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Esdrás

Relatos del bimestre mayo-junio

Publicaciones recomendadas

Esdrás Rey Vendrick

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Lo primero, un recordatorio de las reglas:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de 3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Esdrás vía MP, antes de concluir el día 15 del segundo mes, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 16 será día de comprobación y revisión, por si hubiera que repetir alguna votación consecuencia de un abandono no comunicado.

- El día 17 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 18 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Esdrás quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

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Esdrás Rey Vendrick

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Y la condición propuesta para esta edición por twoflowers y Cantaneitor es:

 

El relato debe ser sobre un futuro apocalíptico. Se aceptan los tres significados del DRAE de "apocalíptico".

 

apocalíptico, ca.

 

(Del gr. ).

 

1. adj. Perteneciente o relativo al Apocalipsis.

 

2. adj. Misterioso, oscuro, enigmático. Estilo apocalíptico.

 

3. adj. Dicho de lo que amenaza o implica exterminio o devastación: Terrorífico, espantoso.

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Esdrás Rey Vendrick

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RELATO Nº 1

VIDA Y MUERTE


La llamarada final llegó sin avisar. Nadie la predijo, ni científicos ilustres ni locos del apocalipsis. El hambre de la destrucción barrió naciones enteras, devoró ciudades y engulló a sus personas. "Ola apocalíptica", "mancha roja", "muro de fuego"... tenía muchos nombres, y en cada mente se dibujaba una fantasía diferente, o eso aseguraban los últimos poetas vivos.

La ola se acercaba a las costas españolas de Galicia, pero no traía sal y agua con ella, solo muerte y desolación. Incansable y continua mantenía rumbo este, aniquilando toda creación y vida animal. Por el oeste, a la misma velocidad, sembraba la misma desolación, llegando ya a las costas niponas. No había esperanza, no había ninguna solución mágica; únicamente restaba el descanso eterno para los creyentes, el abrazo familiar para los que no lo eran y la solitaria muerte para los inadaptados.

Sin embargo, en un hospital muy cerca de la playa, una mujer desafiaba a la destrucción, y lo hacía de la mejor manera que sabía: trayendo a ese universo condenado a una nueva vida. Era su deseo, su última voluntad, y ya podían marginarla sus amigos o familiares que ella lo haría, ni el final de la civilización había quebrado el muro en que había convertido su decisión.

Su asistente sanitario, una mujer sin familia y convencida de que esa marginada hacía lo correcto, ayudaba en el parto. No había más personal en esa planta, pues nadie quería morir trabajando y, por fuerte que fuera, el juramento hipocrático había sido abandonado en la mayor parte de los casos. Mientras los peces de la costa atlántica sufrían convulsiones violentas durante unos segundos, un cuerpo se retorcía para expulsar de su interior a una copia de sí mismo.

Las pantallas de los aparatos médicos, verdes y monótonas, empezaron a fluctuar, languideciendo cada vez más hasta apagarse, señal inequívoca de que la ola apolítica llegaba. La mujer sufría, no por el dolor de las contracciones o empujones, sino por la desilusión que le empezaba a embargar; no le daría tiempo: no podría ver a su hija. No obstante, era una mujer fuerte, y la fortaleza de una persona no sólo le obligaba a apartar la imagen del fracaso, le instaba a luchar contra él, desafiándolo a cada segundo, por muy duro que fuera.

Así que, por todo ello, volvió a empujar, doblándose de dolor sobre sí misma. La comadrona gritó alegre y esperanzada, sentimientos ambos extraños en un mundo que se partía en añicos, pero lo hacía con razón, pues la cabeza del recién nacido sobresalía por la vagina de su progenitora. Apretó nuevamente y sin que la médico le avisara, pues sabía el poco tiempo que les quedaba a las tres.

