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Lyn

Relatos del bimestre marzo-abril 2018

Publicaciones recomendadas

Lyn Líder de gimnasio

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Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS


- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.


- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.


- Los lectores no participantes pueden votar.


- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.


- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.


- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.


- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 22 de abril, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.


- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.


- El día ? será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.


- El día ? del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.


- A partir del día 25? se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS


- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).


- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.


-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos




La condición de este bimestre era la propuesta albornoz


 



 


El/los prota necesita/busca ayuda para matar a alguien/algo



 



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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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Lyn Líder de gimnasio

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La calma tras la tempestad


 


 


Las pequeñas cottages desfilaban a través del cristal de aquel vetusto tren que se negaba a dar su último soplido. Cruzando la campiña inglesa a toda la velocidad que sus calderas podían exprimir, el tren de Hampshire llevaba a poco más de una veintena de pasajeros. La mayor parte eran granjeros o pueblerinos que regresaban tras pasar la jornada en la capital. Algunos llevaban pesadas bolsas que parecían repletas de objetos de todos los tamaños, probablemente artículos que no habían logrado vender o que habían adquirido a cambio. También había varios niños, con caras risueñas y cansadas producto de trotar y jugar durante todo el día. Un grupo de mujeres parloteaba sobre los últimos cotilleos que habían escuchado en Covent Garden, mencionando personajes que jamás llegarían a conocer. Un hombre menudo, sentado en la parte trasera del segundo y último vagón, miraba hacia la campiña anaranjada por el crepúsculo con semblante inexpresivo y  mirada vacía. No destacaba sobre el parloteo de las mujeres ni sobre las risas de los niños, pero sin embargo resultaba tan ajeno a la escena como los azafranes que florecen sobre la hojarasca. Aquel viajero parecía haberse quedado atrás en el tiempo. No en la estación de Blackfriars, de donde había salido el tren. Ni tan siquiera en Londres. El pensamiento de aquel hombre se había detenido en un presente ya olvidado, y aunque su cuerpo viajaba con aquel tren, su mente volaba hacia más allá del mar.


 


El tren silbó con un quejido desinflado y la locomotora comenzó a aminorar la marcha. Los viajeros se levantaron pesadamente de sus asientos, despertaron a sus acompañantes a quienes el sueño les había vencido y bajaron a la estación de Portsmouth. El hombre volvió en sí, mirando con sorpresa la estación en la penumbra de la noche. Un revisor le miraba con cara de pocos amigos.


 


Última parada, señor le espetó, torciendo el bigote.


 


El viajero ignoró la impaciencia del revisor. Se levantó con calma y arrastró los pies hacia la puerta del vagón. Una lluvia pesada le empapó la coronilla. Su sombrero yacía olvidado en el asiento contiguo del tren, pero no parecía importarle. Se dirigió hacia la ciudad siguiendo la luz de las farolas. Se detuvo en varios pubs, mirando con dificultad a través de los cristales empañados. Finalmente, entró en un antro desvencijado y solitario que parecía tener más años que el tren donde había llegado. El interior estaba tan solo unos pocos grados más caliente que el exterior. El quejumbroso crepitar de una estufa de leña acompañaba la melodía de las goteras cayendo sobre varios cubos repartidos por la estancia. En la barra del local, un viejo y bigotudo tabernero le miraba con sorpresa. Delante de él, varios naipes formaban la característica figura de un solitario. El resto del pub estaba vacío.


 


¿Qué desea, caballero? inquirió el dueño del local, apartando los naipes y pasando un trapo húmedo y maloliente por la barra.


 


El viajero se acercó a la barra y se sentó en un taburete de roble carcomido.


 


Busco a alguiencontestó. Su voz era grave y firme, podría decirse que hasta solemne.


 


Pues no ha venido al lugar indicado, señor. En este pub solo me encontrará a mí, y con suerte al viejo Bob, cuando se acuerda de cómo llegar hasta aquí.


 


Eso tendré que decidirlo yo sentenció el viajero. Póngame un whisky doble, sin hielo.


 


El tabernero obedeció, amilanado por el tono de su cliente. Cogió una botella de whisky sin etiqueta de debajo de la barra. Sirvió dos copas, reservándose una para él. El hombre olisqueó la suya y sorbió un trago. El tabernero, aunque asustado, estaba muerto de curiosidad y no pudo resistirse a preguntar.


 


¿Qué busca exactamente?


 


De momento, alguien que quiera escuchar mi historia respondió enigmático el viajero, dando un largo trago a su bebida.


 


El tabernero abrió los brazos abarcando la estancia vacía y le esbozó una sonrisa irónica.


 


No tengo nada mejor que hacer.


 


Está bien comenzó el viajero, irguiéndose en su asiento. Mi nombre es Peter Vyers. Soy arquitecto en Mánchester, o al menos lo era hasta hace dos años. La construcción de parte del canal marítimo fue mi último gran proyecto. Amasé varios miles de soberanos, y podía decirse que vivía en la más escandalosa opulencia. Mi mujer y yo participábamos en grandes eventos sociales, nos codeábamos con poderosos empresarios del país, e incluso de Europa. Nuestro hijo recibía educación en casa de las mayores eminencias de Inglaterra. Podría seguir, pero se hace una idea.


 


Me cuesta creerlo viendo su actual aspecto, señor Vyerscomentó el tabernero, que estaba empezando a tomar a su cliente por un loco.


 


El viajero hizo caso omiso a la interrupción.


 


Amaba esa vida, pero sobre todo amaba a mi esposa y a mi querido Will. Habría renunciado a todos esos privilegios por seguir a su lado. Pero un ladrón truncó todo aquello. Le hubiese dado todo lo que llevaba encima con gusto, pero prefirió dispararnos primero y robarnos después. Aquella noche debería de haber muerto yo, junto a mi familia. Pero la bala erró por un par de pulgadas y aquí sigo, en este tormento que no cesa.


 


Las últimas palabras las pronunció en un hilo de voz. Luego se quedó mirando fijamente a la estantería del fondo, sin pronunciar palabra. El tabernero rellenó el vaso del viajero sin que este se lo pidiese. Aunque no tenía claro si contaba la verdad, el hombre parecía bastante afectado.


 


¿Colgaron al ladrón al menos? preguntó el tabernero, cortando el silencio. ¿O busca a alguien para que lo encuentre?


 


Lo busqué durante dos años. Indagué por los barrios más miserables de Mánchester. Su modo de actuación tan violento no pasaba desapercibido. Le conocían como Johnny Gatillo. Mataba a todos sus testigos, por lo que nadie sabía cuál era su aspecto físico. Nadie, salvo yo. Frecuenté los tugurios de la ciudad durante casi un año. Recibí varias palizas y me atracaron tantas veces que perdí la cuenta. Pero finalmente, una noche, lo encontré.


 


El tabernero tragó saliva. La historia se volvía interesante.


 


 No a él, personalmenteprosiguió el hombre, tras una involuntaria pausa dramática. Escuché su nombre en una conversación ajena. Dos hombres comentaban que Johnny Gatillo había emigrado a las Américas para buscar fortuna. Acerqué el oído todo lo que pude, pero no comentaron nada más sobre él. Sin embargo, ahora que tenía una pista, no podía dejarla pasar. Esperé a que los hombres se marchasen del local y los seguí. En un callejón saqué mi revólver y los encañoné. Era la primera vez que apuntaba a alguien, y no tenía intención de dispararles, pero creo que estaba tan ansioso que no lo notaron. Les interrogué acerca de Johnny, pero no pudieron darme mucha más información. Me precisaron que había partido en el vapor a Luisiana. El siguiente paso lógico fue ir hasta allí.


 


¿Ha estado en las Américas, señor Vyers? ¿Lo encontró allí? preguntó el tabernero, cada vez más intrigado. Rellenó su vaso, ya vacío, con un buen chorro de whisky. Entre los dos se estaban terminando la botella.


 


Partí dos días después a Luisiana. Una vez en Nueva Orleans, comencé a hacer averiguaiones. Con toda mi experiencia previa, no fue un trabajo complicado. Había un atracador con el mismo modo de actuación en la ciudad. Sin testigos, todos muertos. Le conocían como Evil Reaper. Era un nombre muy teatral, pero resultaba efectivo pues todos allí le temían. No tenía dudas de que Evil y Jhonny eran la misma persona. Tardé, sin embargo, un año en lograr localizarle en el barrio portuario de Nueva Orleans, pues tras un encontronazo con un Pinkerton, Evil había dejado de actuar. Estaba comenzando a pensar que había regresado a Inglaterra cuando finalmente volvió a las andadas. Sus últimos atracos habían sido en los puertos, así que comencé a frecuentar las tabernas del barrio, del mismo modo que había hecho en Mánchester.


 


¿Y lo encontró allí? inquirió el tabernero, aprovechando la pausa en el relato mientras su cliente bebía un trago de whisky.


