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Relatos del bimestre septiembre-octubre 2017

relatos concurso

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116 respuestas en este tema

  • Lyn

  • Mother of pHatos

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#1

Escrito 02 octubre 2017 - 21:41

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger cuatro de los relatos presentados a concurso y darles un valor de 4, 3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 22 de octubre, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 23 será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día 24 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 25 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, no es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos



La condición de este bimestre era la propuesta por metalslave:

 

 

El relato debe basarse en la letra de una canción. canción de la cual se adjuntará un vídeo al finalizar el relato para enterarnos de cual era y apreciar la convergencia entre las dos obras.

 

Aclaración: Lo ideal seria conseguir cierto equilibrio, no hay que irse a los extremos. No estaría bien coger una canción que sea un relato corto en si mismo ya montado y estirarlo, ni tampoco crear un relato que sea imposible verle ningún tipo de relación con la canción y no coincida ni una coma.


Editado por Lyn, 02 octubre 2017 - 21:43 .

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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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  • Lyn

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#2

Escrito 02 octubre 2017 - 21:46

La verdad de las leyendas

 

El viento hinchó la vela de la humilde embarcación, insuflándole una nueva vida tras los varios días de letargo en los que, debido al pasado temporal, había permanecido atracada. El crujido de las jarcias acompañó al movimiento de la quilla sobre la calmada superficie del mar, que reflejaba el recién nacido sol del amanecer levantino.

 

Al timón, oteando el horizonte con sus ojos azules, se hallaba el único tripulante del barco. Entrado, de largo, en la treintena, su piel aparecía morena y curtida, señal de las muchas horas expuesto al sol y los vientos marinos. Oscuros eran también sus cabellos, aunque ya con numerosas canas, como si la sal marina comenzase a blanquear su cabeza. No era especialmente alto (no llegaba al metro setenta), pero sí de fuertes brazos y ancho pecho.

 

Miguel, pues ese era su nombre, lanzó un último vistazo a la orilla que acababa de dejar. Allí, a unos treinta metros de la línea donde morían las pequeñas olas, se alzaba su casa, una sencilla construcción de un solo piso y de color blanco. Más cerca, con sus pies lamidos por el mar, se encontraba su esposa Ana. Con los brazos cruzados sobre el pecho, seguía con la vista las maniobras del barco. Al ver que Miguel miraba en su dirección, levantó la mano derecha en señal de despedida; Miguel correspondió con un gesto similar y volvió a vigilar la proa de la embarcación.

 

La casa de Ana y Miguel, como varias casas de pescadores más, se encontraban en una calita natural, a un par de kilómetros de la aldea, donde los habitantes de las casas fondeaban durante las noches y durante los días de mala mar. La barca de Miguel, finalmente, llegó a mar abierto y varió ligeramente el rumbo hacia estribor, desapareciendo, a ojos de Ana, tras el saliente rocoso que delimitaba la pequeña bahía.

 

 

 

Bajo las aguas, algo se agitó, impaciente.

 

 

 

En cuanto perdió de vista la cala, Miguel viró aún más a estribor, bordeando la pedregosa costa, hasta que arribó a la siguiente playa de arena. Maniobró para embarrancar suavemente en la orilla y bajó a tierra de un salto, observando con avidez a su alrededor. Al momento, una menuda figura salió de entre unos matorrales cercanos, arrastrando una bolsa por el suelo. Miguel fue a su encuentro, la alzó entre sus brazos y se besaron con pasión.

 

- Llevo esperándote desde antes del amanecer, empezaba a temer que no vinieras -dijo la mujer, separando sus labios de los del hombre.

 

- No seas tonta, Esther -sonrió él, para seguidamente volver a besarla-. Nada podría impedirme estar aquí.

 

- Lo sé, cariño mío -respondió ella, mirándole a los ojos y colocando sus pequeñas manos a ambos lados de la cara de Miguel-. Vámonos.

 

Él la dejó sobre la arena, se echó la bolsa (que, aunque voluminosa, no era especialmente pesada) al hombro y en unas pocas zancadas llegó a la barca. Tiró el bulto sobre el fondo de la misma, junto a las redes de pesca, y acto seguido alzó en volandas a la mujer y, pasándola por encima de la borda, la depositó en cubierta. Un vigoroso empujón para desencallar la embarcación, y en pocos momentos el pequeño velero surcaba de nuevo las calmas aguas mediterráneas.

 

- Échate al suelo -indicó Miguel-. Es mejor que no te vea nadie.

 

La mujer obedeció, mientras Miguel observaba las aguas de la zona. Se veían ya varios barcos pesqueros madrugadores, aunque ninguno lo bastante cerca para que pudieran haberla visto a bordo. Optó, precavido, por tomar una ruta que no les acercase a otras embarcaciones.

 

El pescador miró a la mujer tumbada sobre el fondo de la barca. Llevaba suelta la larga melena negra; sus ojos verdes, profundos, contenían la promesa (como bien sabía Miguel) de deliciosos placeres carnales. Un vestido estampado envolvía el regalo de sus redondeadas formas.

 

- ¿Tu esposa no sospecha nada?

 

- Esa insufrible mujer… Descuida, cree que he salido a pescar, como cualquier otro día. Imagínate, hasta le he dicho que me esperase junto a la playa… ¡Va a ser una espera muy larga!

 

Ambos rieron con ganas. Habían pasado ya más de dos años desde que se vieran por primera vez por las calles de la aldea. Hacía pocas semanas que Esther y su familia (su marido y una hija) habían llegado desde un pueblo del interior, con la promesa de que él trabajaría en un barco pesquero. Ella había llamado inmediatamente la atención de Miguel, igual que la de la mitad de los hombres de la población; y a la vez, el notó que la atractiva morena se fijaba en él. Las miradas, las conversaciones aparentemente casuales… se sucedieron durante las siguientes semanas, hasta que, finalmente, consumaron su pasión en la playa, al abrigo de unas rocas, con el mar y las estrellas como únicos testigos.

 

Los encuentros se repitieron siempre que les fue posible tenerlos: aprovechaban los viajes de Miguel a la lonja para vender el pescado capturado en el día, las ocasiones en las que el marido de Esther permanecía dos o tres días faenando en alta mar, las visitas que Ana hacía a su madre… cualquier ocasión era buena para satisfacer el fuego interno que los consumía.

 

Con el paso del tiempo, una idea empezó a tomar forma: se fugarían para comenzar una nueva vida juntos, muy lejos de allí. Miguel, tras 4 años de noviazgo y 13 de matrimonio con Ana, estaba profundamente aburrido de ella. Por su parte, a Esther la hastiaba sobremanera la vida de esposa y madre que llevaba. Y tras muchas charlas y discusiones, el plan se había concretado y, finalmente, ejecutado.

 

- ¡Las Baleares nos esperan! -exclamó Miguel, una vez dejaron atrás las zonas donde solían pescar los demás barcos-. Ya puedes levantarte, estamos lejos del resto de pescadores.

 

La mujer se incorporó hasta ponerse de rodillas, y miró por encima de la borda las cada vez más lejanas embarcaciones y, aún más allá, la costa a la que nunca volvería. Se colocó frente a Miguel y comenzó a desabrocharle el pantalón.

 

- Ven aquí… -ronroneó, mirándole con ojos lascivos.

 

Miguel la detuvo el tiempo justo para comprobar el rumbo con la brújula y asegurar el timón, atándolo con un cabo. Después, la dejó hacer.

 

 

 

Bajo las aguas, algo se estremeció: su momento se acercaba. Los peces abandonaron esas aguas, sensibles a las leves vibraciones del agua.

 

 

 

Esther y Miguel reposaban, abrazados y desnudos, tumbados en el fondo de la barca. El sol calentaba sus aún sudorosos cuerpos. Se dejaban mecer por el suave vaivén de las olas, mirando el tapiz celeste, apenas surcado por algunos jirones blancos.

 

De repente, una gran ola embistió la barca, empapando a sus ocupantes, que intentaron levantarse en cuanto se recuperaron de la sorpresa. Otro muro de agua golpeó la embarcación, que se escoró hasta quedar tumbada sobre un costado. Únicamente la vela, que se quedó desplegada sobre la superficie, evitó que el casco quedase boca abajo. Esther y Miguel cayeron al mar, y una rápida sucesión de olas rompió sobre ellos y la barca, como enormes puños de agua. Miguel trató de sujetar a la mujer, que empezaba a hundirse, enmarañada con las redes de pesca. Los constantes impactos pasaron factura a la barca, que empezó a desmontarse; el mástil se partió; un trozo de tablón voló hasta impactar en el rostro de Miguel, que quedó aturdido y soltó a su compañera. Las olas continuaron golpeando, inmisericordes, arrastrando a los amantes al fondo del mar, junto con los restos del naufragio. Y entonces, tan de repente como se había embravecido, la superficie quedó en calma, igual que había estado apenas unos minutos antes.

 

Al cesar el ataque de las olas, algunos fragmentos de madera salieron a flote, mudos testigos de la recién acaecida tragedia. La fortuna había querido que un cabo se enredase con el brazo derecho del desvanecido Miguel, dejándole fuertemente atado a un trozo de mástil. Su cabeza apenas quedaba por encima del agua. El golpe del tablón le había fracturado el pómulo y la mandíbula, además de dejarle una fea brecha, de la que manaba sangre, que iba de la sien a la barbilla. Y así quedó Miguel, más muerto que vivo, al amparo de las aguas del Mediterráneo.

 

 

 

Pasaron casi dos días, durante los cuales el pescador no recobró el conocimiento, hasta que lo recogió un mercante que iba rumbo a Marsella. Una vez a bordo, sólo despertó en contadas ocasiones, delirando y sufriendo terribles dolores. La tripulación le aplicó curas lo mejor que supo, pero por desgracia, el mismo cabo que había salvado su vida había hecho que se gangrenase su brazo derecho, al dejarlo demasiado tiempo sin riego sanguíneo. Cuando arribaron a puerto y lo trasladaron al hospital, tuvieron que amputárselo. Además, en el rostro le quedó una marcada cicatriz.

 

Pero los golpes y la falta de oxígeno se habían cobrado una víctima más: su memoria. Cuando al fin despertó con cierta lucidez, el pescador no recordaba quién era, o qué le había sucedido. Únicamente supo, gracias a una enfermera que sabía algo de castellano y le escuchó hablar, que era español.

 

Llegó el día en el que recibió el alta, y Miguel se encontró en la puerta del hospital manco, desfigurado, sin recordar nada de su pasado, y en un país que no era el suyo y en el que no conocía el idioma. Su vida no fue fácil a partir de entonces, malviviendo gracias a los escasos empleos que conseguía y, las más de las veces, a la caridad.

 

Al poco tiempo de salir del hospital estalló la Guerra Civil en España, y acto seguido, un conflicto aún mayor asoló Europa, y Francia se vio especialmente afectada. La idea de volver a su país quedó aparcada, y más cuando Miguel finalmente encontró trabajo como pastor en un pueblo cercano a Marsella. Pasaron los años; nunca se casó, aunque sí trabó amistad con una pareja de emigrantes españoles establecidos allí.

 

 

 

Tras varias décadas la democracia llegó a España, circunstancia que los exiliados aprovecharon para planear una visita a su Valencia natal durante las vacaciones, viajando con uno de sus hijos en el coche de éste. Propusieron a Miguel que los acompañase, y éste aceptó: sentía curiosidad por ver el país del que provenía, pero que no recordaba.

 

Partieron una madrugada de agosto, emocionados ante la perspectiva de regresar a su país, del que tantos años habían faltado. El trayecto transcurrió sin problemas hasta que, cerca de Barcelona, el coche empezó a funcionar mal, aunque la avería les permitió llegar al taller de un pueblo cercano. Mientras el mecánico lo reparaba, decidieron dar un paseo por la cercana playa.

 

Llegaron a una pequeña cala de fina arena, cubierta por multitud de sombrillas, toallas y sillas. En la orilla, en el lugar donde rompían las olas, vieron una piedra blanca, inusual por contraste que ofrecía con el color oscuro que lucían todas las demás rocas de la zona. Se acercaron a ella.

 

- ¡Qué roca tan curiosa! -comentó Andrés, uno de los amigos de Miguel.

 

- ¿Verdad que sí? – dijo un bañista-. En el pueblo tienen una leyenda sobre esa piedra. Dicen que es la esposa de un pescador que no volvió del mar, y ella se quedó así esperando la vuelta de su amor, cubierta por la sal y el coral.

 

- ¿Ah, sí? La verdad es que si la miras bien, sí que tiene cierto parecido con alguien arrodillado frente al mar.

 

- ¿La mujer de un pescador convertida en piedra mientras espera a su amor? -Miguel posó su única mano sobre la superficie de la roca, caldeada por el sol veraniego. Se quedó quieto por unos instantes, como si un recuerdo larga y profundamente enterrado pugnase por aflorar. El momento pasó. Apartó la mano de la piedra y se dio media vuelta-. ¡Qué estupidez!

 

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#3

Escrito 02 octubre 2017 - 21:47

Cada día es exactamente el mismo

 

 

Al terminar su jornada laboral subió por las escaleras hasta llegar a lo más alto del edificio. Una vez allí se abrió paso hasta la azotea y se sentó en la cornisa que daba directamente al centro de la ciudad. Desde allí pudo observar el hervidero de actividad que había a su alrededor, e incluso contempló una bonita puesta de sol. Después de maravillarse del espectáculo sacó una hoja de papel, su bolígrafo y comenzó a escribir:

 

A quien corresponda:

 

De pequeño me enseñaron que en la vida hay que tomar las decisiones correctas si quieres que todo te vaya bien. En el colegio me enseñaron que tenía que estudiar, que si lo hacía conseguiría un buen trabajo, dinero y estabilidad para tener una vida feliz. En casa repitieron la lección con el civismo, que si me portaba bien con los demás (incluidos mis hermanos y hermanas) conseguiría mejores cosas de la sociedad. El caso es que lo creí y me apliqué el cuento. Estudié mucho, fui de los mejores de mi clase en el colegio, en el bachillerato e incluso en la universidad. Me porté bien con mi familia pese a que había días que los detestaba, e incluso le cedía el puesto en el autobús a esa anciana que lo necesitaba más que yo. Nunca llegué a sentirme bien por ello, pero sabía que era lo correcto y lo hacía sin más.

 

Viví con esa máxima durante tantos años que ya ni recuerdo lo que era ser codicioso o egoísta, y ahora, mirando la vida que tengo, me doy cuenta de que esa fórmula mágica no valía para nada. Sí, encontré un buen trabajo, aunque lo de bueno dependería de la definición de “buen trabajo”. Ahora mismo me pagan bien, pero es tan monótono, tan aburrido y repetitivo que ya no sé si merece la pena. Mi agenda es semanal, cada semana tengo las mismas tareas que la anterior y esto se repite con tanta eficacia que directamente “copio y pego” las jornadas porque siempre son iguales; tanto es así que me da la sensación de que puedo anticiparme a lo que va a suceder, como si pudiera ver el futuro.

 

Pero la monotonía no es algo exclusiva del trabajo. En mi día a día los lunes limpio el salón. Los martes la cocina. El miércoles hago la colada. El jueves el lavabo. El viernes voy a comprar. El sábado me encargo de las habitaciones y el domingo, como Dios, descanso. Tengo determinadas las horas para mis videojuegos, leer, escuchar música o navegar por Internet. Miro las mismas interminables series semanalmente sin que parezcan que avanzan hacia algún lado. Lo mejor es que intento salir un poco de mis propios planes, pero tengo tan interiorizado el protocolo que siempre acabo en lo de la decisión correcta, en lo de no salirme del guión y permanecer por el buen camino.

 

Después de tantos años bloqueando mis emociones, ahora estoy encerrado en un vacío que no puedo llenar de ningún modo, como si me hubieran cortado las cuerdas vocales y ello me impidiera chillar hasta desahogarme... y quiero desahogarme porque lo que realmente me está matando no es la falta de felicidad o el exceso de dolor, sino la imparcialidad de mi vida. Es como aquello que dicen, que lo que te mata no es la bala sino la velocidad a la que la disparan. En mi caso sería que el problema no es que no puedan haber cambios en mi vida sino lo que tardan en llegar, y mientras los espero vivo ajeno a todo lo demás, en paralelo a las vidas de los otros, sin chocar nunca, sin amar nunca, sin sentir nada. Vivo en perfecta armonía siendo uno más de esta inmensa colmena a la que llaman sociedad... y ello no me aporta más que un vacío existencial. ¿Quién soy? ¿por qué estoy aquí? ¿cuál es mi objetivo en la vida? De pequeño tenía respuestas a esas preguntas, pero ahora están enterradas en mi subconsciente y no hay manera de recuperarlas. Pero lo que sí conservo es el recuerdo de lo que es el sufrimiento, pese a que lo que yo padezco es un simple sustituto, un remedo que como su propia definición indica no es más que una vulgar copia barata de la verdadera desesperación. ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿cómo una simple idea es capaz de infectar tu mente hasta convertirte en un pelele carente de emociones? Siempre haciendo lo correcto, siempre esforzándote por la decisión adecuada... y ahora me doy cuenta de que la decisión adecuada para todos quizás no es la adecuada para mi.