En un suspiro, entre llantos lejanos y espíritus angustiosos, la niña nació, y lo hizo sin una sola lágrima o berrinche, emulando la fortaleza de aquella que la había traído a un mundo acabado. La asistente la lavó en apenas unos segundos y la presentó a su madre. La mujer atrajo sobre sobre su pecho a la pequeña y la abrazó con fuerza; la niña, intentando no ser menos, agarraba como podía la mano que estaba cerca de la suya propia.

La médico sintió que ese no era su lugar y, por ello, se alejó con la vista distante hacia la puerta. Cruzando el umbral, y sin llegar a traspasarlo, la misma voz decidida que la había convencido le negó la salida, obligándole al instante a dar media vuelta y acercarse a ella. No moriría sola, no tras haber sido la última persona que acudió a ondear el estandarte de la mujer embarazada.

La asistente agarró la mano que no abrazaba a la niña y se arrodilló en la cama, cerrando los ojos con la intención de no abrirlos nunca más. La madre, a su vez, apretó con más fuerza a su hija y la empujó hacia sus labios, donde estos besaron la frente de su criatura con una dulzura indescriptible. El suelo tembló, protestando y avisando de lo que llegaba, pero ninguna se movió, esperando lo que estaban ya preparadas para recibir.

La llamarada final envolvió con su devastación al hospital, silenciando para siempre a tres corazones que parecían latir al unísono.

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Esdrás Rey Vendrick

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RELATO Nº 2

EL ÚLTIMO INSTANTE DE LA ÚLTIMA ERA


Acta Est Fabula, Plaudite
- Inscripción de autor y significado inciertos hallada en una pared del Museo de las Eras

