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Lyn

Relatos del bimestre enero febrero de 2018

Publicaciones recomendadas

Lyn Líder de gimnasio

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Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS


- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.


- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.


- Los lectores no participantes pueden votar.


- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.


- El voto a mejor relato implica escoger cuatro de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.


- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.


- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 18/25 de febrero, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.


- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.


- El día ? será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.


- El día ? del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.


- A partir del día 25? se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS


- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).


- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.


-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos




La condición de este bimestre era la propuesta por...galinfs, guetto_spirit, Plastidecor... estooo el vencedor de "Los anales de Ardá" es:


 



 


Obviamente, ninguno de nosotros se conoce bien como para saber si es verídico lo que contamos, pero me haría ilusión, ya que somos una comunidad, que llevamos tiempo estrechando lazos, que contáramos una anécdota personal. Ya sea laboral o de cualquier índole.


Relato en 1ª persona siendo nosotros mismos. En cierto modo, somos gente que nos dedicamos tiempo los unos a los otros y para mí sois más que letras y un ávatar.



 



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Perdón por el retraso


 


Es nochebuena y son las 19:30 pasadas. La noche ha caído y fuera de la tienda una espesa niebla cubre el Coso Bajo. Se supone que teníamos que haber cerrado hace media hora, pero es imposible luchar contra aquellos que apuran hasta el último momento las compras navideñas. Me asomo por encima del mostrador y veo que por fin la tienda está vacía.


 


Ya no queda nadie digo. ¿Cerramos?


 


Buen trabajo, chicos dice el jefe de sucursal. Vámonos cada uno a nuestra puta casa, que nos lo hemos ganado.


 


¡Voy! exclamo casi saltando por encima del mostrador y lanzando un dedo como un cohete hacia al botoncito que cierra las puertas automáticas, pero para mi horror y espanto, al pulsar el terminal me encuentro con una señora con un abrigo de visón aporreando la puerta desde fuera; un perrete-patada muerto de frío asoma la cabeza de su bolso.


 


¿Estáis cerrados? se aventura a preguntar la clienta.


 


Ehh... . ¿Es que la hora y  puerta cerrada no le ha dado una pista? pienso. ¿En qué puedo ayudarle, señora? pregunto en realidad.


 


Ya verás, hijo mío, es que ha venido mi sobrino de Soria, y si no le regalo el juego que me ha pedido le da un patatús. ¿Estáis abiertos aún, verdad? Me dijeron que cerráis a las once.


 


Me giro y veo el terror reflejado en los rostros de mis compañeros, que ríete tu de Frodo entrando en una joyería. Ei jefe asiente con una lágrima recorriéndole la mejilla. Suena el Clack de la puerta automática al abrirse y la señora entra.


 


Mis compañeros no pierden el tiempo y comienzan a hacer una pila de billetes gargantuesca, que por desgracia no repercutirá ni un céntimo en nuestros bolsillos.


 


Quieto, Baldomero, no les ladres a estos chicos, que son muy majos dice la clienta, amonestando al perrete. Oye, ¿vosotros sois chinos? me pregunta.


 


¿Cómo dice? . Sospecho que el cansancio me ha hecho entenderle mal.


 


Que si sois chinos. Es que me han dicho que al lado de la pastelería hay unos chinos que venden discos, pero que no les compre porque los ponen falsos y no funcionan. Por eso te pregunto que si sois los de Geims esos, o los chinos.


 


Tranquila, señora, que no somos chinos digo alzando un dedo hacia un cartel donde se lee gigante y en letras rosas el rótulo de la cadena; un rótulo que se repite como en doscientos lugares diferentes de la tienda. A ver, ¿que juego era ese que quería su sobrino?


 


Ya verás . La señora saca un papel arrugado y escrito a lápiz con letra diminuta.


 


Al contemplar esos garabatos comprendo lo que debió experimentar el primer explorador que contempló un jeroglífico egipcio.


 


Perdone, pero no entiendo qué pone aquí le digo.


 


Mientras la señora revisa el papelito, suena el teléfono y un compañero lo coge. Por lo que puedo escuchar de la conversación, una persona muy ofendida nos reprocha que la wii que acaba de comprar de segunda mano no funciona; por lo visto lo está conectado a un iphone.


 


Ya verás, el juego se llama... . El perro comienza a ladrar como un poseso. ¡Quieto, Baldomero! A ver, mi sobrino quiere el Carlos duti guor guar tú. ¿Lo tenéis, verdad?


 


Me rasco la cabeza, preocupado. He vendido el último Call of Duty: World War Two hace como media hora, cuando se supone que debíamos de haber cerrado. Lo único que se me ocurre es pedirle uno a domicilio, pero para ello tiene que ser socia de la cadena...


 


Perdone, señora, ¿pero es socia?


 


No, pero me puedo hacer, ¿verdad? Seguro que no cuesta nada.


 


Un sudor frío recorre mi frente y oigo los gemidos dolidos de mis compañeros. El sistema operativo de la cadena ha estado todo el día dando problemas y el hacer un socio se ha convertido en un suplicio, costando como poco diez minutos; eso si hay suerte y el pc no peta en el proceso, claro.