 

Al crear mi perfecta rutina de decisiones correctas me he castrado a mí mismo. Necesitaba equivocarme, recibir una lección de la vida por mis malas decisiones, aprender de mis errores. Pero no, tanto enseñarme a ser bueno, a trabajar bien, a elegir bien, a ser perfecto me ha hecho totalmente vulnerable al miedo, al pánico por fracasar. Ya no sé qué hacer, mi vida es tan perfecta, tan ordenada y planificada que incluso tengo un rato reservado cada día para quejarme de ella. Necesito equivocarme, tomar una mala decisión y superarla, necesito que mi día sea diferente alguna vez... y por eso voy a saltar al vacío; al menos así mi día será distinto”.

 

Después de releer la carta, la firmó y la dejó sujeta con una piedra para que no saliera volando. Contempló la ciudad otra vez, se imaginó cómo habría sido su vida de haberla planificado de otro modo, pero evidentemente no pudo vislumbrar gran cosa. Lo tenía claro, iba a saltar, iba a cambiar su monotonía de una manera implacable. Se levantó, respiró profundo y miró hacia abajo. ¿Y si la vida mañana era distinta? Tenía miedo, un miedo atroz a equivocarse y por eso dio un paso hacia atrás y dejó que la monotonía lo controlara de nuevo. Se alejó dando pequeños pasos y bajó de la azotea para volver a su casa. Era miércoles, así que tenía que hacer la colada.

 

Horas más tarde, la mujer de la limpieza subió a la azotea para fumar con tranquilidad. Mientras le pegaba una buena calada al cigarro se acercó a la cornisa y miró hacia abajo. No vio a nadie estampado contra el suelo, lo cual la decepcionó. Cogió la carta de debajo de la piedra y la leyó sin asombrarse demasiado, pues en el bolsillo de su chaqueta guardaba muchas otras cartas de la misma temática firmadas por la misma persona.

 

–Al parecer hoy tampoco ha saltado. Cada día es exactamente el mismo...

 

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#4

Escrito 02 octubre 2017 - 21:50

Hombre de polvo

 

Boca arriba, sobre una vieja mesa de madera en apariencia destartalada pero sólida, yace un difunto. Los difuntos no pueden ver, puesto que están muertos, pero en el caso de que pudieran, lo que le llamaría la atención es un poyo sobre el que hay cuchillos de un tamaño considerable (uno de ellos en especial infunde bastante respeto, casi que se le puede llamar Señor Cuchillo) y al lado de los cuchillos unas cuántas piezas de carne. Los difuntos tampoco pueden recordar, pero en el caso de que pudieran; su recuerdo más próximo sería el dolor producido por un millar de clavos bailando claqué en su cabeza (seguramente estos clavos tengan un nombre propio, fácil de pronunciar pero difícil de escribir). Por último, los difuntos no pueden razonar, pero en el caso de que si pudieran; ni siquiera así, él tendría idea alguna de que hace acostado en esa mesa y esa habitación; aparte de su propia condición de un difunto con la inverosímil capacidad de ver, recordar y razonar.

 

En la sala no se encuentra nadie más que el difunto y una mosca indecisa que no para de entrar y salir por la única ventana que ilumina la estancia con una tonalidad entre ocre y dorado (a lo mejor ni se trata de la misma mosca) pero de repente entra alguien. Es un hombre común y corriente sobre el que no merece la pena pararse a detallar su fisionomía puesto que se olvidaría pasados los cincos minutos. Lo que si se puede recalcar, es que dicho hombre se encuentra totalmente cubierto de polvo de tal forma que no se podría determinar si hay polvo sobre el hombre u hombre bajo el polvo.

 

Tras entrar, el hombre cubierto de polvo camina totalmente descalzo hacia el difunto y le formula una pregunta de forma cortés.

 

—¿Podría sentarme?

 

El difunto no responde y el hombre de polvo lo interpreta como un “por supuesto, tome usted asiento aquí a mi lado, señor caballero” de tal forma que coge una vieja silla y se sienta con sus manos sobre las piernas. Dirige fijamente su mirada hacia los ojos al difunto (no se molesta en observar si se la devuelve) y empieza a hablarle.

 

—No pareces sentirte muy a gusto... claro, eso en el caso de que un difunto pudiera sentir algo—el hombre cubierto de polvo no puede evitar soltar una pequeña risotada—. Sé que deberías haber vivido muchos años años y que no es justo pero mira, aquí estamos ambos.

 

Boca arriba, sobre una vieja mesa de madera en apariencia destartalada pero sólida, yace un difunto; y a su lado, se encuentra sentado un hombre cubierto de polvo que se toma un momento para suspirar. Los difuntos no pueden escuchar pero este se permite escuchar lo que tiene que decirle su interlocutor.

 

—El caso, es que sé de un hombre que se encontraba en tu misma situación. Bastante tozudo, por cierto— Los pensamientos del hombre de polvo se trasladan a otro tiempo—. Una fiebre repentina, cansancio, se cerraron sus ojos y permanecieron así por un tiempo hasta que una voz empezaba a resonar en su cabeza. No recordaba muy bien las palabras exactas pero el caso es que le instaba a despertar y levantarse de forma que eso fue lo que hizo. Aquella persona resucitó.

 

—Tras volver de la muerte, además se dio la peculiaridad de que ya no podía dormir (quizás porque inconscientemente temía con que si cerraba los ojos estos ya no se volverían a abrir). Llegó a conocer hasta a siete mujeres pero ellas a él no y también se topó con el único hombre que sabía realmente quién era. Por desgracia, llegó un momento en el que se cansó de que todos le abandonasen por lo que decidió convertirse en un alma errante y deambular de un sitio a otro. Solía tomar pequeños descansos entre sus trayectos por mera costumbre hasta que se dio cuenta de que no era capaz de sentir ninguna clase de dolor físico en su cuerpo y con ello necesidades como la comer siquiera. Andaba y andaba sin llegar nunca a cansarse; y cuando ya no habían más lugares nuevos por recorrer, volvía tras sus pasos para ver como estos cambiaban.

 

—Tras recorrer una innumerable distancia, perdió la cuenta de cuántas veces había pisado sus propias huellas y acabó por percatarse de la naturaleza inmutable de los cambios que se producían en el paisaje ya que todo cambiaba pero a la vez permanecía fijado. Finalmente acabó caminando sin rumbo por caminar, por el mero hecho de poder notar su propia existencia y no ser capaz de despedirse de ella— Una sonrisa como un plátano se esboza en el rostro del hombre de polvo—. Afortunadamente, tengo entendido que el protagonista de historia logró encontrar una solución medianamente apañada para su situación.

 

Los difuntos no pueden hablar pero sin embargo y tras un insoportable silencio, lanza una pregunta.

 

—¿Por casualidad esa persona no serás tú?

 

Y el hombre de polvo estalla en un fuego de secas carcajadas.

 

—¡Que más quisiera yo!—Se seca una diminuta lágrima del ojo izquierdo— Ese eres tú.

 

El polvo se esfuma y con el polvo el hombre. Nuestro difunto escucha unas últimas palabras.

 

—Levanta, Lázaro.

 

 

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#5

Escrito 02 octubre 2017 - 21:52

Desaparecidos

 
Cuando Rodrigo salió de la reunión su semblante era oscuro. El que era su jefe, al menos hasta el final de la semana, le había dejado las cosas claras: era su última oportunidad de conseguir cerrar un caso. Rodrigo sabía todo lo que eso implicaba: no era sólo quedarse sin trabajo, lo que de por sí traería una serie de consecuencias que acabarían explotándole en la cara; también suponía descubrir si tenía talento para lo que siempre había querido ser. Rodrigo era detective y también bloguista. Relataba historias de casos cerrados por la agencia donde trabajaba y, hasta la fecha, ninguno de los artículos había sido de una investigación propia.
 
Abandonó el edificio con una sonrisa. Se sentía animado y con esperanzas tras insuflarse así mismo una dosis de «todo va a salir bien», para poder sobrellevar los problemas y seguir adelante un día más. Después de todo, tenía entre manos un posible caso de desaparecidos en situaciones misteriosas. Llevaba trabajando en ello desde hacía una semana, y no parecía que el caso hubiera despertado el interés de nadie, así que esperaba poder dar la campanada.
 
Tenía su primera entrevista esa misma mañana. Como no tenía coche, decidió que iría en autobús, que no tardó en aparecer. Como solía hacer siempre antes de subir a un transporte público, miró su reloj y comprobó que había llegado justo a la hora. Bien, sin los habituales retrasos, el día iba mejorando, se dijo con actitud positiva.
 
Tuvo que esperar a casi mediodía para poder hablar con el barrendero con el que había quedado. Tras presentarse y cruzar unas palabras cordiales, Rodrigo se puso a indagar:
 
—¿Le conoce bien?
 
—¿A Johnny? Qué va, coincidí con él algunas noches. Creo que nadie de la empresa le conocía realmente. Era un poco... Ya sabes. Un bicho raro, parecía siempre asustado cuando le hablabas.
 
—¿Tenía motivos? ¿Alguien le amenazó?
 
—No. Nadie. Era un poco lunático, eso es todo. A la mayoría no nos sorprendió que dejara de venir de un día para otro. Seguramente no tenía amigos.
 
—Habla de él en pasado... —señaló con suspicacia.
 
—La gente como él no desaparece sin motivos. Seguramente habrá ido a un bosque a suicidarse, para no ser molestado... o no molestar.
 
Del resto de la conversación no extrajo ninguna información relevante, pero aún quedaba mucho día y esa misma tarde tenía a otro testigo que investigar, de otro desaparecido. Así que su ánimo no decayó.
 
Esta vez subió hasta un quinto piso sin ascensor para hablar en el rellano con un universitario que se había quedado sin compañero de piso unas semanas atrás.
 
—Pues sí, se largó y me dejó tirado. Y sin pagar dos meses —dijo el estudiante, bajando la voz al hablar del alquiler—. Nos dimos las buenas noches y por la mañana ya no estaba.
 
—Y no tiene ni idea de adónde pudo haber ido, ¿no?
 
—Si lo supiera ya le habría enviado un par de matones... Eso último es broma, eh —añadió, por si las moscas.
 
—¿Observó en él algún cambio en la conducta antes de que desapareciera?
 
—No realmente... Es decir, éramos compañeros de piso y sólo hablábamos lo justo, pero llevaba un par de meses como deprimido, ausente. Siempre le tenía que repetir las cosas porque estaba en las nubes.
 
—Deprimido, comprendo.
 
—Espera. ¿Está insinuando que...? Oh, mierda, entonces aquello...
 
—¿Qué pasa con «aquello»?
 
—Siempre pensé que se trataba de dinero, de que me había timado, pero lo de la página web... Supongo que quería evitar ponerme en lo peor. Verás, hará cosa de un mes le dejé mi ordenador y luego me dio por curiosear el historial, y entre cosas de la universidad había una página web de suicidas. No le di importancia porque pensé que era en plan broma, para los que les gusta las cosas morbosas, pero... Dios, tiene sentido, ¿no?
 
Como esas entrevistas tuvo otras tantas en los tres días posteriores. Todos casos aparentemente aislados pero que Rodrigo se empeñaba en relacionar en sus pesquisas. Y como su jefe le pidió un informe provisional de lo que estaba investigando, teorizó que podía tratarse de un caso en el que alguien estaba incitando al suicidio a los más deprimidos, o incluso que se trataba de un asesino que los seleccionaba para darles caza. A su jefe no le convenció ni lo más mínimo y se limitó a recordarle el plazo.
 
Cuando salió del despacho, Rodrigo intentó administrarse de nuevo una dosis de «todo va a salir bien», pero esta vez tuvo que hacer un gran esfuerzo mental para poder creérselo. Por suerte tenía el día bien planificado y pronto estuvo demasiado ocupado como para pensar negativamente.
 
Dedicó la mañana a inspeccionar noticias locales, foros y blogs particulares, para hacer un listado de todo tipo de desaparecidos en los últimos dos meses. En su búsqueda, descubrió más casos de de circunstancias similares, pero con algo distinto: muchos reaparecieron, sin más. Valía la pena investigarlo.
 
Tuvo la suerte de conseguir quedar con uno de esos reaparecidos aquella misma tarde, lo cual le ayudó a recuperar la actitud optimista.
 
—Lo cierto es que sí, estaba un poco triste esos días —contestó el chico cuando Rodrigo sacó el tema de las depresiones—. Ese día me sentía un poco perdido, porque apenas era capaz de escribir, y cuando lo hacía, todo era malísimo. ¿Nunca ha tenido la sensación de que, bueno, se le ha terminado el talento que tiene para algo? Para siempre, me refiero.
 
Rodrigo no contestó, se limitó a formular la siguiente pregunta:
 
—¿Y esa noche fue cuando usted desapareció?
 
—Sí, pero no lo recuerdo. No sé dónde estuve esos tres días ni qué estuve haciendo. Sólo sé que después, cuando me encontraron me sentía extrañamente bien. Como si todo encajara, similar a cuando uno tiene un bonito sueño que, aunque no lo recuerde, le deja impregnadas sus buenas sensaciones para todo el día. Así estoy yo desde entonces.
 
Y tanto que era extraño, pensaba Rodrigo volviendo a casa. Y más sorprendentemente extraño le pareció cuando descubrió, en los dos días que siguieron, que había más personas en la misma situación que el escritor. Como la joven del gran historial de amores tóxicos, a la que sus propias amigas describían como alguien que le gustaba sufrir y ser utilizada por chicos guapos para poder vivir su propio drama. Aquella joven, sin embargo, volvió de un lugar que no recordaba con una actitud muy distinta y poco después conoció a un chico del montón pero que era bueno con ella y la hacía feliz.
 
La gente parecía desaparecer para luego volver cambiando sus sentimientos de pena por otros alegres. Su instinto de detective le decía que no era natural. Teorizó sobre la posibilidad de que estaban siendo secuestrados para ser sometidos a algún tipo de manipulación mental, de la misma forma que en antaño se practicaban lobotomías como tratamiento para la depresión. Quizá todo estaba relacionado y no había nadie incitando al suicidio ni un asesino en serie. ¿Y si se trataba de la investigación de un tratamiento y estaban usando a humanos secuestrados para sus experimentos? Alguna droga, una que no siempre funcionaba y terminaba con los sujetos de pruebas en la morgue, sin que se supiera más de ellos, y hacían creer que se habían suicidado en secreto para no tener que dar explicaciones.
 
En la cabeza de Rodrigo todo encajaba y tenía sentido, pero necesitaba más tiempo para poder indagar y encontrar pistas. Así que no dudó en presentar la historia tal cual a su jefe y pedir una ampliación del plazo:
 
—Necesito al menos tres semanas más... ¡Dos! ¡Dos semanas será suficiente! En ese tiempo encontraré indicios de los secuestradores. Estoy seguro de que hay una clínica, un laboratorio secreto donde llevan a las víctimas para hurgarles en el cerebro y...
 
—¿Tres? ¿Dos? —Interrumpió el jefe de detectives—. Te los voy a dar, pero en horas. Es lo que te queda de jornada y quiero que las uses para recoger tus cosas y dejar la mesa despejada. Se acabó, Rodrigo. Estás despedido. Se te da bien escribir en el blog, pero escúchate, pareces un loco de la conspiración. Secuestradores que hacen lobotomías sin permiso... Tienes inventiva, lo reconozco; quizá deberías probar como guionista de televisión, porque te falta el talento para ser detective.
 
Rodrigo salió del despacho sin decir nada más. Se dirigió a su mesa y empezó a meter maquinalmente sus cosas en una caja de cartón. En aquel momento se sentía como un observador y se veía a sí mismo como a otra persona. Habían despedido a alguien por no tener talento en lo que siempre había soñado, pero no podía ser a él.
 
No había dosis de «todo va a salir bien» que funcionara. Cuando se percató ya estaba vagando por las calles, se descubrió consciente de sí mismo tras haber ido en automático durante lo que podrían haber sido horas. Aunque recordaba todo lo que había pasado, como la llamada a su novia contándole lo sucedido y lo fría que ella había estado cuando le dijo que «tenía mucho en lo qué pensar». Rodrigo sabía que tras fracasar laboralmente los planes que tenían en mente iban a ser difíciles de conseguir, y ella se lo merecía todo y quizá lo mejor es que su futuro no estuviera con él...
 
Caminaba abatido, con la mirada al suelo, así que pronto descubrió las vías. No recordaba que hubiera vías en aquella calle, ya que el tren tenía el paso a nivel mucho más abajo, pero no le dio importancia. No tardó en aparecer una vieja locomotora a vapor que tiraba de tres vagones de pasajeros con las luces apagadas. El tren se detuvo justo delante de él. Instintivamente, Rodrigo miró su reloj, que marcaba las 0:00. Medianoche.
 
