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Relatos del bimestre diciembre-enero 2017

concurso relatos

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50 respuestas en este tema

  • Lyn

  • Mother of pHatos

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#1

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:18

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger cuatro de los relatos presentados a concurso y darles un valor de  3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 17/24 de diciembre, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día ? será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día ? del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 25? se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos



La condición de este bimestre era la propuesta por subrosandro:

 

 

Durante el transcurso del relato debe de suceder o estar sucediendo un desastre natural que tenga relevancia argumental


Editado por Lyn, 04 diciembre 2017 - 17:28 .

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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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  • Lyn

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#2

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:19

 

El fin del mundo será un día de éstos

 

 

Camaleón era una mujer muy hermosa, y ella lo sabía muy bien. Utilizaba su belleza como una de sus herramientas, y su sonrisa abría tantas puertas como su juego de ganzúas.

 

—El secreto está en la confianza —decía a menudo—. Si actúas como alguien que tiene derecho a entrar en un lugar determinado, nadie te cierra la puerta.

 

Luego mostraba su sonrisa de dientes perfectos y giraba ligeramente la cadera, y entonces comprendías que, cuando hablaba de confianza, en realidad quería decir otra cosa. Pero en aquel momento se encontraba peleando con una cerradura FL de Finefix, fabricada en Shangai, que estaba poniendo a prueba el resto de sus habilidades.

 

—Pásame la cruzada de cinco y medio —dijo al hombre que se encontraba a su lado—. Esta puta barata se me resiste.

 

—¿Te das cuenta de que hablas muy mal cuando te enfadas?—respondió el hombre—. Las palabrotas no te quedan bien. Te hacen parecer barriobajera.

 

—La puta ganzúa, francés.

 

—Sí, perdona. —El hombre puso una mueca de disgusto y acercó la herramienta a Camaleón.—Y algún día, digo yo, podrías llamarme por mi nombre. Si no te parece mal.

 

—¿Alfonso? Es un nombre horrible. ¿Te imaginas los titulares? “El Camaleón y un tipo llamado Alfonso roban en el despacho del hombre más rico de la Tierra“. No tiene gancho. “El francés” suena mucho mejor.

 

—También podían no saber que hemos sido nosotros. Para variar. —La mujer dejó lo que estaba haciendo, se puso en pie y miró al hombre con una mueca de disgusto. Alfonso alzó la mirada, porque era más bajo que ella, y le devolvió una sonrisa.— Podíamos no firmar el robo.

 

—Antes muerta —respondió ella.

 

Alfonso miró hacia el cielo estrellado que brillaba con una intensidad especial. El alumbrado público se había cortado hacía dos horas y la ciudad estaba oscura y silenciosa.

 

—Si yo tengo razón, no nos quedará otra alternativa —dijo con voz apagada.

 

Camaleón dio un golpe seco a la ganzúa y se produjo un chasquido en la cerradura. Abrió la puerta y puso su sonrisa especial, la que reservaba para las grandes ocasiones.

 

—Pero si la tengo yo, mañana seremos mucho más ricos que hoy. ¡Pase usted primero, oh, temible ladrón conocido como “el francés”!

 

Alfonso echó un último vistazo a la calle. Seguía vacía y oscura. Todos los aparatos electrónicos se encontraban desconectados. En aquel instante, cientos de misiles abandonaban las capas inferiores de la atmósfera terrestre y se disponían a detonar su carga nuclear más allá de la exosfera. Una hora más tarde, la mayor explosión artificial conocido por la humanidad emitiría un pulso electromagnético tan violento como la mayor de las tormentas solares. Si tenían suerte, ese sería un problema menor.

 

Alfonso intentó alejar esos pensamientos de su mente. Sonrió a Camaleón, se colocó de espaldas a la puerta y colocó las manos en posición de gassho.

 

—Que Amitabha nos proteja —dijo en un susurro—, y me permita alcanzar la iluminación antes de dos horas.

 

Para llegar hasta el ático tenían que subir a pie varias decenas de pisos. Cada uno de ellos estaba aislado del resto por una puerta cerrada pero, como eran simples puertas antiincendios, no perdían tiempo en intentar forzarlas.

 

—Esto es tarea mía —dijo Alfonso al llegar a la primera. Cogió un poco de impulso, levantó la rodilla y golpeó la puerta con una patada tan fuerte que combó los perfiles interiores y sacó una de las hojas de sus goznes. —Paso yo primero, Cama, y así voy abriendo el resto.

 

La mujer asintió en silencio y le dejó hacer. A pesar de su estatura, Alfonso era el hombre más fuerte, diestro y efectivo que había conocido, aquel a quien siempre querías tener a tu lado en una pelea. También era el más pacífico, porque había tenido varios maestros y todos habían hecho un buen trabajo. Mientras pasaba por encima de los restos de la puerta escuchó un fuerte golpe: El francés acababa de abrir el acceso al siguiente piso. “Esto es pan comido”, pensó. Alfonso seguía subiendo, piso a piso, deteniéndose unos segundos en cada uno para destrozar las puertas con un único golpe, hasta que llegaron a su destino: Las oficinas del gerente y propietario de DHARMA, una de las personas más ricas e influyentes del planeta.

 

En aquel momento, varios cientos de kilómetros por encima de ellos, los misiles llegaban a su objetivo, un asteroide AMOR cuya envergadura, de 90 kilómetros de longitud, amenazaba con destruir la vida inteligente sobre la Tierra. Los planes AIDA y DART para desviarlo de su órbita habían fallado, y aquel último y desesperado intento constituía también la última esperanza de la humanidad.

 

Camaleón comenzó a estudiar las puertas de acceso pero, tal y como había imaginado, los sistemas de seguridad electrónicos se encontraban desactivados.

 

—Saca la térmica —dijo a su amigo—. Aquí no nos va a ver nadie y el tiempo corre.

 

Abrieron la puerta en poco más de diez minutos. Usaron el mismo procedimiento con la caja fuerte que ni siquiera se encontraba oculta detrás de un cuadro, como era lo habitual, sino que lucía desafiante detrás de la mesa de despacho. La lanza térmica tardaba más de lo previsto en hacer su trabajo y la mujer comenaba a impacientarse.

 

—Esto está hecho, francés. Vamos a ser muy, muy ricos. Y no vuelvas a ponerte negativo y a decir que “eso será si sobrevivimos”, o algo por el estilo.

 

—Es la verdad, Cama. Si pensara que vamos a salir de ésta no estaría robando al hombre más sabio que hay sobre la Tierra. No sería honesto.

 

—¿Tanto lo aprecias? ¿En serio? ¿Sólo porque es muy viejo?

 

—Prefiero pensar que es anciano, no viejo. Hay una diferencia, ¿sabes? Además, he rastreado sus movimientos hasta Shangri-La, a comienzos de siglo, y eso me lleva a pensar que allí encontró la iluminación. La sabiduría perfecta y definitiva con el secreto de la iluminación.

 

—Vale, es muy viejo. Seguro que tiene los mejores médicos, no es para tanto.

 

—Me refería a que lo he rastreado hasta comienzos del siglo XVIII. Espera, esto ya está.

 

Camaleón se quedó sin palabras, algo que no le solía suceder muy a menudo. “Tengo que prestar más atención a Alfonso cuando me habla”, pensó. En su mente no le llamaba “francés”, algo eso era algo que nunca admitiría, ni siquiera en el fin del mundo.

 

—Cuidado ahora… Listo, ¡ya la tenemos!

 

Abrieron la caja con las manos sudorosas y temblando por el calor de la lanza y por la excitación. Sacaron todo el contenido y lo extendieron sobre la mesa.

 

—Pero esto no es… No hay nada, sólo cartas y papeles viejos –dijo Camaleón—. Ni números de cuenta, ni nada. Un colgante con un diamante, es lo único que hay aquí de valor, y seguro que no puedo venderlo a cualquier perista porque se correrá la voz de que ha sido robado.