 


¡Ahh, la chisma esta dices! la señora saca de un bolso estampado en leopardo una tarjeta de la cadena. Me la ha dado mi hermana. Oye, ¿y el juego dónde está?


 


Ehh, lo siento señora, pero el Call of Duty lo tenemos agotado.


 


¡Aii, pero no me digas eso! ¿Pero cómo no podéis tener discos en una tienda de discos? ¡Aii, Baldomero, que disgusto más grande! la señora constriñe el bolso y el perrete hace coro a sus quejidos, aullando. Con la ilusión que le hacía al crío el Carlos duti.


 


De repente caigo en que pedirlo a domicilio es una tontería, pero otra idea mejor brilla en mi abotargada mente, una posible salida a aquél embrollo. Miro el reloj en el pc, son las 19:45. Voy a llegar una hora tarde a casa, como poco.


 


Espere un momento, que igual me queda uno. Tardaré solo un minuto...


 


Ay sí, hijo mío, busca, busca. ¡Que disgusto, que disgusto!


 


Abro un terminal de consulta de producto, tecleo código del juego, pero al iniciar la búsqueda el sistema operativo da un error catastrófico y se bloquea. La impresora comienza tambalearse y a imprimir el historial del día en bucle hasta que el ordenador se reinicia. Suena el teléfono de la tienda y otro compañero lo coge. Por lo visto alguien necesita con urgencia absoluta saber cuánto dinero le daríamos por el Fifa 11 y si nos queda un San Andreas.


 


¿Has encontrado el juego, hijo mío? pregunta la señora.


 


Déme un segundo, que se me ha escacharrado el ordenador.


 


Mi compañera se aparta y me deja el otro pc. Vuelvo a buscar el juego, y por fin, tras otro fallo de búsqueda, tras que aparezcan dieciséis mensajes Pop-Up de nuestro coordinador avisando de que hay que exponer un pack con la jodida Nintendo Swich algo vital a las casi ocho de la noche y de que nos lleguen como veintitres correos electrónicos, por fin el terminal me informa de que hay un Call of Duty de segunda mano recién comprado.


 


Alzo las manos a la cámara de seguridad y doy las gracias al panteón olímpico.


 


¡Me queda un Call of Duty de segunda mano, y por cuarenta euros, en vez de sesenta! . Le muestro el juego. Aún lleva el precinte, fíjese.


 


¿Cómo que de segunda mano? la señora, suspicaz, se echa hacia atrás como una cobra. ¿Y si no funciona que le digo a mi sobrino? Ha venido de Soria, de propio.


 


Por favor lléveselo, que está perfecto... le suplico, no, le ruego.


 


La mujer observa la caja con recelo, cogiéndola con pulgar y el índice como si fuera algo infecto, y la agita para comprobar su peso. En un momento dado me parece que hasta la olisquea con recelo; hablo de la señora, no el perro.


 


Vale, me lo llevo. Pero pónle el euro ese por si se rompe. Mmmno, mejor ponle ocho protecciones de esas, que es un manazas. Y el disco para regalo; y quítale todas pegatinas


 


Asiento a todo, obediente. En estos momentos le haría el pino si me lo pidiera. Comienzo a envolver el juego al ritmo del traumatizante hilo musical de la cadena, que tan pronto suena con el rasguido de guitarra de Tristán del Diablo II o algo de música 16-bits, como te sorprende con Shakira desafinando cual gato al que le han pisado la cola o te cuela el Despacito.


 


y también ponme dos tickets regalo. ¿Me lo envolveis y me dais una bolsa, verdad?  sigue la mujerona. ¡Uhhh!, hay que ver que tarde es, Baldomero, y como está la vida consulta el reloj. Esta gente trabajando en nochebuena, que es un día para descansar y estar con la familia. Como son estos chinos


 


Pero que no somos chinos . Paro de envolver el juego y levanto la cabeza, sospechando que mis ojeras harían llorar de envidia a Marilyn Manson. Los compañeros ya han terminado de hacer caja y esperan a mi lado, impacientes. Me armo de paciencia. Verá, señora, es que nosotros tres, a nuestra manera, también somos una pequeña familia digo antes de cobrarle y entregarle el juego. La señora nos da las gracias y se marcha diciéndole nosequé al perro.


 


Son las 20:00. En el coso bajo tan sólo se escuchan los tacones de la señora alejándose. Comienza a nevar y voy pensando en avisar a mis padres de que voy a llegar bastante tarde a casa. Por lo menos puede que este día me acabe sirviendo como base para una especie de felicitación navideña de la empresa; de hecho, eso mismo es lo que voy a hacer.


