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Relatos del bimestre abril-mayo 2015


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52 respuestas en este tema

  • Lyn

  • GRANDIS SUPERNUS

  • vida restante: 100%
  • Registrado: 01 feb 2004
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#1

Escrito 24 abril 2015 - 20:22

Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de 3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Lyn vía MP, antes de concluir el día 15 del segundo mes, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 16 será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día 17 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 18 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Lyn quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

-Se valorará la "Sala de partos", es decir los comentariuos a nuestro propio relato, n es obligatorio, pero sería interesante que también se mandara junto a los comentarios a los relatos



La condición de este bimestre era:

 

Cita

 

El relato debe profundizar, mostrar, reflexionar, ironizar o desarrollar, de algún modo, el concepto de Carpe Diem.

Nos referimos a «aprovecha el día, no confíes en el mañana», no a hacer el subnormal encima de un pupitre gritando «oh, patatín, mi patatán».

Condición secundaria: en algún momento del relato, uno de los personajes, principal, secundario o anecdótico, tiene que aparecer en escena (presente, pasada o futura) completamente desnudo.

 


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"


  • Lyn

  • GRANDIS SUPERNUS

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#2

Escrito 24 abril 2015 - 20:26

Desvarío

 

 

Puede ser que me quede sentado en esta silla ya amoldada a mi cuerpo o que ésta sea la tarde en que vaya hacia ti, desde el fondo del café, y te hable. De quedarme sentado, no pasará nada. Si voy, te diría algún chiste o una observación inteligente, cualquier cosa para llamar tu atención. Si digo lo segundo, seguramente pasaré por presuntuoso, así que me arriesgaría con lo primero. Podrías reírte, o tal vez no, y acabar humillado. Pero si te ríes ojalá y sea de una forma moderada y femenina, porque tal vez tu risa sea estrepitosa y la imagen que tengo sobre ti se despedazaría por tu gorjeo escandaloso. En cambio, si eres como creo y respondes con una sonrisa delicada, un atisbo de tus dientes blancos e imperfectos, con un sonido discreto, casi íntimo, seguramente iniciaría nuestra historia, juntos, porque cada quien tiene la suya por separado, pero la mía no es muy impresionante y la tuya, para ser sincero, no me interesa en absoluto, sino hasta el momento en que ambas formen una. Esa historia puede ser corta, que acabes de reírte y me digas que no te interesa mi proposición, ya para ese momento develada, porque esperas a alguien, a tu amado o a tu padre, a tu hermano, a quien sea. Pero puede también que al momento de cesar tu risa se haga un profundo silencio, uno que yo rompa diciendo mi nombre e invitándote una bebida. Te compraría un café caliente o uno frío, aunque eso en realidad no es importante. Tal vez no aceptes y reniegues de mi compañía, por lo que tendría que abandonar mi empresa y dejarte sola; o tal vez me digas, todavía con esa sonrisa cándida y calculadora, que sí, que te agrada mi idea. Pedirías entonces un café frío o uno caliente, aunque eso sigue sin ser importante. Sólo espero que no tengas antojo de algo muy costoso como un pastel para acompañarlo, porque justo hoy no tengo mucho dinero. Si pides el pastel tendría que negarme y confesar que no tengo el dinero suficiente, excusándome con algo inverosímil como ser víctima de un asalto la mañana de esa misma tarde en que intento ligar, o pedirlo y ver qué se me ocurre para salir del embrollo. Pero no quiero pensar en eso. Mejor supongamos que no pides nada para acompañar tu café, porque estás a dieta o temes mostrarte glotona, aunque de cualquier modo me dirás que estás a dieta. Como en realidad no es importante, digamos que pides un café frío para soportar este calor que nos abrasa todo el tiempo. Cuando el mesero tome la orden y deje de incomodar con su presencia, podríamos quedarnos callados, sin saber qué decir, o yo comenzaría a hablarte de algo, y como no tengo mucho que contar, el tema giraría sobre mi trabajo de maestro en la escuela secundaria. Seguramente te aburriré con esa charla, pero cabe la posibilidad, por ínfima que sea, que te interese porque tú, tu mamá o tu papá (quien sea con tal de tener una oportunidad) haya sido o sea también profesor, y que de ese modo fluya la conversación. Si es así, nos quedaríamos charlando algún tiempo, no sé cuánto, pero pueden ser un par de horas o toda la tarde, hasta el momento en que el mesero nos entregue la cuenta de mala gana mientras nos dice que ya es hora de cerrar y debemos retirarnos. De hablar poco, una hora o, digamos, hora y media, te irías y tal vez, por el fracaso de mi conquista, ya no volvería a ese lugar. Si hablamos mucho y llega el mesero a entregarnos la cuenta de mala gana mientras nos dice que ya es hora de cerrar y debemos retirarnos, pagaría y saldríamos. Una vez fuera, bajo la noche, me quedaría callado o preguntaría si te apetece ir a otro lugar. Si me quedo callado pueden pasar muchas cosas, desde que te vayas o me tomes de las manos y me beses, por lo que preferiría preguntar para no arriesgarme. De ahí puede que lleguemos a un bar, que a mí casi no me gustan, o puede ser que te lleve a mi casa. Si eliges el bar no podría escucharte por la música tan alta y molesta que siempre ponen; tampoco, por las luces y las sombras, podría apreciar tu rostro. En cambio, si decides ir a mi casa sería una atmósfera completamente diferente, pero antes te llevaría en mi coche hasta allá. Es muy probable que los vecinos, sobre todo la entrometida de al lado, vean desde de su ventana que llego acompañado. Si lo notas te sentirás mal, un poco o mucho, incómoda, como una prostituta o algo similar que entra a la casa de un hombre que apenas conoce. O tal vez no sientas nada porque no te importa lo que piensen los vecinos. Incluso, puede que estén dormidos y no te vean. Digamos que eso tampoco es importante, que estás ya dentro de mi casa y yo pongo el ambiente con un poco de música, algo de jazz para hacerme el sofisticado, aunque lo único que conozco del género sea por las películas que me ha tocado ver en la televisión. De ahí me preguntarías, con un dominio estremecedor sobre el tema, cuáles son mis compositores favoritos y yo quedaría en ridículo, o simplemente no dirías nada porque también eres una formidable ignorante. Piensa que no dices nada. Yo, por mi parte, te ofrecería vino, el único que tengo en casa y guardo en el refrigerador. Te daría una copa que podría gustarte a tal grado de acabarte la botella, y, al no ser muy tolerante al alcohol, te quedarías dormida en mi sillón, dando por terminada la velada; o simplemente no te agradaría, o te pasaría sin mucho esfuerzo por la garganta mientras te relaja la lengua. Entonces hablarías, poco, mucho, algo, no sé cuánto, pero hablarías, o tal vez –ojalá así sea– el vino nos despoje de las tonterías y los rodeos, de los movimientos calculados y las frases más pensadas que sinceras, y nos rinda al arrebato y al placer, y nuestros labios y nuestras pieles se frotarían, y tu cabello largo y castaño caería sobre el mío, corto y oscuro. Iríamos a la cama o seguiríamos en el sillón a continuar con ese espectáculo amatorio, aunque para mí ambos lugares están bien. Mi mente se preocupa por otras cosas de mayor relevancia. Al pasar tanto tiempo lejos de una mujer, me temo, mi cuerpo podría no responder como es debido, mostrarse blando y asustadizo, por lo que tú perderías los ánimos mientras que mi seguridad desaparece y vuelvo a ser el hombre tímido de siempre. Pero también es posible que nada de eso suceda, que el instinto supere los miedos y mis miembros respondan con la fuerza esperada, que te hagan gemir y olvidar la culpa de ser poseída por una persona de la que apenas sabes algo. Si todo sale bien, al terminar, podría sentir cierto rechazo hacia tu cuerpo y a tu rostro, por lo que desearía no haberte conocido, aunque creo que sí te vería, ahí, a mi lado, en la cama o en el sillón, que no son importantes, con el cuerpo desnudo al aire para mitigar el clima. En ese momento, o te levantas o duermes. Si te levantas, te vestirás y me abandonarás sin dar explicaciones, y yo no podría reprocharte nada. La noche quedaría reducida a una aventura. Ahí acabaría nuestra historia y comunión. Pero no te mueves y cierras los ojos, y yo te diría, entre la fatiga, la satisfacción, la embriaguez de los excesos, cuánto te amo, cuánto te había amado aún antes de conocerte, que iba todos los viernes al mismo café que tu visitas con religiosidad, que iba sólo a verte, a conseguir valor para hablar contigo un día y comenzar una vida juntos. Y tú, o te sentirías asustada por mi confesión, con lo que seguramente saldrías corriendo con alguna excusa estúpida como la de la abuela muerta, o... en realidad no sé cuál reacción podría ser positiva. Creo que simplemente me acariciarías el rostro con una mirada tan compasiva como la de una madre, y no volverías a hablar en toda la noche. Si es así, llegará el momento en que nos quedemos dormidos: nunca he sido bueno para pasar las noches en vela. Soñaría contigo o simplemente no lo haría, o no recordaría nada, pero al despertar me gustaría decirte que tu habitaste mi imaginación, que soñé con la noche y contigo. A la mañana siguiente, apenas al abrir los ojos y acordarme de ti (lo haré invariablemente), voltearía a mi costado para buscarte. Puede que, como en las películas, en la cama quede sólo yo. Si es así, lo comprendería y no te culparía de nada, en serio. Incluso pensaría que todo no fue más que el producto de una polución nocturna. Si te encuentro, seguirás dormida: me levanto apenas amanece. Piensa en que no te encuentro, y que yo me siento mal por eso. Aunque tal vez te hayas ido a no sé donde, existe una posibilidad de que regreses, que salgas de la cocina o del baño y me des los buenos días. Yo te respondería igual y te preguntaría si quieres desayunar, y tú, o lo rechazas, sea de buena o mala forma, y te despides de mí, agradeces el cobijo y terminas con todo, o te quedas y comemos en la tarde y, por qué no, cenamos juntos también. Y de ahí en adelante las posibilidades ya serán incontables, pues podríamos convertirnos en amantes, en la vida secreta del otro, aunque podrías enamorarte en verdad de mí y comenzaríamos a ir juntos al café de siempre, y nos volveríamos pareja e iríamos o no a Cancún o a Roma o a Brasil, y nos casaríamos y tendríamos hijos, aunque yo tal vez lo arruine todo, como siempre lo hago, y termine engañándote con otra mujer menos atractiva que tú, que incluso podría ser el amor de mi vida, y que entonces tú decidas quitarme a mis hijos, que terminarán por odiarme, o que terminen odiándote a ti, o que, por manejar ebrio a alta velocidad acabe matándome, o tal vez la que se mate seas tú, o tal vez muramos los dos, bien muertos por ese accidente al que nos llevé con imprudencia, o tal vez no lo arruine y sea fiel en lugar de traicionarte con otra mujer que podría ser aún más valiosa que tú, o que nuestro final sea novelesco, de viejos, a la orilla del mar y uno al lado del otro mientras el corazón se detiene y dejamos de respirar. Son muchas las cosas que podrían pasar si nuestras vidas se unen, pero sabemos que eso no sucederá. Me quedaré aquí, sentado al fondo del café, a la espera de que salgas por esa puerta, tal vez para no verte nunca más. Lo demás son ficciones, meros desvaríos de un hombre solitario.