 


Así es. Recordaba perfectamente su cara a pesar de haber transcurrido dos años. Un rostro así no se olvida, créame. Tenía el pelo más largo y un bigote corto estilo americano, pero estaba seguro de que era él. Esperé a que se fuese de la taberna y lo asalté en un callejón, revólver en mano, tal y como había hecho con aquellos hombres en Mánchester. Le pregunté si era Jhonny Gatillo, a lo que el asintió muy despacio. Me fijé en que deslizaba su mano hacia detrás de su espalda. Supuse que iría armado y que en unos instantes me iba a disparar. No sé si fue ese miedo a morir o el ansia de venganza borboteando en mi interior, pero el caso es que apreté el gatillo. Cayó en redondo al suelo y empezó a sangrar. Me acerqué, atontado por el ruido, y comprobé que estaba muerto, con la cabeza destrozada por el disparo. Hui rápidamente de allí antes de que viniese alguien y en cuanto pude cogí el primer vapor a Inglaterra. Llegué aquí hace tres días.


 


El hombre parecía haber terminado su relato. Sin embargo, el tabernero deseaba saber más.


 


¿Entonces, qué busca exactamente en Portsmouth? ¿En mi taberna?


 


Yo nací en Portsmouth contestó el hombre, tras unos segundos de silencio que al tabernero se les hicieron eternos. ¿Qué hacer cuando has cumplido tu venganza? Mis últimos dos años se han basado únicamente en eso. Pero ahora que por fin puedo descansar, no logro encontrar reposo. Apenas duermo, y en sueños no paro de revivir tanto la noche en que Jhonny mató a mi familia como la noche en que cumplí mi venganza. Es cierto lo que dicen, que matar a alguien te marca para siempre. Vine aquí porque es donde comenzó mi vida, y donde creo que es hora de que termine.


 


Mientras hablaba, el hombre había deslizado su mano al interior de su chaqueta empapada. De ella sacó un revólver que puso encima de la mesa, junto al montón de naipes arrugados.


 


Yo me veo capaz de volver a dispararla sentenció el hombre, lacónicamente. Busco a alguien que lo haga por mí.


 


El tabernero abrió mucho los ojos y dio un paso hacia atrás, instintivamente. Aquel hombre le estaba literalmente pidiendo que lo matase.


 


No hay nadie en esta taberna continuó el hombre, al ver la reacción del dueño. Con el ruido de la tormenta, nadie lo escuchará. Solo tiene que apretar el gatillo y tirar mi cuerpo al puerto.


 


De ninguna manera contestó el tabernero, sin apartar la vista del revólver.


 


Le pagaré doscientos soberanos insistió el hombre, sacando de otro bolsillo un cheque al portador del banco de Westminster y dejándolo sobre la mesa.


 


El tabernero tragó saliva. Con todo ese dinero podría montar una taberna en pleno centro de Portsmouth.


 


No es cuestión de dinero, señor Vyers. Como bien dice, matar a una persona es un acto que le marca para siempre. No pienso pagar ese precio ni por todo el oro del mundo. Si quiere quitarse la vida, tendrá que buscar a otra persona o hacerlo usted mismo. Y no será en mi taberna.


 


El hombre se levantó del taburete. No parecía molesto. De algún modo, ya intuía la respuesta. Guardó el revólver y el cheque y deslizó media corona de plata hacia el tabernero.


 


Gracias de todos modos.


 


¡Espere! gritó el tabernero, justo antes de que el hombre abriese la puerta de la taberna. El hombre se volvió. Tiene mucho todavía por lo que vivir. Si ha tenido la valentía y la perseverancia de perseguir a aquel asesino por medio mundo, seguro que encontrará las agallas para enfrentarse a la calma tras la tempestad.


 


El hombre sonrió, por primera vez aquella noche. Sin mediar palabra, salió del local dejando tras de si dos vasos vacíos, una moneda de plata y un tabernero taciturno que nunca más supo de él.



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Mucha mierda


 


 


¡Que me prendan! ¡Que me hagan morir!... ¡Si lo quieres, lo quiero! ¡Mi deseo de quedarme vence a mi voluntad de partir!... ¡Ven, muerte! Julieta lo quiere. ¡Aún no es de día!


 


¡Sí, sí es; huye de aquí, escapa! ¡Parte ahora mismo! ¡Cada vez está más claro!


 


¡Y cada vez están más negros nuestros infortunios!... Ehh... Mmm ¡Adiós!


 


¡Necesito saber de ti todos los días, cada hora!... ¡Porque en un minuto hay muchos días! ¡Según esta cuenta, habré envejecido antes que vuelva a ver a mi Romeo!


 


¡Para! interrumpe el director. El piano que ambienta la escena hace lo propio. ¿Me puedes explicar qué coño te pasa, Pilar? Entiendo que estéis nerviosos, pero no veía tan poca pasión desde la boda de Ortega Cano y Rocío Jurado.


 


Si Fran se supiera su texto... Mira con reproche al citado. Te has vuelto a saltar la frase de antes de mi monólogo. ¡Parece que lo haces aposta!


 


Fran suelta un bufido y ni la mira. El resto del reparto, que estaba fuera de escena contemplando la misma, comienza a murmurar.


 


No continúa el director, si ninguno de los dos estáis finos últimamente. Pero no pienso tolerar esto en un ensayo general. Se lleva las manos a la cabeza y respira hondo. Diez minutos de descanso y, por favor, quiero ver algo de química. ¡Que esta noche tenemos lleno total y es un puto estreno!


 


Se marcha y el resto del elenco le sigue, dejando a los actores principales en la intimidad de sus reproches.


 


¿Qué pasa, Fran, te ha mordido la lengua el gato?


 


Ya has oído al director. No me voy a pasar el descanso discutiendo. Estoy harto.


 


Tranquilo, que en cuanto acabe la gira, no me vuelves a ver el pelo. Pero finge, aunque sea aquí. ¿No eres actor? ¡Compórtate como tal!


 


No me hables de fingir...


 


No seas niñato. No sé cómo me atreví a meterme en esto contigo. No sabes separar lo personal de lo profesional. Y así te va


 


Hablando de separar ¿Qué prisas te han entrado ahora? Entonces, ¿tienes claro que cuando acabe la gira...?


 


Y tan claro, Fran, esto ya no hay quien lo salve. Tengo treinta años y no voy a pasarme la vida amargada. Se da la vuelta, se dirige hacia su camerino y sin mirarle añade: voy a tomarme un café.


 


¡Ahora eres tú la que no quiere discutir! ¿Ehh? ¡Vas a ser una amargada con treinta y con sesenta también! Se da la vuelta y añade para sus adentros: zorra egoísta...


 


Respira profundamente y busca con la mirada a Raquel. La encuentra entre bambalinas dando unos retoques al decorado. La aborda por detrás y le besa el cuello.


 


Raquel se asusta y susurra:


 


¿Te has vuelto loco? Nos van a ver.


 


No aguantaba más. Necesitaba besarte.


 


Ahora no... Estoy súper liada. Todavía me queda mucho que preparar.


 


Tampoco te vuelvas loca


 


No, Fran, nunca había trabajado para un director tan exigente. Suspira. Echa un vistazo rápido a la cantidad de vestuario y material que hay amontonada encima de una mesa. Si es que lo quiere todo hasta para los ensayos ge


 


¿Qué más da? interrumpe Fran. No vas a tener que volver a hacerlo. No te molestes tanto.


 


A ver


 


Estoy deseando que pase esta noche y que seamos libres de una vez.


 


De eso quería hablarte. Su mirada queda distraída en el tic nervioso del pie derecho de Fran. No creo que sea capaz.


 


Raquel, por favor, no te eches atrás ahora. Ya lo teníamos todo más que hablado. Sabes que es la única forma.


 


La única forma para que no te culpen a ti. Pero yo soy la responsable de atrezo. Sería la primera sospechosa.


 


Cualquiera tiene acceso. Lo importante es que sea durante la escena del balcón. El primer sospechoso, tal y como estamos últimamente, voy a ser yo, a menos que tenga una buena coartada. Tú eres la única de todo el elenco que no odia a Pilar. Sonríe. Hasta la que limpia su camerino tiene ganas de matarla. 


 


¡No digas eso! Por favor... ¿Por qué no aguantas la gira, os separáis y ya está? Sería todo más fácil.


 


¡De eso nada! Tú no sabes lo que es aguantar a esa arpía durante ocho años. Y ahora pretende dejarme con una mano delante y otra detrás.


 


Lo haces sólo por el dinero...


 


No, mi amor... Pero si las cosas se ponen feas. tú y yo ya estaremos en una playa de Hawai. Y que nos busquen.


 


...No sé...


 


Hawai, Bombay... La coge por la cintura y bailan. Nos damos un beso...


 


Ella se ríe y se deja llevar.


 


No te prometo nada...


 


Él sonríe y susurra:


 


Te amo.


 


No Teatro.


 


 


 


***


 


 


 


Pilar saca dos cafés de la máquina y camina hacia su camerino, pero se detiene ante la puerta de Sergio, el actor que hace de Mercucio, y abre directamente.