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Lyn Líder de gimnasio

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La habitación 321


 


Me gustaba entrar por la puerta corrediza cuando ya estaba anocheciendo. Al principio cuando tenía que salir de casa para ir al hospital me entraba cierta pereza y un poco de angustia, la expectativa de pasar toda la noche allí no era nada halagüeña. Pero al segundo mes se aprendía a disfrutar de cosas como entrar al aire acondicionado del edifico e ir desenrollándome la bufanda del cuello mientras entraba decidida al ascensor mirando con cierta condescendencia a los que subían en el ascensor conmigo. Caras compungidas, incluso desesperadas. Las miraba de reojo con cierta envidia ya que esos sentimientos, de tan vividos, se diluían en mí y una fina capa de frialdad, de suficiencia, se había adueñado de mi cara como si fuera una máscara.


Todo se había convertido en costumbre y casi un ritual; apretar el botón del tercer piso, salir en la dirección contraria para comprar una botella de agua en la máquina y volver sobre mis pasos hacia el pasillo de la derecha del ascensor, llegar a la puerta de la trescientos veintiuno


 


 


En ese momento podía encontrarme al atravesar esa puerta, con un drama, una comedia o un relato costumbrista entre otras muchas posibilidades. Eso convertía mi rutina en soportable, ver la realidad como una especie de película un tanto ajena a mí me permitía entrar cada día por esa puerta sin que mi mundo girara constantemente sin dirección aparente.


Mi opción preferida era la ficción costumbrista. Me sentaba a su lado y le cogía la mano recorriendo cada una de sus arrugas con mis dedos, teniendo y sintiendo su vida, literalmente, entre mis manos.


 


Pero esa era solo una opción entre miles e infinitas. Otra opción podría ser el relato épico, donde una enfermedad larga era el castigo para la protagonista y para todos los que la rodeaban. Era como una pequeña maldición lanzada por los Dioses, por nuestra vida despreocupada y feliz desde que tengo uso de razón. Las maldiciones son así de perras, te caen encima sin que te lo esperes, y entonces caes en la cuenta de que lo de antes no estaba tan mal, y resulta que es eso exactamente lo que todo el mundo busca a lo largo de su vida. Eso es la felicidad, ser consciente de estar vivo, ni más ni menos. El final de esta opción del relato sería la redención del protagonista con final feliz incluido.


 


Una tercera opción podría ser la comedia costumbrista agridulce, donde la protagonista cuenta con humor cómo su padre estando casi al borde de la muerte varias veces, conseguía superarla con tesón y buen humor haciendo chascarrillos con los pobres medios hospitalarios, añadiendo así al relato una crítica social amable, donde el lector disfrutaría de una lectura relajada a la vez que divertida.


 


Por último, otra opción posible entre otras muchas era el drama crudo con final trágico donde se pondría al descubierto la fragilidad del ser humano y su miedo ancestral a la muerte. Donde la protagonista se daría cuenta de que lo de su padre era un simple experimento antes de su propia muerte, a la cual, al final del relato, le imploraba que su muerte fuese rápida e indolora.


 


Pero la verdad era que de todos esos posibles relatos no había ninguno lo suficiente bueno, lo suficientemente real para ser creído siquiera por la propia protagonista. La razón es que todos ellos formaban uno solo, y eso era impredecible, y eso significaba miedo. Miedo a abrir una puerta donde la historia era como un lienzo en blanco cada día, incluso cada hora. Entonces todos los infinitos relatos, las múltiples posibilidades, formaban un bucle sin fin donde la protagonista no podía avanzar ni moverse. Solo entraba una y otra vez por la puerta del hospital desenrollando una bufanda. Y es aquí donde nuestra protagonista se paralizaba y nunca terminaba de entrar en esa habitación, ya que la narración en bucle hablaba por ella.


Era algo cómodo pero no era real. La vida no era una narración unidireccional. La protagonista en verdad sabía que de lo que huía era de la vida, de lo que se agazapaba tras esa puerta de la habitación 321 y no de la muerte; el horror, el miedo, el drama, el dolor en definitiva, y que más tarde o más temprano acabaría enfrentándose a una simple puerta que lo significaba todo.


 


Y por eso, ahí estaba de pie, con una mano en el pomo de la puerta y la otra mano agarrada a la bufanda que le caía por el suelo libremente. Y solo por eso, abrió la puerta al mismo tiempo que la bufanda se arrastraba por el suelo como si fuera un pincel trazando una nueva historia en un lienzo en blanco. Respiró hondo y simplemente entró sin pensárselo mucho más:


 


 


 


Hola, papá. ¿Cómo estás hoy?


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Lyn Líder de gimnasio

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Un día en la vida de Aleksandr Solzhenitsyn

 

Me he despertado un día más, atrapado en mi gulag particular de tratar de enseñar matemáticas a adolescentes hiperhormonados con déficit de atención crónico. Para relajarme, ayer por la noche me tomé un sobre de un gramo de paracetamol, el cual lo reservo solo para antes de dormirme por dos razones: Una es no joderme el hígado con una sobredosis accidental y la otra es experimentar lo que yo llamo los sueños de paracetamol.