 

—Ni siquiera un manuscrito que explique los secretos que aprendió en la ciudad perdida —dijo Alfonso—. Espera, Cama, no te enfades —añadió cuando vio que empezaba a resoplar. Cuando se ponía así, tendía a destrozar todo lo que tuviera por delante. —Vamos a salir fuera, que hará menos calor, y lo echaremos un vistazo a todo con calma.

 

La mujer asintió en silencio, recogió todos los papeles que había sobre la mesa y se dirigió a la cristalera que comunicaba con la terraza. La puerta se abría desde el interior, así que salió, los dejó caer, se sentó en el suelo y sacó un cigarrillo.

 

—¿En serio? —dijo Alfonso mientras se sentaba a su lado—. ¿No lo habías dejado?

 

Camaleón ignoró su comentario. Empezaron a leer los papeles y documentos a la luz de sus lámparas frontales mientras el resto de la humanidad contenía el aliento y esperaba las noticias de los observatorios. El cielo permanecía oscuro y silencioso.

 

—Creo que he encontrado algo —dijo la mujer—. Parece que tu santurrón no trabajaba solo. Aquí hay una lista con al menos diez personas como él... Una de ellas se llama... Myrdyn Emrys. ¿Te dice algo ese nombre?

 

—Vaya —respondió Alfonso—, eso son palabras mayores. Claro que me suena. Cualquier estudioso del Mito de Arturo conoce ese nombre.

 

—Pues hay más... Y parece que a ninguno de ellos les va nada mal.

 

—Aquí leo que nuestro hombre, junto con unos amigos, descubrieron algo importante en las ruinas de una ciudad antigua, pero no dice el qué. Dice que el artefacto secreto, sea eso lo que sea, lo conserva F. Dashwood en su residencia de los Hamptons, en NY.

 

—Eso significa que llegar hasta aquí no nos ha servido de nada.

 

—En realidad, también podemos...

 

Pero Alfonso no terminó la frase. El suelo tembló con una violenta sacudida y Camaleón, después de ahogar un grito, se abrazó al hombre.

 

—¿Qué ha sido eso? —preguntó.

 

—Ha sido un terremoto, pero no podemos saber si se ha producido por el impacto del asteroide o... Lo sabremos dentro de muy poco. Esto se acaba, amiga mía.

 

Siguieron abrazados, en silencio, durante un buen rato. Hacía calor. Camaleón se dio cuenta de que estaba sudando y se quitó la chaqueta que se había colocado para operar con la lanza térmica.

 

—¿Francés? —dijo en voz baja—. Estoy escuchando gritos. ¿Entiendes algo?

 

—Yo... Espera un momento... Tiffany, ¿te he dicho alguna vez que eres lo mejor que me ha ocurrido nunca?

 

—Yo también te quiero, Alfonso —respondió ella—. No te lo he confesado nunca, pero a veces, cuando estoy sola, por las noches, me imagino que tú...

 

—Yo no he dicho que... Espera, que ahora sí se entiende mejor... ¡Son gritos de alegría, Tiff, lo han conseguido! ¡Estamos salvados!

 

La mujer lo abrazó con fuerza y estuvo a punto de romper a llorar. Los gritos cada vez eran más audibles, resonaban por toda la ciudad y se elevaban al cielo como una sola voz. La humanidad, gracias al trabajo conjunto de miles de personas de diferentes países, iba a sobrevivir.

 

—Bueno, esto... —dijo la mujer al cabo de un rato—. Olvida lo que te he dicho antes, ¿vale? Y nunca vuelvas a llamarme por mi nombre. Soy el Camaleón, y nadie debe saber más de mí.

 

—Como quieras —respondió Alfonso con una amplia sonrisa—. ¡Estamos vivos, y eso es lo que importa ahora mismo!

 

La mujer bajó la vista hacia los papeles que estaban en el suelo. Alfonso hizo lo mismo y, al cabo de unos instantes, levantó la mirada.

 

—¿Estás pensando lo mismo que yo?

 

—Hay un brote de una enfermedad terrible en  Nueva York —respondió ella—. Dicen que los enfermos se vuelven violentos y contagian a las personas a mordiscos, como si fuera una fiebre del heno o algo parecido.

 

—Los sistemas de seguridad seguro que están fallando. Quizá ese tal Dashwood tenga más información sobre lo que encontraron en Shangri-La.

 

—Y seguro que está interesado en comprarme este colgante. O quizá tenga uno parecido. ¿Qué me dices, francés? ¿Vamos a la Gran Manzana?

 

—Pero antes tenemos que firmar este robo....

 

La mujer puso una media sonrisa y sacó un bote de spray de su mochila. Dibujó un símbolo sobre la mesa de despacho de cincuenta mil dólares y luego se tomaron una fotografía juntos en la que se veía el grafitti con toda claridad. Según abandonaban el despacho, a Camaleón se le ocurrió una pregunta.

 

—Oye, si el plan del gobierno ha funcionado y el pulso PEM no ha llegado a la ciudad, ¿cuánto tiempo tardarán en reiniciarse los sistemas de alarma?

 

—Bah, tenemos tiempo —respondió él—. Necesitarían tener generadores de emergencia y un sistema de inicio rápido, pero no creo que...

 

En aquel momento, el ruido de un centenar de sirenas comenzó a sonar a un volumen ensordecedor.

 

—¡Jodidas putas sirenas! —gritó Camaleón—. ¿Y ahora qué hacemos?

 

—¡Correr! —respondió Alfonso con una carcajada—. Y no parar hasta Nueva York.


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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#3

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:20

 

Los anales de Arda

 

 

Eduardo acababa de cumplir cuarenta y dos primaveras, aunque con algún que otro verano de menos. Razón por la que todavía vivía con sus padres, aunque siempre discutían que ya iba siendo hora de que se independizaran y le dejaran la casa. Mantenerla sin trabajo no era algo que le preocupara y su pilar argumental para quedársela era que él había vivido toda su vida ahí, mientras que sus padres sólo lo habían hecho dos tercios de la suya. El caso es que las matemáticas selectivas no se le daban nada mal, como tampoco incordiar de otras maneras. Por eso muchos fines de semana sus padres le dejaban comida hecha y se iban a otra casita que tenían cerca, en la sierra de Cazorla, a respirar aire fresco. No es que en aquella casita apartada, en la localidad boscosa de El Parralejo no se respirara aire puro; es que Eduardo y su manía de ducharse poco y sin jabón, para no dañar las defensas naturales de la epidermis, añadido a su carácter agrio y respondón, conseguía viciar el ambiente, tanto literal, como figuradamente. Que vale, que es su hijo, y quererlo lo quieren, por supuesto, no les queda otra; y no es loísmo accidental, sino premeditado: porque hay gente que se obceca en humanizar a los animales, pero hay quien opina que también habría que cosificar a ciertos humanos.

 

No esperó a que terminaran de despedirse sus progenitores, ni a que el portazo lo confirmara, para abrir el navegador de turno y buscar una de sus páginas preferidas en el apartado favoritos. Y como ritual marcado desde hacía casi tres décadas, se dispuso a sacarle brillo a su trofeo más preciado. Jamás había sido buen deportista, ni ninguna actividad extraescolar le había granjeado título o mérito alguno, pero sí conservaba una llamémosle estatuilla, con una leyenda digámosle grabada que cada año se revalorizaba en su record y que desde hacía una semana rezaba: virgen a los cuarenta y dos.

 

Ya con su trofeo limpito y brillante, buscó en el navegador su otra página favorita: tenía ganas de ver qué habían comentado de nuevo sus amigos. Y, como cada fin de semana, ya podía desatarse un terremoto, caer un meteorito o derretirse los casquetes polares y provocar un tsunami, que Edu no se iba a mover de su casa. Sí, sí; era su casa, por mucho que la hubieran pagado sus padres.