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"


  • Lyn

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#3

Escrito 24 abril 2015 - 20:27

CARRETERA OSCURA DEL ALMA

 

“Carpe diem, quam minimum credula postero”

HORACIO

 

“Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus”

VIRGILIO

 

          “Puto trasto… ¿esto es lo único que puedes ofrecerme maldito?”. Juan nota un sabor como de metal en la boca. Se palpa con la lengua. En el labio inferior tiene una herida provocada por la fuerza inconsciente con la que se estaba mordiendo.

          –¡Por el amor de Dios, levanta el pie por favor! –exclama Teresa. Van lanzados a ciento setenta y cinco por hora. La barrita indicadora del cuenta kilómetros tiembla; no alcanza los ciento setenta y seis–. ¿De verdad esto es necesario?

          Juan no se inmuta, continúa completamente inmerso en la conducción. El coche, un destartalado Renault 5 Alpine de tercera o cuarta mano, vibra como si fuera a desarmarse en cualquier momento. La cruz que cuelga del retrovisor oscila de un lado a otro. El Jesús del salpicadero mueve su cabeza de muelle hacia arriba y hacia abajo.

          –¡Oh por favor Juan, lo estoy pasando muy mal! –insiste. Juan mira una vez por el retrovisor izquierdo, por el interior, otra vez por el izquierdo; sus movimientos son rápidos, sincopados–. ¡¡Por favor, por favor, levántalo, estoy aterrada!!

          Tras reconsiderarlo, reduce la presión sobre el acelerador y el coche adquiere una velocidad estable de unos noventa kilómetros por hora; ya no parece una extraña y quejumbrosa bestia desmadrada. Teresa ve la luz y destensa los músculos de las piernas y los brazos, y él saca un paquete de tabaco del bolsillo pechero de su camisa y coge un cigarro y lo prende con una gran calada y expulsa el humo despacio, aliviado, saboreando, como quien dice, el momento. Nunca se sabe lo que acontecerá en el mañana, reflexiona, no se puede saber; es mejor, por eso, aprovechar cada instante, agotarlo como si el destino no te fuera a brindar la posibilidad de un disfrute venidero.

          Entonces, en la plenitud de su consciencia, baja la ventanilla para apoyar el brazo, y se acomoda en el asiento recostando la nuca en el reposa cabezas. Después da la vuelta al casette y pulsa el play. Unos acordes flamencos comienzan a sonar por los altavoces. Al poco, una voz que parece surgir de las profundidades de alguna caverna los acompaña:

          “Well I stepped into an avalanche, It covered up my soul…”; al acto está buceando por su mente sumergido en un océano de imágenes y recuerdos evocados por la letra. Casi olvida que está en el coche, y si Teresa no hubiera resoplado de la manera en que lo hizo, así habría sido.

          –¿Algún problema? –pregunta Juan.

          –Tenías que meter a éste también… –le reprocha Teresa.

          –Sí, ¿qué pasa? –responde Juan desafiante y furioso por haberle sacado de tal ensoñación.

          –Pasa que es un pesado –alega Teresa.

          –A mí me gusta. Punto –zanja Juan.

          Teresa no entra al trapo. Emite un chistido quedo y se gira hacia su ventana elevando la mirada hacia el cielo en un intento de abstraerse. Allá arriba las estrellas permanecen estáticas. Su luz de cadáver a penas ilumina la noche. Las contempla con un goce secreto, diríase puro, intentando reconocer cada una de las constelaciones.

          –¿Estarán esperando a desparecer? –pregunta al cabo de unos minutos.

          –Seguro que muchas ni si quiera existen –concluye Juan.

 

          Se detienen en el arcén derecho. Podrían haberse detenido en mitad y no hubiera sucedido gran cosa; no había ni un alma, y no tenía pinta de que fuera a haberlo. Es como si el tiempo se hubiese detenido, o como si nunca hubiera existido. 

          –Voy a mear –dice Juan.

          –Vale, pero no tardes mucho –responde Teresa–. No me gusta quedarme sola en un lugar como éste.

          –No te preocupes, no va a pasar nada –le dice. Sale fuera y desde la ventanilla añade en un tono desenfadado–. ¡Aquí no hay ni dios!

          –Vale, pero no tardes, me da muy mala espina este paraje.

          Un tanto intranquila, Teresa se queda observando cómo se aleja, cómo desaparece en la oscuridad. Ojea su reloj: casi las cuatro de la madrugada. Luego saca de del bolso un sobre de tabaco rubio para liar. Deposita una pizca en el papel. Lo da forma hasta conseguir un cigarro uniforme y se lo lleva a la boca. Echa unas bocanadas y se mira en el espejo; tiene los ojos algo enramados. Este aire seco me está jodiendo, se dice. Posa el cigarro en el cenicero y extrae de la guantera una edición de la poesía de Fray Luis de León bastante antigua y, por ello, desgastada hasta el punto de tener varias hojas desprendidas del lomo, y otras muchas roídas y amarillentas. Le viene a la memoria el día en que adquirió el libro, y la alegría y excitación con que se adentró, por vez primera, en cada uno de los versos. Desde entonces lo lleva consigo, y, siempre que se apodera de ella alguna de esas inexplicables inquietudes que a veces atosigan al espíritu humano, vuelve a ello para encontrar sosiego.

          Lo abre al azar y, con suma delicadeza, desliza su mano por el agradable tacto de la página, revelándosele, al par de la mirada, el poema Noche serena. Qué poco le gusta a Juan, dice sonriente para sí. A ella, por el contrario, le encanta, lo ha leído cientos de veces, y de hecho, ahora le parece de lo más idóneo:

“Cuando contemplo el cielo

de innumerables luces adornado,

y miro hacia el suelo

de noche rodeado,

en sueño y en olvido sepultado…”;

pero según va leyendo, le sobreviene un rara sensación, como si un infranqueable muro de piedra impidiese el acceso de aquellas palabras. Al terminar de leerlo se queda con peor cuerpo. Ahora qué hago, se pregunta, si ni siquiera me calma lo que se supone debía hacerlo. No solo no ha podido encontrar consuelo, sino que está empezando a conocer la temida verdad, a caer en la certeza del vacío que se esconde tras las cosas, incluso las más ínfimas, incluso en los actos más nimios. ¿Esto es lo que me espera? continúa, ¿esta tristeza? Y tras exhalar un suspiro de abatimiento, coge el cigarro de nuevo, y lo prende.

          Decide salir al exterior para estirar las piernas. El calor y la ausencia de viento le agobian. Se apoya en el capó y cruza las piernas. Mira otra vez al cielo. Las estrellas siguen igual. Sin embargo, repara en una cosa: no hay luna. Otea el firmamento hasta donde abarca. Ni rastro. Hace memoria para saber cuál fue la última vez que vio la luna. No llega a vislumbrar ninguna imagen clara. Apura el cigarro y lo tira. Vuelve a mirar el reloj: las cuatro y diez. Se gira a izquierda y derecha, a izquierda y derecha. Se incorpora.

          –¡Juan! –grita utilizando sus manos como un megáfono. Nada–. ¡Juan, no tiene ninguna gracia! –Nada.

          Abre la puerta del piloto, coge las llaves del coche y lo cierra de un portazo tal que arranca de cuajo el retrovisor interior. La cruz que colgaba se introduce por una ranura que hay en la caja de cambios.

          –¡De verdad Juan, no seas mamón! –continúa gritando mientras echa a andar a través de la llanura que parece no tener límites. Advierte la aridez de la tierra en la desgastada suela de sus botines de cuero. Es un terreno estéril, inhóspito, donde cualquier indicio de vida inteligente sería, como poco, improbable. Solo algún que otro insecto, roedor o reptil, o algún animal carroñero a la espera de las sobras que el azar de la muerte vaya depositando, podría sobrevivir en ese infernal bioma. Lo mismo para la vegetación. Teresa no es ninguna de esas cosas conque mantiene una marcha ligera,  siempre en línea recta, consciente de lo fácil que sería desorientarse. Quiere evitar a toda costa ese pensamiento, pero su sinapsis va más rápida que su voluntad, y el cerebro le acaba por mostrar la variedad de situaciones en las que la muerte sería lo mejor que le pudiera ocurrir. El nerviosismo se le dispara. Intenta tragar saliva pero tiene la boca seca. Aprieta el paso, casi al límite de correr. Está asustada. Tiene un nudo en la garganta y el estómago, y la ansiedad le impide una correcta respiración. El corazón parece que le va a estallar.

          –¡Juan! –grita de nuevo. Se imagina como cualquier otro animal que huye preso de su instinto de no sé qué acechanza–. ¡Dónde coño te has metido!

          El instinto hace que no atienda al terreno. Tropieza en un hoyo. El pie se le retuerce y cae de bruces. Las rodillas y las palmas de las manos logran amortiguar un poco el golpe. Maldice y grita de dolor apretujándose el tobillo. Maldice otra vez, y otra, y otra, y en voz alta clama:

          –¡Por qué me pasa esto a mí! ¡Por qué! ¡Por qué…!

          Y rompe a llorar. Llora y se dobla sobre sí misma y se estruja el tobillo y llora, pero más que por un dolor físico, su llanto corresponde a un dolor hueco; como una repentina corriente de susurros densos y hediondos que le arrastran por un abismo que sabe muy adentro, en lo profundo de su pecho.