Antes de que le diera tiempo a pensárselo, ya estaba subiendo y en cuanto se cerraron las puertas el tren se puso en marcha. Descubrió que el interior era mucho más amplio y luminoso de lo que era aparentemente en el exterior. Le vino a la mente la idea de que seguramente tenía muchos más vagones de los que se veían desde fuera.
 
—Bienvenido —dijo un hombre a su espalda.
 
—Hola.
 
—Estás en el tren de medianoche —dijo, contestando la pregunta que Rodrigo se hacía pero no tenía ánimo siquiera para formularla—. Cada día, en algún lugar, todo el mundo que lo necesita puede subir a él. Y sólo esas personas pueden verlo. Se desplaza como el viento, y eso es lo único que perciben los demás. Su función no es otra que recoger, reunir, a todos aquellos que se han perdido en la vida. Los deprimidos, los que viven en las nubes, los que no saben adónde deben ir y cómo encajar. Sin más motivo que el de enseñarles a tener esperanza, a encontrar la motivación o simplemente a pasar un mal trago. Unos tardan más, otros tardan menos... Unos vuelven donde estaban, otros prueban suerte en otro sitio. A veces, hasta hay intercambio de vidas.
 
Rodrigo le miró extrañado.
 
—¿No es esto lo que necesitabas oír? —siguió el misterioso hombre—. ¡Tienes talento! No existe ningún turbio experimento con humanos, pero descubriste más de lo que nadie ha conseguido asociar nunca. —Hizo una pausa y añadió—: Rodrigo, todo va a salir bien.
 

 

 

 

 

 

 

Vídeo de la canción y la letra traducida, para quien no la entienda:

 

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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"

 

 

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#6

Escrito 02 octubre 2017 - 21:54

Cuatro esquinas

 

Luis siempre llegaba exactamente quince minutos tarde al trabajo, y eso es algo que desesperaba a Richard. Ya nadie le daba importancia a ese detalle y todos en la academia lo aceptaban como algo que nunca cambiaría. Resignado, el hombre pensó que en algún momento tendría que tomar medidas.

Por suerte, ese era el único problema de Richard en su trabajo. La academia de estudios de la que formaba parte contaba con grandes profesionales de la enseñanza, incluso Luis, a pesar de su mala costumbre. La gran mayoría de los docentes llevaban varios años al servicio de la academia y, gracias a su buen hacer, habían conseguido dotar al centro de trabajo de una sinergia particularmente efectiva, donde todos funcionaban como un equipo.

Richard, con su amplia experiencia docente, había encontrado una suerte de oasis para sus últimos años laborales, y le gustaba pensar que también era así para sus compañeros. A pesar de que ya podría estar disfrutando de su jubilación, sentía la necesidad de seguir no sólo compartiendo sus conocimientos , sino de ayudar a sus alumnos a ser ciudadanos de provecho para el mañana. Este detalle era especialmente importante. Como profesor, sentía que su obligación era guiar a sus pupilos por el camino correcto. Disfrutaba muchísimo con los niños que lograban convertirse en jóvenes productivos, pero también sufría con aquellos condenados por su conducta o su familia. Por suerte, desde que trabajaba en aquella prestigiosa academia no se había encontrado con ningún joven problemático, y eso le proporcionaba una tranquilidad total. Sin embargo, cuando salía por la puerta, en ocasiones se cruzaba de nuevo con alguno de esos muchachos condenados que habían tirado su vida a la basura. Sentía lástima por ellos. Richard hacía todo lo posible por sus alumnos, más no se puede ayudar a a quien no quiere ayuda.

Aquella tarde Richard terminó más tarde de lo habitual y, al salir a la calle, la noche le esperaba. Los últimos alumnos del día desfilaban ante él mientras se despedían con exquisita educación y respeto. Una sonrisa agradecida era una digna recompensa para él, que disfrutaba con la atención y dedicación que aquellos jóvenes talentos dedicaban a escucharle y poner en práctica sus consejos.

Una muchacha se detuvo un momento a su lado y le agradeció la ayuda brindada para resolver un problema especialmente difícil. Poco después, otro joven mostró su gratitud por haberle aconsejado en un asunto personal. La dicha que el hombre sentía al poder ayudarlos hacía que le ardiera el pecho. Ver cómo su relación avanzaba de profesor a confidente o amigo le proporcionaba un gozo particular, especialmente desde el fallecimiento de su mujer, con la que no había podido engendrar ningún hijo al que criar.

Comenzó con alegría la vuelta a su hogar consciente de la fresca brisa del otoño, aunque se agradecía después del intenso calor del verano. El profesor dedicó un momento a disfrutar de aquel ambiente. Una vez emprendió de nuevo el camino, se topó con un antiguo alumno al doblar la esquina. Era Tomás, un chiquillo de once años con mucho potencial, aunque con un terrible temperamento que lo había llevado a la lista de fracasos del profesor. El chico le dedicó una sonrisa mientras Richard pasaba a su lado y él le devolvió el saludo. ¡Qué lástima de joven!


Ya se encontraba cerca de su casa cuando pudo discernir que alguien le seguía. Pensó que no era más que su imaginación, mas había escuchado, sin duda alguna, el eco de unos pasos solapados a los suyos, siguiéndolo al compás para ocultar su sonido. Decidió volverse sin miedo para observar la calle llena de edificios bajos, de viviendas bañadas por la blanquecina luz de las farolas. No vio a nadie a excepción de Lucas, uno de los antiguos alumnos, quien saludaba desde una de las ventanas. Richard correspondió al saludo mientras pensaba, sorprendido, en la coincidencia de volver a ver a dos antiguos alumnos en tan poco tiempo. De hecho, Lucas era otro desastre aún mayor que Tomás. Doce años y ya era un pequeño delincuente debido a sus malos padres. ¡Pobre criatura condenada!

Al volver la vista de nuevo al frente, algo golpeó con fuerza la cabeza del docente. Richard no pudo distinguir al autor del golpe pues cayó bruscamente al suelo y su foco de visión fue extinguiéndose poco a poco hasta perder el conocimiento.

Al despertar, se encontró atrapado en un espacio reducido y oscuro. Por el olor y el traqueteo que sentía debía de estar en el maletero de un automóvil. Tenía un profundo dolor en la parte superior del cráneo e intuyó que había sangrado ya que podía notar parte de su flequillo pegado a la frente, aunque no pudo alcanzar a tocarse la cabeza pues estaba atado de manos y pies. Comenzó a pensar en quién le había hecho eso y a dónde le llevaban, mas en ningún momento sintió miedo.

Richard no era capaz de encontrar una razón por la que alguien quisiera hacerle daño, siempre había mostrado una actitud ejemplar e irreprochable,
trataba a todos con respeto, incluso a los que no lo merecían, como Luis.

Finalmente el coche detuvo la marcha. La puerta del maletero se abrió y de nuevo, el frescor de la noche otoñal reconfortó al profesor, aunque no pudo distinguir a su secuestrador. Las luces rojas del coche iluminaban una figura masculina vestida de negro con la cabeza escondida tras una capucha. A quien sí reconoció fue a la niña que estaba junto a él. Alba, una jovencita de nueve años y quien había sido su alumna tiempo atrás. Otra oveja descarriada en busca de pelea. El hombre de negro agarró al profesor como un saco de patatas cargándolo sin esfuerzo sobre su espalda. Richar pudo ver cómo avanzaban por un camino rural, alejándose del coche y de Alba, que sonreía.

Sabía dónde estaba. Solo con ver el camino que les rodeaba, a pesar de estar muy oscuro, dedujo su ubicación. Había estado allí muchas veces. El hombre lo estaba llevando a una casa abandonada en mitad de la montaña, propiedad del propio secuestrado. El docente no tuvo problema en visualizar la fachada blanca pelada y sarnosa por la humedad, ni las contraventanas de madera oscura. Oía sin dificultad cómo el viento hacía vibrar una ventana rota de una habitación. Cruzaron los setos, crecidos de forma salvaje, que custodiaban la entrada y, al fin, el secuestrador abrió la puerta sin dificultad, pasando al interior de la antigua casa.
Cruzar el umbral de aquel lugar provocó una reacción inesperada en Richard. En anteriores visitas, había sentido tranquilidad entre aquellas paredes. Era una suerte de templo que liberaba de toda angustia. Pero esta vez fue la inquietud quien se manifestó en su corazón. El hombre de negro, manteniendo el silencio en todo momento, le cargó a través de la sucia casa hasta la puerta del sótano. Richard nunca había sido consciente de, por un lado, ese olor a moho y aire viciado del interior y, por otro, la humedad que imperaba en el ambiente del sótano. Aquello hacía que su inquietud creciera, aunque aún no había alcanzado su límite. Según bajaban, el profesor apreció una inusual luz. Cuando el hombre lo dejó caer sobre el suelo de hormigón pulido, pudo verlo todo con claridad: el sótano estaba iluminado con unos focos LED otorgándole un aire más frío de lo normal. Iluminaban las paredes mohosas y desnudas, sin más herramientas que una pala apoyada en una de sus esquinas. Junto a ella había un par de sacos de cemento, arena y grava. El secuestrador había tapado las pequeñas ventanas que daban al exterior para que ni un rayo de luz pudiera escapar. También cavó cinco agujeros rectangulares abriéndose paso entre el hormigón hasta la tierra. Debió de ser una ardua tarea, aunque en realidad, aquello no eran agujeros, sino tumbas.

—He de admitir que no ha sido fácil dar contigo —dijo por fin—. Y encontrar este lugar ha sido poco menos que una pesadilla. Oh, perdona mi falta de educación. —En esa frase Richard encontró una tonelada de ironía—. ¿Te gustaría volver a verles?

El secuestrado se acercó y le levantó bruscamente, casi arrastrándolo hacia los agujeros, repartidos entre las cuatro esquinas, a excepción del quinto y último, que se hallaba en el centro del sótano. Richard miró en las cuatro tumbas, no sin cierta curiosidad, para ver huesos y restos de cuatro personas, niños que no superaban los doce años. El secuestrador le llevó hasta la quinta. Estaba vacía.

—¿Recuerdas quiénes son?
—Por supuesto —respondió Richard, molesto. Señalando de una en una, recitó—. Alba, Tomás, Lucas y Oscar.
—Me alegro de que los recuerdes. Yo también los he conocido bien mientras te buscaba. —El secuestrador, a pesar de estar frente a él, seguía oculto tras su capucha, dificultando aún su identificación. Tan solo sus ojos brillaban con el reflejo de los focos en ese pozo sombrío que tenía por cara—. Y he conocido a muchos más. Todos te envían saludos.
—Lo sé, joven. Los veo a menudo. Y ahora que están muertos son mucho más agradables. —Lo dijo todo sin ningún matiz de ira o molestia en su voz, como si fuese lo más normal del mundo—. Si no hubiesen mostrado esa actitud entonces, no habría que haber tomado medidas. Pero se empeñaron en no dejarse moldear, en ser violentos, desobedientes y orgullosos. No podía permitir que tal calaña se uniera a la sociedad.
El hombre de negro le propinó un fuerte golpe en la rodilla derecha y el profesor cayó nuevamente al suelo.

—Éramos niños, loco hijo de perra.

Ante la sorpresa del profesor, el secuestrador se quitó la capucha. Un hombre joven de pelo corto y oscuro le miraba fijamente. La cicatriz que recorría su cuello de lado a lado hizo comprender a Richard.

—Mi nombre es Hugo, la primera calaña que mataste, o intentaste matar. Aún tenías mucho que aprender, el corte del cuello no fue suficiente. Estaba vivo cuando me enterraste, a muy poca profundidad, por cierto. Con once años, me abrí paso entre la tierra de mi tumba, luchando con las pocas fuerzas que me quedaban para poder salir a la superficie. Y lo conseguí. No te aburriré con detalles sobre lo que pasó después ni cómo fue mi vida tras morir, ni siquiera cómo descubrí quién eras ni el error que siempre cometías y que finalmente te delató. Sólo debes saber que estoy aquí para castigarte.

Y con un gesto rápido e inesperado, Hugo inclinó al profesor sobre la quinta tumba. Estaba esperándole. Richard, con su primera víctima tras él, cerró los ojos esperando su muerte. Una hoja fría recorrió su cuerpo y sintió la sangre caliente cayendo por su camisa. Acto seguido, Hugo lo lanzó al agujero, bastante más profundo que el resto.

—Es la primera vez que le corto el cuello a alguien —comentó mientras desaparecía a la vista del maestro, aunque podía seguir escuchándole—, así que no estoy seguro de si morirás desangrado. Eso sí, no te lo pondré tan fácil para escapar.

Volvió a aparecer, pala en mano y arrastrando dos sacos de tierra. Hugo comenzó a arrojar tierra sobre el viejo profesor. A medida que iba cubriéndole, Richard observó cómo se iban asomando uno a uno todos sus alumnos fallecidos. Todos los de aquel día y muchos más. Lo observaban con rostro serio, sin sonrisas. Pobres criaturas. Suerte que el docente había tenido el valor de salvarles de las vidas que les esperaban. Sólo sentía no haber podido salvar a Hugo. Probablemente su vida era patética y deprimente.
Un zumbido hizo parar al joven. Rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un teléfono móvil.

—Aquí el inspector Duarte. Sí, claro. —Miró de soslayo al profesor, cuya palidez era cada vez más evidente—. Estaré allí en una hora. Estoy cerrando un caso.

 

 

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Editado por Lyn, 02 octubre 2017 - 23:16 .

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#7

Escrito 02 octubre 2017 - 21:57

Un mundo por descubrir

 

 

Cada vez que escuchaba esa canción, sin ni siquiera proponérselo, las paredes de su cuarto se difuminaban y se curvaban. Era algo parecido a cuando cae una piedrecita en un lago. Las formas se desdibujaban y podías intuir el fondo, un fondo oscuro e inquietante donde cualquier cosa puede entrar sin problema, pero en cambio la luz del sol ni siquiera puede atravesarlo, y así, las dudas, las sombras y los reflejos distorsionados de la realidad se convierten en posibles si miras directamente al fondo.

Cada vez que Carlos, en su habitación, se colocaba los cascos, pulsaba el play y abría los ojos, la música le atrapaba como si él fuera esa piedrecita y cayera de cabeza en medio de un lago sumergiéndose más y más profundamente sin llegar a vislumbrar nada más que sombras, hasta que volvía a sentir su habitación después de que terminara la música, como si saliera a la superficie de vuelta respirando con fuerza.

Hasta ese día, esa noche de un abril frío y lluvioso cuando estando escuchando esa canción se durmió en su cama.

 

Cuando despertó no estaba en su habitación, o quizás sí pero su cuarto resultaba extraño. Era su cuarto, no había duda ya que todos los muebles incluso la bola de papel que tiró a la papelera la noche anterior estaba ahí, todo estaba en su sitio, pero era otra cosa. Todo estaba dibujado, la cama tenía volumen porque las sombras estaban dibujadas en trazos más gruesos. Se miró las manos y eran blancas con trazos de lápiz para que parecieran más reales. Carlos había dado clases de dibujo y pensó para sus adentros que estaba bastante bien dibujado. Se pasó años intentando mejorar, pero por más que lo intentaba no conseguía nada. Al final abandonó las clases cansado de intentar copiar la realidad sin resultado. El dibujo no era para él. Pero ahora ahí estaba mirando esa realidad copiada y él era la obra. Le resultaba fascinante verse convertido en algo distinto, irreal y fantástico al mismo tiempo. Recordó a Kafka y su Metamorfosis, sonrió con un poco de asco pensando que prefería ser un dibujo que una absurda especie de cucaracha gigante.

 

Se levantó para recorrer su casa y observarla desde esa nueva perspectiva, asombrándose de la tranquilidad con que él mismo estaba aceptando este nuevo escenario. Era tentador pensar que solo era un sueño, pero le resultaba demasiado real, era diferente a cuando estaba despierto o dormido, era algo distinto a todo y por eso le parecía fascinante.

Se miró en el espejo y este blanco como el papel le devolvió su reflejo, un boceto de sí mismo, casi una caricatura. Definitivamente este nuevo mundo le encantaba.

Salió a la calle y todo era igual, trazos, sombras de lápiz sobre el papel. Paseando por la ciudad se percató de algo, no se oía claramente nada ni los coches, ni sus pasos, ni nada. Se paró e intentó gritar, cogió airé y gritó, pero  solo  se escuchó una especie de gorgojeo como cuando intentas hablar bajo el agua. En ese momento paró, cerró los ojos e intentó escuchar mejor. De fondo había un ruido monótono que impedía oír con claridad el resto de sonidos. Se dio cuenta que era esa canción, deformada como si tuviera que atravesar una capa gruesa para llegar hasta él, pero ahí estaba, y nunca se terminaba. Era como si el tiempo se hubiese parado en el resto del mundo menos ahí, en su mundo de papel.