 

***

 

"No hay nada mejor que que te jodan un polvo a media noche", pensó Jairo después de cogerle la llamada a su jefe mientras su novia descabalgaba de su cintura. Imagino que pensaras que su novia es la señorita Arda, por darle sentido al título, pero olvídalo. Lo importante es desentrañar ¿quién en su sano juicio cogería esa llamada en lugar de hacerse el sueco? La respuesta: alguien que ya estaba pre alertado de que tendría que volver a salvar el mundo. A ver, tanto como el mundo no, pero Jairo se enorgullecía de pertenecer al cuerpo de élite de emergencias del Estado, y estar atento al móvil pendía del sueldo. No era Batman, obviamente, pero tampoco Róbin.

 

*****

 

—Oye, —dijo Pedro, con su cara de pervertido—. Qué buena está, ¿no?

 

Mario, el interlocutor de Pedro, se quedó pensando dónde había visto a esa rubia despampanante que miraba Pedro: despampanante por la ropa llámativa que llevaba y por el manto y corteza de maquillaje que ocultaba la irregularidad de sus placas tectónicas faciales. Realmente era fea con premeditación, nocturnidad y alevosía; como el asesinato que merecería por su arrogante y pérfida forma de ser. Pero claro, eso lo sabemos tú y yo. Mario y Pedro no la conocían tanto, aunque ahora que lo pienso, tú y yo tampoco.

 

—Chico —insistió Pedro—, ¿de qué me suena? 

 

Mario y yo le dimos vueltas a esa expresión: ¿por qué decimos que alguien que creemos conocer nos suena? Si el sentido que usamos no es el oído, sino la vista... Se le ocurrió buscarlo en internet y el navegador mostró previamente la última página que había visualizado. Y claro, cómo chico de ideas volátiles que es, ya se quedó naufragando ahí.

 

Su pantalla mostraba un hilo del foro Meristation, creado por un tal Exupery; se llamaba "Los anales de Arda”. Y a Mario le seguía haciendo gracia su propio comentario sobre la ausencia de dicho enlace en xvideos. Qué bobalicón, el pobre... Siempre pensando en lo único...

 

Pedro, por otro lado, pasando olímpicamente de que su amigo no le hiciera ni puto caso tampoco, terminó de seguir con la mirada a aquella joven mientras un diluvio de corazonadas repiqueteaba en su cabeza. Pero no había manera de recordar de qué conocía a la señorita que estaba a punto de perderse por la puerta giratoria de entrada al hospital de Puente de Génave.

 

—¿Te acuerdas del personaje ese que te conté? —dijo Mario.

 

—¿De qué hablas?

 

—Del tipo ese del foro de videojuegos.

 

—¿En serio? Deja esa puta mierda, que ya tienes veintiséis años, y hazle más caso a la gente que te rodea.

 

Mario vio que tenía un cordón desabrochado, y estuvo a punto a darle la razón, pero sonó una notificación en el móvil de Pedro y su sonrisa de pajillero desequilibrado delató que acababa de hacer Match en Tinder con otra gordaca de esas a las que le gustaba tentar para follar. Mario supo entonces que podría seguir entreteniéndose con la comidilla del foro, unos cuantos minutos más, antes de que el hipócrita de su colega le volviera a dar la charla.

 

“Éste chaval es la monda", se dijo a sí mismo. Llevaba cinco discusiones a la vez sobre la mitología de Tolkien en hilos que no tenían nada que ver, y en el suyo propio se le ocurrió preguntar que cómo preferían los usuarios comerse el pollo, si a la parrilla o al horno.

 

******

 

Alberto había disfrutado con su novia de una escapadica a Almansa. Su familia tenía una casa allí y, aunque no pudieron quedarse todo el fin de semana, el pueblo no daba para hacer mucho turismo más. Vieron el castillico muy apañao y el sábado por la mañana ya estaban volviendo a tierras mañas.

 

Mientras su novia conducía, él estaba enfrascado en una especie de discusión con un usuario polémico de Meristation. El subforo de literatura cada vez se parecía más al Off Topic desde que el forero llamado Exupery se dedicaba a desviar hilos y a crear suyos propios para acabar saboteándolos también. A Alberto le hacía gracia, pero había que reconocer que tratar con ése personaje era como intentar hacer frente al desbordamiento de un río. ¿Por dónde intentas encauzarlo, si siempre se va a desbordar por otro lado? La única solución habría sido un dique de contención llamado "moderación", pero siendo franco, que no dictador, el tal Exupery le daba vidilla al subforo. Por lo menos Alberto se reí...

 

—¿Has visto eso? —dijo su novia, que no parecía entender la importancia para la historia de ese hilo de pensamientos que acababa de interrumpir.

 

En el sentido contrario de la Autovía circulaba un convoy bastante extenso de camiones verdes; tenían aspecto de ser militares. Y también había otro chorizo de camiones de bomberos con las luces V2 puestas; sí, lo que viene siendo los rotativos de servicio.

 

—Si no me equivoco, jleacor trabaja en eso.

 

—¿Quién?

 

—Sí, el chaval ese de internet que se está leyendo mi libro. Ese que te conté.

 

—Ahh, ya... ¿Ese que dices que es un cachondo?

 

—Sí, habla demasiado de su vida para ser un foro, la verdad. Es un poco raro, pero me cae bien.

 

*******

 

Jairo llevaba un par de horas interviniendo en el incendio forestal declarado al noroeste de la sierra de Las Cabras. Había transcurrido demasiado tiempo desde que las autoridades competentes habían declarado el nivel 2 de alerta. Además, los medios aéreos estaban dispersos en su mayoría por Asturias, Galicia y Portugal, donde una ola de incendios provocados había convertido aquellos parajes verdes de en sueño en un puto infierno. Por eso, a pesar de disponer de un hidrante ideal como era el embalse de Anchuricas-Miller, no había helicópteros ni aviones que se nutrieran de él para poder sofocarlo. Así que ese rayo que prendió un pequeño conato la tarde del viernes, se fue de las manos y acabó engullendo toda la flora de la sierra hasta que se dieron cuenta de que los bomberos locales no podían hacerse con el incendio y tuvieron que llamar a la artillería pesada.

 

Y ahí estaba nuestro aguerrido Jairo —Que ni que fuera yo—. Lo importante era desalojar a las personas y animales que se pudieran salvar. Y de eso ya se había encargado la guardia civil y la rotación anterior a la que él acababa de relevar. Siguiente prioridad: los bienes inmuebles. Esa casa solitaria, en su sector asignado, no se quemaría si él y su equipo lo podían impedir. Pero...

 

"joooooder, el fuego está aquí al lado... —pensó Jairo, tras hacer un análisis un poco más frío de la situación, sin tantos aires de grandeza superheróica con los que se solía pavonear en estos casos. Además, la orografía del terreno ofrecía laderas muy escarpadas que remontar hasta llegar a la dichosa casa—. ¿Pero quién cojones viviría ahí? —Había un camino que serpenteaba, pero, según habían informado, pasaba por zona caliente del incendio. No podrían usarlo. Así que sólo les quedaba tirar un tendido de manguera, desde esa posición, de unos aproximadamente 734,2 metros de manguera, décima arriba, décima abajo, para llegar y proteger la casa, con todo el arduo esfuerzo que eso suponía. Y a pesar de la fatiga que daba sólo de pensarlo, eso hicieron, al ritmo pegadizo de—: pasito a pasito, suave suavesito." 

 

Al final llegaron reventados, con la lengua fuera, y casi sin aire. El humo, que les obsequiaba el viento en contra, tampoco ayudó mucho, pero resistieron hasta que el operador de la bomba les dio presión y pudieron abrirse paso entre la humareda hasta el frente de llamas. Para ello tuvo que ajustar la lanza a modo de cono abanico defensivo, para poder respirar. sin embargo, eso no les permitía atacar con un buen chorro concentrado a la base de la llama. Jairo se dio cuenta de que con su manguerita no podría hacer frente a la misión encomendada y eso le hizo pensar fugazmente en su novia, aunque no tuvo tiempo de plantearse por qué.