          –Oh Juan, dónde… por qué… ¡Oh Juan, Juan! –vuelve a gritar entre sollozos, como una débil llamada de auxilio que, presiente, nunca será respondida.

          La nada calla, o murmura con una calma mortal. Hace rato que dejó de ver la carretera y el coche. La oscuridad hace rato que lo inunda todo como un lodo. Se levanta. No tiene el tobillo roto gracias a la sujeción de los botines, aunque el dolor es bastante intenso. Sacude los vaqueros, se enjuga los ojos y, quitándose también las lágrimas de las mejillas, regresa cojeando. Maldice por última vez.

 

          El coche aparece frente a Teresa. Se le antoja como una especie de artefacto mítico, sagrado, que se desvela ante sus ojos, todavía vidriosos, por arte de algún conjuro arcano. Allí está, inmóvil, sobre aquella carretera aún más oscura que la oscuridad que lo rodea. Puto coche, dice para sí. Arriba las mortecinas estrellas, ajenas e indiferentes a cualquier acontecimiento humano. Putas estrellas. Abajo el hosco suelo. Puto suelo. El eco repentino de Fray Luis de León. Puto Fray Luis. E inevitablemente, Juan. Puto Juan. ¿Dónde estás?

          Cuando por fin reaparece, se encuentra a Teresa sentada en el asfalto, apoyada en la rueda delantera izquierda y con la cabeza entre las piernas.

          –Ya estoy aquí –indica como si nada. Teresa se pone en pie como si llevara una carga muy pesada a sus hombros. Le mira con ojos fríos e impasibles. –No te lo vas a creer…

          Antes de que pueda terminar la frase, le arroja las llaves al vientre. Juan se percata de su maltrecho estado.

          –¿Teresa?

          –Cállate.

          –Pero Teresa, qué ha…

          –Cállate.

          –¿No me lo vas a contar?

          –Oh, vaya. Te interesa muchísimo, ¿eh? –le dice–. Mira, te ahorraré los detalles: eres un gi-li-po-llas.

          Juan se queda mudo. La mueca que se le dibuja en el rostro ya se encarga de mostrar su incomprensión.

          –Eso es, no sabes una mierda, así que vámonos de una vez y mantente callado.

          Los dos montan en el coche, cada uno cavilando en lo suyo. Sin ademán de dirigirse la palabra, reanudan el viaje. Teresa cae rendida a los pocos kilómetros. Al despertar, cree que sigue soñando. Tonalidades de púrpuras y naranjas se mezclan en la neblina matinal con otras azules y rosas. Los pastos de un verde vivo que hay a ambos lados de la carretera están cubiertos por una fina capa de rocío, y las frondas de los árboles repartidos aquí y allá a lo largo del ondulado terreno se ven alegremente agitadas. El paisaje es totalmente distinto. Todo en general tiene otro carácter. Juan baja su ventanilla. El aire se cuela y sienten el frescor inundando sus pulmones. Les gusta el olor mañanero del rocío, les reconforta. Sí, eso les reconforta, pero a Teresa le duele el tobillo.


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"No eres más que una excusa para justificar su normalidad"


  • Lyn

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#4

Escrito 24 abril 2015 - 20:28

Espere, un instante.

 

 

  —Es aquí —se detuvo. Todo en aquella habitación le parecía suficiente. No necesitaba más—. Estoy seguro.

 

   Con un leve movimiento de su mano, suave, la levantó. Posó la yemas de los dedos sobre el picaporte e inspiró profunda y lentamente. Cuando estuvo preparado, cerró los ojos y con un suspiro antojado eterno envolvió cuanto pudo de aquel metal con su mano. Se preguntó si quizás alguna vez lo había sentido como en aquel instante. De ser así, jamás lo recordaría.

 

   La puerta cedió sin apenas esfuerzo y entró.

 

  —Es ahora cuando todo cuesta menos ¿verdad? —dijo señalando al pomo. Su mirada parecía atender a alguna razón que solo él conocía y de la cual estaba completamente convencido—. Es una locura, pero me pareció que alguien mucho más sabio y poderoso tiraba de esta puerta carcomida. Como si me hubiese estado esperando toda mi vida —sonrió y asintió casi con tristeza.

 

   Se giró y observó con detenimiento el interior. Con tonos naranjas y bermejos, parecía estar iluminada por un sol moribundo, rozando el horizonte. Podría jurar que en aquel instante no había ni una sola ventana en las paredes desconchadas, tampoco un mísero foco en el interior de aquella habitación sin tamaño, ni una bóveda de cristal que pudiera explicar todo aquello. Simplemente parecía regada por una luz triste y sobrenatural que, a riesgo de cometer demencia, parecía señalar al centro de la alcoba. Él logró advertirlo.

 

  —No quisiera alargar demasiado todo esto, pero me encantaría poder hablarle al viento —guiñó un ojo—. Ya sabes, dedicarle unas palabras que, para mi, son esenciales. —Había avanzado unos metros, lo suficiente como para que aquella luz le tiñese la espalda. A un paso de su figura delgada, cabizbaja y desnuda, se alzaba una silla.

 

  —Digno trono para tan ecuestre caballero —dijo más para sí mismo.

 

   Se inclinó y, apoyándose con una mano en ella, se sentó. Estaba tallada en su totalidad en madera, apenas quedaba rastro del barniz que, bajo la carne blanquecina, delataba haber sido devorada por las llamas. Era evidente que aquel trono había vivido tiempos mejores.

 

  —Siempre me he preguntado si el ser humano es tan simple como aparenta —dijo sin dilación alguna—. La complejidad de la vida —movió las manos en un gesto de incomprensión— es algo que, por su naturaleza, se acepta sin remedio. Casi como un ser independiente al propio ser. No sé. —giró levemente la cabeza hacia una de las paredes que, sin ninguna explicación, se había acercado unos cuantos metros. Aquella mirada atravesaba el muro sin verlo y daba la sensación de que todo lo que él percibía estaba necesariamente anclado en la cara interna de sus propios ojos, debía estarlo, y todo lo demás le era secundario o, incluso, irrelevante—. Como restarle todo su valor —sentenció.

 

   Se tomó su tiempo hasta volver a hablar.

 

  —No recuerdo con claridad nada desde hace muchos años —dijo derrotado—. Absolutamente nada que recordar con claridad. —En la pared, sin previo aviso, se comenzó a dibujar una figura amplia, regular y rectilínea. Entrecerró los ojos y su voz brotó más sería y profunda—. Y sin embargo, muy a mi pesar, tengo la certeza de que la vida jamás va a ser más intensa de lo que lo es ahora ¿entiendes? —enmudeció.

 

   De la nada surgió un gigantesco ventanal que abarcaba la pared casi al completo. Un espectáculo magnifico. Cientos de praderas infinitas bañadas por el sol, mecidas por la marea de un viento suave que relegaba las últimas gotas de calor a pocos metros del suelo.

 

  —El verde teñido de ocres de la hermosa hierba jamás fue o llegará a ser tan perfecto, tan real. Tan verde —apenas en un susurro—. No puede serlo —negó con la cabeza sin sorprenderse—. Y sin embargo, soy incapaz de sentirla en toda su complejidad —dijo apretando ligeramente los labios.

 

   Sus dedos recorrían suavemente, una y otra vez, las grietas de la vieja madera, deteníéndose con especial cuidado en aquellas más profundas y pronunciadas. La carne de su cuerpo parecía resistirse a cualquier movimiento, como si quisiera formar parte de aquellos rugosos tablones. Él parecía no prestar atención a nada de aquello. Mientras, su cuerpo encorvado por el peso de sus propios hombros permanecía inmóvil. Como una escultura sin terminar.

 

   Se aclaró la voz.

 

  —He vivido hasta ahora como un espectro. Un espectador de un tiempo que no sucede y al que me niego a pertenecer. Y por mi propia esencia sé de buena mano que eso no va a cambiar —el silencio se apoderó de la estancia—. A no ser, claro, que alguien me obligue —confesó—. He vivido demasiadas cosas, he pensado durante demasiado tiempo como para aceptar que todo aquello que he logrado sea una mentira. Porque no lo es. Jamás he estado tan seguro de nada —se llevó una mano a la barbilla y la tanteó—. Tampoco creo que sea necesario conocerse a uno mismo, ni siquiera es necesario ser como yo —alejó la mano y la observó detenidamente. Jugaba con el anochecer entre sus dedos y dejaba que se escapase de su mano—. Todo el mundo es un espectro, felices o infelices, pero sin llegar a vivir.

 

  —Y por eso estamos aquí —dijo con voz temblorosa.

 

   Me desbordó con sus ojos, cristalinos y algo enrojecidos. Nunca he sido testigo de una verdad tan intensa como la que desprendía su mirada. Pasaron unos segundos interminables. Entonces, alargué mi mano hasta la zona trasera de mis pantalones y saqué del bolsillo un rollo de cinta aislante. Se dió cuenta y continuó:

 

  —He logrado, después de tanto, encontrar la respuesta: no hay sentido de la vida, no hay un por qué. Sin embargo, la vida sigue existiendo, solo que en otro plano. Un plano que solo cruzamos una vez, y es entonces cuando cobra sentido. —Me incliné sobre una rodilla y con un movimiento seco desprendí de la cinta su protección. Una a una fui atándole las muñecas a los brazos de aquella vieja silla que permanecía inmutable. Las paredes de aquella habitación comenzaron entonces a alejarse lentamente y a difuminarse poco a poco, en polvo. Su voz se alzó más intensa—:

 

  —Es la incapacidad del ser humano de aceptar la muerte lo que le convierte en un ser incapaz de vivir sus instantes. El temor a lo desconocido y a no saber describirlo con palabras —calmó su respiración—. Es, afortunadamente, incapaz de vivir recordándose a sí mismo la certeza de su mortalidad. —Dejé de mirarle para asegurarme que la cinta estuviese lo suficientemente tensa como para que no se pudiese deshacer de ella, sin embargo no quise apretarla demasiado. Sus pies desnudos y atados a las patas tocaban el suelo tan solo con la punta de los dedos.

 

  —Quiero ser consciente de todo lo que me rodea a un límite desconocido, quiero sentir su perfección. En definitiva —sus ojos parecieron dilatarse— aceptar mi muerte. —Y entonces, como si aquel lugar sintiese, las paredes se desvanecieron en el aire. Infinitas imágenes se amontonaban ahora en lo inmenso y la vida se mostraba a lo largo del mundo en todas sus variantes.