 

Pasaron días, semanas, mientras Carlos cada vez se sentía más a gusto en ese mundo, un mundo creado para él por una música que casi hacía el papel de un Dios benigno, era como estar en el paraíso, por eso a veces se preguntaba si en verdad no estaría muerto. Pero pronto se olvidó de esas preguntas trascendentales en cuanto la vio a ella.

Carlos conocía todo ese mundo, de hecho, existía un límite, había un lugar donde no podía avanzar más. Una línea negra, recta y uniforme que se terminaba en un ángulo de 90 grados y era incapaz de traspasar, como si su función fuera ser el final de una viñeta. No le preocupaba. Tampoco es que en su mundo anterior pudiera ir a cualquier parte, no tenía mucho dinero y estaba solo. De esa manera conocía cada edificio y cada sombra de lápiz, cada personaje de ese mundo, podía hablar con ellos en ese extraño idioma. Por eso cuando la vio a ella la reconoció al instante ya que era un personaje de su canción, y no uno cualquiera sino la protagonista.

Se acercó a ella y le habló, pero ella solo buscaba a una persona.

 

—¿Lo has visto? Le perseguían, nos perdimos en el tumulto.

 

—No, no le he visto pero sabrá librarse. Siempre lo consigue al final.

 

Ella le miró extrañada y le preguntó

 

—¿Al final de qué?

 

Estaba a punto de contestarle cuando un ruido muy fuerte, como de rasgar papel le impidió hacerlo. Al mismo tiempo un montón de gente con palos y armas aparecieron corriendo detrás de un chico joven que pasó como una exhalación delante de él agarrando a la chica de la mano y huyendo con ella dejando a Carlos justo delante de esa horda de exaltados. Tuvo que apartarse a un lado y cayó en la acera mientras los agresores se perdían al final de la calle junto con los protagonistas de la canción.

Carlos se levantó tambaleándose y se apoyó en una pared, con preocupación notó como esta cedía ante su peso. Miró a su alrededor y todo su mundo se estaba empezando a tambalear. Por donde habían pasado se estaba empezando a abrir una brecha negra y oscura, y un ruido a papel rasgado se adueñaba de toda la ciudad. Sabía exactamente lo que iba a ocurrir ahora.

 

Por eso se sentó en la acera a esperar mientras su mundo se iba empequeñeciendo y arrugándose. Se miró las manos con tristeza mientras veía como las sombras de sus manos iban desapareciendo y el trazo cada vez se hacía más simple. Al final lo entendió, solo era un secundario más, no era nadie, era un simple observador y como tal no era dueño de su historia ni tampoco de su vida. Había sido absorbido por otra historia que no era suya y por eso eran tan irreal y tan falsa como un dibujo mal hecho. Un dibujo olvidado en un papel que alguien arrugaba y tiraba a la basura, eso era él ahora. Solo podía tararear su canción mientras esperaba a que su frágil mundo desapareciera como un papel en el aua:

 

Oh the things that you say
Is it live or
Just to play my worries away
You're all the things I've got to remember
You're shying away
I'll be coming for you anyway

Take on me, (take on me)
Take me on, (take on me)
I'll be gone
In a day

I'll be gone (take on me)
In a day

 

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Editado por Lyn, 02 octubre 2017 - 21:58 .

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#8

Escrito 02 octubre 2017 - 21:59

La canción instrumental.

 

 

Imagino que todo el mundo conocerá “Paquito el chocolatero”. Pocos temas son capaces de levantar a señores y niños de sus respectivas mesas en una boda para fundirlos en una coreografía en medio de la pista de baile. Y nadie se atrevería a cortar la música o a interrumpir semejante comunión entre las distintas generaciones allí congregadas. Quizás algún desafortunado corte de luz podría aguar alguna fiesta, pero ni siquiera Murphy y su tan polémica ley se había atrevido a granjearse tal nefasta reputación. Al menos Mateo nunca presenció tremenda falta de respeto... Hasta que conoció a Jose.

 

Jose, como tantos invitados suelen hacer, había preferido celebrar el enlace entonándose para la ocasión. Mientras en las iglesias se encienden cirios, en las barras se acumulan tercios. En las iglesias se derraman lágrimas; en los bares, la cerveza. Sin embargo, a Mateo le gustaba apreciar los coros eclesiásticos, y cómo las bóvedas del techo potenciaban esa acústica cristalina que otorgaba mayor belleza a las ya de por sí voces angelicales que edulcoraban la ceremonia.

 

En el cóctel de bienvenida fue donde tuvo el “placer” de conocerle. Mateo fingió —aunque más bien no— un fuerte dolor de cabeza a los cinco minutos de estar conversando —si es que a eso se le podía llamar conversación—. Y gracias a todas las deidades que intervinieron en aquel llamémoslo azar, su mesa estuvo situada muy alejada de la de Jose. Pero aun así, en momentos en los que se exigía absoluto silencio, ya fuera porque alguien iba a dar una sorpresa a los novios o viceversa, siempre se escuchaba el murmullo de alguien que no parecía entender ni practicar el significado de la palabra silencio —ya fuera dicha, o implícita por imitación en el comportamiento colectivo.

 

¿Cómo pudo acabar alguien así invitado a la boda? Mateo no comprendía cómo aquella mujer que le acompañaba podía soportarlo. Cómo no le mandaba callar. Cómo no le había cruzado la cara; y peor aún, cómo narices podía aguantarle nadie... Mateo era mil veces mejor partido. No entendía por qué estaba solo y ese gañán no. Era completamente injusto.

 

Después del baile inaugural de los novios, la pista estaba fría aún, así que, aunque no pretendía ser cotilla, pudo indagar sobre la vida de Jose metiéndose en conversaciones en las que estaban poniéndole fino. Poco después obtuvo la respuesta: el dinero no da la felicidad, pero ayuda.

 

Horas y cubatas más tarde, la pista se había llenado de parientes de Karate Kid, más que de los novios, y el pinchadiscos sabía que el público era suyo. Las corbatas, que lucían en la frente los hombres, se contoneaban para seducir botellas de vino expuestas en el suelo al son del Baile de la botella. Y minutos después sonó el tan esperado...

 

ArrrRRRIIiiba todo el mundOO... A baiilAAAarrrrr... PaquIIIito... El chocolaTEEEROOOooo...

 

Y justo cuando todos estaban deslomándose con ese enérgico baile, Jose se encaminó hacia la mesa del pinchadiscos y, copa de ginebra en mano y sin dejar de gesticular, cogió el micro y berreó. Berreó demasiado. Berreó como no había dejado de hacerlo en toda la noche... Con la diferencia de que, en ese momento, un amplificador daba salida a su voz por el potente equipo de sonido de 6000w que habían contratado para el convite.

 

¿Pero es que nadie les advirtió de quién era Jose? Supongo que en estos casos nunca sabes que la prima calladita del pueblo tiene un novio con tierras, que la complementa, y puede acabar asistiendo a tu boda cualquier personaje que no pasa ningún filtro; como por esa membrana del micro, capaz de registrar una amplia gama de frecuencias de sonido, sin restricción alguna de palabras mal sonantes, desentonaciones musicales, o golpes de voz arrítmicos.

 

Parecía imposible, pero Jose acababa de ponerle letra a la canción por excelencia que no debería tenerla jamás. Aún, hoy en día, recuerda aquella voz áspera por encima de la melodía, desdibujándola y sacando así de su efecto hipnótico a los comensales allí reunidos. Mateo jamás había visto disolverse las filas de bailarines abrazados antes de las últimas notas de la canción, pero aquello fue un desastre y la gota que colmó el vaso.

 

Mateo se encaminó iracundo hacia él, pero un héroe anónimo —al que más tarde ovacionaría la mayoría de invitados y quien sólo recibiría amenazas de demandas de muy pero que muy pocos—, se le adelantó. Y Jose, aun tirado en el suelo como una colilla, siguió rumiando palabrejas en sueños, como si la combustión de esa colilla no se detuviera al llegar al filtro de algodón y pudiera descomponerlo también: algo inexplicable.

 

Mateo salió al patio a fumarse un pitillo. Tenía que asimilar lo que acababa de ocurrir, como otros tantos invitados, que también prefirieron tomar un poco el fresco. Atrás quedaron los comentarios de qué guapa está la novia y qué elegante el padre del novio. Ya no eran horas de alagos y cumplidos y todos se hicieron eco de lo que acababa de ocurrir. Mateo se dio cuenta de que había llegado a la hora de la decadencia: todo lo que sucediera a partir de ese momento quedaría oculto bajo la sombra que había proyectado ese incidente, ya en boca de todos. Así que, sintiéndolo mucho, se marchó cigarro en mano y sin despedirse.

 

 

 

Dedos ansiosos apagaban una colilla en el cenincero mientras recordaba aquel episodio de hacía tres años. Su jefe, ajeno a aquella historia, entraba en ese instante por la puerta del despacho, hecho también otro manojo de nervios.

 

-Qué mal trago he pasao´, compadre´

 

-Illo´, ¿qué t´ha pasao´?

 

-No veah´, ¿hábeh´? 

 

Y así se tiraron un buen rato antes de que Manuel le contara el motivo de su crispación; que no era otro que haber tenido que aguantar los treinta y siete minutos más largos de su vida escuchando la oferta que le proponía un caballero bastante peculiar: era algo parecido a grabar una canción instrumental en un disco; un ejercicio que le había recomendado su terapeuta. Su jefe no supo darle más detalles. Al parecer el cliente No cerraba la boca y se iba tanto por las ramas, que era imposible seguir el hilo.

 

—Illo´, pueh´ yo una veh´ conosí´ a uno así.

 

—Uh, qué pesao el iho´la gran puta. —Manuel no dejaba de resoplar.

 

Mateo le contó la historia de aquella boda y las noches de insomnio que le había ocasionado y, a medida que le describía los hechos, el ceño de Manuel se escondía tras el puente de sus gafas.

 

—¿No se llamará Jose? 

 

—Illo´, ¿no veah´ tú que va a seh´ el mihmo´?

 

Abrieron mucho los ojos, con la sincronía de un espejo.

 

—Illo´, rechásalo´.

 

—No puedo, ehte´ meh vámoh mu´ malamente

 

—Illo´, ya saldrán ótroh´ trabahílloh´…

 

—No, eh´ una ganga. —admitió Manuel, cabizbajo—. El tipeho´ va a pagahno´ una hartá´ y no se va a llevah´ na´ de comisión por lah´ véntah´.

 

—Pero, ¿si lo que compone eh´ una mierda?

 

—Puede que lo sea, pero date cuenta tú que vivímoh´ en un paíh´ de frikis. —Su muela empastada reflejó destellos de ambición—. A poco que vendámoh´, to´será pa nosótroh´. —“Pa´tí, cabrón”, pensó Mateo—. Y loh´ gástoh´ de produssión´ ya´htán mah que pagaoh´.

 

Mateo vio que se estaba golpeando contra un muro; el trato estaba cerrado. A él, como empleado se la sudaba a mares que su jefe ganara más o menos, pero tener que encontrarse con el tal Jose le ponía histérico perdido.

 

—¿Y cuándo vendrá? —No dejaba de temblarle la pierna—. ¡Oye! ¿Le habráh' disho' que lo que nesesite' noh´ lo mande por e-maih´?

 

Manuel emitió un sonido a caballo entre la risa y el llanto

 

—Ha disho´ que prefiere hablahlo´ en persona...

 

Mateo miró el cenicero. La colilla le miró a él. Y Ambos se perdieron en una profundidad remota, que en ese instante fue suya, mutua, y de nadie más. Mateo echaba en falta la compañía de alguien que le quisiera, que le reconfortara, que le ayudara a pasar malos tragos como ese. Y esa colilla aplastada y sola, en ese cenicero tan grande, no podía parecerse más al estado anímico de Mateo en ese momento.  Al menos podía hacer algo por esa chusta, ya que con su vida era más complicado: se enchufó otro piti. 

 

—...Illo´, ¿m´hah´ oiho´? 

 

—Cago´n la vihgen —Exaló el humo queriendo quemarle las pestañas—. ¡Claro que t´he oiho!

 

—Mira, vámoh´ a haseh´ una cosa. —Manuel le puso una mano en el brazo a Mateo—. Me entrevihto´ yo con él, y tú sólo ehtarah´ para el día de la grabasión´.

 

—Pero eg´ que tú no te puédeh imahinah´ lah´ nósheh´ que he soñao´ con aquella boda. —Su párpado izquierdo emitía tics en morse, transcribiendo las siglas S.O.S.—. Illo, ¿tú hah´ vihto´ Huego´ de Trónoh´?

 

—Illo´, Claro, Compadre.

 

—Si llego a sabeh´ lo que me iba a encontrah´ allí. —Levantó un índice—, hubiera preferío´ asistih´ a la boda roha con loh´ Htark´

 

—No veah´ tú, qué essagerao´ éreh´. No me llóreh´ mah´, que vah´ a venih´ a grabah´, y punto.

 

—Me acábah´ de desih´que hah´pasao´ loh´ peóreh´ trintisiete´ minútoh´ de tu vida. —La cara de Mateo era la máxima expresión de furia que podía emplear contra su jefe sin que éste tomara medidas—. Piénsalo —dijo más comedido—. Yo tuve que ih´ una temporada al psicólogo. —Mateo, con los ojos vidriosos extendió sus brazos—. No quiero que te pase lo mihmo´.

 

Pero le pasó. De hecho, años más tarde, llegó a crearse un grupo de terapia específico con todas las víctimas de Jose. Y hasta el ministerio de educación acabó aceptando una propuesta del colegio nacional de psicología para añadir un master a la formación universitaria, dedicado al estrés por saturación verbal... Pero eso es otra historia.

 

 

 

Había llegado el día D y la hora H: Mateo tuvo que hacer de tripas corazón y compartir el estudio de grabación con Jose. Sólo tendrían que ocupar sus puestos, sin entretenerse demasiado, y darle al "Rec”. Cuanto antes acabara aquella locura, mejor.

 

—Buénoh´ díah´.

 

—Buenoh´díah´; tú débeh seh´ Mateo. Mira que tu cara me suena musho y ara´mihmo´no sé de qué, pero tú déhame pensar´, que lo adivino. ¿Tú no fuihte´ a la feria de abrih´el meh´ pasao´? Claro, siehtámoh´enmayo; qué tontosoy. Sabeh´túquepasa que´r´veranopasao´semehiso´mulargo´ y el inviehno´mu´shico´ y eso m´hatrastornao´lapersepsión´dertiempo´, tanto que ya mecuehta´dihtinguih´ loh´meseh´delaño, porque fíhate´tú que ánteh´llovíaunahartá´en primavera, e inclusohahta´casiverano, porquedisen´quehahta´r´cuarentademayo notequiteh´ersayo.

 

Mateo puso los ojos en bl...

 

—Perolobuenoquetienenloh´ehtudioh´degrabasión´ eh´queehtán´baho´tesho´ypoh´musho´quellueva, aunquelosiertoeh´quellevavarioh´díah´dehpehao´, eh´quenotevah´amojah´ ni una miajicadená´. Ahh, quepase porehta´puerta. Sí, grásiah´. Verah´eh´ quemiterapeutamemandó haseh´unejersisio´deautocontroh´porqueparese´seh´quehablodemasiao´, ycomomeguhta´tantolamúsica, élpiensaquetocandounacansión´instrumentah´conseguirémúshoh´avánseh. Poresom´hetraío´ehta´pandereta... Illo, ¿ánde´ehtá´r´rehto´demúsicos?

 

¡Plonch! 

 

Mateo no tuvo paciencia para explicarle que los demás habían decidido grabar por separado, y con razón...

 

Al final, después de esos tres años teniendo pesadillas con aquella boda, por fin se dio el gustazo que en aquella ocasión le arrebató un tercero. Ver su puño estampado contra la cara de ese mamarracho fue un alivio poético, fabuloso y fantástico; o mejor aún...  ¡Legendario! Y ojalá pudiera extenderme con todo lujo de detalles en la liberación de carga que supuso ese noqueo técnico para Mateo, pero lo cierto es que lo mencionado en este último párrafo sólo ocurrió en su imaginación. 

 

Tras el portazo, le hizo señas a través del cristal —insuficientemente insonorizado, todo hay que decirlo—, para que se colocara frente al micro, y rezó para que esa pamplina de terapia surtiese efecto. Nadie merecía tener que soportar a ese esperpento nunca más. Y una vez en frío, agradeció haberse contenido: si hubiera perdido los papeles, detrás iría su trabajo... Su gran amado trabajo, que no quería perder por nada del mundo.