 

De repente una risa frenética se oyó por encima del crepitar de las llamas.

 

—¿Qué coño es eso? —exclamó el escudero de Jairo.

 

Él también lo había oído. Provenía de la casa.

 

—¿No estaba desalojada? —preguntó retóricamente al viento y, como valiente y abnegado que se crecía ante las adversidades, dejó a su escudero con la lanza y se abalanzó contra la puerta de la casa como un torbellino embravecido.

 

Qué épico y caballeresco suena todo, ¿verdad? Aunque abogo, como Mario, que eso de sonar no suena demasiado acertado.

 

*******

 

Eduardo estaba en pelotas, en parte por el calor asfixiante que hacía y porque pensaba hacerse otra gayola viendo un video porno sobre el harén de un adinerado sultán. Pero un intruso tiró la puerta abajo y, tras un forcejeo absurdo, el extraño lo asfixió "sin querer” al tratar de sacarlo de casa. Su tan apreciada casa...

 

*****

 

Silvia atendió con mucho tacto a los padres de Eduardo, quienes llamaron a su hijo docenas de veces para asegurarse de que se había puesto a salvo y, puesto que éste no contestó al teléfono de casa, dieron por hecho que habría obrado con sensatez, aunque sólo hubiera sido por una vez en su vida...

 

****

 

Cuando despertó Eduardo, su madre le cogía la mano del gotero. Entró una enfermera, maquilladísima como una puerta. Quiso saludar, pero Edu se le adelantó:

 

—¿Qué opinas del placer sexual que supone la poligamia?

 

Su madre le propinó una hostia.

 

—¿Es siempre así? —preguntó la encuestada, con cara de pocos amigos.

 

—Sí, hija, sí —contestó su madre, con ternura retomada—. Yo le llamo mi desastrito natural.

 


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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#4

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:21

Elince tu propia aventura

 

 

Eres un joven lince avanzando despacio, al amparo de la alta vegetación, procurando no alertar a tu desprevenida presa, a la que no pierdes de vista. Escuchas con satisfacción cómo el manto de hierba, tierra y hojarasca apenas emite un leve crujido cuando lo pisas. Cuidadoso a cuidadoso paso, te acercas a poca distancia del conejo, que sigue mordisqueando hierba. Sólo cuando saltas hacia él sospecha algo y se yergue sobre sus patas traseras, pero es demasiado tarde: hundes tus garras retráctiles en su carne, y tu peso e impulso lo aplastan contra el suelo. Clavas unos dientes afilados en su garganta y, en poco tiempo, el animal expira y te das un festín.

 

 

Una vez saciado, notas que tus sensibles bigotes se erizan: el ambiente se está cargando de estática. Observas el cielo encapotado y las copas de los árboles, que murmuran agitadas por el viento. Es el momento de buscar refugio. Tu madriguera habitual no queda lejos de donde te hallas, aunque en una pared rocosa cercana distingues una tentadora oquedad donde podrías cobijarte.

 

 

Si quieres refugiarte en la cueva, ve a 3.

Si prefieres ir hasta tu madriguera, ve a 5.

 

 

----------

 

 

2

Cualquier cosa será mejor que el agua, así que continúas tu huida siguiendo el curso del río, pasando por debajo del sendero elevado. Echas algún rápido vistazo a tu espalda, y compruebas que el ente destructor ya no os sigue, por lo que pasas a un ritmo más tranquilo. Tus pasos te llevan a la cima de una pequeña loma, desde la que divisas el paisaje.

 

El panorama es desolador: la zona de bosque que fue tu hogar se encuentra envuelta en altas lenguas danzantes, que consumen todo a su paso. Aprecias con alivio que al menos el ser destructor ha quedado contenido por las aguas del río y por el camino, incapaz al parecer de cruzarlos. Pequeñas partículas flotan en el aire, como una nieve sucia. Buscas un sitio donde guareceros y os acomodáis bajo una rama caída sobre unas rocas. El pequeño lince se duerme enseguida, y pronto el cansancio y el sueño te vencen también.

 

 

Llueve durante la noche. Al despertar por la mañana, sales de tu refugio y contemplas tu antiguo hogar. Apenas quedan ya algunas pequeñas lenguas, aferradas a árboles dispersos. El terreno, antaño vivo y cubierto de vegetación, no es más que un secarral de tierra oscurecida del que brotan columnas neblinosas, una ruina donde sólo quedan en pie algunos tristes esqueletos de árboles.

 

El cachorrillo se frota contra tus patas, sacándote de tu ensoñación. Abandonáis la pequeña colina con dos objetivos: encontrar una buena madriguera y explorar tus nuevos territorios de caza.

 

FIN

 

 

----------

 

 

3

Decides ponerte a cubierto lo antes posible. Entras en la oscura abertura, y enseguida tus ojos se adaptan a la escasa luz y puedes revisar el lugar. La estancia se estrecha mucho hacia su parte posterior, pero ves que en la parte delantera podrían acomodarse sin problemas otros cinco linces más. Percibes que la hierba crece algo más alta cerca de una de las paredes, lo que tomas como una invitación a utilizarla como lecho.

 

Te acercas para tumbarte. En ese momento notas que algo que has pisado se mueve, y casi al instante sientes un agudo dolor en tu costado. Miras en todas direcciones, y apenas puedes vislumbrar una forma alargada y sinuosa antes de que esta desaparezca arrastrándose hacia el fondo de la cueva.

 

Abandonas la gruta, espoleado por el dolor de la picadura. Un agarrotamiento invade tus músculos a los pocos pasos. Tropiezas torpemente y caes al suelo, donde sufres terribles espasmos hasta que llega el alivio de la muerte.

 

FIN

 

 

----------

 

 

4

El cachorro sólo te retrasaría, así que comienzas a correr de nuevo, dejándolo junto al cadáver de su madre. El viento de cola te favorece, pero impulsa también la oscura neblina, dificultándote la visión cada vez más; y parece acelerar también el avance del brillante devorador, que te recorta terreno poco a poco.

 

De pronto, oyes un sonido extraño, como un aullido que nunca acaba. Frenas tu carrera, escudriñando entre la neblina, intentando localizar a la bestia que produce el ruido; pero es inútil: el ambiente velado y tus llorosos ojos no te permiten ver más allá de unos pocos pasos. Decides avanzar agazapado para evitar ser visto. Notas como el suelo del bosque cambia bruscamente a otro más duro, a la par que desaparece la vegetación de tu alrededor. Percibes el aullido muy cerca de ti, tanto que hace que te duelan tus sensibles oídos. Confuso, distingues dos puntos luminosos entre la bruma. Lo último que ves es la enorme mole que emite el sonido y las luces, saliendo de la oscuridad y golpeándote de lleno.

 

FIN

 

 

----------

 

 

5

El viento arrecia, y las plomizas nubes comienzan a hendir la atmósfera con numerosas descargas luminosas. Una orquesta de truenos pone el acompañamiento musical a la tormenta eléctrica. La sucesión de explosiones sónicas parece marcar el ritmo de tu carrera entre los árboles; esquivas ramas, saltas sobre rocas y troncos caídos, soportas los impactos de las hojas secas que vuelan en todas direcciones. Llegas finalmente al imponente alcornoque que es tu hogar, y te introduces ágilmente por una estrecha abertura medio oculta entre las raíces.

 

Una vez dentro del familiar hueco puedes por fin relajarte, pese a que continúas escuchando el retumbar de los truenos, amortiguado por la madera del árbol. Acomodándote en el musgo del suelo, procedes a lavarte con tu lengua áspera y te quedas profundamente dormido.