 

  —Quiero vivir ahora —me dijo. No le dió tiempo a llorar.

 

   Desenfundé el cuchillo, grande y mortal. Al verlo, su cara se tornó en una mueca de espanto y quiso deshacerse de aquello que se lo impedía. Ya me lo había advertido, se resistiría por instinto. Gritó y trató de lanzarse al suelo, pero la silla, aquel trono digno de él, permanecía en el sitio sin moverse ni agrietarse. Y entonces lo hice. Le perforé el vientre de un movimiento rápido, limpio y profundo. Y lo saqué.

 

   Dejó de revolverse y su rostro, cada vez menos asustado, estaba enrojecido por las lágrimas y el miedo. Era su fin.

 

  —Mira eso —me dijo entre susurros, observando el horizonte. Sus ojos, repletos de lágrimas, reflejaban el todo eterno. Inspiró lo más profundo que pudo y dijo—: Huélelo —cerró los ojos y las lágrimas se derramaron—. Eso es un instante. El mejor de todos ellos. La vida pura y desbordada.


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#5

Escrito 24 abril 2015 - 20:54

CEGUERA

 

 

Elena se arremolinó en el sofá con el bol de palomitas en una mano y el mando a distancia en la otra. Agradeció que Marta no estuviera esa noche en casa, ya que así podría ver el programa de esta semana junto a Alberto y tendría sexo con él al terminar. Sería fantástico, pensó, podría gritar a sus anchas al correrse, sin miedo a las miradas reprobatorias de su compañera de piso al día siguiente.

Mientras Elena pensaba feliz en la noche tan fantástica que tenía por delante, oyó resoplar a Alberto a su lado en el sofá. Molesta, le preguntó:

 

—¿Y ahora por qué protestas? Estamos aquí juntos y tenemos toda la noche por delante. No te entiendo.

 

—Por eso mismo. Tenemos que pasarnos la noche aquí viendo “Carpe Diem” en vez de follando— y volvió a resoplar.

 

—Para eso siempre hay tiempo, cari. El programa de esta noche es especial, además todo el mundo lo está viendo-. Se apretó a él y le mordisqueó la oreja. Alberto protestó con un gritito, Elena notó como él se relajaba mientras ella apoyaba la cabeza en su pecho. Sonriendo, apretó con fuerza el botón del volumen del mando a distancia.

 

***

 

—Ya es jueves, señoras y señores, y aquí estamos con un programa más de “Carpe Diem”. Esta noche será especial, tenemos muchas sorpresas para ustedes. Será una noche trág... mágica.

 

Dudó cuando uno de los focos lo deslumbró un poco y acabó la frase equivocándose sin querer. Al momento se escucharon risas entre el público, al fondo del plató. Notó como un sentimiento de  impotencia iba apoderándose de él y una idea apareció en su cabeza, una certeza de que hiciera lo que hiciera ya nunca más le volverían a tomar en serio.

Enrique deseó que esa noche pasara pronto, odiaba su trabajo. Ganaba mucho dinero como presentador de ese programa y era cierto que su carrera se había relanzado desde el día en que la cadena de televisión lo contrató. Con su edad, hasta hace poco, solo podía aspirar a ser poco menos que una vieja gloria que hacía bolos de pueblo en pueblo. Ahora, al convertirse en presentador de uno de los mayores éxitos en décadas de la televisión, había vuelto a la primera línea de la popularidad. Es cierto que al principio eso lo entusiasmó, pero pronto se dio cuenta que todo había cambiado durante los años que estuvo alejado de ese mundo. No entendía nada, todo iba muy deprisa y cada semana se equivocaba en directo en alguna cosa. En realidad sabía que lo habían contratado como  bufón, y aunque ganara una fortuna cada jueves, se sentía humillado todas y cada una de esas noches.

 

***

 

 

Adela estaba dispuesta a aprovechar esa oportunidad. Le daba igual el programa pero esa noche era la protagonista, toda España la miraba. Durante meses había mandado con insistencia, cartas al programa para lograr ser seleccionada, y esta noche, por fin, su sueño se hacía realidad. Estaba sentada muy recta mientras veía a Enrique Puche, el presentador, sudando nervioso. Le dio hasta un poco de pena ver sus infructuosos intentos por parecer digno ante la audiencia; esa especie de masa informe que te mira sin verte y a la cual tú tampoco puedes ver. A Adela le parecía que eran como dos personas que se miran fijamente en vano, ya que no quieren aceptar que las dos son ciegas.

Pero a ella eso no la angustiaba, ya que por fin la reconocerían, la tendrían que mirar aun en contra de sus deseos. Estaba en el prime time en uno de los programas más vistos de la historia de la televisión. Lo había logrado.

 

***

 

Alberto pensó que  Elena era una aguafiestas al preferir ver ese programa en vez de pasarse toda la noche retozando entre las sábanas. Ya llevaban seis meses juntos y eso era todo un logro para él. Era guapo y no tenía problemas para ligar y acostarse con una chica diferente cada noche, por eso sabía que Elena le gustaba de verdad. Hace un año se habría ido de esa casa dando un portazo buscando a otra en un bar, pero ahí estaba él, viendo un programa de televisión, con una cerveza en una mano y la cabeza de una chica en su pecho. Le molestaba reconocerlo, pero el hecho es que le gustaba esa situación. Se preguntaba si esto era lo que la gente llamaba madurar.

Intentó relajarse viendo el programa para no concentrarse en el agradable olor que desprendía el cuerpo de Elena, o en los rizos de su pelo que enmarcaban su nuca despejada. En la televisión aparecían varios concursantes en medio de un bosque. El presentador les explicaba las pruebas a cada uno de ellos. Elena dio un respingo y se incorporó:

 

—Yo creo que ganará Adela. Mírala, tiene una actitud tan fría. Es la única que hará todas las pruebas carpe hasta el final. ¿No lo crees?

 

Alberto se fijó en Adela, a él le había pasado inadvertida. Esa chica le parecía muy poca cosa y era evidente que no disfrutaba de su momento de gloria como el resto de sus compañeros que no hacían más que gritar frenéticamente de felicidad, o, por lo menos, eso querían hacer creer.

 

—Puede ser. Tiene pinta de mosquita muerta, en las películas esas resultan ser las asesinas. Esas y el mayordomo.

 

Cuando Elena rió, Alberto se enorgulleció de su chiste improvisado. Al momento se dio cuenta de lo poco que necesitaba de ella para sentirse bien, y eso provocó que su cuerpo se tensara inconscientemente. Sintió un poco de miedo, no le gustaba sentirse tan vulnerable. Intentó evitar esos pensamientos yendo a por otra cerveza al frigorífico, se bebió tres más antes de regresar al salón junto a Elena.

 

—¿Qué hacías en la cocina, cari? Teníamos razón, los otros participantes han abandonado, no han sido capaces de realizar los carpes. Son unos cobardes.

 

—Entonces, al final ¿Ha quedado solamente nuestra niña modosita?

 

Le preguntó él un poco borracho.

 

—Sí, y ahora la última prueba es en el plató con el público. Qué emocionante.

 

Alberto se volvió a sentar en el sofá a la vez que en su cabeza empezó a formase una idea loca que estaba seguro le encantaría a Elena. Sonrió.

 

***

 

Ahí estaba. Había conseguido llegar a la final y todas las miradas estaban sobre ella. Todos verían ahora quién era ella. Miró al presentador y se levantó de un salto yendo de un lado a otro del escenario.

 

—Adela. Debes estar sentada, el público elegirá el último carpe para ti. Siendo como eres, es toda una proeza que hayas llegado hasta la final. Ahora tienes miles de fans, no los decepciones y sigue viviendo el momento.

 

Esa condescendencia con la que le habló la hizo decidirse completamente. Sacó el revólver que tenía escondido entre la ropa y apuntó hacia el cámara, reventándole la cabeza. Sonrió satisfecha al ver cómo caía al suelo mientras el público aplaudía eufórico. Seguramente creían que era parte del espectáculo, idiotas, luego iría a por ellos, ahora le tocaba al presentador. Mientras le apuntaba, Adela gritó:

 

—¡Eso es, maldito, corre! Ahora voy a hacer que disfrutes de verdad del placer de este momento. Tú y todos.

La ovación del público ensordeció sus oídos y le dio ánimos renovados.

 

 

***

 

Eduardo se arrastraba por el suelo, mientras Adela se acercaba a él disparando una y otra vez. Notó un líquido caliente y espeso que reconoció como su sangre mezclada con orín, y sintió un dolor indescriptible. Levantó la cabeza como pudo,  y vio a esa estúpida concursante apuntándole con la pistola. Lo sabía, no tenía que haber ido ni hoy ni nunca a ese maldito concurso, no estaba preparado para esto. Antes de que todo se volviera negro, vio como Adela era abatida por los guardias de seguridad y pensó en lo absurdo de su situación. Antes de morir sonrió con amargura, porque sabía que su muerte y los chistes relacionados con él serían trending topic al día siguiente.

 

***

 

 

Alberto volvía a estar en la cocina, las cervezas habían hecho su efecto y ya estaba borracho. Eso le animó a adelantar sus planes. Ya estaba cansado de tanto programa y estaba más que excitado. Sabía que a ella le gustaría esa sorpresa. Seguramente empezaría a reírse cuando lo viera de esa guisa y se abalanzaría hacia sus brazos, olvidándose de una vez por todas del dichoso programa y harían el amor por fin. Pensando alegremente en su victoria se empezó a desnudar ahí mismo, excitado como estaba no escuchó la puerta de entrada.

Cuando llegó al comedor, hincó la rodilla en el suelo, y totalmente desnudo gritó como si fuera un Romeo del tres al cuarto:

 

—¡Te quiero! ¡Oh Elena, mi Elena! ¡Aprovechemos el momento. ¡AHORA!