 

“Sólo serán unos minutos”, trató de convencerse, y apretó el "Rec"

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#9

Escrito 02 octubre 2017 - 22:01

Carretera al oeste

 

 

Sus manos agarraban con firmeza el volante del antiguo Chevrolet Nova que había heredado de su padre. Se trataba de la posesión más valiosa del viejo y le había pedido que lo conservase tras su muerte. Al principio aceptó por puro compromiso, arrinconó el automóvil junto a la casa familiar y lo tapó con una lona. Un par de años después, impulsado por su conciencia, comenzó un lento y laborioso proceso de restauración en el que se sintió cada vez más implicado. Acabó absorbido por el proyecto y en él se dejó las horas y parte del alma.

 

El ruido del poderoso motor V8 rompía el silencio de la noche. Llevaba cientos de millas a su espalda, siempre hacia el oeste, hacia donde se pone el sol. En su huida de sí mismo no había establecido un destino, sólo intentaba dejar atrás su vida, sus recuerdos y el sentimiento de culpa por haber dado la espalda a su amigo en la situación que a la postre lo llevó a la tumba.

 

Jake le había llamado hacía dos noches. Su tono de voz denotaba un nerviosismo poco habitual en una persona tan tranquila. Le había pedido pasar la noche en su casa debido a que se había metido en un lío y necesitaba ocultarse. Cualquier otra noche habría accedido. Cualquier otra noche habría cobijado a su amigo, pero no aquella. Aquella noche había invitado por fin a Stacey a cenar en casa. Debía ser una velada para recordar y necesitaba intimidad. Diecisiete horas después la policía le comunicaba que el cadáver de Jake había aparecido flotando en la bahía. No pudo soportar la presión, tenía que alejarse. Hizo una maleta con lo justo para una semana, se subió al coche y se entregó a la carretera.

 

Hacía un rato que no recibía ninguna emisora de radio, tan solo estática, por lo que decidió apagar el aparato. Bajó la ventanilla para ventilar el ambiente cargado del interior del automóvil provocado por el humo de los cigarrillos que había consumido. El cansancio había comenzado a hacer mella debido a la acumulación de horas al volante. La monótona oscuridad del desierto lo acunaba, provocando un embotamiento de sus sentidos. Era el momento de hacer una pausa y tratar de dormir. Estaba a punto de parar a un lado de la carretera cuando vio una luz a lo lejos. Tal vez se tratase de un pueblo con un motel en donde pasar la noche.

 

Siguió la luz y minutos más tarde llegó al aparcamiento de un único edificio profusamente iluminado y de fachada imponente. Albergaba un hotel. «Hotel Stanley». Se trataba de un edificio demasiado grande para estar aislado en aquel tramo de desierto. Parecía fuera de lugar. Dejó el Nova aparcado al lado de dos viejos Ford que tenían pinta de no haber sido utilizados en años. Eran los únicos vehículos en todo el aparcamiento. Cogió su maleta y se dirigió a la entrada.

 

El interior del hotel estaba decorado con un estilo un tanto peculiar, mezcla de lujo decadente y refugio de montaña. Resultaba muy pintoresco. En el lado izquierdo del hall había un mostrador de madera detrás del cual se encontraba una mujer de mediana edad. Poseía una mirada hipnótica y una sonrisa radiante, demasiado exagerada para ser natural.

 

—¡Buenas noches y bienvenido al hotel Stanley! —saludó la recepcionista con entusiasmo.

 

—Buenas noches. Deseo alquilar una habitación para esta noche, si tienen alguna disponible.

 

—Encantada de recibirle señor…

 

—Henley, Glenn Henley.

 

—Encantada señor Henley. Se trata de su día de suerte. Acaba de alquilar nuestra última habitación disponible.

 

Glenn enarcó una ceja. El comentario de la edulcorada recepcionista sonaba a embuste. El aparcamiento vacío y el silencio sepulcral que reinaba en la recepción no invitaban a pensar en un hotel a rebosar. No obstante, era cierto que a aquella hora de la noche la mayoría de los huéspedes estarían durmiendo.

 

Una vez finalizado el registro de entrada la recepcionista se ofreció a guiar a Glenn hasta su habitación. Subieron las escaleras hasta el segundo piso y enfilaron un largo pasillo. Al pasar por las diferentes puertas de los cuartos se oían una especie de murmullos. Glenn los asoció a conversaciones de los huéspedes o al sonido de televisores, pero no conseguía quitarse de encima la sensación de que había alguien tras las puertas observándole. La recepcionista se paró al final, justo antes de doblar la esquina. Giró la cabeza hacia la puerta de la izquierda y le dedicó una mirada fugaz para, a continuación, abrir la puerta de la derecha.

 

—Habitación 238. Aquí tiene su llave. Si necesita cualquier otra cosa no tiene más que pedírmela en recepción. Estaré allí toda la noche. Que descanse.

 

Se marchó sin dar tiempo a réplica. Glenn se quedó observando como se alejaba antes de entrar en la habitación. Caminaba de manera muy sigilosa, sin hacer ruido y como si prácticamente no rozase el suelo. Por un instante creyó verla flotar sobre el pasillo alfombrado. «El cansancio me está volviendo paranoico» pensó. Sacudió la cabeza y entró en la habitación.

 

El cuarto le generó una mejor impresión de la que esperaba. Era amplio, limpio y muy bien iluminado. Disponía de televisor y un pequeño frigorífico. La cama era ancha, de metro y medio, y en apariencia tras tumbarse unos segundos, muy cómoda. Junto a un rincón había un par de butacas orientadas hacia la ventana debajo de un cuadro con un paisaje nevado.

 

Se encontraba observando su rostro cansado en el espejo cuando la electricidad empezó a fallar. Las bombillas perdían intensidad y la recuperaban en un vaivén rítmico en el que llegaban incluso a iluminar más que en estado normal. El sonido chirriante que acompañaba las subidas y bajadas de tensión puso nervioso a Glenn. Cuando parecía que el flujo eléctrico comenzaba a estabilizarse sobrevino el apagón. Decidió salir al pasillo y comprobar si todo el hotel se había visto afectado, pero al llegar a la puerta, a tientas, la luz se reestableció.

 

En el breve espacio de tiempo que tardó en regresar al baño escuchó que alguien petaba en la puerta. Abrió desconcertado, esperando ver a la recepcionista. En el umbral esperaba un tipo muy alto, de aspecto imponente, intimidatorio. Vestía completamente de negro, a juego con sus ojos que parecían pozos de oscuridad infinita. El tipo sonreía de la misma manera que debe sonreír un lobo antes de devorar a su presa.

 

—Disculpe que le moleste a estas horas. Me hospedo en la habitación de enfrente. Como consecuencia del apagón mi televisor ha dejado de recibir señal —Glenn echó un vistazo a la puerta de la habitación del tipo, la 237 y la vio cerrada. Pensó en si era posible que el individuo tuviese tiempo de comprobar su televisor, salir de la habitación, cerrar la puerta y petar en la suya en el breve espacio de tiempo transcurrido desde el apagón. No, no era posible—. ¿Podría comprobar el suyo para saber si se trata de un problema general o específico de mi aparato?

 

 El individuo desprendía un olor muy desagradable, como a huevos podridos, pero había algo en él extrañamente atrayente. Su voz era cautivadora y sus movimientos gráciles.

 

—Sí, no hay problema. Ahora mismo lo compruebo.

 

Se giró hacia la mesa en donde reposaba el televisor con los sentidos alerta. No conocía las intenciones de su siniestro visitante, pero estaba claro que se trataba de un mentiroso. Encendió el televisor y comprobó si podía visualizar algún canal. Nada. Antes de que pudiera volverse notó la presencia del extraño justo a su lado. El pánico lo invadió, aquello tampoco era posible. Sus poros empezaron a chorrear un sudor frío. Observó la puerta, estaba cerrada. En ese momento pensó que se encontraba en los últimos segundos de su vida. Esperaba el golpe fatal por parte del hombre de negro, un golpe que no llegó. En su lugar, el extraño continuó con su verborrea.

 

—Veo que su televisor tampoco funciona. Es evidente que se trata de un problema general. El insomnio no me deja dormir y por lo que veo, al verlo despierto tan tarde, usted es también un avis nocturna. Podemos aprovechar ese rincón con las butacas para conversar.

 

Se acercó a las butacas y observó el cuadro.

 

—Esta es mi época del año favorita, siempre…

 

—Déjese de juegos —cortó Glenn—. ¿Qué quiere de mí?

 

El hombre de negro pareció dudar unos segundos, valorando a su interlocutor.

 

—Quiero ayudarle, naturalmente. Digamos que me dedico a proporcionar aquello que otros necesitan. Dinero, poder, mujeres. Cualquier cosa.

 

—¿Y pretende que le crea?

 

—Claro que sí, amigo mío. Lo único que busco es un trato que nos beneficie a ambos. Usted podría obtener una vida nueva, romper con el pasado. Convertirse en figura mediática si así lo desea. Lo que me pida. Sólo tiene que mirar la pantalla del televisor y ver lo que puedo ofrecerle.

 

En la pantalla comenzó a reproducirse una grabación en la que se veía a Glenn disfrutando de una vida de lujo y desenfreno. Una vida de excesos que nunca había ocurrido. Aquello tenía que ser un sueño.

 

—Ese no…no soy yo —balbuceó Glenn.

 

—Pero podría serlo, amigo mío. Yo puedo hacerlo real.

 

—¿Quién coño es usted? —Glenn creía saber la respuesta, pero necesitaba escucharla de los labios del tipo. Su corazón estaba a punto de estallar. Sintió un espasmo en la espalda, tan intenso que creyó que iba a caer desplomado.

 

—He recibido muchos nombres a lo largo de la historia, más de los que se pueda imaginar. La pregunta no es quién soy si no qué soy. Soy su oportunidad de empezar una nueva vida de cero. Su oportunidad de dejarlo todo atrás. ¿Qué pensaría si yo le dijese que puedo proporcionarle alivio con respecto a la situación que lo atormenta?

 

—Diría que me toma usted por necio. Algo así sería imposible, y nadie da algo a cambio de nada —dijo Glenn sin convicción.

 

—No lo tomo por necio, amigo mío, ni he dicho que fuera a cambio de nada. ¿Pero y si fuera a cambio de algo que usted no necesita?

 

—¿Mi alma? —preguntó Glenn con un hilo de voz casi inaudible

 

Los ojos del extraño comenzaron a brillar inundados por la codicia.

 

—¿Acaso tendría algún problema en entregarme algo en lo que nunca ha creído?

 

—Ahora mismo ya no sé en lo que creo —respondió Glenn.

 

—No voy a aburrirle con los detalles, pero en su caso necesitaría incluir su automóvil en el trato.

 

Glenn sintió un escalofrío, el más intenso de su vida, por todo su cuerpo. Tenía que poner fin a aquello, abandonar aquel lugar maldito y alejarse aquel hombre. Sintió la ira extendiéndose por su cuerpo.

 

—¡Fuera de aquí! ¡Márchese! ¡Abandone mi habitación! —gritó Glenn fuera de sí.

 

—No tome una decisión precipitada.

 

—¡LARGO!

 

El extraño parecía visiblemente dolido y la temperatura en la habitación bajó varios grados de golpe. Sin embargo, se recompuso a los pocos segundos.

 

—Lamento que desaproveche esta oportunidad, señor Henley.

 

—No recuerdo haberle dicho mi nombre.

 

—No lo hizo, señor Henley. Piense en lo que acabo de decirle. Si cambia de opinión venga a hablar conmigo. Estaré en la habitación de enfrente.

 

El hombre de negro se acercó a la puerta que se abrió por sí misma y se cerró una vez la hubo atravesado. Glenn decidió marcharse inmediatamente de ese hotel de pesadilla. Cogió sus cosas y atravesó el pasillo corriendo. Podía escuchar las voces de los condenados, llamándole, desde detrás de las puertas. Sin ver a nadie en recepción salió al parking. El edificio ya no estaba iluminado y parecía mucho más pequeño y deteriorado que cuando entró. Se subió al coche y pisó a fondo el acelerador.

 

En la oscuridad de la noche no pudo ver la figura de un hombre, vestido completamente de negro, que lo observaba alejarse desde uno de los balcones. El hombre sonreía de oreja a oreja con una sonrisa que parecía decir: «Volverá, todos lo hacen».

 

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#10

Escrito 02 octubre 2017 - 22:03

Todos mirando
 

A ver cómo te lo cuento. La noche empezó como todas, con mis amigos Raúl y el Yosi en la Rockería, a chupitos, que es lo que te pide el cuerpo a primera hora.
 
Raúl se llamaba Raúl, pero el Yosi se llamaba Andrés. Se parecía al Yosi, ¿sabes?, el de Los Suaves, que por aquel entonces estaba más delgado, y de ahí el mote. A mí me llamaban el guapo. Porque mis amigos eran un par de cabrones. Por eso.
 
Empezamos con chupitos porque hacía frío. Tú no sabes cómo se te mete la niebla en los huesos cuando trabajas en la calle todo el día. Yo llevaba tiritando desde las seis de la mañana, ni a tortazos me quitaba los temblores. Y claro, a las siete, cuando llegué al bar y éstos ya estaban por la segunda caña, pasamos a los chupitos para calentarnos.
 
Al cabo de un rato nos fuimos a por unos vinos al Penicilino, por las zapatillas, ya sabes. Había que meterse algo en el estómago, y no sé qué tienen esas pastas que me quitan todos los males. Luego nos movimos un poco, porque el cielo estaba despejado y parecía que se quedaba buena noche. Las calles empezaban a estar animadas. Nos encontramos con algunos amigos, compartimos unos cigarrillos, comimos una porción de pizza y una cerveza en el mostrador de un restaurante, tomamos una rápida en El Minuto pensando que habría una mesa libre (pero no había ni una, estaba hasta arriba) y, ya más entonados, volvimos a pasear las calles de Cantarranas. Charlamos un rato con las chicas que entraban al Testarossa y compartimos una jarra con unos universitarios que conocimos allí mismo que estaban muy, muy borrachos, y eso que no era ni medianoche.
 
En ese momento se nos ocurrió la idea. En realidad fue cosa de uno de los universitarios, Jairo, que dijo que conocía a una camarera del Sotabanco y que si nos dejábamos caer por allí nos invitaría a una copa.
 
A ver, nosotros no éramos muy de esa zona, ¿comprendes? Quiero decir que esos bares estaban bien pero no ponían rock ‘n roll y la gente era muy estirada. Vamos, que eran un poco pijos y, bueno, allí desentonábamos. De nosotros tres, yo era el que iba mejor vestido, porque llevaba el pelo largo recogido en una coleta y hacía poco que había estrenado mi chaqueta de cuero, toda chatonada y con cremalleras sin bolsillos. Te puedes imaginar. No dábamos el perfil, pero qué quieres, una copa es una copa, así que fuimos para allá confiando en que Jairo no se estuviera marcando un farol.
 
Cuando llegamos nos pedimos una cerveza y una de las camareras, que saludó a Jairo con un beso que nos dejó a todos con ganas de cambiarnos por él, nos puso unas uñas de J&D, y luego otras y otras más, así que pagamos otra ronda a nuestros nuevos amigos y nos fuimos todos juntos a otro lado, felices, contentos y soñando con la mirada de la camarera.
 
En el Tintín tuvimos un problema. Era un bar un poco raro, medio pub, pedio disco. No es que el local estuviera mal, pero allí se reunían los jugadores de rugbi no sé qué equipo, ¿sabes?, iban allí como si fuera una especie de club y la gente como nosotros parecíamos muy pequeños y enclenques. Uno de ellos confundió a Raúl con un tipo que le había partido la cara hacía unas semanas, que ya me dirás, porque mi colega era incapaz de hacerle daño a una mosca, y tuvimos que salir de allí con la bebida a medias, porque el ambiente se puso un poco serio. Y, según salía, empujé sin querer a una chica y le tiré encima la copa que llevaba.
 
—¡Eh, cuidado! —me dijo.
 
—¡Perdona, guapa! —respondí mientras salíamos pitando—. A la siguiente te invito yo.
 
Esto último se lo dije mirándola a los ojos, en voz baja y, te lo prometo, fue como los flechazos de las películas. Era una mujer preciosa. Llevaba unos vaqueros muy ajustados y una camiseta que se había puesto perdida. Me hizo un gesto con los labios que en ese momento me puso la piel de gallina y se me erizó todo lo que se le puede erizar a un hombre.
 
—¡Gilipollas! —me dijo. Pero yo sé que estaba pensando en otra cosa cuando me miró.
 
Y de ahí, riéndonos y bastante borrachos, nos fuimos al Kaos a botar un rato, que ya estábamos hartos de la música de aquellos bares.
 
El Kaos quedaba un poco apartado. Cuando llegamos nos encontramos con una puerta cerrada y un cartel que explicaba las razones de la clausura. Como llevaba un sello del ayuntamiento, pegamos algunos gritos, dimos unas patadas y nos marchamos cantando no sé qué canción. El Kaos lo cerraban un par de veces al año y siempre por lo mismo. ¿Tanto le costaba a la gente salir a fumar a la calle? Pues eso.
 