 


Siempre tan educada...


 


Encima que te traigo café...


 


Si, claro... ¿A qué viene tanta amabilidad?


 


¿Acaso no puedo tener un detalle con un buen amigo?


 


Con el único que te dirige la palabra, querrás decir... Excepto Fran, que no tiene más remedio. Sonríe. Hasta que la muerte os separe. 


 


Puede que no falte mucho murmura para sí.


 


¿Qué has dicho?


 


Nada, nada. ¿Cómo está tu madre?


 


En serio, me estás dando miedo. ¿Desde cuándo te preocupas por alguien que no seas tú?


 


No me lo pones nada fácil.


 


¿Fácil? Sé de sobra que no has venido a hablar de mi madre. Nunca lo has hecho. ¿Por qué ahora?


 


¿Y por qué no? 


 


Pilar. Sergio endureció su tono. Llevamos cinco años en la misma compañía. Ya nos conocemos Dime qué quieres, sin rodeos.


 


Vale, iré al grano: la semana pasada cobré una herencia y me ha dicho un pajarito que no puedes pagar el tratamiento de tu madre. ¿Quieres ganar dinero fácil?


 


¿Es una propuesta indecente? sonríe socarrón. No eres mi tipo, pero por un módico precio...


 


No van por ahí los tiros. Es mucho más fácil. Sólo tienes que cambiar este frasco por el veneno de atrezo de la Escena III. Así de simple.


 


¿Me estás pidiendo lo que creo que me estás pidiendo? Tú estás loca, definitivamente...


 


Loca estaría si dejara que ese imbécil que no tiene donde caerse muerto disfrutara un mísero céntimo de mi familia.


 


¿Y por qué no lo haces tú?


 


Porque sería la primera sospechosa. Además, la niñata de atrezo no saca el bote hasta el Quinto Acto. Y yo ya no salgo de escena. No podría, aunque quisiera darme el gusto.


 


Pues échale lejía en la sopa, tía, que duermes con él todas las noches. Pero a mí no me metas en tus mierdas.


 


Tiene que ser esta noche, en el estreno, delante de seiscientos testigos que me vean hacer el papel de mi vida cuando Fran empiece a soltar espuma por la boca.


 


Sal ahora mismo de mi camerino o llamo a la policía.


 


Pon un precio.


 


Yo no tengo precio


 


Todo el mundo tiene uno ¿Ni siquiera tu madre?


 


¡Sal de mi camerino!


 


Un millón de euros. Le tiende la mano con el frasco.


 


Sergio se queda petrificado. Varios pensamientos se amontonan en forma de nudo en su garganta; y entre ellos, que discuten por inclinar la balanza hacia un lado u otro de la ética moral, hay uno que, ajeno a esa disputa, le recuerda que no ha sabido ocultar sus emociones al oír semejante cifra y que, por motivos como ese, nunca desempeña papeles principales en las obras que actúa.  


 


Eres una hija de puta...


 


Ella sonríe. Saca un pañuelo y limpia sus huellas del frasco. Lo deja encima de su mesa y se marcha de la habitación.


 


 


 


***


 


 


 


En el centro del escenario se encuentra el lecho de muerte de Julieta. Ella descansa sobre él, con su vestido de novia, fingiendo su muerte. El resto de actores hace mutis por el foro y aparece Romeo, consternado, con el frasco en la mano. Se arrodilla ante su lecho.


 


¡Esposa mía! La muerte, que ha cortado tu aliento, ningún poder ha tenido sobre tu belleza. Tus hermosos labios y hermosas mejillas aún lucen su color carmín y la palidez de la muerte no les ha tocado. ¿Por qué aún eres tan bella? ¿Habré de creer que el fantasma de la muerte se enamoró de ti y que ese aborrecido monstruo descarnado te guarda en esas tinieblas, reservándote para amante suya? Así lo temo, por ello permaneceré siempre a tu lado. ¡Aquí quiero quedarme, junto a ti! Coge el frasco. ¡Brindo por mi amada! Se lo bebe. ¡Boticario honesto! Tus drogas son activas. Se lleva la mano al pecho. Entrecorta su respiración y se desploma.


 


Julieta se incorpora y exclama:


 


¿Dónde está mi esposo? ¿Dónde está mi Romeo? Se gira hacia su izquierda y comienza a sollozar. El veneno, por lo visto, ha sido la causa de su prematuro fin. ¿Ingrato, te lo tomaste todo sin dejarme una gota que me ayude a seguirte? Quizás en tus labios quede algo. Se agacha y le besaTus labios aún son cálidos.


 


¿De dónde viene esa voz? dice uno de los guardias, entre bambalinas.


 


Alguien viene continúa Julieta, dirigiéndose a Romeo, que yace inmóvil. ¡Seamos breves, entonces! Un destello brilla por debajo de la almohada cuando Julieta saca el puñal que convenientemente había sido colocado ahí. ¡Arma bienhechora! ¡Esta es tu vaina! ¡Dame la muerte!


 


Sujeta el puñal con ambas manos y lo dirige con fuerza hacia su pecho. Brama un grito estremecedor, capaz de abrir las puertas entre lo vivo y lo muerto, y su vestido blanco se tiñe de rojo. Su mirada queda suspendida en el infinito a medida que su vestido gana color. Y su cuerpo, que se mece con la suavidad con la que caería una pluma, termina de acomodarse en ese mismo lecho donde yace también su esposo, quien comienza a echar espuma por la boca.


 


Un silencio sepulcral se adueña del teatro. Todo el mundo respeta el dramatismo de esa última escena, como no podía ser de otra manera. De hecho, sería un crimen ovacionarla antes de tiempo. Antes de que se fundan paulatinamente las luces a negro. Antes de que el piano de fondo toque sus últimas notas lúgubres y remarquen el horror y la tragedia de la obra. Antes de que la quietud de los actores sea total. Antes de que, en defiitiva, acabe todo.


 


Pero cuando toda esa secuencia ocurre y, por fin, se da por finalizada la escena, alguien aplaude y el resto de testigos se suman.


 


El propio director acalla los vítores.


 


¡Increíbles! ¡Enormes! Este era el realismo que quería ver. ¡Qué pasión! ¡Qué forma de morir! Sabía que no me defraudaríais. Mantened esta magia esta noche, por favor. Ahora sí, todos los actores prevenidos. Raquel, reorganiza el atrezo; vestuario de primera escena. Los efectos funcionan, pero demasiada espuma: rebájala un poco. Cada uno a su camerino, calentad, concentraos. En quince minutos abrimos puertas. No quiero a nadie por aquí. Mucha mierda a todos.


 


Fran se levanta y tiende una mano a Pilar, quien le sonríe y se pone en pie también.


 


Mucha mierda, cariño dice Fran. Has estado brillante, como siempre.


 


Ha sido gracias a ti, mi amor. Ríe. Esta va a ser nuestra noche Mucha mierda.



 



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El terror de ocho ojos




Toda vida tiene momentos clave que la cambian para siempre. Unos instantes que divergen la realidad en decenas de líneas temporales, formando un complejo árbol con su raíz en una única decisión.


La mía ocurrió un domingo por la noche. Mientras ignoraba mi cena, una pequeña araña descendió del techo, colgando de un fino hilo de seda, y se posó suavemente en mi mano. En un universo paralelo, mi cuerpo se habría encontrado semanas más tarde, atrapado en un capullo de tela de araña y con una mueca de horror en el rostro. En lugar de eso, opté por la opción más conservadora de dar un salto, gritar y salir corriendo de la cocina.


No pude dormir. Cerré la puerta y bloqueé las ranuras, pero en cuanto cerraba los ojos me imaginaba a la araña y a una docena de sus amigas acechando en la oscuridad. El único camino de acción estaba claro: la araña tenía que morir.


Al principio lo intenté con mis propios medios. En un acto de valentía que bien se mereció una medalla, fui hacia la puerta y la abrí. Mi plan era atacar desde lejos: lancé cojines, libros y mandos a distancia, con nulo resultado. Intentaba apuntar, pero cuando buscaba al artrópodo este entraba en mi campo de visión, del pánico cerraba los ojos y mi proyectil no alcanzaba su objetivo. Utilicé todo lo que había en mi apartamento que no estuviese fijado al suelo, pero al final de la noche había una tela de araña intacta entre la mesa de la cocina y el suelo. Di por perdida la batalla, que no la guerra, me cambié de ropa y fui a trabajar.


Volví tarde a casa y la araña seguí ahí, esperando a que una presa, ya sea algún insecto o yo, cayera en su trampa. Hice de tripas corazón y admití que necesitaba ayuda.


No conocía personalmente a la chica de la puerta de al lado, pero me había encontrado con ella alguna vez. Era la vecina perfecta: cuando yo salía a trabajar ella volvía a casa, y cuando yo me iba a dormir era cuando empezaba su turno. Por sus horarios llegué a la conclusión de que era conductor de autobuses, atención al cliente o prostituta.