 

 Cuando terminó su improvisado discurso y miró hacia donde estaba Elena, se quedó helado. En el sofá no solo estaba ella, sino también Marta, su compañera de piso que por lo visto había vuelto sin avisar. Ante los gritos, las dos dirigieron su mirada hacia Alberto, que estaba petrificado y avergonzado de estar desnudo delante de ellas, aún hincado de rodillas, y con un brazo en alto. Para su alivio, ellas volvieron su mirada a la televisión sin mediar ni una palabra. Lo habían visto pero era como si no existiera, estaban como en shock y solo reaccionaban ante la televisión. Alberto lo agradeció y con cuidado cogió una almohada del sofá, se tapó como pudo y volvió encogido hacia la cocina en silencio, mientras ellas hablaban entre sí casi gritando cosas como: “esto es demasiado fuerte”, o “es tan real que tengo ganas de llorar”. Las dos seguían mirando la televisión totalmente alucinadas sin reparar en él.

Cerró la puerta de la cocina, despacio, sin entender nada. Volvió a abrir la nevera, se sentó y se tomó otra cerveza más, solo.


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#6

Escrito 24 abril 2015 - 21:00

Status Quo

 

 

El amanecer y el deseo de un cigarrillo liberaron a Ryan de las sábanas que esa noche lo habían cobijado, del abrazo que esa vez compartía con la joven Lucía. Un bostezo lento, un par de pasos silenciosos, tomar los calzoncillos y vestirse luego de fumar; eran sus pequeños placeres en las mañanas. Y así mientras abandonaba la habitación, el cuadro que él mismo había terminado la tarde anterior lo miraba desde la pared, casi como testigo de todo lo que habían hecho en la noche. Para todos los que miraran, para todos los que conocieran a la joven millonaria, era Lucía; pero para él la modelo era una pequeña excusa, él sabía que ese cuadro no era un reflejo real de la chica, y no era su intención que lo fuese. Ryan sabía que nadie más iba a poder ver en el cuadro lo que él veía, después de todo era su obra. Había pasado noches de inspiración en esa misma habitación, para poder responder las preguntas que nacían al pintar; nada del cuerpo y su forma, él ya conocía su cuerpo con la primera sesión y la primera noche, sino sobre ella misma y lo que podía dejar en la obra. Y cuando Ryan indagó pudo encontrar lo que buscaba, supo por lo tanto que podía pintarla y perdió entonces el interés.

 

Terminó de cerrar cuentas con Lucía sobre el mediodía, la joven ni se había molestado en vestirse, y caminaba desnuda por su pequeña mansión de Beverly Hills de un lado para otro. Antes de despedirse, Lucía insistió en ver una vez más el cuadro juntos. Ella habló, sonriente, elogiando el trabajo de Ryan. Él contemplaba el cuadro posiblemente por última vez, y sin escucharla a ella, observó a la otra Lucía. Sonriente en un diván, una mano sobre el seno izquierdo, mostrando el pezón derecho, falsa modestia, la otra mano tapando su intimidad mientras la forma de los dedos incitaba a su masturbación, lujuria. Vio su obra y vio lo que él veía en esa chica, vio a una joven narciso pretendiendo ser moderna, y libre de estereotipos, que posó desnuda para un desconocido en un diván. Vio sonreír a la Lucía del cuadro, y él sonrío a la par.

 

— ¿Te pasarás el domingo? Vendrán varias amigas de mi club de lectura, y son, como, muy buenas chicas y van a morirse de envidia al ver el cuadro. ¡Se van a poner histéricas por conocerte!

— Es una lástima… mañana parto de viaje a Chicago. Mantenlas en vilo por mí, volveré a Los Ángeles en poco tiempo.

 

Observó a Ryan con algo de desdén mal disimulado, y él no le dio mayor importancia. Se despidió de Lucía mientras bajaba la escalinata de la mansión que no lograba destacar frente a sus vecinas. Ryan cerró su auto mientras miraba por última vez a la mansión, y al encender el auto se descubrió sonriendo. Había disfrutado esos días con Lucía.

 

 

El avión para Chicago salía en unas horas, y menos de media maleta estaba hecha. Ryan fumaba tranquilo en el balcón de su departamento, contemplando la Gran Naranja ya como si fuese su hogar. Terminó el cigarrillo y caminó nuevamente a su habitación, la cual no reflejaba su oficio de pintor. No había materiales, ni lienzos, ni pinturas; sólo había un cuadro colgado en toda la habitación. Mientras Ryan guardaba el traje y su corbata favorita, algo lo hizo mirar nuevamente el cuadro que tantas noches observó. Cinco jóvenes, todos tenían como máximo, veinte años. Abrazándose como un equipo, brazos sobre los hombros de los compañeros, todos de frente, sonriendo. Ryan, fue lentamente pasando por sus rostros, uno por uno, con cierta nostalgia naciendo en su pecho. A la izquierda estaba Jet, con el cual seguía hablando por teléfono alguna vez al mes. Quizás, si el tiempo seguía siendo benevolente, en persona aún era el mismo cómico que en la adolescencia. Luego estaba Blake, el rompe corazones. Recordó al joven deportista, al que tantos domingos ayudaron a hacer todo lo que no hizo para la secundaria en la semana. Ryan sonrió mientras pasaba su mirada a Connor, el incomprendido genio que merecía un nobel, pero finalmente terminó dedicado a la docencia, y el motivo de volver a Chicago después de tantos años. Su mirada entonces, se encontró con la suya. Era extraño aún, encontrarse con sus propios ojos, en su propio cuadro. Sus amigos tenían todos los aspectos y detalles que él salvó y preservó en su memoria por años, pero sabía que su propia imagen era una pantalla. Ryan no supo a sus veinte años cómo debía realmente completarse en el cuadro y en ese momento tampoco lo supo, sólo vio el arte con el que engañaba al ojo descuidado, haciéndole creer que ese chico tenía el mismo empeño que los otros. Quizás algún día podría completar esa imagen, pero para eso tenía que atreverse a mirar al quinto chico de la imagen. Cerró los ojos, maldiciendo por lo bajo volvió a su maleta, dispuesto a llamar en unos minutos a un taxi.

 

 

El vuelo llegó puntual, y su maleta fue de las primeras en salir. No era nada muy grande, pero Ryan sabía que quizás querría quedarse más tiempo en Chicago, así que guardó un poco más que lo esencial. Se dirigió tranquilo hacia el exterior, buscando algún taxi para ir a su hotel, cuando la sorpresa lo dejó estático. Frente a él, con quince años más encima, una barba que lentamente empezaba a teñirse de blanco, pero igual de imponente que de joven, Blake lo esperaba sonriendo en la salida del aeropuerto.

 

—Y llegó el último vagabundo a la fiesta —sonriendo y sin esperar respuesta, Blake lo abrazó. Atrapado por su viejo amigo, Ryan volvió a sentir la nostalgia que lo había invadido en su departamento, y le devolvió el abrazo sintiendo el afecto guardado que ambos habían cargado, luego de años sin verse—. Bienvenido a casa.

 

 

Ryan se acostó en la cama del hotel mientras miraba el techo. Blake aún era el mismo. Todo el viaje en camioneta hablaron como si no hubiese pasado una semana desde la última vez que se habían visto, y el único tema serio que tocaron fue el casamiento de Connor. Blake estaba emocionado de que Connor al fin se hubiese decidido a casarse con su novia, luego de cinco años de relación. Ryan recordaba cómo el deportista siempre adoraba hablar del casamiento, aunque se la pasara de chica en chica, y un Connor mucho más joven se burlaba de él. Ryan sonrió en su cama, mientras la puerta sonaba con dos golpes breves y una moza de limpieza entraba despacio en la habitación.

 

—Señor, ¿a qué hora desea el desayuno? —Ryan miró a la joven afroamericana,  le recordó a una criada francesa que conoció en Niza durante un trabajo. Era bella, pero no deseaba pintarla —¿Señor?

 

Sobre medianoche Ryan bajó a fumar, definitivamente el hotel ahora le gustaba más. Chicago seguía igual, a pesar de los años, aunque ya no le resultaba tan familiar. Consideró que, quizás, era él quien hubiese cambiado. Era lo más probable. Apagó el cigarrillo con el pie y se volvió, debía dormir bien para la boda.

 

 

Desayunó rápido cuando otra mujer le trajo el desayuno, quizás la anterior por vergüenza no quería volver. Se vistió rápido y esperó a Blake en el lobby, mientras miraba a la gente pasar. Nada lo incitaba a querer pintar, aunque no era un problema porque no había traído con qué. Finalmente Blake llegó en su camioneta, sin mucha prisa. Ryan se acercó a la camioneta sólo para hallar que, junto a Blake, había una mujer rubia y delgada, alguien que también le traía nostalgia pero no una agradable.

 

—Tantos años Ryan. —le dijo Evelyn, sin ningún ápice de alegría en el rostro.

—Evelyn...– Ryan se subió al auto, y miró a Blake a través del retrovisor—, no sabía que habían vuelto. — ella se dio el gusto de darse una pausa antes de contestar.

—Sí, hace diez años. Cuando Blake terminó la carrera. —Ryan se contuvo de decir lo primero que pasó por su mente. Recordó la fiesta, Blake, el gran Blake, llorando como un niño junto a la piscina, Jet apresado por Connor para que se calmara y no iniciara una pelea, Evelyn abrazada al idiota de Jack, fingiendo ebriedad para justificar su traición a Blake. Y luego Tyler....
Ryan borró ese recuerdo a la fuerza. No quería pensar en eso. No quería pensar en él.

—Que sorpresa. Veo que no usar redes sociales me dejó algo, apartado de todos.

—Quince años yéndote a la mierda por el mundo, pintando lo que cualquier rico dice, ayuda.

Blake se mordió el labio. Nerviosamente balbuceó.

—Bueno Ryan, cuéntanos un poco de tus viajes.

Miró a su viejo amigo. El hombre con algunas canas repentinamente parecía más viejo. Chicago sí había cambiado.

 

 

Jet estaba efectivamente más gordo, calvo, y con una voz mucho más ronca; pero tenía los mismos ojos vivaces que de joven; el abrazo con Ryan fue casi tan fuerte como el de Blake, pero fugaz y activo como era siempre Jet. Le presentó emocionado a sus dos pequeñas hijas, Emily y Giovanna. Hablaron media hora, Jet le contó el fruto de sus “dos angelitos”, y para sorpresa de Ryan, la historia incluía menos extravagancias de las que creía, o de las que estaba dispuesto a revelar frente a sus niñas. Pero el que definitivamente no había cambiado era Connor. Vestido con un smoking retro, formal de pies a cabeza, peinado como un galán, los anteojos eran casi una copia de los que usó toda la secundaria. Pero ahí estaba, el mismo Connor. Ryan se acercó lentamente a su viejo amigo, y cuando éste lo vio, podría haber jurado que sus ojos se humedecieron.