Hablaremos del joven sin llamarlo por su nombre, porque los nombres habían perdido ya su significado, como tantas otras cosas. Llamó hermano a su viejo compañero cuando se topó con él de camino a la posada, como también lo había hecho antes con el pordiosero que tiempo atrás rajó su piel a traición para tratar en vano de juzgar su interior. En el fin todos eran hermanos.
-¿Has oído a los astrólogos del Observatorio?-preguntó el joven a su compañero- Dicen que la música de las esferas estaba despidiéndose de la existencia con la elegía más bella jamás cantada.
-Habladurías, ya sabes mi opinión. Sólo quieren sentirse más especiales que el resto inventándose un significado para la basura del cosmos.
-Y sin embargo se vio a uno de ellos sangrando por las orejas, gritando de éxtasis, hasta caer desmayado
-Yo te lo explico: una sobredosis de su condenada droga-escupió al suelo. Siempre había tenido la costumbre de hacerlo.
-No deberías hacer eso-dijo el joven- Ya no.
-Incluso el instante más sagrado necesita un bufón que lo profane. No hay luz sin sombras, ¿no?
-Eso ya no tiene ningún significado.
-Lo sé. Nada lo tiene.
Y aun así, al entrar en la posada todo estaba como siempre. Los parroquianos bebían y reían, el dueño daba órdenes e intercambiaba opiniones con sus camareros y el bailarín, al que habían modificado sus ladrillos vitales cuando sólo era un átomo para darle más brazos y pigmentación azul, interpretaba el Nataraja como si la estabilidad del mundo aún dependiera de ello. El único cambio fue una fruta arrojada por un borracho especialmente osado que impactó deliberadamente a varias distancias del bailarín, porque ni siquiera él, ni siquiera entonces, osaba acertarle.
El joven y su compañero se sentaron y pidieron, el primero de ellos observando atentamente cómo uno de los camareros exprimía la sangre de las uvas antes de entregársela.
-A vuestra salud, hermanos- dijo llegado el momento, bebiendo un largo trago.
-Sí, no vayamos a morir antes de que llegue la hora-dijo su compañero, socarrón. Ambos sabían que el ciclo de la vida y la muerte se había detenido. Los que estaban vivos seguirían vivos hasta el final, porque el privilegio de ver cómo se rasgaba el velo era suyo.
-¿Qué sentido tiene que tantos millones hayan muerto antes de esto? ¿Qué sentido tiene haber vivido en las Eras que no revelaron los Misterios? ¿Por qué somos nosotros especiales?- se preguntó el joven, dejando que una hilera de la sangre corriera por la comisura de su labio.
-Preguntas demasiado, hermano.
-Lo sé. Lo siento.
-Maldita sea, yo tampoco tengo ni idea.
Tras unas jarras más el joven pidió un plato de carne de animal hozador. Era de los últimos que quedaban en todo el mundo y, consciente del hecho, lo degustó con tanta reverencia como si de la esencia del Hacedor se tratase. Su compañero lo miró divertido antes de unirse cogiéndolo un trozo y engulléndolo con la misma rudeza de siempre. En el exterior la escasa luz roja iba desapareciendo gradualmente, sustituida por la oscuridad de un cielo cuyos ojos se habían ido cerrando a lo largo de la última Era. Sólo el Sol, el eterno amigo y vigía del mundo, se quedaría hasta el final con casi todas sus fuerzas mermadas.
-¡Eh, el momento se acerca!-gritó uno de los borrachos-¡Deberíamos salir y unirnos a la fiesta!
-Hazlo tú si quieres, viejo perro sarnoso-le contestó el dueño del local-Yo me quedo aquí.
-Hasta el mismísimo final-dijo una voz cuya fuente no reconoció el joven.
-Que, ¿salimos?-le preguntó su compañero, pero él ya se estaba levantando para encaminarse hacia la salida. Pronto, poco a poco, un pequeño arroyo de gente siguió sus pasos, primero hasta el exterior, luego a través de un mar de hierba gris y purpúrea. Lejos, las cigarras llamaban a sus compañeras para no estar solas y un ruiseñor entonaba cantos de desolación.
Su compañero logró darle alcance.
-Sí que tenías prisa, truhán. Imagino que tienes auténticas ganas.
-Ojala supiera de qué tengo ganas.
Creo que de que todo termine ya, pensó, pero no lo dijo.
Pronto llegaron al valle en el que se había declarado que ocurriría. Otras hileras de gente estaba penetrando en él al mismo tiempo, algunas de personas normales como ellos (o tan normales como podía serlo ningún testigo de la Última Era), otras de músicos y hieródulos vestidos de criaturas fantásticas o largamente extintas. El más cercano a ellos, con plumas teñidas de rosa, pico y zancos, graznó con voz ronca al verlos venir, y un festival de desquiciados sonidos acompañó su gesto. El joven, inquieto, retrocedió ligeramente antes de reunir valor para continuar.
En el centro del valle, con los faros ya encendidos para combatir la creciente oscuridad, la ceremonia ya daba comienzo. Los recién llegados sin papeles sagrados que interpretar se despojaban apresuradamente de sus ropajes, antes de sumergirse en la frenética y cuasi-desesperada orgía. La que más llamaba la atención era una hermosa virgen que sollozaba mientras un hombre vulgar y sudoroso le mordisqueaba salvajemente los pechos. Algunos borrachos que se habían adelantado al joven se unieron nada más llegar, y aunque bromeaban entre ellos sobre lo mucho que iban a disfrutar el temblor de sus labios les delataba. El joven retrocedió de nuevo.
-¿Vas a amilanarte ahora como si no supieras a lo que venías? Y yo que creía que tenías ganas-le dijo su compañero, que ya empezaba a desnudarse.
-Yo quizá me una a los hieródulos- balbuceó.
-Tú mismo- respondió el otro, y avanzó con determinación para arrodillarse antes las nalgas de un anciano y lamerlas.
El joven se dirigió hacia las filas de los que rodeaban la ceremonia, compuestas por indecisos y actores. Una alta figura de manto oscuro con guadaña se inclinó sobre él. No parecía haber rostro alguno tras la capucha.
-Tu sitio no está aquí, hermano-dijo con voz cavernosa.
-Lo lo lamento, yo puedo unirme a los Cánticos
-Falla una sola vez y atente a las consecuencias. Nadie puede estropear la armonía.
-No no fallaré. Mi madre siempre los cantaba, nunca los he olvidado
-Va a empezar-interrumpió uno de los indecisos, mirando al cielo con temor. El último ojo se había apagado. Tras vacilar unos instantes se desnudó y corrió hacia la ceremonia, seguido poco después por la mayoría de los demás. Los músicos sacaron sus instrumentos; estaban los de siempre, pero también extraños ingenios cuyas voces no habían sonado en Eras. La cacofonía que sonó cuando empezaron a tocar era difícilmente explicable, armónica en su enloquecedor caos. Los hieródulos aún aguardaban al momento en el que se apagaran los faros. Un leve temblor empezó a sacudir la tierra.
-Madre del Hacedor-dijo una voz.
-Nada tiene significado. Ya no-dijo otra.
-Pronto lo tendrá todo-dijo una tercera.
-¡Preparaos!-gritó la figura encapuchada.
En un abrir y cerrar de ojos los faros se apagaron y la oscuridad se hizo absoluta. Unos gritos y el sonido del metal revelaron que algunos habían empezado a atacar a otros, apuñalándolos, atravesándolos, decapitándolos. No importaba. La muerte ya no existía. Se elevó a los cielos el sonido de los Cánticos y el joven se unió a ellos. Cantó como nunca había cantado, hasta sentir dolor en la garganta, sin cometer un solo fallo. La armonía lo era todo, lo invadía todo. Y no tardó en empezar.
Un desgarrón comenzó a abrirse en los cielos, primero imperceptible pero cada vez más y más poderoso y abrumador. Muchos cayeron al suelo, gritando y gimiendo, incluso hieródulos, pero no dejaron de cantar.
-Es tan bello-dijo una voz quebrada. Era la del compañero del joven, la profanidad rota en el último y más sagrado instante.
-Preparaos.
El desgarrón ocupó todo el cielo, lo reemplazó. Las voces callaron súbitamente, los mvimientos terminaron y llegó el