Anoche tuve suerte, porque experimenté un sueño muy vívido del cual salió una idea interesante. Fui rápido a escribirla a un cuaderno muy particular en el que escribo muchas de mis ocurrencias más locas. Algunas de ellas podrían ser hasta patentables, pero prefiero utilizarlas en mis futuras novelas de ciencia ficción. Recuerdo que una vez descubrí en un sueño como pudieron fabricar la Sábana Santa de Turín, me refiero a como un artista del renacimiento pudo generar una impresión en un formato de dos dimensiones, como el sudario, a partir de un modelo tridimensional. La respuesta es obvia y se me ocurrió mientras dormía. Pero, usted lector, no la conocerá hasta que la incluya en una de mis próximas novelas. O quizás vengan unos checos del futuro, del año 2484, en un Lada reconvertido en máquina del tiempo a apropiarse de mi cuaderno maravilloso porque necesiten mi eliminador de asteroides y se encuentren con que también descubrí como fabricar el famoso sudario. ¡Qué más da! Tempus fugit

 

Hoy ha habido suerte, he podido enseñar los polinomios sin que mis alumnos me hagan hervir la sangre. Después de comer y echarme una buena siesta me levanté con ganas de avanzar unos párrafos más en mi próxima novela. La verdad es que la hora que me he puesto a escribir ha sido productiva. Cada vez me quedan menos capítulos para acabar mi próximo libro y ya voy viendo la luz al final del túnel. Después he salido a dar un paseo con mi hija. No me puedo quejar, tengo un buen trabajo, con un buen sueldo que deja tiempo libre. Sin embargo, siento que me falta algo. Uso muy pocas neuronas en tratar de enseñarle cuatro cosas básicas a los adolescentes en esa guardería para chavales grandes que llaman institutos de educación secundaria. Aunque es peor la universidad, porque ahí sí me estrujaba las neuronas para cobrar un salario de mierda y había mucha más inestabilidad laboral.

 

Tras volver de los columpios con mi pequeña, he leído el correo electrónico y no he visto muchas novedades. Apago el ordenador y me voy a ver unos episodios de Babylon Berlin en mi Smart TV. Después de haber acabado la serie Deutschland 83, tengo ganas de ver más entretenimiento en la lengua de Goethe. No llego a acabar el episodio que estoy viendo porque mi mujer me está llamando para cenar. ¡Mierda! En la tele de la cocina solo tengo la cochambrosa TDT española y tras hacer zapping acabo en uno de esos nuevos canales y lo dejo puesto ahí, ya que, entre su emisión contínua de publicidad, intercalan de vez en cuando algunos pocos minutos de una serie que se deja ver, como Modern Family o The Big Bang Theory.

 

Baño a mi hija y aprovecho para repasar con ella los colores y los números en inglés. Es muy pequeñita, pero se los ha aprendido muy bien. Después le preparo un biberón y la acompaño a la cama, para que se duerma pronto. Por suerte, mañana entro más tarde en el instituto y puedo acompañarla a su colegio. Tengo un trabajo estresante, sí, pero al menos tengo estas pequeñas recompensas como alguna hora libre de vez en cuando por la mañana. Me gusta pasarme de vez en cuando por Meri, aparte de visitar webs de tecnología y ciencia las cuales son fuentes de noticias e historias interesantes, las cuales pueden servir de base para futuros libros míos. La verdad es que Meri está últimamente un poco desangelada. Es una pena. Antes solía participar en sus concursos literarios, pero últimamente con el trabajo y con acabar mi novela apenas tengo tiempo para hacer nada. Además, este último mes han puesto una condición que a mí no me gustaba nada. Un relato en primera persona sobre nosotros mismos. ¿Lo intentaré esta vez? Quién sabe, en todo caso, mi vida es un poco aburrida, últimamente. No creo que a nadie le interese, aunque a lo mejor me sale algo potable y medio decente con la condición mínima de palabras.

 

Para acabar el día, después de haber escrito unas cuantas líneas para cubrir el expediente de presentar algo en el concurso literario, me voy a tomar otro paracetamol de un gramo. Me pongo el pijama y me meto en la cama. El cansancio me vence, pero el medicamento, está haciendo su efecto y de repente empiezo a soñar y no sé por qué razón estoy recorriendo una antigua ciudad soviética fantasma en los alrededores de Chernobil. Cuando, de repente, sale un ciervo zombie mutante con muy malas intenciones. Consigo huir y cuando me despierto en mitad de la noche, lo recuerdo todo. Eso es bueno, quizás pueda escribir una nueva novela con esa premisa. En todo caso, caigo redondo en la cama de donde no me levantaré hasta que sea de mañana.

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Lyn Líder de gimnasio

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Con chanclas y a lo loco


 


Párate a pensar un momento, antes de empezar a leer esta historia, en los lugares y las situaciones típicas donde se han conocido y conocerán la mayoría de parejas habidas y por haber. Estoy completamente seguro de que ninguna de las opciones que se te ocurran, a bote pronto, se parecerán a esta narración.


 


 


 


El sol se reflejaba en cada lágrima de mar, adherida a mi cuerpo, mientras yo me secaba jugando a las palas con Pedro. Acababa de nadar unos mil quinientos metros, disfrutando del fondo marino, y me apetecía echar un partidito para terminar de liberar tensiones.