 

—Veo que sigues siendo el mismo sentimental de siempre.

—Estoy por casarme, acabo de tener una charla con mi padre, apareces después de quince años, me disculparás por parecer un estúpido.

Se abrazaron, definitivamente Connor podría haber llorado. Ryan tomó a su amigo entre brazos y se ancló a esa emoción.

 

 

La boda fue hermosa a juicio de Ryan. La novia de Connor, Cassandra, era bella y simpática. Ryan había visto muchas mujeres mejores sin duda, pero para no haber salido de Chicago, y con lo reservado que era el Connor que él recordaba, era una gran elección sin duda alguna. Estuvo junto a Jet y sus hijas, mientras que Blake y Evelyn ocupaban dos asientos en la fila siguiente; Ryan hizo todo lo posible para no mirarla. A la noche se celebró una gran fiesta, cortaron el pastel blanco, bailaron el vals, Jet pasó una hora contando chistes de salón, verdes, buenos y malos; con el mismo carisma que siempre. Ryan miró la fiesta y pensó que quizás se quedaría un tiempo más en Chicago, al igual que siempre, no tenía planes hechos.

 

Se juntaron en un momento los cuatro amigos, las niñas de Jet estaban jugando, Evelyn para suerte de Ryan no estaba presente, y Connor se separó de la fiesta un minuto. El ahora esposo tomó una copa.

 

—Ryan, no sé si te irás de nuevo o no dentro de poco —lo miró, pero no esperó respuesta—. Quiero pedir un brindis, por nosotros. Por nuestra amistad... y por Tyler.

 

Ryan tragó saliva. Su cuadro volvió a su mente. El amigo que todos siempre tuvieron a su lado, el mismo que siempre defendió a todos cuando había problemas. El que golpeó a Jack esa noche y defenestró a Evelyn. El inocente que con solo diecinueve años se inscribió al ejército para participar en la guerra del golfo pérsico como médico auxiliar, y un año después su cuerpo volvió. El sonriente que en su ausencia, provocó tal tristeza que Ryan huyó. El chico cuyo rostro Ryan pintó sólo una vez y no volvió a mirar. Por él esa noche sonaron cuatro copas.

 

Ryan partió de Chicago dos semanas más tarde.


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#7

Escrito 24 abril 2015 - 21:01

LMM

 

No abrió los ojos, despertó.

 

La gente suele pensar que es lo mismo, pero no, no lo es. Hay toda una serie de personas que se encargar de marcar la diferencia, de separar ambos términos. Y Rosa era una de esas personas. A ella no le gustaban los libros que empezaban con el protagonista parpadeando y abriendo los ojos en su cama. No, ella creía que, antes de eso, estos tenían que despertar. Consideraba que, lejos de lo fácil que pudiera parecer, mucha gente pasaba el día entero dormida. A veces mucho más que días. Semanas, meses. Quizás vidas enteras. Era un pensamiento que le apenaba, una sensación que le oprimía el pecho y hacía que su conciencia se recogiera en un rincón de su mente, atenazada. Una idea trágica, por momentos macabra, que sin embargo no podía dejar de tener, que cuidaba y alimentaba. Comenzaba imaginándose a toda clase de personas yendo de un lado para otro, hablando entre ellas, comiendo y bebiendo, estudiando, trabajando. Veía personas de todo tipo: gordas y flacas, altas y bajas. Daba igual. Todas las que hacía surgir dormían aún con los ojos abiertos. Y si bien dormían, carecían de sueños. Una vez ante ella, empezaba a ponerles rostro. Lograba que, poco a poco, todas fueran cobrando la forma de sus familiares, amigos y conocidos. Durante algún tiempo, y debido a esto, pensó sino serían ese tipo de pensamientos e ideas el verdadero motivo de su estancia allí. Así al menos se lo hizo saber a Settembrini, el único que compartía sus inquietudes filosóficas. El italiano, con su inquina habitual, se había limitado a acentuar su tristeza, ignorando sus temores y llevando la conversación hacia la sociedad de cadáveres que tanto gustaba describir, a cuestionar si no estarían ellos mismos dormidos. Hablaba de carpe diem y ubi sunt, de collige, virgo rosas y ruit hora, de tópicos y expresiones que se mezclaban en su cabeza, le señalaban con el dedo y se reían de ella por intentar atraparles con su cazamariposas personal, una mente lenta y perezosa. Sola y con todo el tiempo del mundo, aprendió a convivir con la melancolía de sus ocurrencias y a servirse del amargo sabor que le dejaban para despertar. Era precisamente gracias a ese método que lo lograba. Le bastaba con recordar todo esto sin abrir los ojos para hacerlo. En ocasiones el sueño se alzaba vencedor y la reclamaba de nuevo victorioso para sí, pero, ¿y? ¿Para qué levantarse dormida?

 

Una vez despierta, abría los ojos, se estiraba, sonreía y, tras dar un par de vueltas en la cama apartando las sábanas a patadas, se ponía en pie de un brinco y avanzaba en dirección al balcón. Recorría aquel breve trayecto corriendo, de puntillas, dando saltitos con sus pies descalzos. Llegado a su destino, hacía a un lado las cortinas, abría las puertas y, apretando los ojos con fuerza, aspiraba una larga bocanada de aire a la espera de su cita con el viento, que le movía el pelo con suavidad, risueño. Aquel ritual, con toda su sencillez y simpleza, solía hacerle reír. Provocaba que apareciera esa risa suya, para algunos extraña, hasta nerviosa, y para otros cálida y diferente. Una risa sincera, hermosa a su manera. Un sonido que parecía despertar el resto de melodías del mundo. De hecho, no era hasta su efímera actuación cuando los engranajes de la vida chirriaban. Cuando el silencio se despedía y hacían acto de aparición el amasijo de acordes en sordina y pausas estudiadas provenientes de los ensayos matutinos de la banda del pueblo, el repiquetear de los guijarros que despedía Tous-les-deux con sus paseos por el jardín y los gritos de la primera discusión mañanera entre Hans y sus fríos vecinos. El manantial del que brotaba el ulular del viento y el trino de los pájaros. El motivo por el que aquel viejo edificio gruñía. Alguna música lo único que necesita es aire, que alguien abra su ventana.

 

La experiencia de tan deliciosa rutina le había hecho creer entender una serie de pautas en el comportamiento del viento que le indicaban como iba a ir el día. De ese modo, si el viento jugaba con su pelo, se convencía a sí misma de que más allá de las paredes de la habitación le aguardaban nuevos pacientes, recién llegados, desconocidos con un maravilloso cóctel de ingenuidad y valiente desconocimiento en su interior. Si, por otro lado, le azotaba el rostro con fuerza, el aire le avisaba de la inmediatez de un acalorado diálogo o de una situación de acción desbordante, puede que de una escapada de las pruebas y curas diarias. Quizás de lo recomendable de una carrera por el jardín.

 

Aquella mañana, curiosamente, no distinguió nada en él. El viento, tras saludar, se esfumó descortés. Dejó que, afligida, su mente recalara en el día que era. El día que cumplía nueve semanas allí arriba. Por allí entendía, evidentemente, el Sanatorio Internacional Berghof. Hogar de enfermos de tuberculosis y males pulmonares en su día, había ampliado sus campos y ámbitos conforme el número de pacientes se reducía, acogiendo entre sus muros todo tipo de dolencias y trastornos. En los momentos en los que aborrecía aquel sitio y arremetía (en muchas ocasiones instigada por Settembrini) contra sus doctores, Behrens y Krokovski, se veía en la obligación de recordar que aquel era el único sitio que le había aceptado y admitido. El único que ofreció su ayuda para resolver su sufrimiento y sanar su carencia. No es que estuviera enferma. O, por fortuna, no de los pulmones. Aunque no lo hacía con frecuencia, podía correr, bailar, brincar y, en definitiva, vivir. Ella estaba allí por otra cosa. Algo mental. Algo que, sin ser fruto de la elevada ubicación del centro, como el letargo y la somnolencia que siempre le abrigaban, o la calidez de sus mejillas, contrarias al resto de un cuerpo congelado, tampoco eran nimiedades, como había decretado Behrens tras su primer encuentro. Rosa, simplemente, no veía los colores. La vida pasaba muerta ante ella, como le gustaba decir. Y aunque después de mil y una revisiones y pruebas podía soltar datos sin parar sobre su enfermedad, nadie había hallado aún la forma de erradicarla. Nadie conocía la cura, la solución. Podía hablar de los diez mil tonos distintos que el ojo humano puede distinguir, de la mayor facilidad de las mujeres para apreciar gamas cromáticas o del ocho por ciento de hombres daltónicos del mundo. Sabía que el azul era el color de la simpatía, de la armonía y fidelidad, pese a ser frío y distante. Y que, a su vez, el amarillo era el color más contradictorio. Optimista y celoso. El color de la diversión, del entendimiento y de la traición. También le habían hablado de la fuerza del negro, el color del poder, la violencia y la muerte. De como hipnotizaba a diseñadores y jóvenes por ondear negación y elegancia. Aprendió a distinguir el naranja por el curioso andar inconsciente de aquellos con prendas suyas, espíritus divertidos, exóticos y llamativos. Tenía sueños sobre amores pasados que tornaban en pesadilla al estar privados sus besos del color rojo, de su valiosa imprenta de pasión, alegría y peligro. Cuando Settembrini la aturdía con sus soliloquios, cabeceaba e imaginaba que su cabeza, seguramente verde, de un verde burgués, sagrado y venenoso, se le caía del cuerpo y, rodando, se perdía en el jardín, del mismo color fértil y esperanzador. Acromatopsia. O monocromatismo. Así se llamaba. Pero, como no podía ser de otro modo, su acromatopsia no era la usual, porque ella sí distinguía un color. El del encanto y la cortesía, la erótica y el desnudo, el de lo tierno, suave y pequeño. El rosa.

 

Un par de golpes provenientes del otro lado de la puerta llamaron su atención.

 

—El desayuno estará listo en media hora.