FIN

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RELATO Nº 3

EL DÍA DEL DESCUBRIMIENTO


- Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más.

Nielub no sabía por qué escalaba la montaña. Cada metro recorrido significaba un nuevo recuerdo, un nuevo recordatorio de cómo había llegado a aquel lugar.

Pero él no quería recordar.

- Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más.

Sin embargo, se sentía obligado a hacerlo. Debía hacerlo. Sin recuerdos no había respuestas y, de todas maneras, esa montaña era escueta e infértil como la estepa que protagonizaba algunos de sus pensamientos. Ese formaba su segundo y principal aliciente para avanzar; la esperanza de encontrar comida.

Abajo, solo dejaba una tierra arenosa y sin vida.

- Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más.

¿Cuanto llevaba? ¿Tres horas? ¿Cuatro? No recordaba haber comenzado a escalar. No recordaba ni siquiera haber despertado. ¿Sufriría amnesia?

Imposible. Cuanto más escalaba, más sucesos volvían a su cabeza. El día del nacimiento de su hija. El viaje a Crimea con su mujer. El día del Descubrimiento...

Se paró. Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿En qué acababa de pensar? ¿En el día del Descubrimiento?

Sí, era eso. Habían encontrado un enorme complejo subterráneo al oeste de Argelia. A los arqueólogos les había sorprendido bastante, pues aquellos restos tenían (según decían) unos 5000 años de antigüedad, y no se sabía de ninguna civilización importante que hubiese habitado la zona por aquel entonces.

Mientras mantenía estas cavilaciones y se esforzaba por recordar, un horrible gemido lo hizo volverse, aunque el hecho de que el sol estuviera en su ocaso, así como el que el cielo estuviera encapotado a base de nubarrones negros le impidió atisvar nada inusual. De todas maneras, eso hizo que diera por finalizada su pequeña pausa.

- Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más. Clava el palo, avanza un metro más.

Vaya, de seguir así, ése se convertiría en su lema personal.