 


He de decir, con toda la modestia que me caracteriza, que no se me dan nada mal los juegos de raqueta. Y ahí estaba yo, repartiendo drives y reveses liftados a una mano, dando pasitos cortos y acompañando cada golpe con un gemido que imprimía más efecto y peso a la bola; en este caso a la que estaba en juego; de otras bolas ya tendremos tiempo de hablar. Y mientras tanto, Omar, Clara y Javi estaban tomando el sol tranquilamente sin que nadie les molestara y charlando de sus cosas.


 


Habíamos decidido pasar aquella mañana veraniega en una cala bastante tranquila, si la comparas con cualquier playa masificada de tumbonas y sombrillas. Además, un motivo de peso por el que me encantaba ir allí era porque nadar entre aquellos arrecifes de coral era un paraíso, que nada tenía que ver con hacerlo en una piscina de veinticinco metros, haciendo largos como un puto hámster de río; lo que vendría siendo, en el equivalente zoológico, a una jodida nutria. Y ni que decir tiene que, ya que mis amigos se habían acostumbrado a verme como mi madre me trajo al mundo, (obviando, obviamente, toda esa desagradable mezcla de fluidos sanguinolentos, cordón umbilical seccionado con instrumental quirúrgico, llantos molestos de neonato, pero eso sí, también toda esa felicidad que envuelve el hecho de haber tenido un bebé precioso), en aquella cala estaba permitido hacer nudismo.


 


Y entonces apareció ella, con tres amigas más, quienes no dieron crédito a lo que estaban viendo.


 


¿En serio hay un personaje jugando a las palas en pelotas? dijo una.


 


Pues chicas, a uno de sus amigos le conozco, así que tengo que pasarme a saludar contestó ella.


 


Y esa fue la primera toma de contacto: una mirada clavada en mi culo, ya no tan pálido como a principio de temporada, y una conversación corta en la que preguntaban dónde estaba una cala a la que querían ir. Todos mis amigos me miraron para que contestara, ya que era el experto nudista frecuentador de esos lares, y les di una respuesta concisa que las alejaría de nuestra presencia. Podía haberles mentido y decir que estaban justo donde tenían que estar, sí, pero a veces el ingenio corre más deprisa que una mente a veces poco despierta y ves cómo se te escapa una oportunidad perfecta para tirar la caña y, quién sabe, quizá hubieran mordido anzuelo... Y, efectivamente, se fueron con la misma gracia, y un djembé que se habían traído, y nosotros seguimos a lo nuestro, lamentando lo bonito que podría haber sido compartir tiempo y espacio con aquellos pivones y su djembé. Una verdadera lástima...


 


Pero minutos más tarde y teniendo yo bola de ventaja, juego, set y partido, volvieron a aparecer y plantaron sus toallas relativamente cerca de las nuestras. Si cierto es que no hay segundas oportunidades para causar una primera impresión, esta vez no dejé pasar la ocasión de interactuar con ellas. Así que, tras otra breve conversación, no tardé mucho en ponerme su djembé entre las piernas y tocar para mis amigos, ellas y el resto de la playa que estaba flipando con la escena.  


 


Al final, sin saber cómo, acabé pasando más tiempo con ellas que con mis amigos, hablando con total naturalidad, como si ninguno de nosotros estuviera desnudo, o como si en realidad lo estuviéramos todos. Aunque he de admitir, por muy raro que parezca, que en aquella cala nudista el único que realmente no llevaba nada puesto era yo. Sólo un traje de seguridad, simpatía y buen rollo era lo único que me cubría de pasar bochorno, si es que alguna vez conocí el significado de aquella palabra; que seguramente sí, pero en ese momento transmití una seguridad inaudita. Supongo que se debió a que me sentí tan a gusto con ellas que era como si las conociera de toda la vida. Estaba en mi salsa: riéndome con todos, de todo y hasta de mi mismo, haciendo bromas de lo chiquirritina que tenía la polla: que a ver si me picaba una avispa para que eso se inflara algo; en fin, tonterías; y ofreciéndome para ponerle crema en las tetas a la que me gustaba. Que todo tiene un porqué, no tiene por qué ser tan gratuito. Y es que, si un sinvergüenza como yo ve cómo, después de que su amiga le ponga crema en la espalda, ésta se gira y le pide que le ponga en la parte delantera, co gesto insinuante incluido, lo lógico es que uno se proponga voluntario... ¿No crees? Obviamente la respuesta fue una negativa, con agradecimiento cortés incluido, pero nada que desentonara en el cortejo general del asunto. Y es que se nos notaba a los dos. Yo debo admitir que estaba bastante pasota, y que, aunque en realidad fuera ella la que más me llamaba la atención de todas sus amigas, no dejaba de ser simpático y extrovertido también con el resto. De hecho, no me corté ni tres en quitarle el bote de crema a una mientras le estaba poniendo crema en la espalda a otra, estando las dos de pie, y me metí en medio de las dos haciendo una especie de trenecito protector solar. Algo muy improvisado y loco, que no tuvo muy buena acogida por parte de la cabina porque estaba a punto de llegar su novio. Y a ver cómo le explicaba que hubiera un maromo desnudo poniéndole crema. Pues sí, todo muy Unreal Tournament, la verdad. Y efectivamente, minutos después llegó el novio con otro amigo. Menos mal que ya me encontraba sentando en la toalla de la chica que me gustaba, en pelotas, sí, pero en una actitud mucho menos violenta que la que se podía haber encontrado el chaval hacía apenas unos minutos. Otro detalle que me pareció muy gracioso es que, mientras el sujeto en cuestión aparecía por el horizonte, una de las amigas hizo el siguiente comentario:


 


¿No le molestará a tu novio que estemos en topless?


 


A lo que no me pude reprimir un:


 


¿Ni que yo esté en pene?


 


Las sonrisas medio tensas y las miradas entre ellas me dieron a entender que quizá no fuera la mejor idea que yo estuviera ahí y de aquella manera, pero, cuando el chico llegó, me presenté con total naturalidad y no hubo absolutamente ningún problema. Puede que cuando me fuera tuvieran alguna conversación en la que se me describiera como un loco simpático lugareño de aquellas calas. No lo sé y tampoco me importa demasiado. El caso es que esa despedida no tardó en llegar porque ya era bastante tarde y a falta de habernos comido alguna teta que otra, ya teníamos hambre.


 


Lo cierto es que debo hacer un paréntesis y retroceder una media hora en la historia; y es que se había hecho ya bastante tarde para comer y mis amigos Pedro y Clara, a quienes había recogido con mi coche, se tuvieron que ir, cortándome el rollo al máximo. Y en vista del esfuerzo que supuso para mí tener que volver a vestirme y la cara de me estáis jodiendo el puto mejor día de mi vida que se me puso, Clara se ofreció a llevarse mi coche y dejar a Pedro, para que yo más tarde recuperara mi coche en su barrio. Fue un gesto, un simple gesto, la verdad, que a mí no se me hubiera ocurrido pensar en ese momento, pero con el que me hizo el favor de mi vida, aunque todavía no lo supiéramos ninguno de los dos.


 


Y finalmente llegó la despedida real.


 


Ella había dicho que le gustaría jugar a las palas en algún momento del día; algo que no supe si interpretar de manera literal o como un tipo de coqueteo sutil para hacerme saber que le había gustado. Tuve indicios de que sí le había llamado la atención, eso se nota, pero ¿habría sido ese el momento de dar el paso? ¿Debí pedirle el número de teléfono directamente? O, ¿por qué no?, ¿haberla besado en la playa, con mi ciruelo al viento y tensándose por momentos? Bueno, no, eso mejor no... Ella no se cortaba nada fingiendo situaciones ficticias en su parque de bolas, donde trabajaba, en las que se dedicaba a llamar a los niños por megafonía, poniendo una voz extremadamente sensual, para que acudieran a... A donde fuera... Bastante aguanté la templanza, como para acordarme al dedillo de su gracieta. Eso sí, su actitud y brillante forma de querer calentar el ambiente fue un punto que me atrajo muchísimo, la verdad. Y en un momento dado también le di un abrazo, no me acuerdo a cuento de qué, pero sé que el momento lo requería. Seguramente me estaba contando alguna anécdota triste en la que, si no la consolaba, me habría comportado como un auténtico monstruo sin corazón, aunque ese gesto me costara la posibilidad de que el pulso se me hubiera podido palpar en el glande. 


 


Lo que sí que quedó bastante claro tanto para sus amigas como los míos fue que nos habíamos gustado mucho. En fin, fue todo muy raro y contenido, por supuesto, dentro de lo que cabe, pero muy bonito, todo hay que decirlo.


 


Y como no podía ser de otro modo, para cerrar esta historia con la mayor redondez posible, como mis cojones actuando de péndulo del destino y firmemente sujetos por un escroto de confianza en mí mismo, si la historia comenzó con unas palas, la historia debía acabar con esas palas: se las dejé. Se las di. Quise que se las quedara para que pudieran jugar. Fue otro simple gesto de buena voluntad. Una especie de agradecimiento al rato tan bueno que me hizo pasar. Y es que me cayó tan sumamente bien, que quise tener ese detalle con ella, independientemente de si surgía la ocasión en que me las devolviera alguna vez, con el pretexto obvio de tener una segunda ocasión de vernos en una primera cita de verdad.


 


Ya te digo que, aunque hubo indicios de que nos gustábamos, no las tenía todas conmigo, ya que la forma en que nos conocimos dio lugar a pensar que menudo prenda era yo y menuda prenda podía ser ella por haerse fijado en alguien como yo. No era momento de plantearse si hubiera sido propicio tratar de conocerse dos personas como nosotros. Lo mejor que podíamos hacer era dejarnos llevar, si es que tenía que pasar algo entre nosotros.