 

 

Despiertas sobresaltado. No sabes por qué, pero todos tus instintos te alertan de un peligro inminente. Sales de tu madriguera, y una especie de neblina que flota en el ambiente ataca a tu vista y olfato, haciéndote toser e irritando tus ojos. Levantas la mirada y ves multitud de bocaditos con alas, huyendo en la misma dirección y emitiendo una cacofonía de graznidos, gorjeos y trinos.

 

Escudriñas entre los árboles, en la dirección de la que vienen los pájaros, y lo que ves te llena de un terror atávico: algo que no has visto nunca, luminoso y con una forma siempre cambiante, oscila entre la vegetación, trepando por los troncos hasta las ramas más altas, consumiendo la maleza y los arbustos. Avanzando hacia ti. Pese a la distancia, sientes el calor que emite.

 

Ves un cervatillo salir de entre los árboles, con parte del ente brillante adherido al pelaje de su grupa. El animal salta encabritado y enloquecido de dolor, hasta que finalmente cae al suelo. Las lenguas devoradoras se esparcen por todo su cuerpo y saltan a unas zarzas cercanas.

 

Es todo el acicate que necesitas para huir tú también. Empiezas a correr tan rápido como puedes, intentando alejarte lo más posible de lo que sea que está arrasando el bosque. Afortunadamente, parece que eres más rápido que él. Ocasionalmente miras hacia los lados y ves conejos, tejones, algún corzo… escapando como tú.

 

Después de correr algún tiempo, empiezas a trotar algo más despacio, acusando el cansancio. Miras hacia atrás y compruebas que has logrado distanciarte del destructor, aunque aún puedes verlo brillar entre los árboles, avanzando sin pausa. Escuchas entonces unos maullidos e, intrigado, te diriges a su origen para investigar.

 

Descubres una hembra de lince tumbada en el suelo, y un cachorrillo gimoteando a su lado. Comprendes que la madre está muerta; el pequeño lince le lame cariñosamente la cara cuando desiste en sus quejidos. Y entonces recuerdas que el peligro sigue acercándose.

 

 

Si decides rescatar al pequeño lince, ve a 7.

Si lo dejas allí, ve a 4.

 

 

----------

 

 

6

El ser brillante cada vez está más cerca, así que decides superar tu animadversión al agua e intentar usar las piedras para alcanzar la otra orilla. Tomas impulso y saltas a la más cercana y ancha. Brincas otras cuatro veces sobre otras tantas rocas, acercándote a tierra firme de nuevo. Un par de saltos más y lo habrás conseguido. Te agachas y contoneas tus cuartos traseros, como si fueras a cazar esa última plataforma. Vuelas y caes sobre la dura piedra, pero por desgracia está cubierta de un suave verdín que te hace resbalar y caer al río.

 

Afortunadamente, estás ya cerca de la orilla y puedes apoyarte en el lecho del río, ya que el agua apenas te llega a la barriga. Das un respingo al sentir el frío contacto del líquido, y tras unos saltos estás por fin en terreno seco. El cachorrillo gime y tirita, empapado. Lo dejas en el suelo y te tumbas a su lado, lamiéndolo para secarlo. No pierdes de vista la otra ribera, y compruebas con satisfacción que el ente es incapaz de atravesar la corriente, lo que no le impide consumir toda la vegetación hasta casi la orilla. Aun desde el otro lado del río, el calor que irradia se deja sentir, algo que agradeces al estar mojado. Tras limpiar al ahora dormido cachorro, procedes a lavarte tú. Finalmente, rendido, caes también en un pesado sueño.

 

 

El retorno a la conciencia es turbador: abres los ojos y no reconoces el lugar donde te encuentras. Te hallas en un recinto cerrado, delimitado por una especie de entramado de ramas muy finas, a la par que muy resistentes. En otros recintos iguales ves varios conejos, un par de zorros, e incluso un jabalí y un ciervo. En el mismo habitáculo que tú se halla el pequeño lince al que salvaste, con evidentes ganas de jugar. Decides abandonarte al juego y retozar con él.

 

**

 

Tras muchos días, los extraños seres que caminan sobre sus patas traseras y que os han estado cuidando este tiempo, os trasladan a un nuevo bosque, donde os liberan. El cachorro y tú corréis hacia el abrigo de la espesura. Una nueva vida os aguarda en vuestro nuevo hogar.

 

FIN

 

 

----------

 

 

7

Siguiendo un impulso, levantas al cachorrillo, atrapando con tu boca la piel de su nuca, y te alejas de allí. Por suerte, al ser bastante pequeño no te estorba para mover las patas delanteras al correr, aunque su peso hace que avances un poco más despacio. Ya no ves otros animales acompañándote en tu huida: todos parecen haberte adelantado. La oscura neblina viaja contigo, empujada por el viento.

 

Escuchas algo proveniente de la bruma, como el ulular interminable de un búho; sólo que nunca has oído a un búho, o a cualquier otro animal del bosque, emitir un grito igual. Entonces lo ves: algo enorme, moviéndose a gran velocidad, a poca distancia frente a ti. Unas potentes luces iluminan su camino, hendiendo la niebla, mientras otra luz aparece y desaparece en su parte superior, al ritmo del estruendoso ruido.

 

Asustado, sales corriendo en dirección contraria a la que ha tomado el gigantesco animal, avanzando en paralelo a una especie de vereda ancha por la que, de vez en cuando, ves pasar otros seres similares al primero, ruidosos y luminosos. Por tu otro costado, el ente brillante sigue avanzando de matorral en matorral, de árbol en árbol. Sólo puedes ir hacia delante, sin detenerte.

 

Llegas a un punto donde el terreno desciende, mientras el camino a tu lado parece ascender, sostenido por una suerte de gruesos árboles sin ramas. Y delante de ti, un río: ¡odias el agua! Entre la corriente sobresalen varias piedras, quizás podrías saltar sobre ellas para cruzar al otro lado.

 

 

Si prefieres huir por la orilla, ve a 2.

Si intentas cruzar el río, ve a 6.


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#5

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:23

 

El Día de la Santa Defunción


Durante un amanecer anodino, sin campanas o trompetas que lo anunciase, Dios murió. Su cadáver apareció en Europa, sepultando Eslovaquia y extensas regiones de los países vecinos. Al inicio, la muerte de Dios llegó de forma silenciosa e inmediata: en un instante los eslovacos iban al trabajo, y al siguiente la inmensurable masa del cuerpo de Dios era ubicua. Pocos segundos después los efectos se esparcieron por el mundo, creando un rastro de caos y muertes.

—Y este pasillo conduce a nuestro Laboratorio de Alta Energía —dijo el profesor Wright entrando en la Facultad de Física de Cambridge—. En él tenemos en plantilla a seis clérigos de bajo nivel, lo que nos permite conseguir unas temperaturas cercanas al cero absoluto.

El profesor abrió la puerta que daba paso al laboratorio. Le seguía de cerca Alyssa Miller, una estudiante de matemáticas en su primer día de prácticas.

—Como puedes ver, tenemos algunas de las mejores herramientas que…

La visión del laboratorio interrumpió la explicación. Los cuerpos de cinco clérigos estaban esparcidos por el laboratorio, con sus rostros congelados en un gesto de horror. Únicamente uno de ellos parecía estar con vida, cerca de la cámara de vacío. Estaba caído en una postura innatural, con su cabeza vuelta contra el suelo y murmurando un flujo de palabras incesante, que Wright y Alyssa solo fueron capaces de escuchar cuando se arrodillaron a su lado.

—Él es la caída del ángel en la cúpula y el rostro de la muerte sangra con la venganza de lo oscuro en el río que nace en el lago del pecado que lucha con…

Todas las iglesias desaparecieron junto con Dios. La mayoría de sus miembros murieron, y solo unos pocos tuvieron la suerte de continuar viviendo con la mente trastornada. Otras consecuencias de la Defunción aparecieron a lo largo y ancho del mundo; una de las más perturbadoras ocurrió en el centro de Kyoto…

—¡Mira, mamá, un ángel! —chilló emocionada una niña, señalando a la figura en el centro de la plaza. Su madre miró a donde señalaba su hija, la agarró y salió corriendo.