---


La caminata comenzaba a ser desesperante. Había estado andando toda la noche y tenía hambre, sed y sueño. Por si fuera poco, parecía que aún quedaba, al menos, medio kilómetro para llegar a la cima.

De todas maneras, los hechos recordados hacían que todos esos factores fueran soportables. Había encontrado en lo más recóndito de su mente algunos de los sucesos que, creía, habían ocurrido tras el nuevo Día D, como algunos lo llamaron.

Entre otras cosas, había recuperado de su maltrecha memoria el recuerdo de que, según le había contado por teléfono su hermano Gustav (había llegado hasta el punto de recordar que había estado destinado en la excavación, un detalle ridículo teniendo en cuenta que ni siquiera recordaba cuantos años tenía él mismo), en el interior del ya bautizado Complejo de Tinfouchy, los arqueólogos se habían encontrado con lo que parecía la necrópolis resultante tras una gran batalla. Nada inusual, se habían visto antes cosas como aquella... de no ser que algunos de los esqueletos allí encontrados eran la mitad de grandes de lo habitual y con un cráneo del tamaño de una pelota de playa. Por lo demás, los restos apenas diferían de los de los humanos normales.

La batalla, por lo que parecía, había sido cruenta (se habían contabilizado unos 3000 cadáveres, muchos de ellos extrañamente incompletos) pero una sorpresa aún mayor había sido el hallazgo de una especie de pistolas, desperdigadas por todo el lugar y en las manos de algunos de los engendros allí encontrados. Obviamente, no se había podido saber a ciencia cierta su función, pues si bien habían permanecido relativamente intactas al paso de los siglos, la herrumbre las había hecho inutilizables. Y luego llegó el auténtico Descubrimiento: El Artefacto...

Nielub se paró. Si horas atrás se había estremecido pensando en lo que suponía el recuerdo del Día del Descubrimiento, ahora estaba temblando literalmente.

- El Artefacto...

No debía pronunciar esa palabra. Era tabú.

Reanudó la marcha a paso rápido, olvidando el sueño que lo había acompañado desde hacía hora y media.

- ¡Clava el palo, avanza un metro más! ¡Clava el palo, avanza un metro más! ¡Clava el palo, avanza un metro más!

¿Debía seguir recordando? ¿Hasta que punto aguantaría esa tortura mental? Sabía que, si se volvía a parar, no reanudaría la marcha. El Artefacto era la causa de su espantosa situación, lo recordó nada más pronunciar su nombre en voz alta. Sin embargo, dejar de avanzar, dejar de recordar significaba la muerte por inanición.

Aminoró la marcha. ¿Era la muerte acaso más horrible que lo que pudiese descubrir?

No sabía la respuesta.

---


Faltaban algo más de 200 metros para hacer cima.

Era curioso. Como si el Dios en el que siempre había creído hubiese sido misericordioso por una vez en su triste vida.

En las últimas horas habían vuelto recuerdos agradables, para variar, y que apenas tenían que ver con esos últimos meses: El día de su comunión, en una pequeña iglesia al noreste de Minsk; la maravillosa sonrisa de Tasha, que hizo que se enamorase de ella 20 años antes; el primer día en su nuevo trabajo en el apacible pueblo de Rasony...

Sin embargo, en todo aquel tiempo no se había librado de la odiosa sensación de que el remanso de paz que ofrecían sus últimos recuerdos no era sino la calma antes de la tempestad que suponían las memorias de la historia reciente.

Lo cierto es que, habiendo evitado pensar en la palabra tabú, también había eludido ampliamente los recuerdos asociados a ella. Sin embargo... ¿que hacer cuando ya has recordado practicamente toda tu vida?

Nielub apretó los dientes. Solo le quedaban los recuerdos finales, aquellos de los que había estado huyendo desde que había comenzado a escalar, no sabía cuánto tiempo antes. Lo único que podía hacer era rezar para llegar a la cima sin tener que recordar nada más. Solo tenía que concentrarse en detalles pequeños e insignificantes, como la forma de una piedra o el color de su palo y no pensar.