 


Y aquella fue una despedida que francamente no quise tener, pero mis amigos y yo teníamos más planes esa tarde. Así que, aunque el resto de la historia fue un turbulento batiburrillo de acontecimientos, algunos positivos y otros negativos. Ambos sufrimos frustración y ansiedad y lo cierto es que no volvimos a vernos de nuevo por varias razones, entre las que se encontraban que ambos nos confundimos de cómo creíamos que era el otro. Pasaron muchos meses hasta que nos pudimos tomar un café y aclarar porque ese café no había llegado antes. Y viéndolo todo desde el presente y con la perspectiva de todo ese pasado, he de decir con todo el orgullo y amor que puedo expresar, que, aunque nunca llegue a recuperar aquellas palas, acabé ganando su corazón y encontramos el uno en el otro exactamente lo que habíamos estado deseando que apareciera en nuestras vidas desde siempre. Algo que no tiene precio.


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

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Lyn Líder de gimnasio

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Encuentro en el Rojo


 


Eran poco más de las seis de la tarde, suficiente para que el sol de diciembre ya se hubiese ocultado en el mar Rojo, en Egipto. Estábamos en el camarote cuando sonó la campana que nos convocaba al briefing de la cuarta y última inmersión del día. Salimos, bajamos las escaleras y entramos en el salón del barco; allí se encontraban ya el resto de buceadores y nuestro guía, dispuesto a explicarnos los pormenores del lugar de buceo. La verdad es que no tenía mucho misterio: sólo teníamos que seguir la amarra que unía el yate con el montículo donde íbamos a bucear, y una vez allí dar vueltas alrededor suyo a diferentes alturas, aunque la profundidad no era mucha, unos diez metros. Tras unos sesenta minutos había que regresar al barco.


 


Con esta breve explicación dio por finalizado el briefing -el guía, como en casi todas las anteriores nocturnas, no iba a sumergirse-, así que salimos fuera para equiparnos. Acoplé el chaleco y los reguladores a la botella y abrí la grifería de esta, revisando en el manómetro que la presión fuese la correcta; comprobé también si el botón de hinchado del jacket funcionaba bien. Me puse el traje, que aunque llevaba tendido oreándose desde la inmersión anterior, no se había secado del todo; eso dificultaba un poco el ponérselo, amén de la poco agradable sensación del neopreno húmedo sobre la piel seca.


 


Llegados a este punto, quizás convendría poner en antecedentes al lector. Mi primo, dos amigos y yo hicimos un viaje de buceo al mar Rojo hace unos años. Era lo que se llama un vida a bordo: llegas al aeropuerto, te recogen, te llevan al barco, te subes y no vuelves a bajar a tierra hasta el último día, para tomar el avión de vuelta. Compartíamos crucero con otros cinco buceadores, los dos guías y la tripulación del barco. Había cuatro inmersiones diarias, aunque por supuesto cada uno podía saltarse las que quisiera. Entre inmersión e inmersión, el yate se desplazaba al siguiente punto donde bajaríamos. Y ahora, sigamos con la historia


 


Una vez equipados, nos tiramos todos al agua y encendimos las linternas. Cada uno se puso con su compañero -yo iba con mi primo- y comenzamos a sumergirnos. Tal como nos había explicado el guía, seguimos la cuerda y llegamos al montículo. Era una formación de roca y coral, aislada, que ni siquiera rasgaba la superficie. En la base no mediría más de quince metros de diámetro. Una vez allí, cada pareja fue a su aire. Mi primo y yo descendimos hasta el fondo, y allí vimos el primer animal de la noche: una pequeña tortuga marina, no mucho más larga que mi antebrazo. No le prestamos mucha atención, ya que las tortugas eran relativamente frecuentes en aquellas aguas, e incluso ese mismo día habíamos visto en otras inmersiones varias más grandes que aquélla. Además, daba la sensación de que estaba durmiendo y la habíamos despertado al llegar con nuestras luces, con lo que nos alejamos deprisa para que no se pusiera más nerviosa.


 


Empezamos a recorrer el perímetro del pequeño arrecife. Él iba más pegado al montículo y yo por la parte de fuera, en paralelo, ambos moviendo los haces de luz de las linternas en busca de cualquier cosa interesante: corales, algunas gorgonias de un tamaño difícil de encontrar en las costas españolas pero pocos animales. No se veían los bancos de coloridos pececillos tan abundantes durante el día; sólo algunos peces sueltos, entre ellos los peces león y escorpión, omnipresentes en aquellas aguas. También vimos alguno de esos graciosos peces globo enmascarados. Mas nada que no se viese, y en mayor cantidad, por el día.


 


Como ya comenté, yo iba por el lado de fuera, así que, aparte de hacia delante, de vez en cuando proyectaba el haz de la linterna hacia fuera, hacia mar abierto, si se me permite la expresión. En una de estas, capté fugazmente algo alargado desapareciendo del foco. En un principio pensé que podía ser la cola de una morena, ya que en el mar Rojo se ven algunas realmente enormes, cercanas al metro y medio y notablemente gruesas. Moví el círculo de luz por aquella zona, esperando localizar de nuevo a la morena.


