio se marchó de la oficina. Antes de salir, vio a Claudia de pie apoyada contra su mesa, mirándole como todos los demás. «A tomar por culo». Se dirigió hacia ella y le plantó un beso de película. Claudia, en estado de shock, no se resistió ni le soltó un bofetón cuando Fulgencio terminó de cubrirla de saliva. Antes de marcharse, levantó una mano, como hacía cada día, para despedirse de sus compañeros.


 


 


En un puente sobre las vías del tren, Fulgencio se reía solo, mirando a los raíles. Pensaba en lo mucho que había disfrutado ese día y en que podría seguir viviendo de aquella manera lo que le quedara de vida. «Lástima que se me fuera de las manos lo de Cortés», pensó. Mientras conducía hacia allí valoró otras formas de suicidarse, pero ninguna le parecía digna de su nuevo yo. Pensó que tirarse a las vías no tenía nada de glamur ni era original, pero recordaba aquellos tiempos en los que salía de trabajar tarde y tenía que perder un par de horas más atrapado en un tren mientras un juez autorizaba el levantamiento del cadáver de algún pobre infeliz que decidió escapar de este mundo jodiendo a varios cientos de personas. Dar la vuelta a aquella situación es lo que le hizo reír.


 


El Fulgencio de la semana anterior volvió a aparecérsele, apoyado a la barandilla del puente, junto a él.


 


¡Qué imbécil has sido! le increpó. Si llego a saber que sólo serías capaz de aguantar una semana así, no habría tenido la maravillosa idea de cambiar de vida. Reconozco que lo de Cortés ha sido divertido, pero la has cagado.


Fulgencio se sonrió a sí mismo.


 


¿Y ahora qué? preguntó la presencia. ¿A tomar por culo?


 


Ambos rieron, con un gesto de complicidad. Luego, Fulgencio decidió que si se iba a ir, lo iba a hacer relajado y de buen humor. Se hizo una paja antes de subir a la barandilla. Un tren estaba llegando.


 


A tomar por culo dijo antes de saltar.


 



 



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Lyn Líder de gimnasio

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Hala, ya tenemos  los 5 Fulgencios ^^. Teneís para votar y enviarme los comentarios hasta el 24 de este mes.



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alfon7193 TERRESTRIS VERITAS

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Leídos y votados.

Mesa fácil.

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Tenma Aldia, Erudito del Primer Pecado

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Pues ya los he leído y he enviado unos breves comentarios y votos.


 


Por supuesto, mi favorito es en el que sale Fulgencio.


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guetto_spirit PRAESIDIUM VIGILO

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Comentarios enviados anoche a horas intempestivas :D Creo que eran los últimos que le quedaban por recibir a Lyn.


 


Saludos


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