¿Hola? me dijo, al abrir la puerta. Perdona, tengo que irme ya.


Tenía un estudio minúsculo, con cocina, salón y dormitorio en la misma habitación. Que, por cierto, estaba bastante sucia a excepción de la cocina, que no parecía haberse usado para nada más que hervir agua. El espejo tenía tanta mugre que no reflejaba nada. Tampoco se habría podido ver aunque estuviese limpio: la luz era muy débil y, además de ser de noche, la persiana estaba cerrada a cal y canto.


Se ha colado una araña en mi piso. ¿Puedes, por favor, ayudarme a matarla?


Imposible dijo ella. Tengo que salir ya si quiero comer algo antes de que sea mi turno en el metro.


Salió del estudio, cerró la puerta con llave y corrió escaleras abajo, dejándome plantado en el rellano. Era atractiva, pero tenía las habilidades sociales de un sordo que no sabe que los pedos hacen ruido.


Seguí intentándolo. Conseguí que me abrieran en el piso de arriba, junto a la puerta de alguien que no quiso dejar de torturar un violín para abrirme. En esta ocasión me abrió una anciana, que me abrazó nada más verme.


¡Has venido! me dijo. Creí que otra vez no ibas a acordarte de tu pobre madre en su cumpleaños. Pasa y coge un trozo de tarta.


La tarta era tentadora, pero no soy la clase de persona que engaña a una anciana para conseguir comida gratis. Además, no parecía capaz de bajar las escaleras; mucho menos de matar a una araña con sus propias manos. Me despedí, le deseé un feliz cumpleaños y volví a mi apartamento, a no dormir y a mirar fijamente la puerta de la cocina mientras comía una pizza a domicilio. Mi comida del día anterior seguía en el suelo y varios insectos habían sido atraídos por el olor. Me atreví a echar una ojeada y los vi caer en la tela de araña, indefensos y condenados.


El exterminador vino el martes, justo antes de la puesta de sol. Le conté mi problema, me dio un puñetazo y se fue. Me lamí mis heridas y salí al edificio en busca de ayuda, contando con tener más suerte esta vez.


La mujer que vivía una planta debajo de mí era tan inteligente como hermosa: en ambos aspectos quedaba varios puntos por debajo de un hipopótamo.


No puedo ayudarte me dijo, después de dejarme entrar y ofrecerme un asiento. Estoy muy ocupada con mi trabajo. No puedo distraerme.


Miré alrededor y no vi nada que pudiera llamarse trabajo. No había ordenador, ni folios sobre la mesa, ni una máquina de escribir, ni un lienzo sobre la pared. Tampoco había televisión, cuadros o libros.


Sería solo un momento.


Estoy a punto de ser inmensamente rica me confesó. Miró a su alrededor con secretismo. ¿Conoces la leyenda de las lámparas mágicas? Si encuentras una, el djinn encerrado en ella te concederá tres deseos. Mi primer deseo será dinero. Pero yo no soy tonta, no; no pienso pedir ninguna cifra. Pediré la habilidad de convertir el agua en oro. Al principio pensé en convertir la paja, pero el agua es mucho más común.


Tuve la impresión de que el sentido común de esta mujer se fue a comprar tabaco y nunca volvió.


Sé lo que estás pensando. ¿Dónde voy a encontrar una lámpara? Pero eso es lo bueno: mi tercer deseo será encontrar la lámpara. La magia del djinn se encargará de que la encuentre y, si es necesario, de crear la lámpara, el djinn y la magia misma. La magia de los genios es todopoderosa, ya sabes. Solo tengo que estar convencida, totalmente convencida, de que ese será mi tercer deseo. En el momento en que todas las ramas de mi destino conduzcan a ese tercer deseo, cuando tenga el estado mental adecuado para no tener la tentación de pedir un tercero, la lámpara aparecerá a mis pies.


Tenía un brillo en la mirada que podría haber provocado un incendio en el psiquiátrico.


Yo solo quiero que mates una araña. Será un momentito de nada.


No, no, lo siento. No puedo distraerme.


Y, a partir de ahí, me ignoró. Miró al frente, a una pared blanca, y no la vi moverse más.


Fuera, la puerta con el violín siendo acuchillado seguía sin abrirse. En el último piso, sin embargo, sí había alguien en casa. Un hombre me abrió la puerta, puso una pistola en mis manos y salió al rellano.


Sé que no debemos involucrar a civiles, pero me he quedado sin opciones. Vigílalo bien y no dejes que se escape bajo ningún concepto me dijo, antes de salir corriendo. Es muy astuto y hará cualquier cosa para engañarte, para hacerte creer que la mejor opción es liberarle. No lo hagas. La seguridad del país depende de ello.


Cerró la puerta, dejándome dentro de la habitación donde, noté por fin, había un hombre atado a una silla con una mordaza en la boca. Se la quité.


¡Todo lo que te ha dicho es mentira! Es un terrorista y si no le paramos morirá mucha gente. Por favor, ¡libérame! ¡Debemos detenerle!


Antes de ayer se coló una araña en mi piso. ¿Puedes, por favor, bajar conmigo y matarla?


¡No hay tiempo! ¿No te das cuenta del peligro que corremos todos? ¿Qué puedo decir para que me creas?


Otro fracaso. Aun me quedaban algunos apartamentos por probar, pero era noche cerrada y no conseguiría ninguna ayuda si les llamaba ahora. Dejé la pistola sobre la mesa y salí del piso franco, de camino a otra noche de insomnio.


El miércoles casi me despiden. Pasé el día pensando en casa, en la araña devorando a los pobres insectos que entraran en mi cocina. Vi perfectamente a la araña envolver a sus presas en capullos de seda, inmovilizándolos. La araña les mordió, inyectando veneno, y vomitó ácido sobre sus cuerpos. Y después, cuando sus entrañas se habían deshecho y eran una papilla con trozos de carne a medio diluir, la araña los sorbió dejó un cascarón vació.


Cuando volví a casa no me atreví a entrar. Empecé a llamar a puertas una última vez.


¿Hola? me preguntó el científico que vivía en la primera planta. ¿Quién eres?


Vivo dos plantas más arriba. Una araña se ha colado en mi apartamento. ¿Puedes ayudarme a matarla?


¡Ja! ¿Una araña, dices? ¿Ha construido una red en tu puerta y no te deja pasar?


En ese momento el hombre miró al vacío, gritó "lo tengo" y salió disparado hacia su escritorio, donde se puso a programar en su ordenador. Al mismo tiempo, una cabina con puertas de cristal de cristal se abrió y una copia del científico apareció en la habitación, con las manos casualmente metidas en los bolsillos de su bata.


Me tienes que disculpar dijo el recién llegado. Acabo de tener una idea. Una idea maravillosa que dará la vuelta a la física. ¿Te apetece un té?


En ese momento había tres versiones del científico en la habitación. Una la que estaba trabajando en el ordenador, otra haciendo té y una tercera dentro de la cabina, mirando con curiosidad a un lado y a otro.


Fue la imagen de la tela de araña lo que me dio la idea me dijo el científico, mientras me alcanzaba una taza.


Sí, tengo una araña en mi piso. No puedo matarla, necesito ayuda.


He estado atascado en este punto durante muchísimo tiempo, y ahora por fin tengo la solución. Espero que no te moleste que me haya puesto a trabajar de inmediato, pero no podía perder la inspiración. Por eso soy yo quien tiene que hablar contigo.


El hombre siguió contando cosas de su trabajo mientras yo intentaba contarle mi problema. Tras unos minutos, su primera versión se levantó de la silla y fue hacia la cabina, donde el científico en su interior se miraba a sí mismo. El del exterior abrió la puerta y se metió dentro, fusionando su movimiento con la copia del interior. Y, cuando estaba dentro, desapareció.


La copia del té miraba con interés el proceso.


Bueno, ¡ya está! El algoritmo de tela de araña funcionó.


Entonces, ¿puedes ayudarme un momento con la araña?


Oh, no no no. Lo siento mucho, pero he de escribir un artículo inmediatamente. Ya sabes que la ciencia no vale nada si no pasa la revisión de mis pares. Solo lamento que el profesor Hawking no esté vivo para verlo.


Y me echó, sin miramientos y sin ayudarme. Estaba tan centrado en sus propios temas que estoy seguro de que ni siquiera me escuchó. Al menos su egoísmo sí me ayudó a aceptar que tendría que solucionar el problema con mis propias manos.


Volví al piso, esparcí papel y las cortinas sobre la puerta de la cocina y les prendí fuego. Salí a la calle, me senté en un banco y esperé pacientemente a que el fuego se propagara y asesinara a todo artrópodo que hubiese ocupado mi hogar.


¡Mi investigación! gritó el científico mientras salía por el portal. ¡No me dio tiempo a hacer una copia de seguridad!


El hombre secuestrado salió a través de una ventana, rodó en el suelo y salió corriendo sin mirar atrás.