El ángel estaba rodeado de curiosos. Era una criatura terrorífica, de dos metros y medio de alto y tres pares de alas. Llevaba una espada al cinto, una diadema en su cabeza y heridas por todo el cuerpo. Sus alas estaban raídas y desgarradas, un brazo había desaparecido y su torso tenía un agujero que le traspasaba de parte a parte. En su interior no había ni sangre ni vísceras ni órganos; los bordes del agujero se deshilaban en finas tiras que desaparecían en el aire. El ángel estaba hundido en el suelo hasta las rodillas, y poco a poco se iba introduciendo más en él, atravesando la materia física como agua.

Un hombre miraba al ángel con curiosidad. Había escuchado noticias de caos dentro de la Iglesia y rumores de la muerte de Dios, pero estos eran escasos y provenían de medio mundo de distancia. El ángel, sin embargo, lo confirmaba. La muerte de Dios cambiaba el mundo y las reglas por las que se regía. Se le ocurrió una idea y, sin que nadie se diese cuenta, se acercó a la masa de gente que observaba el ángel, metió la mano en un bolso y robó una cartera. Inconscientemente cerró los ojos, esperando la justicia divina, pero esta no llegó: no se sentía enfermo, ni le ardía la mano, ni le impactó el siempre temido rayo. Metió la cartera en su bolsillo y abandonó la plaza.

 


—Me parece una injusticia. Alguien debería hacer algo. Llevaba años ahorrando, ¿sabes? Era un creyente modelo. Iba a misa todas las semanas, rezaba cada noche y ni un solo viernes vestí azul. Cada semana, sin falta, ayudaba a un desfavorecido. Llevaba años sin pedir nada, ¡años! —El señor Pattson calló durante unos segundos, mientras miraba dónde ponía los pies y evitaba cortarse—. Estaba ahorrando para un buen viaje; un par de meses en Bora bora con todo incluido. Y ahora todo ese esfuerzo no ha valido para nada. Tantos años acumulando fe tirados a la basura. ¡Auh! —gritó, cuando un trozo de cristal roto le cortó el pantalón e hizo un rasguño en la pierna, haciéndole tropezar y casi arrojar al suelo la televisión que sujetaba—. ¿Puedes por favor coger más arriba, que llevo todo el peso yo?

Un sigiloso periodista vio al señor Pattson y a su compañero atravesar el derruido escaparate. El periodista, al cual el caos resultante tras la Defunción le había devuelto la vocación por su profesión, tomó una instantánea y siguió recorriendo la ciudad en busca de noticias.

—Parece que Lincoln ha muerto —dijo Alyssa, mientras leía el periódico en la relativa tranquilidad de la Facultad de Física. Cada día se sumaban cientos de muertos—. Según dicen, consiguió sobrevivir tres semanas tras la muerte de Dios, pero todas las enfermedades que sobrevivió le vinieron de golpe. Ahora sin presidente, Estados Unidos está mucho peor que nosotros.

Alyssa siguió leyendo el periódico, mientras el profesor Wright trabajaba en su escritorio. Leía cartas, hacía cálculos en una hoja de papel y consultaba libros antiguos.

—Aun así, creo que el mundo empieza a adaptarse —dijo la muchacha—. Ya incluso tenemos periódico.

—No todo será tan sencillo —dijo el profesor, dejando a un lado el bolígrafo—. La tecnología podemos imitarla sin intervención divina, con tiempo, pero es imposible para nosotros hacer que la naturaleza siga adelante.

—No le entiendo —dijo Alyssa, dejando el periódico a un lado—. Hasta donde yo sé, Dios creó los cielos y la Tierra, pero no interviene en su funcionamiento, salvo para realizar milagros y lanzar maldiciones.

—Esa es una versión simplificada que se enseña en los colegios. Sí, es cierto que Dios no necesita tirar del Sol cada mañana, pero el gran engranaje del universo necesita mantenimiento. Lo he comprobado con otras universidades; ya empiezan a notarse los efectos: la gravedad fluctúa, la luna se acerca a la Tierra y el Sol es menos brillante. No te preocupes —añadió el profesor—, los efectos no empezarán a ser relevantes hasta dentro de cientos de años; tal vez unos pocos milenios. Pero es innegable que sin la presencia de Dios la vida está condenada a la extinción.

Mientras tanto, el gobierno de Túnez había estado reunido durante más de seis horas, y gritando durante cinco y media.

—Le vuelvo a repetir, capitán, que es su deber asegurarse de que las leyes de Dios se cumplan.

—Y yo le repito, señor alcalde, que nosotros no tenemos por qué meternos en nada superior a una multa de tráfico.

—¡Alguien tiene que hacerlo! —gritó el alcalde—. ¡Por favor!

Azîm tenía pensada una réplica, pero cambió de idea. Por mucho que detestase al alcalde una cosa era cierta: había que hacer algo.

—El cuerpo de policía no puede hacerlo. Aunque —continuó, antes de que el alcalde replicara—, podemos crear un nuevo cuerpo. Uno preparado para acabar con crímenes violentos. Yo podría formarlo, y estoy seguro de que muchos de mis policías se ofrecerían como voluntarios.

El alcalde dejó caer todo su cuerpo sobre su silla, aliviado por fin. Le dio plenos poderes al capitán de policía e intentó que eso fuese suficiente para pasar al siguiente punto, pero Azîm le interrumpió.

—Todavía tenemos que discutir cuáles son los delitos que debemos perseguir.

—Es obvio —contestó el alcalde, señalando el Corán sobre la mesa—. Tienes que hacer que las leyes de Dios se cumplan.

—Detendremos a asesinos, violadores y ladrones; intentaremos reducir los disturbios y traer la paz, pero no destinaré fuerzas a arrestar a aquel que no rece, a los que coman usando la mano izquierda o a mujeres que enseñen un tobillo. —Además, pensó Azîm, el resto de iglesias no tenían problemas con la cerveza. Siempre le había parecido injusto que su profeta fuese el único que entendió así la palabra de Dios.

El alcalde se masajeó las sienes. Iba a ser una sesión aún más larga de lo esperado.
 


Paula se limpió las manos de grasa y miró orgullosa su invento. Era tosco, feo y simple; todo lo contrario a los proyectos en los que trabajaba dos meses atrás. Era ingeniera aeronáutica y sus aviones eran bellos y eficientes, perfeccionados durante décadas para que consumieran el mínimo de fe posible. Sus aviones podían volar con la plegaria de un piloto recién salido de la academia y mantenerse en el aire mientras cruzaban todo el Atlántico. Sus aviones eran preciosos, y todos ellos cayeron al suelo cuando Dios murió.

—Sigo sin entender cómo se te ha podido ocurrir hacer esto —dijo su hermano, mientras daba vueltas alrededor del globo aerostático.

Paula sonrió. Los globos se utilizaban varias décadas atrás y tenían la cualidad de que una oración muy leve ya podía hacerlos flotar. Se descubrió que, cuando estaban volando, el aire en el interior del globo era más caliente que el del exterior. Paula razonó que era el aire el mecanismo que hacía volar el globo, y Dios se aprovechó de eso para hacer cumplir la plegaria. Después pensó: ¿cómo puedo calentar el aire sin rezar? Y se puso manos a la obra. Construyó una caldera rudimentaria y la instaló en un antiguo globo, entre la cesta y la tela que forma el globo. Solo había que darle combustible, encenderla y el globo se elevaría en los cielos. En teoría.

—¿Crees que funcionará? —preguntó Paula. Había comprobado sus cálculos mil veces, pero un fallo en sus suposiciones haría que todo fallase.