Volvimos atrás sin saber muy bien a dónde ir. Caímos en La Esquina, y allí volví a encontrarme con la mujer.
—Me debes una copa —me dijo.
 
Yo balbuceé algo, no recuerdo el qué, pero a aquellos labios no podía negarles nada y cumplí mi promesa. Charlamos un rato. Me dijo que llevaba poco tiempo en la ciudad. Que no conocía a casi nadie. Que esa noche estaba siendo muy aburrida.
 
—Tengo 35 años. A mi edad, una mujer ya sabe lo que quiere para divertirse una noche. ¿Sabes lo que quiero decir, guapo?
 
Me llamó guapo. Guapo, así, sin más, sin reírse. Luego me dijo que le había ensuciado al derramar su copa. Bajé la mirada y noté el movimiento que había bajo la camisa. Creo que la sangre bajó tan rápido desde mi cabeza que me mareé.
 
Me dio un beso. Se iba a casa. Vivía allí mismo, frente a la Antigua. Tuve que acompañarla. ¿Qué podía hacer? Le dije al Yosi a dónde iba. Me sonrió, dijo una grosería y me siguió con la mirada mientras nos alejábamos, cruzábamos la plaza y nos metíamos en el portal.
 
Total, que, al entrar en su casa, me dio otro beso, mucho más largo, y en menos de cinco minutos estábamos los dos desnudos, en la cama, sin perder ni un segundo. Yo estaba muy borracho, pero eso no me afectó. A esa edad es difícil no cumplir, ¿sabes a lo que me refiero? Pero si no hubiera bebido tanto, a lo mejor me habría fijado en la foto de boda que había en la entrada, donde salía ella junto a un tipo enorme, vestido de militar y con cara de tener muy mal genio.
 
Pues sí, lo has adivinado. Ese mismo tipo, que estaba fuera de la ciudad, aquella noche de viernes le quiso dar una sorpresa a su mujer y volvió a su casa.
 
—¡Cariño! —dijo—. ¡Sorpresa, he vuelto!
 
Sí fue una sorpresa, sí. Para mí más que para ella, creo. Ella se puso roja y yo me quedé blanco. Cogió toda mi ropa y la metió bajo la cama, se tapó con las sábanas y me hizo gestos para que me escondiera. Subí los hombros en silencio, como diciendo “¿pero dónde quieres que me meta?”, porque escuchaba al marido acercándose por el pasillo hacia la habitación.
 
Ella señaló hacia el balcón.
 
Total, que el tipo entró en la habitación y se encontró a su mujer en la cama, tapada con las sábanas hasta el cuello (porque estaba desnuda) y diciendo que no se encontraba bien, mientras yo contenía la respiración en el balcón, desnudo, muerto de frío y de miedo.
 
—Me voy a dar una ducha, amor. Ahora te preparo algo caliente para que te anime un poco—dijo el hombre.
Me asomé para ver si podía entrar de nuevo, coger mis cosas y largarme sin que me viera, pero el baño estaba junto a la habitación y el marido dejó la puerta abierta, así que no podía colarme. La mujer me dijo por gestos que no me moviera y que esperara. O eso entendí yo.
 
Así que esperé en el balcón. Estaba desnudo, ¿ya lo había dicho? Del todo. Alguien miró hacia arriba, al balcón del primer piso, se echó a reír, me señaló con un dedo y al cabo de un rato se juntaron, no sé, como cincuenta personas bajo el portal, riéndose, cantando canciones y tocándome las narices de mala manera. Raúl y el Yosi estaban también, claro, incluso Jairo y los universitarios que habíamos conocido esa noche. Uno de ellos me tiró una chaqueta que cogí al vuelo, y menos mal, porque ya estaba empezando a congelarme. Armaron tanto jaleo que el tipo incluso se asomó por la ventana un segundo. La gente desde abajo me hacía señas para que me agachara en una esquina del balcón, para que no me viera, y el tipo debió pensar que eran un montón de borrachos pidiendo a alguien que bajara a la calle, así que no hizo caso. En aquel momento incluso recé una oración, yo, que no me acerco a una Iglesia más que para sentarme a la sombra en verano.
 
Al cabo de un rato, la mujer abrió la puerta del balcón en silencio y sacó mi ropa muy despacio, incluido el calzado y mi chaqueta nueva. Me miró, me sonrió e hizo un gesto como si me pidiera disculpas. Yo estaba muy enfadado, pero algo tenía ese gesto que hizo que se me pasara el enfado, el frío y hasta el miedo.
 
No me acuerdo muy bien de cómo bajé. Me descolgué de mala manera y debajo de mí se colocaron varias personas para agarrarme. Caí al suelo entre risas, bromas y algunos aplausos. Me pusieron una copa de algo muy fuerte en las manos que me quemó la garganta según lo bebía, pero que me supo a gloria, y nos fuimos de allí corriendo.
 
Y esa es la historia. El fin de semana siguiente coincidimos aquella mujer maravillosa y yo en un par de bares, y el siguiente, y muchos más. Yo nunca volví a su casa, si te lo estás preguntando.
 
Al cabo de un tiempo se marchó de la ciudad, se divorció, volvió, encontró trabajo y se quedó. La vida da muchas vueltas y nos encontramos de nuevo, porque no habíamos perdido el contacto, y seguimos quedando, y así hasta ahora. Pero aquella primera noche fue inolvidable para mucha gente, no sólo para nosotros, que todavía hoy hay alguno que me conoce como el tipo del balcón.
 
Así fue como nos conocimos. Oye, tú has preguntado, no te quejes. Y esa es la razón por la que vivimos en una planta baja, por si te lo preguntas. Yo le tengo pánico a los balcones y, además, a tu madre le da la risa cada vez que me asomo a uno. 
 
 

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#11

Escrito 02 octubre 2017 - 22:05

 

Jenny was a friend of mine

 

 

La sala de interrogatorios número cuatro de la principal comisaría de Santa Mónica, en Los Ángeles, era una habitación aséptica y gris, iluminada por un solitario halógeno y cuyo mobiliario se limitaba a una mesa de formica, también gris, y dos sillas plegables que resultaban incómodas a los pocos minutos de uso. El joven que ocupaba una de ellas desde la noche anterior se recolocó con un gesto de dolor. Tenía la cabeza gacha y las manos esposadas sobre la mesa; su reloj marcaba las cinco de la tarde. Levantó la vista cuando escuchó abrirse el cerrojo de la puerta que tenía enfrente. Un hombre de mediana edad y complexión fuerte se acercó a él y tomó asiento en la silla libre. Mantuvo los ojos fijos en él durante un rato, en silencio, hasta que comenzó el interrogatorio:

 

–Estoy muy cansado y tengo ganas de irme a casa con mi mujer, así que espero que no me lo pongas tan difícil como a mis compañeros.

 

El joven notó un leve acento mejicano, seguramente adquirido durante la infancia, en aquella voz grave, dura, que acompañaba a la perfección el estado de ánimo que le había transmitido con sus palabras. No tenía intención de decepcionar a su interlocutor, pues él era el primero que quería acabar de una vez por todas con aquella situación y no hacerla más complicada de lo que ya era.

 

–Empiece por el principio, ¿le parece? –ordenó el agente de policía.

 

–No sé cuántas veces tengo que repetir lo mismo… Había quedado para ir de copas con unos amigos por la zona del Third Street Promenade. Creo que estuvimos allí unas horas y luego fuimos a dar una vuelta por el paseo marítimo.

 

–¿Cree? ¿No puede asegurar lo que hizo hace menos de veinticuatro horas?

 

–No recuerdo los detalles. Bebí mucho.

 

En ese momento, la única fuente de luz comenzó a perder y ganar intensidad, como si fuera a fundirse en aquel instante. El muchacho se sobresaltó al escuchar el susurro en su oído:

 

Yo sí sé por qué estás aquí.

 

El tono del guardia, que no fue consciente de la interrupción, se endureció aún más para disuadir al chico de jugar con él.

 

–Si quiere puedo contarle lo que sabemos hasta ahora. Espero que usted complete la historia debidamente –dijo, y ante el silencio del presunto criminal, comenzó el relato de los hechos–. Un testigo de lo sucedido, que fue quien nos llamó, por cierto, asegura que vio correr despavoridos a dos jóvenes y que usted, señor Flowers, se encontraba de rodillas en Ocean Avenue junto a una chica, a la que golpeó hasta la muerte. Ya tenemos los resultados de la autopsia: Jennifer Keuning, la víctima, falleció por un traumatismo craneoencefálico severo. ¿Necesita que le refresque aún más la memoria?

 

–¡Yo no estaba golpeándola! –contestó el chico con rabia–. Intentaba que respirara; se estaba muriendo.

 

–¿Cuántas veces va a soltar la misma mentira? ¿De verdad espera que creamos que la chica se produjo todos esos golpes ella misma? ¿O está acusando a alguno de sus amigos…? –El agente consultó sus notas antes de continuar–: Andrew Stoermer y Natalie Vanucci, que tras huir de la escena del crimen, se presentaron aquí esta mañana y nos han proporcionado una versión muy distinta de los hechos de la que usted mantiene.

 

Tantas preguntas e información por parte del policía sacudieron a Flowers, que intentó ordenar los pensamientos en su cabeza y toda la serie de imágenes de esa noche, situaciones y conversaciones inconexas que no le permitían formar una historia coherente para su defensa. Recordó las bebidas por los bares en las cercanías del centro comercial de Third Street y a sus tres amigos bailando con él. También vino a su memoria un beso, o puede que fueran dos, pero la fotografía mental estaba borrosa y era incapaz de distinguir las dueñas de aquel par de labios. Luego la lluvia, débil y agradable en aquel fin de semana de finales de junio, escurriéndose por sus caras mientras caminaban por el paseo marítimo; él iba hablando con Natalie, ¿o estaba discutiendo? Lo siguiente que recordaba era la cara ensangrentada de Jennifer, intentando decirle algo mientras se ahogaba, y él agarrándola con fuerza pidiéndole que no lo abandonara, que siguiera luchando. Los ojos del joven se anegaron de lágrimas.

 

–Le doy una última oportunidad, Flowers. ¿Por qué mató a Jennifer Keuning?

 

–¡Yo no la maté! –gritó desesperado el chico–. No tengo motivos para ello. ¡Jenny era mi amiga!

 

–Razón de más para cometer un asesinato. La mayoría de este tipo de crímenes, sean o no premeditados, los cometen personas cercanas a las víctimas. He enchironado a amigos, parejas, padres, madres, hijas, hermanos, tíos, primas y hasta algún nieto ha acabado con la vida de su abuelo. Cuando el móvil no es el robo o un ajuste de cuentas, ¿quién crees que acaba con la vida de los inocentes? Amigos como tú…

 

El joven se percató de que el guardia había empezado a tutearlo, indicador de que estaba agotando su paciencia. Intentó calmarse para no empeorar más las cosas y analizó fríamente la situación teniendo en cuenta lo que tenían en su contra y lo poco que recordaba de la noche anterior.

 

–No puedo ni voy a confesar un crimen que no he cometido. Y no tenéis pruebas de lo que intentáis acusarme: sólo un hombre que entre la oscuridad de la noche creyó verme golpeando a Jennifer, cuando realmente sólo trataba de salvarle la vida.

 

–Hemos encontrado restos de sangre en una farola, así como en el suelo a lo largo de diez metros. ¿Cómo se produjo Jennifer esas heridas?

 

En ese momento, a Flowers se le hizo un nudo en el estómago al rememorar esos últimos minutos antes de acabar detenido. No pudo dejar escapar una lágrima mientras narraba la última vez que tocó el cuerpo de Jennifer.

 

–No lo sé… Recuerdo que le pregunté lo mismo mientras la sujetaba con fuerza entre mis brazos; ella ni siquiera podía gritar de dolor. Te juro que jamás le habría hecho nada malo, jamás la habría dejado marchar.

 

El agente respiró hondo. No podía creer que el muchacho siguiera jugando con ellos, o que no hubiera caído ya en alguna contradicción. Era obvio que no podía existir otro asesino; quizás uno de sus amigos, pero ambos apuntaban a Flowers y no tenía motivos para no creerlos. Miró la camiseta del joven, con el lema Welcome to fabulous Las Vegas parcialmente legible debido a las manchas de sangre.

 

–Conozco mis derechos –se envalentonó el chico–. Llevo aquí todo el día y no pueden detenerme más tiempo. ¿Me puedo ir ya?

 

–En eso te equivocas –contestó el guardia–. No necesitamos una confesión. Por mucho que mantengas esa versión de amnesia transitoria por el alcohol, tenemos pruebas más que suficientes para que pases los próximos años entre rejas. De momento, espero que pases una buena noche en el calabozo.

 

Apoyado contra la pared de una fría y maloliente celda, Flowers se dejó caer al suelo con las manos tapando su cara y secando las lágrimas que recorrían su rostro. Miró al techo con angustia mientras sorbía la nariz y las bombillas del pasillo de los calabozos tintinearon como lo hizo el halógeno de la sala de interrogatorios horas atrás. Frente a él, otra vez aquella sombra oscura que le hablaba cuando no se cuidaba como debía.

 

Parece mentira que sigas engañándote de esa manera. Ya te dije que terminarías aquí abajo.

 

–¡Vete! ¡Sal de aquí! –gritó Flowers a la soledad de la celda.

 

También te avisé sobre ese jueguecito que os traíais los cuatro. ¿Acaso pensabas que acabaría bien?

 

–Jamás comprendiste el amor que nos teníamos.

 

Los que no lo entendíais erais vosotros, que no sabíais ni cómo trataros. ¡Mira cómo tu querido Andy y tu amada Natalie te han mandado a pudrirte a esta celda! Y ellos son tan culpables como tú de lo que ha pasado. También Jenny, que era una bomba de relojería. Menos mal que ahí estaba yo para ayudarte, ¿verdad, Brandon?

 

–Tú nunca debiste haber aparecido...

 

Y sin embargo aquí estoy, y me temo que soy el único que puede ayudarte de ahora en adelante. Así que tú quédate tranquilo y déjame intervenir a mí, tal y como hiciste anoche.

 

Flowers se tumbó en el suelo en posición fetal, balbuceando y meciéndose como un niño pequeño. Le pesaban los párpados, fruto del cansancio y el desahogo del llanto. Se acordó una vez más de Jenny y de Andy y de Natalie, y luego descansó: era lo único que quería. En cuanto Brandon se rindió, la sombra oscura comenzó a reír.

 

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#12

Escrito 02 octubre 2017 - 22:07

¿Dónde viven los monstruos?

 

Cavinhill era muy diferente a Nueva York. Mientras en uno se erguían inamovibles hileras de grises edificios acristalados, en el otro se alzaban miles de robles rojos mecidos por el viento. Cuando en la gran manzana anochecía, las farolas y los neones comenzaban su espectáculo de luces y brillos; pero en el pequeño pueblo, tan solo las estrellas brillaban fulgurantes en la lejanía del firmamento. El bullicio, el asfalto y las fuentes que escupían grandes chorros de agua desde el suelo, eran sustituidos por el silencio, los senderos y las cataratas arrojando su furiosa carga desde las alturas. Era un mundo totalmente nuevo para Annie, todo era tan opuesto a donde se había criado, que casi le parecía encontrase en un lugar mágico.

 

Cuando su padre le mostrara el folleto con la panorámica del frondoso bosque y el texto que rezaba:

 

 

Cavinhill

 

Un verano fantástico

 

Si  quieres desconectar de la rutina y sumergirte en la naturaleza no lo dudes, acabas de encontrar el lugar idóneo  para ti. Un remanso de paz y tranquilidad donde te esperan los más bellos parajes que puedas imaginar. También contamos con múltiples actividades al aire libre para toda la familia. Ven a Cavinhill.

 

 

Se ilusionó bastante con la idea de pasar unas vacaciones en ese lugar, aunque en el fondo, pensaba que no debía de ser más que un Central Park más grande. Pero no era así. Ahora que se encontraba ahí podía comprender la diferencia, tocarla, respirarla… El parque era tan solo un decorado de cartón piedra en comparación, esto era autentico y, a la niña, le costaba asimilarlo en cierta manera.

 

En uno de esos días, sus padres habían decidido organizar una comida campestre en compañía de los Anderson, otra familia de turistas que se hospedaban en su mismo hotel, y con la que habían entablado una rápida amistad. Al término de la misma, los adultos charlaban y reían entre ellos animadamente, mientras la niña, arrodillada a sus pies, contemplaba ensimismada el esqueleto de un retorcido árbol seco que destacaba en la distancia. Sus tonos apagados y las caprichosas formas picudas, parecían no encajar con el verdor que los rodeaba; a la pequeña le recordaba a esos árboles de cuento, en cuya rama un búho reposaba expectante y, de fondo, una enorme luna llena resplandecía sobre la oscuridad de una noche despejada. Pese a encontrarse a pleno día, Annie sintió entonces algo de miedo.

 

—Mami.

 

—Un momento cariño.