Mi segundo deseo será que este incendio no haya ocurrido dijo la mujer hipopótamo, ayudando a la anciana a salir. No, será poder apagar fuegos. No, poder reparar cosas, aunque estén quemadas.


La vampira se pasó por la calle a media noche, vio el estado del edificio y se fue a buscar un sitio donde resguardarse.


El violín siguió gritando hasta que el fuego creció y dominó todo el edificio, momento en que finalmente murió. Bueno, dos pájaros de un tiro.


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Fuego


 


 


No puedo, simplemente no puedo.


Abro los ojos y la oscuridad me rodea. El cerco se estrecha poco a poco, reptando por el suelo como una serpiente de infinitas cabezas, amenazante e inabarcable. Una de sus lenguas toca mi espalda y me doy la vuelta para comprobar como se ríe de mí pero solo hay silencio. La oscuridad, me envuelve, el silencio me envuelve, el frío me envuelve. Lo peor sin duda es el frío, como una infinitud de agujas que se abren camino por todo mi cuerpo buscando alcanzar el corazón.

Deja de lloriquear, sabes que siempre estoy aquí.


El fuego vuelve a estar frente a mí. Reconozco en su tono cierta condescendecia.


Por favor, te necesito.

Lo sé.


Dejo que el fuego entre por mi boca y una vez circula por la tráquea y alcanza mis bronquios, se expanda por todo mi ser. Un agradable calor se empieza a apropiar de cada parte de mi cuerpo y las frías agujas dan marcha atrás. Entonces, el calor se va volviendo cada vez más intenso y con el aumento exponencial llega el dolor, pero es un dolor que purifica, me hace un hombre nuevo, listo para pelear.


Fuego y yo nos volvemos uno, cierro los ojos y rezo para que este sea la última batalla.


 


----------


Puedo vencer.


Abro los ojos y la oscuridad, me rodea. El cerco se estrecha poco a poco, reptando por el suelo como una serpiente de infinitas cabezas, amenazante e inabarcable. Una de sus lenguas toca mi espalda y de nuevo el silencio. La nada y el todo tratan de engullirme... pero esta vez sé que puedo enfrentarla solo.


No te tengo miedo.


Las agujas penetran cada poro de mi piel.


Puedo vencer


La oscuridad nunca responde.


No te tengo miedo


Una de las cabezas se enrosca en mi cuello.


Puedo vencer.


Las agujas tocan carne.


No... no tengo miedo


Su rostro es inmutable.


Puedo vencer.


Empieza a apretar con fuerza.


No... no tengo miedo.


Atraviesan hueso.


Pue... sé que puedo.


Se funde con mi tráquea.


No... no... no, no, no, no, no...


Punzan mi corazón.


...


Me domina por completo. No sé porque intenté hacerlo solo, pero finalmente todo esto se acaba... Mentira, si esto se acabará, no habría dolor y sin embargo, el dolor nunca termina. Un dolor acusador, que fractura mi interior y recalca que soy el culpable de todo esto, un ser débil, minúsculo, sin la fuerza suficiente...

¿Qué querías demostrar?


Fuego formula una pregunta que soy incapaz de responder. Como siempre, sigo sin distinguir la verdadera actitud que existe en su tono, la condescendencia que muestra a sabiendas de que nunca tuve ninguna opción. Lo odio... quizás porque tenga razón.

No tienes porque sentirte culpable. No hay nada malo en necesitar ayuda.


Me tiende un brazo que lucho por alcanzar con mi cuerpo entumecido por el frío. Una vez que lo encuentro y lo intento agarrar con firmeza, este se deshace en mis dedos, se desliza por mi brazo y asciende por el cuello en busca de mi boca. De nuevo, el calor vuelve a mi y las agujas que están mas afianzadas que nunca en un corazón rendido por completo, deciden organizar una retirada. La oscuridad se aleja hasta alcanzar una distancia prudente y siento su miedo, el miedo que tiene de mi improvisada grandeza. Fuego y yo somos uno, nuestras novas arden con más fiereza que nunca y en esta ocasión cierro los ojos no para pedirle a Dios un desenlace definitivo, si no para reclamarlo por derecho de fuerza.


----------


Abro los ojos y noto como los rayos del sol inciden sobre ellos repentinamente, obligándome a cerrarlos de nuevo. Vuelvo a intentar abrirlos lentamente mientras me acomodo poco a poco a la luz. ¿Cuando había sido la última vez que había visto el sol brillar de esa manera? Finalmente mi visión se acostumbra a esta nueva realidad luminosa y me permito observar el cielo, un azul infinito sin una sola nube, ni muy claro ni muy oscuro, totalmente perfecto tal y como es. La oscuridad ha caído al fin y este momento de calma me pertenece solo a mí. Inspiro profundamente, disfrutando de la tranquilidad ganada mientras pienso en lo fantástico que sería poder disfrutar de este cielo para siem...


Cof, cof, cof.


Empiezo a toser descontroladamente. Algo desconocido desgarra mis pulmones con fuerza provocando una serie de contracciones ascendentes, de mi diafragma a punto de explotar. Tras horas de una lucha extenuante para expulsarlo de mí, al fin es forzado a salir por mi nariz y boca, pudiendo descubrir al fin de que se trata: Ceniza


Una densa ceniza negra comienza a tapar el cielo azul. Para cuando ya ha terminado la última mota de mi interior, ya no hay rastro del sol que antes irradiaba mi piel y la ceniza adopta una disposición homogénea formando un cerco de negrura a mi alrededor. La oscuridad me rodea y aunque no tiene rostro, me recuerda a un viejo amigo.


Me derrumbo y hecho a llorar.


No puedo, simplemente no puedo.

Deja de lloriquear, sabes que siempre estoy aquí.


Fuego está delante de mí, observándome atentamente. No es condescendencia, solo simple sorna.



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Coherencia


 


 


Rusdabo no era feliz, hacía mucho que no lo era. Él mismo podría decirnos desde cuándo, si fuera capaz de contar los años que tenía. No es que no supiera los números, si se concentraba incluso era capaz de enumerarlos uno detrás de otro, por orden, pero cuando les quería dar un uso útil era imposible que los números tuvieran sentido. Así era su vida, un sinsentido. Y no, ése no era el motivo de su infelicidad; todo lo contrario, si no era feliz era porque ese sinsentido estaba siendo retenido. El mundo a su alrededor se empeñaba en tener un arriba y un abajo, un claro orden y sentido lógico, respetando todo tipo de leyes, desde las más elementales y físicas, hasta las sociales y psicológicas. Algo estaba impidiendo que el entorno de Rusdabo fuera como a él le gustaba, y estaba harto.


 


La coherencia. Eso es lo que le impedía ser feliz. Todo tenía la manía de ser coherente: los días empezaban temprano, por la mañana; las personas nacían siendo bebés; los cerdos no tenían alas ni las ranas pelo... Y se había cansado de buscarle inútilmente los cinco pies al gato. Todo eso tenía que acabarse, si tenía que matar a la coherencia, lo iba a hacer.


 


Puede que dedicara media vida a planificarlo o puede que sólo lo pensara durante una tarde, mientras veía por la ventana cómo llovía. Era difícil de saber, porque el mundo guardaba cierta coherencia pero su mente no: probablemente ni estaba lloviendo cuando se quedó absorto viendo el agua caer. La mayoría de los planes parecían perfectos, pero cuando compartía sus ideas con la Internet profunda, no tardaban en sacarle de su error. Todo lo que se le ocurría no podía aplicarse en el mundo que le rodeaba, gobernado con solidez por la coherencia a la que quería matar. El cañón que disparaba pirañas teledirigidas no funcionaría, porque los peces necesitaban agua para poder nadar y sobrevivir, por no hablar de que la brusca aceleración las mataría al instante de ser disparadas. Tampoco parecía ser viable subir hasta la estación espacial y dejar caer una caja fuerte para que aplastara a su objetivo. Y por mucho que siempre había creído en los hombres topo que vivían en el subsuelo, no pudo ponerse en contacto para fraguar un alianza para acabar con un enemigo común. Tenía un gran problema, porque no se le ocurría nada coherente... Pero por suerte para Rusdabo, alguien de Internet pensó en algo: «¿Y por qué no contratas a un sicario?»


 


Rusdabo no estaba muy convencido, porque delegar una tarea a un profesional era algo con mucho sentido, y por eso mismo le parecía poco apropiado, pero estaba desesperado. Así que acabó llamando al teléfono que le facilitaron y, al tercer día, el sicario apareció en su casa para hablar del objetivo.


 


Tienes que coger a mi enemigo y enviarle a su antes del nacimiento pidió Rusdabo a bocajarro, respondiendo al saludo formal del sicario.


 


Éste lo miró con suspicacia durante unos breves instantes, mientras decidía si se estaba burlando de él o era uno de los muchos casos en que los clientes tienden a recurrir a eufemismos para suavizar el hecho de que iba a morir alguien.


 


¿Antes del nacimiento? Te refieres a que deje de existir. Sí, eso puedo hacerlo. ¿Quién es tu enemigo?