Como respuesta, su hermano saltó a la cesta del globo y empezó girar la manivela que activaba la caldera. Paula no tardó en seguirle, y en poco tiempo estaban sudando y cansados.

—Una plegaria siempre será mejor —dijo Paula, mientras observaba los sensores de la caldera—. Pero esto es nuestro: no depende de Dios, ni del nivel de fe, ni de la época del año. Es un producto creado por la humanidad.

—Si esto funciona —añadió su hermano—, significaría el inicio de la era del hombre.

—Este es el inicio de la era del hombre —dijo el alcalde de Túnez—. Reconozco que han sido unas semanas terribles; hemos tropezado y caído. Pero en este día la humanidad se ha levantado.

Se encontraba junto a una mezquita reconvertida en prisión. Las nuevas fuerzas del orden hacían guardia en las puertas. Frente al alcalde, una multitud vitoreaba.

Pero, mientras Túnez gritaba de júbilo, el profesor Wright miraba preocupado sus apuntes. Le acababa de llegar desde el continente una carta en correo urgente. Su becaria le miraba preocupada, y el profesor le acercó sus apuntes junto con la carta recibida.

El cuaderno contenía los registros de la duración de los días durante varias décadas. Se había seguido un registro exacto, y el patrón era evidente: cada día duraba una ínfima parte menos que el anterior, unos nanosegundos, de forma continuada y constante. Excepto que, una vez cada dos semanas, la duración de un día volvía a ser de veinticuatro horas exactas. Los días en que Dios intervenía: nunca antes de diez días, nunca más tarde de veinte.

Alyssa miró la carta recibida por el profesor. Contenía los registros más recientes, desde la muerte de Dios hasta dos días atrás. Habían sido setenta días en que la duración de un día se redujo constantemente, unos nanosegundos cada vez, sin ninguna corrección… hasta dos días atrás, el último del registro: ese día duró veinticuatro horas exactas.

—Pero, profesor, ¡esto es bueno! La Tierra no sufrirá acoplamiento de marea. El universo no morirá congelado.

—Sí, pero aun así temo —contestó Wright—. Temo que estemos contra algo aún peor que la entropía. Temo que lo que mató a Dios haya ocupado su puesto.


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#6

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:24

Redimido por la tormenta.

 

 

La satisfacción del escalador se desvaneció nada mas coronar cima, pues entonces no sólo comprendió que acababa de conseguir una hazaña estéril, sino que había condenado a su compañero a una muerte segura. El huracán en el horizonte enbravecía las aguas de los ríos y éstos anegaban los campos, imparables. El cielo relampagueaba con la cólera de una madre naturaleza furiosa.

 

Puede que la bandera que sostenía en su mano fuera barrida por el vendaval en menos de diez minutos, pero su orgullo, algo infantil, le obligó a clavarla en la cima. Los músculos le ardían y el cuerpo le rogaba por un descanso, pero el escalador sabía que debía volver al campamento de inmediato si pretendía poner a su compañero Mike a salvo; luego rezarían por que llegara un equipo de rescate a tiempo, pero eso ya eran problemas de su yo futuro, así que comenzó el descenso.

 

A la misma velocidad que el escalador deshacía la montaña, el huracán crecía en intensidad. El ritmo al que se acrecentaba era apabullante y ya no había rayo de sol que se atreviera a atravesar la celosía, negra como humo de incendio. El viento sopló a bandazos, amenazando con arrojar al escalador al vacío; éste se pegó a la pared hasta que el vendaval cesó.

 

Como miembro de las Fuerzas de Montaña, estaba acostumbrado a situaciones de stress como aquella —o incluso más inverosímiles, como cuando tuvo rescatar al piloto de un helicóptero varado en la ladera de un cañón—, sin embargo nunca había visto nada como aquello. ¿Cómo es que no se había pronosticado antes semejante huracán? ¿No se supone que los satélites detectaban aquél tipo de cosas? El viento volvió a atizarle con fuerza, pero ésta vez no le pilló desprevenido. “Calma, paso a paso” se dijo a sí mismo. Soltó un arnés y se dejó caer hasta un saliente de la montaña a resguardo del viento. A partir de aquél punto seguro una serie de anclajes le permitirían descender hasta el campamento a buen ritmo, pero antes de reanudar la marcha, se consoló al comprobar que aunque la perspectiva pronosticaba el fin del mundo, el huracán aún estaba muy, muy lejos.

 

—Voy a por ti, Mike. Hay tiempo de sobras para arreglar lo que he hecho —se dijo. El escalador nunca había sido hombre supersticioso, aunque sí temeroso de dios, pero tras lo que vino a continuación se planteó lo contrario:

 

El cielo se quebró con un estruendo y, el escalador alzó la vista justo a tiempo para contemplar como un fogonazo restallaba en las nubes negras, seguido de un relámpago que reventó en la cima, justo en la banderola que acababa de clavar hace unos minutos. El estallido ensordeció al alpinista, que se cubrió el rostro con los guantes; así pues, ni vio ni escuchó los pedruscos que se desprendieron de la cima y se le vinieron encima como una avalancha muda.

 

Al despertar la cabeza le dolía horrores y tuvo muy claro que si no fuera por el casco ya estaría muerto. El desconcierto fue sustituido de inmediato por una evidencia atroz: no notaba las piernas; ninguna presión en el tren inferior, tan sólo un dolor sordo en la espalda y hombros.

 

—Pero, ¿dónde…? —. Cuando el escalador por fin centró la vista tan sólo vió roca a ambos lados, extendiéndose hacia adelante; de la impresión se sacudió y al hacerlo sintió algo que le hizo reír con alegría maníaca: atrapado como estaba en aquella grieta, agitaba los pies al vacío. Dedujo que se había despeñado inconsciente por una fisura hasta que la mochila le había hecho de tope, dejándolo suspendido en el aire como un muñeco. “¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?” se preguntó. En su desavenencia el huracán había crecido en intensidad y los ríos se habían desbordado, reventando terraplenes y avanzando imparables hacia la base de la montaña, donde aguardaba su compañero, malherido y a merced de los elementos.

 

Intentó zafarse, tarea imposible. A la vista no había ni rastro de la cuerda o de algún punto seguro, pero al ladear la cabeza comprobó que la grieta acababa bajo sus pies a unos dos o tres metros de altura en una base inclinada, prácticamente un diedro.

 

El escalador se sentía apresado por la mano gigante de un niño abusón, pero mantuvo la calma e hizo memoria de su entrenamiento. Podía doblar el brazo derecho por el codo y con eso le servía, así que levantó la pierna y estiró la mano. “Un poco más, un poco más… ¡Lo tengo!” exclamó al agarrar el mango del cuchillo enfundado en la pantorrilla. Lo que venía a continuación era una temeridad, pero preferible a quedarse ahí encajado para siempre. Comenzó a cortar un asa de la mochila y la presa de la montaña se aflojó un poco. Miró hacia abajo. “Son sólo tres metros. ¡Vamos, puedes hacerlo!” No hizo falta que cortara la segunda asa del todo, pues en cuanto el peso venció al jirón de tela, la mochila se rompió.

 

Fué imposible controlar la caída. El escalador tomó tierra de bruces, golpeándose la nariz —quizá se la rompió— y a lo único a lo que pudo agarrarse fué a unos peñascos sueltos, así que comenzó a deslizarse fuera de control. Su mochila pasó rondado a su lado, precipitándose al vacío, pero justo cuando estaba a punto de sufrir un destino idéntico su diestra agarró un saliente, un cazo donde le cabía la mano entera, al que se aferró como un viejo avaro a un diamante. Frenó en seco. Un par de metros más y no lo había contado.

 

Tras la caído el escalador supo que lo peor había pasado; no en lo referente al clima, claro, pues los truenos no cesaban de anunciar la llegada del huracán, pero ya se sentía fuera de peligro y espoleado por el único pensamiento que ahora importaba: poner a salvo al compañero que había dejado atrás.