 

Aunque no había escuchado aproximarse al mayordomo, sí oyó como el ruido de los pasos se convertía en un murmullo y era silenciado por la distancia. Lo había olvidado. El día de visitas. Nadie hubiera llamado a su puerta de no ser así. Ni a la suya, ni a la de nadie. Creían que aquel día, señalado en calendarios y agendas varias, tendría en pie a todos a primera hora. Excitados, contando los minutos que quedaban para ver a sus seres queridos, preguntándose ante el espejo cuánto habrían crecido sus sobrinos y cómo saldría su prima en las fotos de la boda. Su realidad era muy distinta, a ella aquel día le repulsaba. Recordaba cómo Behrens basó varias de sus primeras consultas en el tema, ante el que siempre era concisa: No me hace falta pegarme un tiro en el pie para saber que duele. De igual modo, creía que no necesitaba experimentar un día de visitas para saber que la ausencia de rostros de su pasado le desgarraría por dentro. La clínica se hallaba demasiado lejos de su hogar y su familia bastante había tenido haciéndose cargo de su hospedaje como para costearse vuelos cada mes. No les culpaba, desde luego. Hacían todo lo que estaba en su mano y pasaban con ella las festividades que más se dilataban en el tiempo, pero no dejaba de saberle a poco. A pesar de los amigos que había hecho, de figuras como Settembrini y Sergio, era una de esas personas que cuando más solas se sienten es justo cuando más gente les rodea. 

 

Un nuevo par de golpes en la puerta volvió a distraerla. Se dirigió a ella saltando entre las islas que formaba su ropa, esparcida por el suelo a lo largo de la semana. Al otro lado aguardaba, precisamente, Sergio.

 

—Hola —susurró con tristeza.

 

—Hey —contestó él, dándole un beso en la mejilla y entrando en la habitación. Se dejó caer en la cama y sonrió antes de continuar.— Como se lo poco que te gustan los días de visitas he decidido venir a secuestrarte. Pensé que podríamos ir a Altona a tomar algo y dar una vuelta, ¿te apetece? Qué demonios, como si no, me niego a admitir un no por respuesta.

 

—No entiendo, ¿y tu familia? —Cerró la puerta y se dirigió hacia él, sentándose encima.

 

—Les dije que no vinieran. Puedo verles cualquier otro día. Ya sabes como se llevan mi padre y Krokovski. Bueno di, ¿serás mi prisionera?

 

Los ojos de Rosa se iluminaron y sus mejillas se encendieron. Se mordió la lengua en un intento de ocultar lo que aquel gesto provocaba en su interior. Aquella sería la primera vez que se acostara con Sergio. No sabía si era lo que realmente quería, pero lo hizo. Sola, nerviosa y confusa, necesitaba tranquilizarse, y pensó que lo lograría envuelta entre sus brazos. No quería ir a ningún otro lugar. Le besó y mordió el labio, esperando que él entendiera su respuesta. Dejó que la desnudara con ternura y que sus manos, heladas, recorrieran la curvatura de su cuerpo hasta acariciar con suavidad sus senos. Ella, sin embargo, no le desnudó a él. Apenas le dejó quitarse la camiseta. Buscó en su pantalón y asió su pene erecto. A pesar de lo rápido que sucedió todo, ya aguardaba húmeda y caliente cuando él se animó a penetrarle, poco después. Introdujo su pene hasta lo más hondo y permaneció inmóvil, abrazándola. Tras besarla como se besa al primer amor, empezó a moverse, al principio despacio y cada vez más rápido, hasta que, al cabo de un rato que ninguno hubiera definido igual, eyaculó en su interior. Ella no le dejó escapar. Hundió sus uñas en la espalda de aquel inesperado amante, le abrazó con más fuerza y siguió moviéndose. Después gritó. En el futuro, un Sergio más experimentado pensaría que jamás había escuchado un orgasmo tan triste como aquel. En aquella ocasión, tratando de recuperar el aliento, solo alcanzó a formular una frase.

 

—¿Sabes? A veces con el color rosa basta.

 

Una lágrima respondió por ella.


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#8

Escrito 24 abril 2015 - 21:03

UN INFIERNO DE ROCA Y CIELOS ESTRELLADOS

 

 

 

Adam sacó dos cigarrillos y le ofreció uno a Pati.

 

—¿Crees que es seguro? —preguntó ella—. Quizá no tengamos mucho aire.

 

—¿Realmente importa?

 

—No, creo que no. Anda, dame uno.

 

Pati le dio una calada al cigarrillo y aguantó las ganas de toser, porque hacía años que había dejado de fumar. Adam fumaba poco, pero en aquel momento, con varias toneladas de roca sobre sus cabezas, compartir un cigarrillo con la mujer que lo había conducido hacia la muerte parecía una gran idea.

 

 

 

Cuatro  horas antes, en medio de una tormenta sobrecogedora, Pati aseguraba los empotradores y colocaba los mosquetones. La reunión era precaria, y no sabía si resistiría mientras descendían cinco personas por la cuerda. Cada relámpago les cegaba y cada trueno arrancaba gritos a los niños. El viento amenazaba con hacerla salir volando, pero Pati aguantaba, colocaba otro mosquetón, pasaba la cinta, apretaba, aseguraba. “Por favor, saca de aquí a nuestros hijos”, le habían dicho Adam y Araceli.

 

—¡Escuchadme bien! —gritó Pati—. ¡Tenéis que bajar primero uno de vosotros! ¡Araceli, lo harás tú! Cuando llegues abajo, monta otra reunión y asegura la cuerda. Bajarán tus hijos después, así que tiene que estar tensa o caerán demasiado rápido, ¿entendido?

 

Araceli asintió, no demasiado convencida. Pati sabía que su amiga no tenía experiencia en ese tipo de situaciones, pero no tenían otra opción. Primero bajaría ella, luego los niños, y luego Adam. Era mejor que el padre se quedara con ellos hasta que la madre asegurara el siguiente punto en la pared, cincuenta metros más abajo. Sólo tenían que repetir la operación unas cuantas veces y podrían escapar sanos y salvos de aquel infierno.

 

Araceli hizo su trabajo, aseguró la cuerda, dio unos tirones como aviso y Pati preparó a los niños para bajar. Primero Iñaki, luego Yosune. Llegaron hasta su madre, se aseguraron a la pared y esperaron a que bajaran Adam y Pati. Cincuenta metros menos. La tormenta arreciaba mientras preparaban el siguiente rapel.

 

 

 

—¿Pensabas que morirías así? —preguntó Adam mientras terminaba su cigarrillo—. Imagino que sí, porque te has jugado el tipo muchas veces en la montaña, pero seguro que no esperabas acabar sepultada por una avalancha de piedra.

 

Pati guardo silencio. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad casi total de la cueva en la que se encontraban, y el brillo del cigarrillo encendido parecía una luciérnaga macabra, moviéndose a su alrededor y consumiendo el aire.

 

Las palabras de Adam le hicieron pensar. Conocía los riesgos que corría al enfrentarse a las montañas y la roca, como todos los alpinistas, pero siempre había pensado que moriría en la cama, ya anciana, rodeada por sus amigos y familiares. En aquella ocasión, además, habían intentado una ruta fácil y poco comprometida, para que los hijos de Araceli y Adam, que ya habían escalado algunas rutas sencillas, se enfrentaran a algo más técnico, pero sin riesgos.

 

—Será fácil y divertido —había dicho ella cuando planeaban el fin de semana en su casa—, y los chicos aprenderán un montón, ya lo veréis.

 

—¿No será muy complicado para ellos? —preguntó Araceli.

 

—Bah, pueden con esto y con menos, no te preocupes —respondió Pati, y todos se echaron a reír.

 En aquel momento pareció un plan estupendo. Sería otro fin de semana de aventura, de adrenalina, de naturaleza salvaje y superación. “Porque hay que vivir con intensidad cada momento”, decían, “y sólo así nos sentiremos parte del mundo”.

 

Porque hay que vivir cada día como si fuera el último.

 

 

 

La tormenta arreciaba y castigaba la montaña cada vez más fuerte, pero con cada rapel se encontraban más cerca de la base de la pared, y tenían más probabilidades de salir de allí con vida. Cincuenta metros más, reunión, dejar que bajen los niños, luego Araceli, Pati llegando hasta ellos y comenzando de nuevo el proceso. Otra vez, y otra. Llegaron hasta El Cuenco, una gran repisa donde podían descansar y montar el último rapel. Los rayos iluminaban el cielo, y Pati se movía todo lo rápido que podía, confiando en que ninguno de ellos impactara contra la pared. Montó la reunión, bajó Araceli, bajaron los niños y notó los tirones de la cuerda: Habían llegado a la base de la pared.

 

Casi lo habían logrado.

 

Ayudó a Adam a colocarse, se preparó para bajar a continuación y entonces, durante un segundo, el cielo brilló como si el sol hubiera atravesado las nubes y se precipitara contra la tierra.

 

La tierra tembló. El suelo se abrió baso sus pies y cayeron al vacío mientras la pared se precipitaba sobre ellos.

 

 

 

—¿Te apetece otro cigarrillo?

 

Pati negó con la cabeza, pero Adam no podía verla en la oscuridad de la cueva.

 

—No gracias —respondió cuando se dio cuenta. Se encontraba mareada y tenía mucho calor. —Creo que no deberías fumar, yo… Tengo mucho calor. Quizá empieza a faltarnos el aire.

 

Adam se volvió hacia ella, algo preocupado.

 

—No es el aire. ¿No lo notas? Hay algo de corriente, así que no nos faltará oxígeno… ¿Te encuentras bien? Ven, te ayudaré a quitarte la chaqueta. Tenemos que comprobar que no estés herida.

 

Pati se quitó la mochila y la chaqueta. Seguía sudando. Notó algo caliente que le resbalaba por la espalda.

 

—Creo que me he cortado al caer. Échame un vistazo, por favor.

 

Adam la ayudó a desvestirse. Efectivamente, Pati tenía cortes en la espalda y las piernas. No eran profundos, pero sí numerosos.  Adam buscó dentro de su mochila y sacó un pequeño botiquín.

 

—Desnúdate del todo, —dijo—, voy a vendarte las heridas.

 

Pati obedeció. Había notado la corriente de aire y eso la tranquiilzaba. Podrían morir por mil causas diferentes, pero no sería asfixiados y, si Adam hacía bien su trabajo, tampoco desangrados.