 


La coherencia.


 


¿Se llama así? ¿«Coherencia»? Y sus apellidos son... añadió, sacando una libreta para tomar notas.


 


No tiene nombres que van detrás. Es la coherencia, sin más.


 


Ya veo. ¿Y dónde vive esa coherencia? preguntó sin inmutarse. A opinión de Rusdabo, el sicario estaba hecho un profesional como la copa de un pino, es decir, bastante frondoso y pinchagudo, porque la barba desaliñada y puntiaguda sólo era superada por el nido de pájaros que tenía por cabellera.


 


No importa dónde vive, sino dónde muere.


 


Buena observación, pero necesito saber dónde encontrarla para cumplir el encargo.


 


Es mi compañera de edificio, vive en el piso sobre nuestras cabezas. En la puerta A. No mezclar con la B, ahí vive el ansia. Que no me cae bien, pero no enturbia mi existencia.


 


Sepa usted que no le va a salir barato, espero que pueda pagarme.


 


Oro tengo mil, no hay que preocuparse por bagatelas como ésas.


 


Tuvieron una charla sobre los incoherentes planes que Rusdabo había pensado, y que no podían llevarse a cabo en un mundo regido por las leyes de la normalidad. En cambio, las ideas que soltó al vuelo el sicario tenían cierta magia por su simpleza: llamar y disparar a través de la mirilla de la puerta cuando sintiera los pasos aproximándose; presentarse como un vendedor de enciclopedias y aprovechar la oportunidad para estrangular a la victima con el versátil y clásico cable de piano; esperar a que saliera de casa y vaciar un cargador en su nuca...


 


Todo me parecen estupideces digo Rusdabo pero puede que funcione. Lo dejo en sus junta-dedos. ¿Puede echarla del mundo ahora mismo?


 


Claro, pero eso acarreará un incremento en el precio.


 


¿Puedo ser espectador de la expulsión?


 


¿Expulsión? Dichosos eufemismos... masculló el sicario por lo bajo. Sí, claro, pero eso le costará aún más dinero.


 


Ausencia de problema con eso. Una funda de almohada le llenaré, si hace falta.


 


Así pues, el sicario se dirigió a cumplir su objetivo, seguido de cerca por Rusdabo, que avanzaba con un exagerado sigilo, tratando de ocultarse pegándose a las paredes en medio de un largo pasillo bien iluminado. Había ascensor, pero el sicario prefirió que no lo usaran:


 


El ascensor hace ruido, alguien podría quedarse con la hora y desplazamiento, es mejor cumplir los encargos con el mínimo de indicios posibles.


 


Aquella observación también le pareció una tontería a Rusdabo, pero empezaba a comprender que era ese tipo de ideas las que necesitaba para librarse de la coherencia.


 


Tras subir por las escaleras, se hallaron, finalmente, ante la puerta A. Rusdabo se escondió, pero lo hizo de tal forma, agazapándose como un gato (de los de cuatro patas), que parecía querer llamar la atención hasta de los más despistados. Desde esa posición vio cómo el sicario llamaba a la puerta, cómo la coherencia abría directamente sin preguntar, cómo acto seguido el sicario desenfundaba una pistola con un silenciador que abultaba más que la propia arma y cómo le descerrajaba un tiro entre ojo y ojo, en un punto tan céntrico que haría que su profesora de dibujo técnico estuviera orgullosa.


 


El sicario vio como el cuerpo de la coherencia caía inerte al suelo, haciendo el mismo ruido que haría un saco de patatas pochas, o al menos, la idea que tenía del sonido de un saco de patatas a medio pudrir cayendo al suelo. Se quedó observando el cadáver un rato y finalmente su línea de pensamiento llegó a alguna parte:


 


Está claro. Lo hizo el mayordomo declaró. Acto seguido, se sentó en su butaca favorita y, con un gesto natural y automatizado por la costumbre, encendió y dio una larga primera calada a su pipa. La había comprado hace muchos años, en un viaje a la medina de Fez. Recordaba cómo había regateado, aunque estaba convencido de que el vendedor del bazar le había timado igualmente, pero eso no importaba, era parte de la diversión de regatear: al final el turista llegaba al precio que quería el vendedor, pro dejándote con la sensación de haber conseguido una satisfactoria victoria.


 


Los inspectores de policía no tardaron en llegar a la escena del crimen. Estaban todos ahí, algo extraño, porque no era un caso tan importante y peligroso como para necesitar que toda la comisaría acudiera a la escena del crimen, pero también era cierto que era su último caso, pues le había llegado el momento de la jubilación. Uno por uno, agradeció a todos la fiesta de despedida que le habían preparado en secreto. Hubo pastel, sombreros de papel y una striper, no era de su tipo, a él le iban rubias, con piernas largas que llegaban hasta el suelo, pero la intención lo era todo.


 


Mientras salía por la puerta, le dio la impresión de ver a alguien conocido sonriendo. Era Rusdabo. Se acordaba de él, le había pedido que matara a alguien... Y entonces... Entonces... Entonces algo raro había pasado. Algo le había ocurrido al mundo, a la realidad misma, pero mañana tenía un partido de lacrosse, así que todo estaba bien.


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El precipicio


 


 


El hombre claudicó cuando estaba a punto de perder la consciencia.


 


Está bien habló, entrecortadamente y en un tono apenas audible, aunque el otro hombre lo escuchó a la perfección te diré dónde puedes encontrarlo.


 


Una mano como una garra de acero se abrió, liberando su cuello, y el militar cayó de rodillas sobre el suelo enmoquetado de su salón. Se echó una mano a la garganta e intentó desesperadamente llevar aire a sus pulmones entre toses. Mientras, el otro hombre se acercó con calma al escritorio y tomó de él una libreta y un bolígrafo.


 


Escríbelo aquí dijo, tendiéndoselos al aún jadeante coronel Jenkins.


 


Éste garabateó con presteza una dirección y le devolvió el cuaderno. Lo leyó rápidamente, asintió y se dirigió a la puerta. Antes de salir por ella, volvió a dirigirse a Jenkins:


 


Si me has mentido, volveré a por ti. Y sabes que te encontraré.


 


***


 


El Doctor Jeremiah Haswell entró en su casa y cerró la puerta. Encendió la luz y miró al suelo, esperando encontrar a su gata dándole la acostumbrada bienvenida, ronroneando y frotándose contra sus piernas. Sin embargo, Arwen no estaba allí. Seguramente se encontraría tan a gusto tumbada encima de su cama, que no se había molestado en levantarse.


 


Buenas noches, Doctor sonó una voz a su espalda, sorprendiéndolo mientras colgaba abrigo y sombrero en un perchero. Bienvenido a casa.


 


El anciano científico palideció al instante, aunque conservó la suficiente presencia de ánimo como para darse despacio la vuelta y encarar al inesperado visitante. Iluminado por la lámpara del techo y destacándose contra el oscuro rectángulo de la puerta abierta del dormitorio, se encontraba de pie un hombre alto y fornido, con un sencillo atuendo que consistía en vaqueros azules, camiseta blanca y cazadora de cuero negra. Sostenía sobre su brazo a una relajada gata persa de color blanco, a la que acariciaba la cabeza con su otra mano.


 


¡Por favor, no le hagas daño! exclamó con preocupación Haswell, alzando un brazo en ademán de súplica.


 


¿Por qué iba a querer dañar a esta gatita tan amigable? Sólo he venido a hablar.


 


¿Cómo me has encontrado?


 


Oh, le hice una visita a Jenkins. Estuvo de lo más colaborador. Siéntese, por favor señaló un sillón mientras colocaba otro justo enfrente y tomaba asiento en él. Arwen se acomodó en su regazo. ¿Ha visto las noticias últimamente?


 


Sí. Supuse que era cosa tuya; ¿quién más podría hacer algo así? Aunque no parecía propio de ti.


 


Lo comprendo. Después del experimento, cuando decidí no seguir sus órdenes y preferí ir por mi cuenta, no era más que un joven idealista. Únicamente quería usar mis recién obtenidos poderes para hacer el bien. Demasiados comics leídos en mi adolescencia, supongo esbozó una ligera sonrisa preñada de melancolía.


 


»Es cierto que al principio tuve que dedicar más esfuerzos a defenderme de sus ataques que a ayudar a los demás; imagino que el ejército no estaba dispuesto a dejar escapar tan fácilmente al único éxito que tuvo el programa. Por fortuna, no tardaron mucho en comprender que no tenían medios para convencerme ni retenerme, y me dejaron en paz. Entonces fue cuando pude ser, al fin, un superhéroe.


 


»Viajé por todo el mundo, yendo donde creía que podría ayudar. Las fronteras no significan nada para alguien que puede volar a la velocidad del sonido. Desarticulé cárteles en Latinoamérica, acabé con milicias en África, desarmé grupos terroristas en Oriente Medio... Puede decirse que no me faltó trabajo. Procuré siempre, eso sí, ser discreto: no creí que el mundo estuviese preparado para que reconociese abiertamente mi existencia.