 

Hacía unas horas, Mike se había roto el pie derecho tras un mal gesto que le había obligado a quedarse en el campamento. Éste insistía en que se avecinaba una tormenta y que lo más sensato era recoger y marcharse, pero el escalador había hecho oídos sordos a sus advertencias y ahora se encontraba en una carrera a contracorriente. Maldito orgullo...

 

—Un enganche tras otro, con ritmo. ¡Vamos!, puedo llegar a tiempo, puedo conseguirlo.

 

Cuando el escalador por fin llegó a la falda de la montaña, el agua ya amenazaba con anegarlo todo. Al frente apenas se distinguía tierra sólida entre el agua embarrada; los ríos arrastraban por igual a animales muertos, que pedazos de casas o corrales enteros.

 

—¡Mike! —exclamó, corriendo hacia el campamento. Varias lonas ya habían sido arrancadas de sus piquetas por el vendaval y flotaban mecidas por la marea, que como una amante insistente y cruel, ganaba terreno minuto a minuto, segundo a segundo—. ¡Mike, dónde estás! —chilló, haciendo bocina con las manos.

 

¡Aquí llamar radio! —. La voz entrecortada venía de la tienda de telecomunicaciones. El escalador entró a la carrera y el viento por poco no arranca la puerta al abrirla—. ¡Has vuelto! —exclamó Mike, incorporándose en la camilla—. ¿Qué está pasando ahí fuera? Parece el fin del mundo.

 

—No lo sé, Mike, pero tenemos que salir de aquí ya mismo.

 

—¿Cómo? Tengo la pierna rota, joder. Te dije que debíamos marcharnos, te lo dije...

 

—Lo sé, pero aún hay tiempo. Saldremos de ésta, te lo juro —. Una ráfaga de viento castigó la tienda, tirando abajo uno de los postes—. ¿Y la radio?

 

—He estado llamando. Nadie responde — . Mike la señaló con la cabeza.

 

El escalador se apresuró a descolgar el auricular del aparato y cambiar de frecuencia, pulsando botones casi al azar.

 

—Hola, ¿alguien me escucha? Estamos atrapados en el campamento base. Necesitamos evacuación inmediata. ¿Hola, hay alguien?

 

—Es inútil, ya te lo he dicho. Estamos bien jodidos, compañero, bien jodidos...

 

Y tal cual Mike pronunció aquellas palabras, la radio emitió un sonido distorsionado como de papeles arrugados al oído. El escalador se pegó al auricular, y tras colgar, se volvió con una sonrisa desdibujada por el agotamiento; no necesitó explicar lo que estaba a punto de ocurrir, pues un sonido rítmico y pulsante se sobrepuso a la tormenta del exterior. Sin mediar palabra el escalador agarró a su compañero por el hombro y se lo llevó fuera. Al salir de la tienda ambos alzaron la vista al cielo.

 

Y ahí estaba. El helicóptero descendía como un arcángel batiéndose contra un temporal de mil demonios. Pero tan efímera fue la alegría de aquella visión, como el chispazo que hubo a continuación.

 

El cielo atronó, castigando al helicóptero con su cólera irracional. Los dos escaladores contemplaron como su esperanza caía en picado, dejando tras de sí una estela de humo negro. Cuando el helicóptero se estrelló contra la montaña, cualquier promesa optimista se esfumó. El huracán había vencido.

 

—¡Eso es mentira! —exclamó el niño, dándole un golpe a su amigo en el hombro—. ¡Eso no vale!

 

—¡Huy que no! Mira como se estrella, ¡fuuu! —el niño mayor planeó con el helicóptero de juguete y lo lanzó al charco embarrado—. Y ahora el agua inunda el campamento —rió, salpicando con ambas manos las casetillas de plástico esparcidas alrededor del pedrusco.

 

—¡Estás haciendo trampas! El rayo no le da al helicóptero, porque es muy rápido —el crío compuso un mohín de enojo y rescató el juguete del charco—. ¡Está lleno de barro, lo has estropeado todo!

 

—¡Niños! ¿¡Pero qué hacéis aún fuera, con la que está cayendo!? —exclamó la madre desde el porche, arrebujándose en el abrigo—. ¡Venid ahora mismo u os la cargáis!

 

—Jo, señora… —dijo el niño mayor.

 

—¡Ni jo, ni ja! Como no vengas aquí ahora mismo, se lo voy a decir a tu madre. Cinco… cuatro...

 

El niño mayor no quiso comprobar qué ocurriría si aquella cuenta atrás llegaba a su fin, así que echó a correr hacia el porche, pero no sin escatimar en pisar todos y cada uno de los charcos que la tormenta había formado en el jardín. Sin embargo el pequeño no corrió, sino que se quedó mirando al pedrusco donde estaba montado el campamento de juguete; al madelman y al gi-joe sin pierna les llegaba el agua por la cintura.

 

—¡Ahora voy mamá! —. El niño cogió los muñecos y los frotó contra el impermeable en un inútil intento por limpiarlos; los miró con esa incondicional compasión infantil—. El helicóptero no se estrelló, pero como solo había sitio para uno, el escalador salvó a su amigo Mike. Lo hizo porque eso es lo que hacen los héroes —dijo convencido, pues aquello era lo que su madre le había contado: una verdad maquillada que redimía a un padre negligente a ojos de un niño.


Editado por Lyn, 04 diciembre 2017 - 17:27 .

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#7

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:25

Ya están los 5 relatos.

Decidid si queréis entregad los comentarios el día 17 o el 24


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#8

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:28

Mesa fácil

A mí me mola lo del 24, así Lyn tiene que trabajar en Navidad o la despedimos.

(aunque esa semana la tengo difícil, si quereis que responda rápido a los comentarios el 17 mejor, o quedar último también me vale)

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    • Lyn ha dado sus dieses

#9

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:44

Buenas. Al ser 5 relatos, no habría que votar sólo a tres? Es lo que pone en el hilo de la convocatoria. Aparte de que votar a cuatro implica votar a todos menos al tuyo :D

En cuento a fechas, lo dejaría en el 24, tened en cuenta que esta semana, con el puente, habrá gente que a lo mejor se vaya fuera y lo tenga peor para leer y comentar. También es cierto que sólo hay que hacer 4 comentarios... Así que como prefiráis.

Saludos
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  • albornoz

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#10

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:45

Como estoy gozando xD


Maravilloso y hacendado

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#11

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:48

Buenas. Al ser 5 relatos, no habría que votar sólo a tres?

 

Sí, habría que votar a tres solamente :)

 

 



Como estoy gozando xD

 


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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#12

Escrito 04 diciembre 2017 - 16:59

Ya no tanto, maldita.

Bueno, ya me quedan solo 2.

 

Estoy confuso, no sé que votar.


Editado por albornoz, 04 diciembre 2017 - 17:00 .

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#13

Escrito 04 diciembre 2017 - 17:05

Sí, habría que votar a tres solamente :)


Ok, es que en el primer mensaje pone que a cuatro :-P

Este torneo lo tenéis muy fácil. El mío es el que no va a recibir ni un voto,y no podéis votar al vuestro, así que solo tenéis que decidir cómo repartís los votos entre los otros tres relatos que os quedan X-D

Saludos

Editado por guetto_spirit, 04 diciembre 2017 - 17:08 .

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#14

Escrito 04 diciembre 2017 - 17:14

Necesitamos a un forero AMABLE que cite a Exupery, por el dios Khorne y la santísima trifuerza

 

Por otro lado... creo que habian foreros que iban a votar sin participar =)


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#15

Escrito 04 diciembre 2017 - 17:44

Necesitamos a un forero AMABLE que cite a Exupery, por el dios Khorne y la santísima trifuerza

Por otro lado... creo que habian foreros que iban a votar sin participar =)


Había*

Normalmente no corrijo faltas, pero estamos en literatura y esa me jode mucho.

Esa y los porque de Kilek.

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