 


Cuál sería mi sorpresa cuando el cuerpo del propietario de la esquiva cola entró en la zona iluminada: no era una morena, ¡sino un tiburón! Sin apartar la vista -ni la linterna- de él, alargué la mano para llamar la atención de mi primo, agarrándole. Supongo que la expresión de su rostro debió de parecerse a la mía al ver al escualo. Al animal le debió intrigar también nuestra presencia, puesto que se dirigió hacia donde estábamos; y yo, ni corto ni perezoso, me fui hacia él.


 


No, no me dio un arrebato de locura -de hecho, tengo mucho aprecio a mi integridad física-, simplemente identifiqué al pez como un tiburón leopardo, inofensivo para el hombre, que sólo se alimenta de cangrejos, crustáceos y peces pequeños. Puede tener por seguro el lector que, de haber sido un tiburón blanco, no hubiese ido tan alegremente a su encuentro. Además, no era demasiado grande, alrededor de metro y medio de longitud.


 


Acabamos a poca distancia, estaba casi al alcance de la mano. Lejos de huir, el tiburón comenzó a moverse hacia uno y otro lado delante de mí. Aproveché para tomarle varias fotos, aunque maldije el bloqueo AF de la cámara, que provocaba que tuviese que apagarla y volverla a encender, con la consiguiente pérdida de tiempo y de oportunidades para sacar instantáneas. Detrás de mí, mi primo hacía sonar su avisador -un cilindro hueco metálico que lleva dentro una pieza del mismo material, que al agitarlo produce un sonido para llamar la atención de otros buceadores-. Trataba de avisar con ello al resto de compañeros para que pudiesen ver también al tiburón, ya que en aquel momento sólo estábamos nosotros dos en las cercanías.


 


Finalmente, tras casi un minuto alrededor nuestro, el escualo volvió al azul del que había venido. Nuestros dos amigos llegaron justo para verlo marcharse. El resto del grupo no llegó a observarlo.


 


Tras tan excitante encuentro, volvimos a explorar los alrededores del montículo, aunque no vimos nada especialmente digno de mención. Aun así, fuimos los que alargamos más la inmersión, por lo que cuando comenzamos el camino de regreso a la embarcación, el resto de parejas ya estaban abordándola. En vez de ir pegados a la cuerda, marchábamos por el fondo. Así fue como vimos, muy quieto sobre la arena, un pez piedra. Estos animales suelen ser difíciles de ver, ya que como su nombre indica se camuflan como si de una roca se tratasen; son, además, tremendamente feos, y tremendamente venenosos. Estuvimos un poco junto a él, sacando algunas fotos. En todo ese tiempo, el pez ni se movió, confiando en su camuflaje. Lo dejamos allí y nos volvimos al barco, donde nos esperaban todos confiando en que hubiéramos podido sacar alguna foto al tiburón, ya que nuestros dos amigos ya habían subido y habían contado lo del escualo.


 


Y hasta aquí la historia. Quizás el lector esperaba un ataque del tiburón, una desenfrenada carrera para evitar la muerte por la picadura del pez piedra, o un momento de tensión cuando algún buceador se quedase sin aire. No, nada de esto sucedió. Y, sin embargo, recuerdo con cariño esa inmersión como una de las mejores que he hecho. Sí, posteriormente vi tiburones buceando en otros lugares, pero esa primera vez fue especial; quizás porque, por unos breves instantes, sentí una curiosa conexión con tan hermoso animal


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Lyn Líder de gimnasio

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Pues ya está. Los 5 relatos de esta edición ^^



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jleacor SPARTAN-II

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Pues ya está. Los 5 relatos de esta edición ^^

 

 

Leídos y puntuados :-)

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Lyn Líder de gimnasio

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Leídos y puntuados :-)

Te faltan solo los comentarios entonces :)


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Tenma Aldia, Erudito del Primer Pecado

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Leídos, y no votados. Este bimestre creo que comentaré directamente en el foro, cuando haya resultados. Hay alguna cosa muy buena, a destacar, pero ya lo hará mi yo del futuro, porque mi yo de ahora no quiere influenciar con sus opiniones.


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jleacor SPARTAN-II

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Leídos, y no votados. Este bimestre creo que comentaré directamente en el foro, cuando haya resultados. Hay alguna cosa muy buena, a destacar, pero ya lo hará mi yo del futuro, porque mi yo de ahora no quiere influenciar con sus opiniones.

 

 

Gracias, amigo, por cualquier tipo de aportación que hagas, sea del modo en que la hagas, y cuando la quieras hacer.

 

 

Un brazoo

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jleacor SPARTAN-II

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Con tanto hilo exuperyano encumbrando el muestrario de posts de este nuestro sobforo, sólo venía a reflotar este hilo con la intención de recordar a los participantes de que se marcó este domingo 18 como fecha tope para entregar las valoraciones.


Muchas gracias. Pueden continuar con sus exuperyadas.

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