 


Lo hiciste bastante bien, desde luego interrumpió el anciano. El Servicio de Inteligencia nos pasaba informes de algunas de tus actuaciones, pero no trascendían al gran público excepto por algún noticiero local de tres al cuarto.


 


Sí, esa era la idea asintió el hombre de la chaqueta de cuero. Pero tras años así, comprendí lo inútil de mis actos: otras bandas ocupaban el hueco que había dejado al eliminar a su competencia; en otros lugares, las autoridades corruptas volvían a liberarlos al poco tiempo, para que siguieran con sus actividades; por no hablar de todos los pequeños delitos que era imposible evitar al no estar allí en el momento en el que se producían: robos, asesinatos, violaciones, palizas


 


»Eso me frustraba. Mucho la ira relampagueó en sus ojos, de un azul casi grisáceo. Tanto poder a mi disposición, y no era capaz de cambiar las cosas. Empecé a matar con total despreocupación, cuando hasta entonces había evitado hacerlo. Pero me convencí de que no era más que gentuza que se merecía la muerte. Y los que más me asqueaban eran los corruptos: policías, gobernadores, alcaldes, ministros, prefectos que deberían trabajar por el bienestar de su pueblo, y sólo se preocupaban de enriquecerse pisoteando los derechos de sus ciudadanos.


 


Así que decidiste incluirlos en tu cruzada.


 


Sí. Maté a unos cuantos, y no de forma discreta. Quería que sirvieran de ejemplo a los que los sustituyesen. Y tengo a muchos más en la lista de pendientes.


 


No lo pongo en duda. Pero esta gente eran personajes públicos, no bandas de delincuentes comunes. Aunque no hay imágenes tuyas ni nada que asocie todas las muertes, los últimos meses sí que he visto varias reseñas de mandatarios asesinados a lo largo del globo, algunas difícilmente explicables menos para alguien que sepa de tus capacidades, claro. Llegué a pensar que te habías vuelto un asesino a sueldo.


 


Hubo un largo e incómodo silencio. Haswell apoyó la cabeza entre sus manos, cerrando los ojos. Pese a ello sabía que la mirada del otro hombre no se apartaba de él. Finalmente alzó la vista y enfrentó esa mirada.


 


¿Para qué has venido?


 


Para pedirle ayuda respondió. Y con una voz serena y que no alteró ni un ápice, añadió: Necesito que me ayude a suicidarme.


 


El rostro del anciano reflejó el asombro que le habían producido estas palabras. Sólo pudo articular un «¿Cómo?». Su interlocutor se levantó del sillón y le dejó a Arwen sobre las piernas. Acto seguido, empezó a caminar por la estancia mientras se explicaba:


 


Ya le he explicado cómo están las cosas: me veo sumido en una espiral de violencia y muerte de la que no puedo salir. Ya he asumido que nunca podré salvar a una humanidad que parece empeñada en autodestruirse a sí misma, pero por otro lado me veo obligado a usar mis poderes para intentarlo, eliminando a los elementos indeseables. Semejante diezmo a la población sólo puede abocarme al abismo de la locura, un descenso que ya he comenzado. Convendrá conmigo que nadie quiere a alguien como yo suelto y mentalmente desequilibrado.


 


El anciano asintió en silencio, mientras en su mente se formaba la terrible idea de un ser súperpoderoso matando por todo el planeta sin ningún tipo de restricción moral.


 


¿Sabe? Ya he intentado quitarme la vida varias veces. Siendo prácticamente invulnerable no puedes cortarte las venas o pegarte un tiro así que tuve que ser más creativo. El no necesitar comer o respirar tampoco ayuda. Un día volé lo más alto que puedo llegar, hasta el límite de la atmósfera, y simplemente me dejé caer; sólo conseguí permanecer un rato aturdido en el fondo del cráter que creé en la estepa siberiana.


 


»En otra ocasión, entré en el cráter de un volcán activo y pasé varios días sumergido en la lava. La verdad es que ese ambiente de aislamiento no es el más recomendable para alguien que se está cuestionando su cordura. También bajé a la Fosa de las Marianas, pero la presión apenas me afecta.


 


»Así que ya ve, todos mis esfuerzos han sido en vano y sigo en perfecta forma. Entonces pensé que, tal vez, el jefe científico del proyecto sabría si tengo alguna debilidad. Una kryptonita, digamos. Un seguro por si me volvía incontrolable paró de andar y se quedó justo delante del anciano, frente a frente. Y aquí estoy.


 


Haswell se levantó, dejando con suavidad a su gata en el sillón; ésta hizo la rosca y volvió a dormirse. Encaró la mirada del hombre de la chaqueta de cuero, que era unos veinte centímetros más alto que él.


 


Lo siento habló con voz grave, pero no existe tal punto débil, al menos que nosotros sepamos. Quizás si dejaras que te hicieran más pruebas


 


No cortó haciendo un ademán con la mano, no volveré a ser el conejillo de Indias de nadie. Ya tuve bastante con las semanas previas a obtener mis poderes.


 


Se giró y se encaminó a una ventana abierta. Haswell trató de retenerlo, agarrándolo del brazo.


 


Hablaré con Jenkins. Reuniremos un grupo; puede que se nos ocurra algo. No puedes seguir adelante con esto.


 


Haga lo que crea conveniente, Doctor respondió, sin dejar de dar la espalda al científico. Ya sabe lo que ocurrirá si no encuentran alguna solución. Vendré a verle en unas semanas.


 


Retiró la mano del científico con cuidado, pero con firmeza, y apoyó un pie en el marco de la ventana. Echó un último vistazo a Haswell.


 


Es gracioso, siempre quise ser Luke. Ahora veo que me estoy convirtiendo en Vader y salió volando hacia el oscuro cielo de Seattle.


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El niño


 


 


El ritual siempre empezaba de la misma manera y terminaba exactamente igual, con la muerte de un bebé a manos de los iniciados del culto. Al finalizar, el patriarca lo troceaba y todos los miembros del llamado movimiento Amor de Dios lo cocinábamos en comunidad haciendo una pequeña barbacoa, donde la cerveza y las salchichas de cerdo acompañaban copiosamente a tan dulce manjar. Los patriarcas nos contaban que cada año por la festividad de San José era necesario este rito, una pequeña tragedia para que el mundo siguiera girando y poder así contrarrestar tragedias mayores como una tercera guerra mundial o una crisis económica a nivel mundial. Ese pequeño sacrificio se convertía en un asesinato para ojos extraños, pero para nosotros era tan solo nuestro pequeño tributo a Dios y nuestra penitencia para con la humanidad. Nuestros libros del culto están datados desde la peste negra y cómo esta desapareció gracias a nosotros. En épocas de crisis los sacrificios eran mayores, varias decenas de bebés sacrificados y comidos el mismo día habían sido suficientes para parar la segunda guerra mundial, por ejemplo. Nos llamábamos a nosotros mismos amantes de Dios, pero el común de los mortales creía que éramos unos simples testigos de Jehová. Ese movimiento era nuestra tapadera. Esto nos permitía seguir nuestras creencias de espaldas al mundo sin despertar sospechas. Somos una especie de mojes cultos, algo parecido a los templarios, pero ellos se mostraron demasiado ostentosos y terminaron asesinados por la Iglesia. Nosotros tomamos más precauciones, si hemos logrado sobrevivir tanto tiempo es porque somos más listos que nuestros enemigos.


 


 


Me llamo Isaac, este año cumplo doce años y por fin podré ser un miembro de pleno derecho en la comunidad al hacer mi primer sacrificio. Mi hermana Esther es un año mayor que yo, y no hago más que picarla con lo bien que lo voy a hacer recordándole que ella es una mujer y nunca podrá ser un amante por su condición. Después del rito podré beber alcohol con el resto de la comunidad, de hecho, ya me he emborrachado varias veces a escondidas pero hacerlo delante de todos y con su aprobación me hará fuerte, y beber la sangre derramada del bebé, mezclada con vino, me convertirá en un hombre y ya no se me tratará más como un niño. Mi amigo Samuel realmente lo hace porque cree que ese sacrificio parará males mayores en el mundo y cree que es una gran responsabilidad, muchos siguen pensando así, pero yo pasó de esos cuentos. Lo importante es que ya podré beber y casarme si quiero y ya nadie me podrá dar órdenes al ser de los elegidos. Solo unos pocos logramos serlo. A mi hermana la casaron cuando tenía diez años con un patriarca sexagenario solo para que yo así pudiera convertirme en un amante. Mis padres no son nobles pero sí muy ricos, y gracias a eso hemos logrado un buen estatus en la comunidad.