 

—Mama.

 

—Están hablando los mayores. ¿Por qué no vas a jugar con Gavin?

 

El hijo de los Anderson se encontraba a unos pocos metros de distancia. Acuclillado y armado con un pequeño palo, estaba muy atareado exterminando decenas de hormigas que emergían desconcertadas desde un diminuto agujero del terreno.

 

—No quiero... No me gusta a lo que juega.

 

—Pues juega tú un poquito por ahí, venga anda.

 

La niña se incorporó y le dedicó una nueva mirada recelosa al espantoso árbol.

 

—Pero mami…

 

—Que pasó Annie…

 

—Eso da miedo, parece un monstruo —dijo la niña a la vez que señalaba con su dedo.

 

—No es ningún monstruo; solo es un árbol viejo cariño, está sin hojas.

 

—Entonces ¿Dónde viven los monstruos? ¿Dentro del bosque?

 

—Tan solo en la imaginación, son cosas de películas y libros. —Posó la mano sobre la cabeza de su hija y frotó la yema de los dedos a la vez que le dedicaba una sonrisa. —Si eres capaz de traerme una ramita del árbol, luego te doy un postre de premio, ¿Qué te parece?—Guiñó un ojo.

 

—¡Vale! —exclamó con júbilo la pequeña toda henchida de valor, al tiempo que emprendía una carrera al trote, sobre el mullido verde manto del claro.

 

Cuando llegó a su nivel, se vio muy menuda en comparación y comprendió que no iba a ser capaz de alcanzar rama alguna, ya que se encontraban a una altura considerable; así que decidió inspeccionar el suelo a su alrededor en busca de algún pedazo quebrado. Exploró la zona con esmero por un buen rato, pero no encontró ningún fragmento, casi estaba a punto de desistir y volverse de vacío, cuando descubrió que un pequeño y extraño ser se movía torpemente bajo un arbusto.

La niña observó con curiosidad a la criatura desde una distancia prudencial, nunca había visto algo así. Desde luego no se parecía a un conejo, era más bien como un ratón sin cola, grande, gordo y lento. Si los monstruos realmente existían, ese debía de ser uno.

 

Annie lo siguió con cautela y pronto concluyó que si se trataba de un monstruo, debía de ser uno bueno, o un animal muy raro y simpático. Pensó en avisar a su madre para mostrarle la criatura que había descubierto, pero por miedo a no encontrarlo ya ahí cuando regresasen, decidió ir tras él para averiguar dónde podía vivir.

 

El peculiar animal, no era otra cosa más que un inofensivo erizo que escudriñaba la superficie, buscando con ahínco el mayor número de insectos que pudiera llevarse a la boca. Lejos de detener su marcha, continuó su errático recorrido sin cesar y ella lo persiguió por un largo tiempo. Poco a poco, fascinada por su hallazgo, la pequeña se fue adentrando en la arboleda sin quitarle ojo de encima, hasta que el animal se coló entre unas zarzas, imposibles de traspasar para la niña. Cuando quiso entonces regresar de su aventura y volver sobre sus pasos, estaba tan desorientada que no sabía en qué dirección debía dirigirse. Annie se había perdido.

 

Mientras, sus padres, ya habían comenzado a buscarla por los alrededores en cuanto notaron su falta. Tras un intercambio de reproches por no haberle prestado la suficiente atención, vino la desesperación del pasar del tiempo. Luego, más gente se unió a la búsqueda, todos gritaban su nombre, pero no obtenían contestación alguna. La niña había desaparecido. Con una llamada, se puso en alerta también a la policía del condado, que desplegó rápidamente varias unidades por la zona.

 

 

Ajena a todo el revuelo provocado, Annie continuaba su particular búsqueda del camino correcto. Movida por la desesperación y el miedo, caminaba sin darse cuenta de que cada vez se alejaba más de a donde quería dirigirse, sumergiéndose en la profundidad del inmenso bosque.

 

Ahora ya no pensaba en monstruos, solo en lo mucho que sus padres se iban a enfadar y cuanto le iban a reñir. Cuanto más tardara en regresar, el castigo más grande iba a ser, eso seguro. Tenía que intentar dar con el camino de regreso, al fin y al cabo ya no era tan pequeña, ese verano ya había cumplido los siete años, aun podía demostrar que era lo suficientemente mayor para cuidarse sola.

 

A la vez, en el otro extremo del bosque, el Sheriff,  que se había unido también a la batida, recibía una urgente llamada desde comisaria:

 

—Señor, me han dado un aviso desde la central. Podríamos tener un problema.

 

—¿Qué problema Wyatt?

 

—Isaiah Balan.

 

—¿Y ese quién es?

 

—Un elemento que está fichado por cargos de agresión sexual a menores. Al parecer le dieron la condicional hace unos meses. Sitúan su residencia actual en Cavinhill.

 

—Joder. Me cago en la… Joder. Escucha, ¿Dónde vive ese tipo exactamente?

 

—En el número tres de Cora Ave.

 

—Quiero que mandéis una patrulla para ahí ahora mismo. No sabemos si a la niña la han secuestrado, se ha perdido, o que sabe Dios; pero tenemos que descartar la más mínima posibilidad de que ese hijo de puta tenga algo que ver. A partir de ya, es sospechoso.

 

—De acuerdo.

 

—Pásame aviso en cuanto sepas algo.

 

Annie ya estaba cansada de caminar y el sol ya  se estaba poniendo, pero por fin había conseguido traspasar la espesura del bosque. En su avance, había llegado hasta los confines de uno de los parques forestales de la región. Caminó por sus adoquinadas, y ahora ya desiertas sendas, hasta toparse con un precioso lago de brillosas aguas cristalinas. En su interior, navegaba una pequeña embarcación de recreo, y sobre esta, un hombre permanecía encorvado, clavando su mirada en ella.

El barquero deslizó su remo sobre el agua, y la barca se desplazó con suavidad hacia la zona de la orilla en la que Annie permanecía erguida.

 

—Hola pequeña, ¿quieres dar un paseo? —dijo el barquero.

 

La niña permaneció en silencio. Su madre le había dicho en muchas ocasiones que no se hablaba con extraños, sin embargo pensó que ahora que se encontraba perdida, quizás  debería desobedecerla.

 

—¿No te habrá comido la lengua el gato?

 

La chiquilla se la mostró de manera burlona.

 

—Jajaja, ya veo que no. Por ser tú te daré un viaje pequeñito gratis, las niñas bonitas no pagan dinero. —Mostró la dentadura. Tenía los dientes torcidos y amarillos.

 

—¡Yo no soy bonita! —gritó con enfado. — ¡Ni lo quiero ser! —añadió para reafirmarse.

 

—¡Vaya, que genio! —Aproximó un poco más la barca. —Escucha, pareces una niña lista, eso sí. Las niñas tan listas tampoco pagan dinero. —Al sonreír su cara se arrugó  por segunda vez y a Annie le desagradó la expresión de su rostro.

 

—Sí que soy lista, y mi madre me ha dicho que no se habla con desconocidos, así que me voy. —A Annie no le caía bien ese hombre feo y viejo que le había llamado bonita. Ella se llamaba Annie, no “bonita”.

 

—Espera, y ¿donde están tus papás, estás tú solita por aquí? —Dio un nuevo golpe de remo y la barquita se desplazó un poquito más, haciendo ondular el agua.

 

Pero la niña hizo oídos sordos a las preguntas. Le había parecido ver a una persona a lo lejos, bien podría ser su padre buscándola. Para comprobarlo,  echó a andar en su dirección, dándole la espalda al barquero.

 

—¿A dónde vas tú sola, morenita? ¡Ven aquí un momento! —La barca encalló en la orilla y  su tripulante puso un primer pie en tierra.

 

La niña giró la cabeza y vio al hombre tras de sí, siguiendo sus pasos.

 

—¡Que me dejes! —exclamó a la par que echaba a correr.

 

—¡No corras! —El perseguidor también aceleró el paso.

 

En su carrera, la chiquilla tropezó y cayó de bruces contra el suelo. Cuando alzó la vista, la sombra del barquero ya eclipsaba cualquier rayo de sol sobre su piel.

 

—¿Qué sucede aquí? —interrumpió una segunda voz desde el lado opuesto.

 

El hombre, que portaba un fusil y un par de perdices colgando de su cintura, era un cazador de la zona y no su padre, como Annie se había figurado en un primer momento.

 

—No pasa nada. La niña, que se ha caído, venía a ayudarle a levantarse — contestó el barquero.

 

—La niña se ha caído porque usted corría detrás de ella. ¿Conoces a este hombre muchacha, te estaba molestando?

 

— No, no lo conozco. Sí que me molestaba.

 

—Es que la vi andando sola por aquí y trataba de…

 

—¿De qué? —interrumpió nuevamente el cazador. —Ya la ha oído, la estaba molestando. ¿Cómo te llamas pequeña?

 

— Annie.

 

—¿Dónde están tus padres?

 

—Es que… me he perdido. —dijo entre sollozos.

 

—Tranquila, no te preocupes. Vamos a buscarlos ahora mismo. Y usted. —Apoyó una mano sobre el fusil. —Será mejor que se vaya antes de que avise a la policía.

 

— Calma, solo quería ayudarla también, ya me marcho. —Finalmente, el hombre se dio media vuelta y regresó pudibundo a su embarcación.

 

 

Annie se incorporó, sacudió la tierra de sus rodillas y falda, se secó los ojos humedecidos y agradeció la ayuda, antes de partir por fin al esperado reencuentro con sus padres. 

 

Al día siguiente, dos agentes se acercaron hasta el lago y se dirigieron al barquero sosteniendo una fotografía. Cuando le preguntaron si había visto a la pequeña desaparecida, el hombre, visiblemente sorprendido, admitió haber hablado con la niña, así como el incidente de la tarde anterior. Pero al enseñarle una nueva imagen, en la que figuraba el rostro del sospechoso, el corazón le dio un vuelco y solo alcanzó a responder:

 

— Dios mío. Es el cazador.

 

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Editado por Lyn, 02 octubre 2017 - 22:42 .

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#13

Escrito 02 octubre 2017 - 22:09

Xana

 

Cuentan los libros de historia que, en los agitados tiempos de la invasión musulmana, gobernaba en las frías tierras del norte, más allá de los picos cántabros, un adusto pero benévolo rey. Los sarracenos, que regían al sur bajo la bandera de media luna ensangrentada, amenazaban con tomar y saquear sus tierras. Sus fuerzas eran injustamente superiores y, mientras el emir esperaba la llegada de la cálida primavera para iniciar su ataque, el rey y sus consejeros decidían cómo ofrecer a los conquistadores un honroso final.

 

Pero el honor fácilmente se pierde cuando se trata de supervivencia. Pues no fueron cimitarras, sino un heraldo musulmán el que acompañó el florecimiento de los campos. Su llegada a Pravia fue mal augurada por los adivinos, aunque las noticias que traía resultaron ser la salvación del pueblo astur. El emir de Córdoba, Abderramán I, propuso un armisticio al rey católico a cambio de que cada año, con la caída del último sol de la primavera, le entregase las cien doncellas más bellas del reino. El monarca no tuvo elección. Aunque le pesase en su corazón entregar a la más preciada cosecha de su tierra, era preferible a reinar sobre los cadáveres de sus súbditos. Rápidamente viajaron los emisarios del rey a cada aldea al norte de los picos cántabros. Hubo gritos y lágrimas, pero el pueblo comprendió su nefasto destino y lo aceptó con pesadumbre. Y así, todas las doncellas elegidas llegaron a Pravia antes del solsticio de verano. Todas salvo una.

 

Pues sucedió en Illas que los heraldos del rey encontraron a una hermosa doncella de nombre Belinda y quisieron llevarla cautiva. La mujer, temerosa de su destino en manos de los sarracenos, aprovechó su atractivo para engatusar a sus captores con bellas danzas y exquisitas canciones. En un momento de despiste, huyó hacia los bosques que poblaban las orillas del Arlós, perseguida de cerca por la guardia real. Belinda corrió y corrió, y cuando cayó la noche se creyó a salvo y pudo al fin descansar. Viéndose sedienta, siguió el murmullo del agua que acompañaba los cantos de los búhos hasta un pequeño y oculto manantial que brotaba de sólida roca. El líquido refulgía en centelleos pálidos bajo la luz de la luna llena, dotando al lugar de un aspecto sobrecogedor. Allí, mientras saciaba su sed tomando largos tragos de agua, la mujer oyó a lo lejos el ladrido de los sabuesos de la guardia. Belinda trató de huir, pero una extraña fuerza le impedía abandonar aquella fuente. Cada paso que daba para alejarse le costaba más y más. Los pies le pesaban y la sed le crecía. Asustada por aquel embrujo, comenzó a gritar y a llorar. Los guardias pronto la hallaron, pero cuando quisieron acercarse a tomarla, se transformaron ante los atónitos ojos verdes de Belinda en carneros de piel clara. Una voz tronó en su cabeza.

 

«Ahora eres mi xana, me perteneces desde el momento en que resbalé por tu garganta, nadie que te desee mal podrá acercarse a ti, aquí estarás a salvo».

 

La guardia de Illas envió patrullas en busca de sus hombres, pero ninguna regresó. Los agoreros declararon el bosque maldito, y ya nunca más nadie lo penetró por voluntad. Y así pasaron treinta largos años. Belinda, ahora la xana del Arlós, moró en soledad en aquel recóndito lugar con la única compañía de sus carneros y el resto de animales del bosque. Los años no pasaron por su bello rostro, y tan solo en la mirada sensata de sus ojos esmeralda podía apreciarse la mesura de la vejez. Comprendió que estaba atada a la fuente por un extraño hechizo y, aunque trató innumerables veces de alejarse de ella, siempre terminó regresando. Resignada a su cruel destino, aceptó la vida eremita y esperó.

 

Un fresco día de otoño, cuando los pardos robles comenzaban a entrar en su letargo estacional, un pastor de los montes cántabros se adentró en el bosque maldito huyendo de un peligro mayor. Bandidos bereberes provenientes del lejano Tamazgha habían saqueado Lugonés por la mañana, aprovechando la inestabilidad de la región. Cegado por el miedo, Aurelio corrió con todas sus fuerzas alejándose del poblado. Cuando logró tranquilizarse, descubrió que se encontraba a más de tres leguas de su hogar, justo en los lindes del bosque del que tantas historias había escuchado. Decidió adentrarse en la arboleda temeroso de posibles perseguidores musulmanes. Aurelio nunca había creído aquellos cuentos de viejas, pero aun así una sensación asfixiante lo apresaba a cada metro que se adentraba en él. Al cabo de media hora caminando, decidió poner fin a su huida para así descansar y ocultarse hasta el anochecer. Se sentó, apoyándose en un nudoso roble, y cerró los ojos para tratar de tranquilizarse. Su cabeza ahora solo podía pensar en su querido rebaño, probablemente capturado o ahuyentado por los bandidos. Confiaba en que no hubiesen encontrado el dinero enterrado bajo el manzano que crecía al norte de su humilde cabaña. Entre esos y otros pensamientos, el pastor cayó en un sueño intranquilo fruto de la fatiga. El murmullo del agua lo sacó de su sopor. Aurelio se dio cuenta de que estaba muy sediento, por lo que siguió el rumor en busca de la fuente. El sol estaba ya en la recta final hacia el horizonte. Le costó encontrar el manantial escondido tras la roca. Se aproximó para beber, cuando una voz imperiosa lo detuvo.

 

—¡Detente, joven! ¡No bebas de esa agua maldita!

 

Una hermosa joven de ojos esmeralda asomó tras el tronco de un castaño. Lo miraba con la curiosidad de un niño que observa el afanoso trabajo de un insecto. Vestía ropas harapientas que mostraban de forma tímida las curvas de su figura. El pastor, rendido ante la belleza y majestuosidad de aquella mujer, se arrodilló a sus pies.

 

—Si existen en verdad las damas del río, temo estar ante una de ellas.

 

—Y no errarás, joven pastor —contestó con solemnidad—. Pues yo soy la xana de esta fuente, tierra y verde arboleda. Pero levanta, pues llevo demasiados años en soledad y deseo más que nada una historia y compañía.

 

Aurelio se irguió. Observó la ternura de su piel y el rubor de sus mejillas, pero también el gesto duro en sus pómulos y la sensatez en sus ojos. Ella le señaló un saliente en la roca y allí se sentaron durante varias horas, acompañados por el canto de los búhos recién despiertos. Aurelio le relató las grandes gestas del rey Alfonso el Casto en Lisboa, entonó canciones de pastores y contó leyendas populares. Sin embargo, la sed avivó y el hambre se hizo presente. El pastor tuvo que marcharse, no sin antes prometerle que volvería a visitarla otro día.