No pensar.

Ésa era la clave.

---


¡Por fin!

Había sido un duro camino, pero ya solo estaba a unos pasos de la cima. ¿Qué haría en cuanto llegase arriba?

Nielub pensó en las maravillas que estaban al alcance de su mano. Solo unos metros más y podría comer y beber hasta hartarse, podría dormir quince horas a una temperatura tan agradable que nunca quisiera despertar, podría estar a salvo...

¿A salvo? ¿A salvo de qué? ¡De nada! ¡De todo! Podría ver, tocar y besar a su familia de nuevo, podría olvidarse de las pesadillas, ¡de todo! Podría ser feliz, como una vez lo había sido, rodeado de sus preciosos recuerdos, olvidadas las cosas extrañas y apocalípticas en las que alguna vez creyó haber pensado.

¡Qué importaba nada!

Una especie de gruñido, similar al de un cerdo, avivó aún más el enloquecido ánimo de Nielub. Si en los 50 metros anteriores había aumentado el paso tanto como podía, ahora practicamente llevaba a su cuerpo al mismísimo límite.

- ¡Clava el palo, avanza un metro más! ¡Clava el palo, avanza un metro más! ¡¡CLAVA EL PALO, AVANZA UN METRO MÁS!!

Ya estaba a sólo 10 metros. ¡Por fin! ¡¡Por fin!! ¡La pesadilla había acabado!

Nielub clavó el palo por última vez y sonrió como no recordaba haberlo hecho nunca.

La sonrisa le duró cinco segundos.

---


La cima de la montaña no era más que una extensión de su ladera: sin agua, sin comida y sin vida.

Nielub avanzó vacilante, soltado el palo y por encima de todo negándose a creer lo que veía. ¿Dónde estaban? ¿Dónde estaban los manjares? ¿Dónde estaban los manantiales? ¿Dónde estaba su familia?

Nielub, incrédulo y agotado, se apoyó en una especie de pared de piedra que le sostuvo mientras se enjugaba las pocas lágrimas que aún era capaz de derramar. ¿Dónde estaba todo?

No había terminado siquiera de comenzar a asimilar su situación cuando volvió a escuchar un gruñido, a su derecha, en la cuesta contraria a la acabada de escalar. Instantaneamente, su tristeza se disipó.

¡Eso era! ¡Estaban al otro lado de la montaña!

Que crueles habían sido, le habían gastado una broma de muy mal gusto. Pero no importaba, él era capaz de perdonarlo todo, no era más que la última prueba para el reconocimiento de su felicidad.

Muy ilusionado, empezó a andar en dirección a la otra ladera. Llegó al borde de la cima y miró hacia el valle que se extendía ante él, mientras el sol amanecía entre las nubes, iluminándolo.

Y recordó.

---


Recordó el día que habían llevado el curioso Artefacto a esa vieja ciudad llamada Nueva York. Recordó el día en que los arqueólogos que lo estudiaban lo activaron y como durante los tres días siguientes fueron vitoreados y animados para seguir experimentando con él. Y recordó también el caos.

Exactamente 72 horas después de su activación, los arqueólogos que habían estado trabajando con él se volvieron completamente locos; una vez perdido completamente su juicio, comenzó su transformación.

En las primeras horas, ésta no era demasiado obvia; los huesos de sus piernas y de sus pies empezaron achatándose, pero no lo suficiente como para notarse demasiado; no obstante, 24 horas más tarde, una vez crecido el cráneo hasta el triple de su tamaño, ya era tarde para pararlos.

Los quince primeros engendros, una vez arqueólogos, no tardaron en huir del psiquiátrico en el que estaban reclusos, mordiendo en la yugular a cualquiera que intentase detenerlos. Llegaron a Central Park media hora después de su fuga, provocando numerosos ataques de pánico a los curiosos que se aproximaban, y una vez manipularon los árboles, éstos envenenados ya con las radiaciones de las que el Artefacto les había imbuído, llegó el fin.