 

 

 

Cuando el rayo golpeó la pared, Araceli estaba ayudando a Iñaki a quitarse el arnés. De forma instintiva, los tres se arrinconaron contra la pared, intentando protegerse de la caída de piedras. Con un ruido ensordecedor, el grueso de la avalancha cayó sobre la repisa en la que se encontraban Adam y Pati.

 

“Dios mío”, pensó Araceli, “que les haya dado tiempo a salir de allí”. Esperó un rato, pero lo único que bajó por la pared fueron más rocas y las cuerdas que habían usado para descender, cortadas durante el impacto. Araceli se llevó las manos a la boca y contuvo un grito. Iñaki y Yosune se encontraban aún pegados a la pared, acurrucados y temblando de miedo. Su madre les miró y tomó una decisión rápidamente: Tenían que marcharse y buscar ayuda, o todos morirían en aquella montaña.

 

Adam intentaba limpiar y vendar a Pati con toda la prudencia y el decoro que le era posible, teniendo en cuenta que trabajaba a oscuras y que la chica no dejaba de moverse.

 

—Ahí no tengo heridas, Adam.

 

—Perdona, yo… Estate quieta, ya casi he terminado.

 

Cuando pensó que las heridas más importantes ya estaban controladas, Adam se dio cuenta de que también estaba sudando. Se hizo un examen rápido, y se dio cuenta de que sangraba por varios cortes. Se desvistió y trató de tapar las heridas como pudo. Prefirió hacerlo él para que Pati descansara.

 

El silencio era total. Adam, que estaba más asustado de lo que aparentaba, buscó la mano de Pati y se la cogió. El contacto y el calor de su piel lo reconfortaron.

 

—¿Te puedo hacer una pregunta? —dijo al cabo de un rato. Pati asintió con la cabeza, pero en esta ocasión no hizo falta que dijera nada, y Adam siguió hablando. Le temblaba la voz.

 

—¿Ha merecido la pena? Quiero decir… Tú te has pasado la mitad de la vida en la montaña y… ya sabes. Vivir cada día como si fuera el último. ¿Eso es la vida, Pati? ¿Ha merecido la pena?

 

Pati guardó silencio. ¿Qué podía decir? Sí, se había perdido muchas cosas. No se había planteado tener hijos, casi no recordaba a sus amigos de la infancia, se pasaba las Navidades lejos de su familia, en tierras heladas y rodeada por gente extraña. Cuando sus amigos hablaban de Perdidos o de Juego de Tronos, ni siquiera sabía a qué se referían, y respecto a tener una pareja… Había tenido muchas, pero todas se alejaban cuando comprendían que Pati jamás podría comprometerse para toda la vida, ni con una persona, ni con un lugar. Quizá ni siquiera con ella misma.

 

Recordó a Miriam, su más querido amiga, y aquella que más le había enseñado sobre la montaña. Descansando en una hamaca, colgadas a 500 metros del suelo en la pared de El Capitán, Pati se preguntaba qué hacían allí, qué oscuras razones les habían llevado a ese valle, a esa pared y a esa vía de escalada.

 

—No le des vueltas —había respondido Miriam—. A veces sientes un “click” en la cabeza, como si un interruptor se activara, y entonces ves el mundo con otros ojos. Ya no te apetece estudiar, ni salir con los amigos, y la ciudad se te queda pequeña. Necesitas moverte, descubrir cosas nuevas, y cada día que pasas sin asombrarte por algo te parece un día perdido.

 

—Pero tú ya habías escalado esta pared antes.

 

—Sí, tres veces, y cada vez es diferente. No es la montaña, Pati, es la vida. No necesitas forzarte cada vez más, y arriesgarte, y viajar al otro lado del mundo. Basta con prestar atención a lo que vives, con aprovechar el momento, ¿me comprendes? Todo se vuelve interesante si le prestas la suficiente atención.

 

 Miriam había desaparecido en la India dos años después. Su campamento quedó sepultado bajo una avalancha de nieve y jamás se encontró su cuerpo. A veces, Pati recordaba aquella noche en la pared, bajo las estrellas, y pensaba que Miriam no había muerto y que seguía viajando, descubriendo cosas nuevas y asombrándose por algo diferente cada día que pasaba.

 

¿Qué podía decirle a Adam? Se conocían desde hacía muchos años, pero habían seguido caminos distintos. El se casó, tuvo hijos, se compró una casa… Pero parecía más feliz que ella. ¿Había desperdiciado la vida buscando algo que no existía? ¿Qué significaba, realmente, aprovechar el momento? ¿Vivirlo conscientemente? ¿Morir? Pensó que, quizá, ninguna  persona es completamente feliz hasta que muere, hasta que, con su último aliento, sonríe al saber que ha merecido la pena.

 

—Sí, ya lo creo.

 

—¿Perdona? —preguntó Adam—.

 

— Ya lo creo que mi vida ha merecido la pena. Hasta el último segundo, Adam. ¡Y la tuya también! Tienes unos hijos fantásticos y seguro que te han hecho feliz. Eso es lo que cuenta.

 

Adam pensó en Araceli y en sus hijos. ¿Habrían sobrevivido? Estaba casi seguro de que sí, porque el rayo golpeó la pared cuando se encontraban en la base, y podrían haber huido. Si tuviera una forma se saberlo con seguridad, si pudiera saber que se encontraban bien... Pero era imposible. Moriría en la oscuridad y en la ignorancia.

 

“No es mala muerte”, pensó.

 

—¿Pati?

 

—Dime, Adam.

 

—¿Crees que brillarán las estrellas? Ya será noche cerrada. ¿Crees que se habrá despejado el cielo?

 

—Por encima… de las nubes —respondió Pati con esfuerzo. —Por encima de las nubes, siempre brillan las estrellas. Aunque no las veamos, están ahí. Nos sobreviven.

 

—Eres la mejor, Pati. Gracias por… por todo. Por traerme hasta aquí. Por dejarme vivir este momento… contigo.

 

Adam cerró los ojos.

 

 

 

Le despertó una luz intensa. Abrió los ojos y vio la sonrisa de Araceli. Luego llegó el dolor, y se despertó completamente. Se encontraba en un hospital.

 

—¡Araceli! —dijo en voz alta—. ¡Por dios, estás bien! ¿Los niños? ¿Están…?

 

—Sanos y salvos, tranquilo. Tú descansa.

 

—¿Y Pati?

 

—Se recuperará. Está malherida, pero sobrevivirá.

 

Adam cerró los ojos de nuevo y respiró profundamente. “El último aliento tendrá que esperar”, pensó.

Lo último que escuchó, antes de quedarse de nuevo dormido, fue la voz de Araceli burlándose de él.

 

—Pero algún día tendrás que explicarme —decía— por qué estabais los dos desnudos cuando os encontramos.


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#9

Escrito 24 abril 2015 - 21:05

RELATO FUERA DE CONCURSO Escrito por Dedocaloso

 

 

 

 

 

 

 

De cómo me lié la manta a la cabeza y escribí un relato con el único fin de, mediante el alargamiento innecesario de esta frase inicial (prácticamente imprescindible para coronar cualquier obra) llamada título, tocar las gónadas a mis queridos compañeros de concurso en general y a aquellos con odio a los títulos largos como su Suma Moderancia dso, en particular. También puede ser que me equivoque y no fuese dso el que tenía manía a esos títulos más largos que el túnel de Guadarrama (lo cual no haría sino acrecentar el sentimiento de lítost que tengo ahora) pero todo sea por eternizar esto y dar aún más la tabarra. Y si efectivamente es dso el de los títulos, sea esta mi pequeña venganza por una condición a la cual no sabía por dónde meter mano. Y pongo punto al final del título, porque puedo. Punto.

 

 

El título es

Bastante a-

utodescrip-

tivo, así que

vamos a ir al

grano: he es-

crito esto con

 el único fin de

 joder. Joderte

 a ti, lector, jo-

der mi inexiste-

nte reputación

como escritor s-

embrando odio

y joder por joder.

Joder las convenc-

                                      relleno  relleno     iones  estilísticas u-           relleno

                                      relleno  relleno     suales y joder cualq-         relleno

                        re rell   relleno  relleno     uier atisbo de humil-        relleno rell

                        re rell   relleno  relleno    dad que me quedase.        relleno rell

                        re rell   relleno  relleno    Ver el mundo arder.         relleno  rell

                        relleno(relleno)(relleno) Soy consciente de que e-(relleno) rell   relleno relleno

                        sto no va a hacer arder nada, más allá de tu retina, paciente le- relleno relleno

                        ctor, pero no podía desaprovechar la ocasión.  Tenía que inten- relleno relleno

                        tarlo. Tenía que hacerlo. Relleno, relleno y más relleno para cu

 

Vale, parece que ya medio está cuadrado. No soy precisamente un gran artista, tengo poca visión espacial y la lío, pero hay que ver que agusto se queda uno, ¿verdad? Sin desaprovechar un solo momento para meter ese intento de mano que tenía guardado y nunca solté, ese malmeter que el cuerpo me pedía y sádicamente reprimí. Pero ya paro, que se me está yendo el santo al cielo y no hablo del carpe diem.


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#10

Escrito 24 abril 2015 - 21:09

Ya están todos los que son y son todos los que están XD

 

En el relato: CEGUERA, nos ha sido imposible poner la misma fuente de letra. Si cambia no es que el autor lo haya hecho expresamente así, sino que su intención era que todo estuviera en la misma fuente. New Times Roman. He puesto un asterico al final del relato explicándolo.


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#11

Escrito 24 abril 2015 - 21:09

Dedocalloso, no votaré a tu relato porque no hay desnudos :sisi:


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The truth shall appear while you can face yourself.

 


#12

Escrito 24 abril 2015 - 21:12

Hay mucho más nivel que el bimestre pasado. Felicidades a todos los participantes y suerte.



#13

Escrito 24 abril 2015 - 21:51

¿De verdad el primero solo tiene un párrafo? Ufff ese para luego.

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#14

Escrito 24 abril 2015 - 23:13

Primera lectura hecha. A falta de una segunda (o más) lectura puedo decir que la mayoría me han gustado :sisi: Y si no recuerdo mal, a más de uno le falta el despelote :D



#15

Escrito 24 abril 2015 - 23:32

Leí algunos al azar. La mayoría me gustó, aunque hubo uno que me pareció algo flojo.

Mañana termino con todos los relatos y empezaré a escribir los comentarios. Con los votos será más difícil.


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The truth shall appear while you can face yourself.

 



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