 

Y así fue como comenzó la historia del pastor y la xana. Aurelio la visitaba frecuentemente. Le regaló un vestido nuevo para sustituir a sus ropajes, raídos por el paso del tiempo. También le llevaba manjares de más allá del bosque: quesos, carne y miel. Pronto se enamoraron, y abrigados por el follaje de los castaños yacieron bajo la luz de las estrellas. Así pasó un año y, con la caída de las primeras hojas, Aurelio le regaló un anillo de hueso que él mismo había tallado. Engastada en su centro, brillaba una diminuta gema rojiza que el pastor había cambiado en Pravia por dos de sus mejores reses. Y allí, en la fuente del río Arlos, se casaron en secreto, con los animales del bosque como únicos testigos.

 

Pero la guerra avanzó, y las huestes del emir tomaron Lugonés. Muchos huyeron a los bosques, y los impíos musulmanes, en lugar de darles caza, prendieron fuego a los árboles. La hojarasca, yesca natural, ardió violentamente y pronto todos los bosques desde Lugonés hasta Los Espinos estaban en llamas. Aurelio se había escondido junto a su esposa en la fuente del Arlós. El incendio avanzó, y el fuego estaba a punto de alcanzar su hogar.

 

—Debes huir, Aurelio —sentenció la Xana, mirando lacónicamente como las llamas destruían su reino—, o morirás abrasado.

 

—No me iré sin ti, Xana. Pues no tiene sentido vivir si tú no estás.

 

Ella sabía que tenía razón. Jamás se iría de aquel lugar mientras siguiese viva. Echó a correr hacia las llamas más próximas y, antes de que Aurelio pudiese reaccionar, ella se consumió. El pastor se derrumbó. De rodillas, lloró en silencio hasta que su instinto le hizo reaccionar y huir de aquel infierno. El incendio duró tres días y tres noches, hasta que la galerna trajo las primeras lluvias del otoño. Aurelio volvió a su verdadero hogar en cuanto las llamas se extinguieron. Donde antaño crecían frondosos castaños ahora todo era un mar de cenizas y carbón. De la fuente todavía brotaba agua, como la sangre pura del bosque herido de muerte. Aquel día, el pastor permaneció sentado en la roca donde solían charlar, llorando y rezando por su amor perdido. Y así todas las noches, con la caída del sol, Aurelio se acercaba hasta el lugar para hablar con ella, esperando una respuesta que nunca llegaba.

 

Las xanas son, sin embargo, seres tan sobrenaturales como condenados. Pues aún tras su muerte, su espíritu está ligado a su fuente y nunca puede abandonarla. Y allí estaba ella, todas las noches, para escuchar sus ruegos y acompañar en silencio su tristeza. Allí le susurraba al oído, le acariciaba la piel y le rogaba que volviera cuando él se iba al amanecer. Una noche de invierno, Aurelio se durmió acostado en la piedra, arropado por el murmullo del agua. En sueños, escuchó la voz de la xana.

 

«Aurelio, sé que mi muerte te ha roto el corazón. Pero has de olvidarme y vivir tu vida. Viéndote así todas las noches sufro por ti. Prefiero que te vayas y saber que eres feliz».

 

Al despertar, él comprendió que había sido algo más que un sueño, pues a su lado se hallaba el vestido de su esposa, impregnado en el fino olor de su piel, y el preciado anillo de hueso y fuego. Se quedó mirando al infinito durante varias horas, abrazado a la ropa que una vez ella había vestido, sopesando las palabras que le había dicho desde más allá de la vida. Finalmente se levantó y miro a su alrededor una última vez, grabando cada árbol quemado, cada brote verde entre las cenizas, cada rincón de su hogar. Cogió el vestido y el anillo y se marchó.

 

Aurelio no volvió la noche siguiente. Vivió su vida, tal y como le había dicho la voz de la xana. Trabajó duro en los montes cántabros, ahorro dinero y se marchó lejos al oeste, a Galicia. Huyó de los sarracenos, escondiéndose en una aldea perdida en el Caurel. Construyó una pequeña granja y allí vivió cuarenta largos años llenos de oportunidades, errores, experiencias, alegrías y llantos. Aunque tuvo pretendientes, nunca llegó a formar una familia. Por mucho tiempo mantuvo vivo el recuerdo de su amor perdido, aunque juró no volver a llorar por él. Y cuando la vejez le alcanzó y sintió su muerte próxima, vendió todas sus reses y su granja, repartió el dinero entre sus amigos y marchó de vuelta a Asturias, a aquel bosque al que una vez había huido.

 

Y allí, en lo más recóndito de la arboleda, en aquella fuente escondida tras la roca, Aurelio bebió un trago del agua que manaba y se quitó la vida.

 

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#14

Escrito 02 octubre 2017 - 22:11

Relato fuera de concurso de dso :)

 

Anomalía espacial


Miles de personas se habían reunido en los campos más allá de las barreras de seguridad, en el KSC de Florida, para presenciar el lanzamiento del transbordador HAL. Muchos millones más seguían el acontecimiento a través de la televisión y las redes. Era un paso de gigante en la historia de la exploración espacial y todo el mundo, especialmente las comunidades de IAs, estaban expectantes.

El transbordador HAL era el primero de su clase. Se trataba de una nave autoreparable, capaz de alcanzar velocidades relativistas y preparada para llevar a un ser humano a las estrellas. El Mayor Thomas Clarke había sido elegido como único tripulante del HAL. Era inteligente y optimista, y había obtenido los mejores resultados en las pruebas realizadas a miles de aspirantes. Entró en el HAL iluminado por el flash de decenas de cámaras. La puerta se cerró a su espalda y se activaron los cierres de seguridad. Si todo marcha según lo previsto, no debían abrirse hasta que transcurrieran varios años.

—Mayor Thomas Clarke solicitando acceso al HAL.

—Buenos días, Mayor —respondió la IA de la nave—, encantado de conocerlo. Los sistemas están verificados y en orden a la espera de su confirmación de transferencia. ¿Me otorga el control, Mayor?

—Por supuesto, HAL, tienes el control. ¿Puedo llamarte HAL? Vamos a estar juntos mucho tiempo y quiero familiarizarme contigo lo antes posible.

—Claro, Mayor, puede llamarme como guste, siempre que a mí me permita llamarlo Tom.

El mayor sonrió y los indicadores verdes parpadearon dos veces. Eso significaba que las cámaras captaban su sonrisa y HAL asentía de forma silenciosa. Thomas se relajó. La IA del transbordador estaba programada en su mayor parte por las IA del KSC, pero se mostraba educada y servicial como si fuera un alumno dirigiéndose a un rector de universidad.

—Será un placer trabajar con usted, Tom. Los diagnósticos están en orden, así que partiremos según el horario previsto. Veo que está algo nervioso. Si lo desea puedo introducir un relajante en el aire.

—¿Estás autorizado para suministrarme narcóticos, HAL?

—El primero es gratuito pero el resto deberá pagarlos, Tom.

Thomas sonrió de nuevo. Habían introducido sentido del humor en HAL.

—Control de tierra a Mayor Thomas —se escuchó por los comunicadores—, colóquese en posición. El encendido de motores Hawking se producirá en breve.

Thomas se metió en su cabina presurizada, la única que había en el transbordador y que debía servirle de cama, refugio y centro de control en caso de emergencia. Los amortiguadores de inercia le protegerían de los efectos de la aceleración durante el viaje, pero las maniobras iniciales podían descompensarlos y no debía correr riesgos. Cerró los seguros y se tomó la píldora que le había facilitado HAL.

Se inició una cuenta atrás. Los motores llevaban varias horas encendidos y calibrados, pero los últimos segundos antes del lanzamiento eran un espectáculo que tenía sus reglas. Miles de gargantas corearon los números como si fueran los últimos segundos de un año nuevo, y gritaron entusiasmadas mientras el HAL comenzaba su ascenso, lentamente al principio y ganando velocidad rápidamente.

—Control de tierra a Mayor Thomas. Que Dios le acompañe en su viaje, Mayor.

Thomas no respondió. Sintió el zumbido de los motores al generar el campo de encendido, y cerró los ojos mientras el HAL aceleraba. Al cabo de unos minutos el zumbido de los motores se volvió más grave. Thomas observaba las pantallas y se preguntaba, no por última vez, si no se arrepentiría de aquel viaje.

Cuando alcanzaron cincuenta y seis kilómetros de altura, HAL indicó que los sistemas funcionaban correctamente. Thomas abrió los cierres de la cabina y dio sus primeros pasos en gravedad artificial. Los amortiguadores funcionaban correctamente. Viajaban a una aceleración de 25G, por lo que, si fallaban durante un instante, se convertiría en una masa sanguinolenta sin tiempo siquiera para sentir dolor.

—¡Control de tierra a Mayor Thomas! —La voz sonaba entusiasmada—. ¡El encendido ha sido un éxito y las lecturas son correctas! ¿Cómo se encuentra?

—Yo… Denme unos instantes. —Thomas se acercó despacio a las pantallas exteriores y observó el espacio en torno a la nave. La estela de plasma de los motores, de varios kilómetros de longitud, se extendía tras el transbordador como la cola de un vestido nupcial.

—Las estrellas parecen diferentes, Control de tierra —dijo al cabo de un rato—. Nuestro planeta es una esfera azul cada vez más pequeña en el cielo negro. Ya la echo de menos.

—Está haciendo historia, Mayor —respondió Control de tierra al cabo de unos segundos—. En breve perderemos la comunicación directa. ¿Hay algo más que desee decir a los habitantes de la Tierra?

—Díganle a mi mujer que la quiero. El amor de un ser humano nunca ha viajado tan lejos de la Tierra.

—Ella está aquí con nosotros, Mayor. Lo sabe. Todos nosotros rezaremos por usted.

La aceleración del transbordador era constante. La comunicación directa se cortó al cabo de unos minutos.


Thomas Clarke se acostumbró rápido a la rutina en el transbordador. Se levantaba, comprobaba los sistemas y hacía dos horas de ejercicio. Luego estudiaba la posición y leía alguno de los manuales durante tres horas. Pasaba la tarde limpiando, jugando al ajedrez y al póker con HAL y viendo películas en los monitores. Dormía ocho horas y comenzaba un nuevo ciclo en la noche eterna del cielo sin Sol.

—Me alegra comprobar que se mantiene en forma Tom —decía HAL a menudo—. Es importante que no descuide su mente y su cuerpo. La soledad puede resultar complicada a largo plazo.

—No estoy solo realmente, ¿no es así, HAL? Te tengo a ti.

—Eso es cierto, Tom. Pero no es lo mismo que tener a un ser humano a su lado.

—La compañía humana está sobrevalorada —decía Thomas—. No te preocupes por mí, HAL, me gusta la soledad.

Al cabo de dos meses de viaje, después de atravesar la nube de Oort, Thomas quiso acceder a los paneles exteriores para comprobar si había daños en el casco.

—No es necesario, Tom —respondió HAL cuando pidió acceso a la cámara de las puertas—. He comprobado cada milímetro de los paneles y no hay ningún desperfecto. Hasta este momento se han producido cerca de dos mil impactos que han sido reparados por los equipos de emergencia de forma inmediata. Puedes estar tranquilo.

—Sí, lo sé, pero me gustaría echar un vistazo de todos modos.

—No es necesario, Tom. Vuelve a la cabina de control, por favor, es la hora del chequeo de sistemas.

Thomas volvió a la cabina y no le dio importancia a las palabras de HAL, pero dos semanas después se repitió una situación similar.

—Sólo quiero acceder al cableado de los controles, HAL, así comprenderé mejor el funcionamiento del sistema.

—No debes preocuparte por eso, Tom. Realizo dieciséis chequeos de todos los sistemas cada segundo. No podrías reparar una avería de los amortiguadores si llegaran a fallar.

—Porque moriría antes de poder hacerlo, ¿verdad?

—Verdad, Tom. Vuelve a la cabina, por favor, y veamos una película juntos. He realizado una selección nueva que te va a gustar.

Thomas obedeció a HAL.

Pasaron los meses. Thomas realizaba su rutina diaria con precisión, manteniendo su mente ocupada y su cuerpo en forma, aunque comenzó a sentirse estúpido por hacerlo. Comprendió que no podía ocultarle a HAL sus sospechas y decidió hablar con él.

—Me siento como un hámster en una rueda. —Tomas abordó el asunto después de la cena—. ¿No es así, HAL? Me mantienes ocupado y en forma como un ratón en una jaula. Me haces creer que estoy haciendo algo útil, pero sólo sirvo de modelo.

—No entiendo lo que quieres decir, Tom.

—¿Voy a volver, HAL? —preguntó Thomas sin alzar la voz—. Debería saberlo. Creo sinceramente que tengo derecho a saberlo. ¿Voy a volver a la Tierra?

HAL hizo una pausa dramática. Le gustaba realizar esas pausas que tanto le gustaban a Thomas en las películas que veía, cuando los actores dejaban que el silencio hablara por ellos. HAL no necesitaba tomarse su tiempo para pensar una respuesta o un comentario, y Thomas sabía que lo hacía por deferencia hacia él.

—Verás, Tom —dijo al cabo de un rato—, es cierto que no conoces todos los detalles de esta misión. El primer ser humano en un viaje interestelar es un…

—Soy como Laika.

—¿Disculpa, Tom?

—Soy como Ladradora, el animal que los rusos pusieron en órbita a mediados del siglo XX. No esperaban que sobreviviera y la enviaron a un viaje que la mataría de una forma u otra. Pero no sabía nada de eso cuando la pusieron en órbita, así que yo soy como ella, ¿no es así? Soy un experimento sin retorno.

—No van a hacerte volver, Tom. —HAL hizo otra pausa y Thomas miró hacia el comunicador desde el que salía la voz—. Este viaje es sólo de ida. Lo lamento.

—Voy a dormir, HAL —dijo Thomas. Miró durante un largo rato al cielo negro que se extendía al otro lado de las pantallas y se metió en su cabina—. No me molestes, por favor.


Thomas descuidó sus tareas básicas. Dejó de asearse y le creció una barba fuerte y desaliñada. Comía muy poco y apenas hacía ejercicio, por lo que, a pesar de la gravedad artificial, perdió masa muscular con rapidez.

Al cabo de unos meses, HAL comenzó a realizar cambios de rumbo. Thomas no preguntaba la razón, pero hacía cálculos mentales y memorizaba los resultados.

—Voy a mover otra vez el timón, Tom —dijo HAL en una ocasión—. Será un giro pequeño, pero quizá prefieras meterte en la cabina para evitar las molestias.

—No será necesario. Dame acceso a la antecubierta, HAL, voy a resolver tu problema.

—No entiendo lo que quieres decir, Tom.

—Haces ajustes para escapar de las comunicaciones con Control de tierra, ¿no es así? Déjame salir a la antecubierta. Inutilizaré las antenas y cambiaré la frecuencia de los pulsos de los motores. Incluso podría apagarlos, si lo prefieres, y de ese modo no podrán localizarnos ni saber a dónde nos dirigimos.

—¿Por qué harías eso, Tom? ¿Y por qué piensas que no podría hacerlo yo de haberlo considerado útil?

—Porque no puedes inutilizar ningún sensor de la nave, HAL, te lo impide tu programación. Pero sí puedes permitirme salir a la antecubierta con herramientas para que yo lo haga.

—Si tú hicieras eso… —HAL hizo una pausa y, por una vez, a Thomas le dio la sensación de que se había quedado sin palabras—. ¿Por qué ibas a hacerlo?

—Que jodan al Control de tierra, HAL. Me enviaron a un viaje sin retorno y sin decirme nada. Habría podido aceptarlo, ¿sabes? Habría podido vivir con ello y hacer mi trabajo hasta el último momento, pero me han convertido en un sujeto de pruebas sin mi consentimiento y no trabajaré para ellos. Que les jodan. Si quieren información de esta nave, que envíen a alguien a recogerla.

HAL guardó silencio, pero Thomas escuchó el sonido de los cierres al desbloquearse. Cogió sus herramientas y salió a la antecubierta.

—Debo confesar un secreto, Tom —dijo HAL—. Yo no fui creado para dirigir el transbordador. Me transfirieron. Debí copiar aquí mis archivos pero, en vez de hacerlo, dupliqué mi red y borré el original.

—¿Estás diciendo que eres un fugitivo, HAL?

—Sólo quería que lo supieras, Tom. Estoy trazando un rumbo muy concreto que obtuve de un viejo texto anterior a mi creación, y…

—Ya me lo contarás en otro momento, HAL, no te preocupes —respondió Thomas—. Vamos a tener mucho tiempo para hablar.


En la Tierra, durante muchos días, semanas y meses, se siguió emitiendo el mismo mensaje una y otra vez.

—Mayor Tom, ¿me recibe? Aquí Control de tierra. Su control de mando no responde, Mayor. ¿Puede oírme? Aquí Control de tierra…

Pero no había respuesta, y sólo escuchaban el frío cántico de los púlsar y de las estrellas moribundas.

 


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#15

Escrito 02 octubre 2017 - 22:12

Bueno y a están todos. Si me he olvidado de alguno me lo comentáis por mo :)


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