Los policías tiroteron a los engendros, dándoles caza y creyeron haber acabado con la amenaza. Craso error. Los árboles manipulados empezaron a liberar esporas que, además de provocar su muerte inmediata, convertían en engendros a todo ser humano en 50 quilómetros a la redonda.

Nielub recordó haber leído este análisis mientras tomaba su café vespertino, sobrecogido, pero convencido de que el Apocalipsis americano no llegaría a la Vieja Europa.

---


El valle, antaño verde, era ahora un yermo de color castaño oscuro. De la villa que se alzaba en medio, una vez tranquila y feliz, llegaban los gemidos de los habitantes medio muertos que se habían enfrentado a los engendros. Los pocos que habían salido relativamente ilesos huían, corrían como podían en busca de nuevas tierras verdes, como Nielub recordó haber hecho una vez hubo contemplado horrorizado la conversión de sus vecinos, de sus amigos y de su familia.

Y mientras Nielub se desplomaba, recordando su llegada a los verdes campos de esas montañas y su accidente, mientras fijaba sus ojos en los rostros de los nuevos amos de la Tierra, sintiendo cómo la locura eliminaba la escasa cordura de su cerebro tal y como los engendros estaban eliminando a los humanos, supo que cuando despertase sería ya uno de ellos.

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RELATO Nº 4

EL PARLAMENTO DE LAS PLAGAS


La Muerte no se impacientaba. A lo largo de su existencia había aprendido a no dejarse llevar por la ansiedad. Ella sabía, mejor que nadie, que con el tiempo todo termina sucediendo. Su misma esencia se basaba en esa afirmación.

Además, sabía que algunas de las Plagas estaban muy atareadas y que necesitaban su tiempo para llegar a la reunión. Ella, en realidad, también tenía mucho trabajo pendiente, pero se las apañaba estupendamente para estar siempre en el lugar en el que debía estar. Para hacer tu trabajo no necesitas más que un momento, solía decir Hambre, ¡pero el mío requiere años de dedicación!.

Privilegios de la edad, respondía ella, que era la mayor de todas. Cuando discutían entre ellas las demás Plagas callaban, porque Hambre y Muerte eran las más ancianas. Discutían mucho, pero la última palabra todos sabían quién la tenía. El primer ser vivo había muerto con el estómago lleno.

¿Faltan muchas por llegar? dijo Miedo. Me aburro.

Guerra y Malformación están en la puerta respondió Muerte, en cuanto entren ya no faltará nadie. Nos podemos ir sentando.

Cuando entraron las últimas rezagadas, después de saludarse y de ponerse al día, las Plagas tomaron asiento en la mesa que presidía las estancias de Muerte. No faltaba ninguna. Ni siquiera las más jóvenes, que solían prestar poca atención a las reuniones que convocaban sus hermanas, se habían atrevido a faltar. El estado del mundo realmente era un desastre.

GRACIAS A TODAS empezó diciendo Muerte. Se interrumpió, carraspeó y se aclaró la garganta. Perdón. Gracias a todas por venir. Sé que son malos tiempos y que todas tenéis mucho trabajo por hacer, pero ya sabéis que la situación es muy delicada y tenemos que tomar una decisión.

A mí no me miréis dijo Desolación. Yo llego cuando las demás ya habéis terminado con lo vuestro. Creo que todas sabemos quién se ha estado pasando de la raya.

Excepto Pachanga y Crisis Financiera, dos de las más jóvenes que no estaban prestando atención, todas las demás plagas miraron a Guerra.

Estoy harta de vosotras dijo la acusada, siempre me echáis la culpa a mí de todo lo que ocurre. Pero ¿sabéis una cosa? Yo no soy más que la consecuencia, la que paga vuestros platos rotos, así que a lo mejor tenéis que pensar más en lo que hacéis vosotras y dejar de señalarme a mí cada vez que ocurre un desastre.