 


 


Los patriarcas me han estado preparando para cuando lleve a cabo el ritual. El marido de mi hermana me ha dado clases particulares durante meses en el más absoluto de los secretos, ya que nadie que no sea un amante o se vaya a convertir en uno debe conocer el ritual. Aaron, así se llama mi cuñado, es un fanático religioso que echa de menos hacer él mismo el ritual. Me ha contado cómo durante la guerra civil española le era fácil conseguir bebés y cómo él mismo creó una red para proveer a otras comunidades incluso en el extranjero. En la posguerra, e incluso hasta la década de los 90 del SXX, secuestraban bebés de los hospitales pagando sobornos para que pareciesen muertes naturales. Así pasaron décadas con total impunidad, las dictaduras son ideales para pasar desapercibidos. Las democracias son un fastidio, pero solo un poco, de hecho han intentado investigar esas desapariciones y robos de bebés, pero otra vez han movido hilos y pagado lo suficiente y ya nadie se acuerda ni los medios de comunicación lo recogen. Los bebés robados ya no son noticia y mi comunidad sigue a salvo como lo ha estado durante siglos. La ley humana no nos ha podido alcanzar nunca. Somos especiales, únicos, y yo además voy a formar parte de los elegidos, de los amantes. Aaron también me ha contado cómo realizar el ritual con éxito. Debo obtener ayuda de los estafadores, miembros de nuestra comunidad que engañan a la gente, hacen sobornos, etc. y utilizan todo lo que sea necesario para conseguir bebés sanos a los elegidos. Los estafadores están totalmente integrados en la sociedad, de hecho, muchos son gente importante, políticos, empresarios o miembros de la cultura entre otros, todos con su pequeño secreto bien guardado. Conseguir bebés sanos hoy en día es tan fácil como lo era en la Edad Media con los contactos adecuados.


 


 


La verdad es que estoy bastante excitado con todo esto del ritual, y si lo hago bien podré ser lo que quiera, patriarca o estafador. Yo prefiero ser un patriarca, consigues alcohol fácilmente y ya no das ni golpe en toda tu vida, además eres tú el que manda y todo el resto obedece. Esa es mi idea de buena vida, lo de ayudar a la humanidad y demás cuentos religiosos sobre nuestra virtud se lo dejo a gente como Aaron y Samuel, e incluso a mi hermana, que con dos hijos a sus espaldas acepta su vida como una especie de misión y que debe por eso ser una madre y esposa hacendosa tanto como ayudarme y respetarme a mí por ser uno de los elegidos. Pero en el fondo sé que me envidia. Mi tarea es casi mística para muchos creyentes de nuestra fe y ellos mismos querrían hacerla.


 


 


En ese momento se abrieron las puertas del cuarto de meditación, donde me habían recluido antes del ritual, sacándome de mis pensamientos. El patriarca, mi cuñado, vestido con sus mejores galas me dirigió una mirada severa e hizo un ademán con la cabeza para que le siguiera. Yo salí detrás de él y entré en la sala de ceremonias. La estancia estaba en penumbra debido a la luz de las velas. A mi derecha e izquierda se desplegaban los miembros del culto, lo intuía más bien porque con tan poca luz era imposible ver apenas sus caras. A nuestro paso entonaban un cántico repetitivo y monótono. El patriarca se detuvo delante de una especie de altar, se apartó haciéndome una pequeña reverencia quedándose a un lado del altar. Yo me acerqué con decisión hacia el altar descubriendo un bebé rollizo durmiendo apaciblemente sobre una manta. Cerca del lado donde se encontraba el patriarca había un cuchillo decorado con piedras preciosas. Cuando mis manos lo agarraron y lo levantaron en alto, el cántico de los fieles subió de intensidad y supe por el ruido que todos se habían arrodillado y agachado sus cabezas en señal de respeto. Sabía qué debía hacer, lo había ensayado cientos de veces. Eso era la teoría, pero desde el momento que entré en esa sala me invadió una angustia y un malestar digna de mi peor resaca. Lo achaqué a los nervios e intenté recuperar la compostura. Cuando dejé el cuchillo me temblaban las piernas y su frío metálico me causó repulsión. Cuando el patriarca me pasó el bebé, creí morir, incluso drogado, el niño se movió al sentir mis manos helads. Mis manos parecían ahora las muertas y la carne del bebé más viva y cálida que nunca. No era como los cochinillos con los que había ensayado, era tan suave y tenía un olor tan dulce como mis sobrinos cuando los agarraba en brazos. Esto no estaba saliendo bien, ahora solo sabía que no quería seguir con esto. Me aferré al niño y lo acerqué hacia mi pecho instintivamente. Cuando levanté la vista vi la mirada penetrante del patriarca ofreciéndome el cuchillo para que yo le diera a su vez al niño. Pero estaba paralizado, mi cuerpo no respondía y solo podía mirar al patriarca con desesperación. En ese momento sentí algo cálido que bajaba por mi pierna, era mi propio orín, nunca había sentido tanto miedo como en ese momento. El patriarca al darse cuenta me miró con repulsión y me ofreció el cuchillo, yo solo podía aferrarme al niño sin parar de llorar. Ahora sabía qué significaba convertirse en un adulto y estaba aterrorizado. El patriarca agarró al bebé pero yo no podía soltarlo, forcejeamos a la vez que cogió el cuchillo, y sin dejar de mirarme fijamente clavó el cuchillo pero, contra todo pronóstico, lo clavó en mi estómago. Ahora si que pudo arrebatarme al bebé con facilidad mientras yo me doblaba debido al dolor y caía al suelo. En ese momento el patriarca gritó con el niño en brazos envuelto en mi sangre, pero a salvo, mientras todos les presentes lo ovacionaban. Ahí pude observar a la multitud y me di cuenta que Samuel me miraba con ojos de fanático, sentí su odio y el del resto de los presentes como cuchillos atravesando mi piel. En ese momento el patriarca les habló:


 


 


El elegido ha resultado al final ser incapaz de convertirse en un amante. Esto es una ofensa inaceptable para Dios.


 


 


Después de eso, todos los presentes gritaban y se retorcían llorando pidiendo perdón con los brazos hacia el cielo.


 


 


No os preocupéis. Nuestro Dios es bondadoso y también lo es con nuestros errores. Por eso aún podemos remediar nuestra falta. Pero solo lo podrá remediar la misma sangre.


 


 


Para mi sorpresa y la del resto, llamó a mi hermana.


 


 


Esther, acércate.


 


 


Todos callaron mientras mi hermana hecha un mar de lágrimas subía al altar. Cuando pude verle la cara me di cuenta que sus lágrimas no eran de miedo o dolor sino de alegría.


 


 


Esther, coge el cuchillo.


 


 


Ella lo agarró con devoción y su marido le ofreció al niño. Cuando clavó con decisión el cuchillo en el bebé y luego lo retorció, la muchedumbre estalló en gritos de júbilo. El patriarca levantó el cuerpo y la sangre del bebé cayó por su pelo y su rostro mientras reía y gritaba junto con la multitud enfervorizada. El patriarca hizo una señal con la mano e inmediatamente todos callaron.


 


 


Esther, termina lo que yo he empezado, ahora eres una amante, la primera amante mujer digna de ese nombre. Elimina los errores de tu sangre y purifica a tu familia con la sangre.


 


 


Esther se encaminó con decisión hacia mí, se agachó  y me dijo al oído mientras la sangre del niño caía por su rostro como si fueran lágrimas.


 


 


Toda tu vida has sido un niño malcriado y cobarde, indigno de seguir nuestra fe y mucho menos pertenecer a mi familia. Eres un pobre niño, un bebé que solo sirve para ser un sacrificio. Ahora yo soy la elegida y no tú.


 


 


Se incorporó un poco y mientras levantaba el cuchillo hacia el cielo vi su cara enajenada y fanática como la de todos los demás. Realmente yo era la anomalía, algo simplemente a extirpar. Cuando mi hermana bajó el cuchillo atravesando mi corazón, mi ultimo pensamiento fue pensar en la borrachera que cogerían todos gracias a la cerveza y a mi carne, y en ese momento me alegré de estar muerto y no estar allí para verlo.



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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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Lyn Líder de gimnasio

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Ya están todos. A puntuar, hasta el día 22 de este mes hay tiempo :)



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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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Tenma Aldia, Erudito del Primer Pecado

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Al final han salido bastantes relatos.


 


No falla, da igual tener todo un mes, al final toda la actividad se va a concentrar sobre la hora límite X-D


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guetto_spirit PRAESIDIUM VIGILO

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Bueno, esto es España, ya se sabe: las cosas se dejan para el último día :D sólo hay que ver las colas para entregar la declaración de la renta cuando va a acabar el plazo :D


 


Saludos


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alfon7193 TERRESTRIS VERITAS

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Votos y comentarios enviados. Pido disculpas porque este mes han sido una mierda.

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galinfs PRAESIDIUM VIGILO

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El mejor relato es el mío. Bien estructurado, sólido, interesante, emotivo y sin agujeros de guión.  El resto no pasan de digeribles.


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Lenmaz Viciado y corrompido

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Votos y comentarios enviados. Pido disculpas porque este mes han sido una mierda.

 

 

Dices eso todo los meses, tortuga.

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