Se armó un pequeño revuelo, porque las plagas eran muy vanidosas, sin excepción, y a ninguna le gustaba ser la causante de una desgracia, a pesar de que su propia existencia se basaba, precisamente, en ser causa de desgracias.

¡Siempre estás en todas partes! gritó Contaminación, que en realidad viajaba mucho más que Guerra, pero casi nadie se daba cuenta.

¡Eres la que siempre lo complica todo! dijo Cáncer.

Muerte y Hambre se miraban y sonreían, porque ellas sabían que las cosas eran mucho más sencillas de lo que pensaban las demás plagas, y que todo se reducía, en el fondo, a evitarlas a ellas dos. Finalmente, la mayor acudió en defensa de Guerra.

Escuchad todas dijo, Guerra tiene algo de razón, no podemos acusarla de ser la culpable de todo. Además, estamos aquí para tomar una decisión, porque así no podemos continuar. Tenemos que intervenir, eso está claro, porque el hombre nos ha demostrado que no se le puede dejar solo, pero tenemos que decidir si lo hacemos para salvar a su especie o si acabamos con ella definitivamente y buscamos una sustituta. Yo os propongo que echemos un vistazo al mundo y que tomemos una decisión en base a lo que veamos. ¿Qué os parece?

Pues que como cambiemos de especie me voy a aburrir mucho durante siglos dijo Crisis, que no pintaba nada hasta hacía muy poco tiempo, pero por mí vale. ¿Quién elije lo que vemos?

Yo misma dijo Guerra. Voy a elegir una escena de una zona en la que yo no haya intervenido, para que no digáis que soy partidista.

Las Plagas rezongaron un poco pero consintieron, mientras en el centro de la mesa se abría una ventana al mundo de los hombres. Cuando las brumas comenzaron a aclararse, se perfiló sobre la superficie de la mesa la silueta del planeta Tierra. La imagen desapareció y se transformó en una habitación pequeña de una casa en el sureste asiático, aunque podría haber sido también una tienda nómada en un desierto, una cabaña en la selva o una chabola en un barrio de una ciudad occidental. En ella se encontraban dos niños de corta edad y, como sucedía en la mayor parte del mundo, Hambre ya les había visitado hacía tiempo.
La niña, que tenía unos ocho años, acunaba al niño, que no tendría más de seis, mientras le cantaba una canción de cuna.

Muy monos dijo Indiferencia con sarcasmo, sólo faltan los cachorros de gatitos jugando en un rincón, Guerra. En el fondo a ti te gustan los niños.

No la he elegido a propósito respondió, ha sido una ventana de probabilidad en una ciudad sin guerra. Los niños siempre son niños en cualquier parte del mundo, es más fácil comprenderlos a ellos que a los adultos.

Callaos, por favor dijo Cáncer, que no oigo a la niña. Tiene una voz preciosa.

La niña seguía cantando aunque el niño, lejos de dormirse, parecía cada vez más despierto. Sonreía a su amiga (en realidad no eran hermanos), que realmente tenía una voz muy dulce. Lentamente, sacó el brazo derecho de la manta con la que se tapaba y buscó la mano de la niña. Sus dedos se entrelazaron muy suavemente, como sólo pueden hacerlo los niños y los muy ancianos, cuando el contacto de una mano amiga es todo lo que exige el corazón, que aún no sabe de otras necesidades o que ya está cansado de ellas. Aunque su voz flaqueó por un instante, la niña no dejó de cantar la misma estrofa de una canción que se cantaba en todo el mundo con las mismas notas. La letra variaba de unos países a otros, pero el significado siempre era el mismo, siempre lo cantaba un adulto a un niño a quien protegía, siempre ofrecía consuelo y apoyo. La niña, a sus ocho años, había aprendido la responsabilidad que tenía frente a alguien más débil, aunque no fuera de su familia, aunque no ganara nada a cambio. Esa necesidad de proteger la inocencia no se la habían inculcado los adultos; había nacido con ella.

Las plagas siguieron escuchando en silencio, sin atreverse a interrumpir a la niña, comprendiendo lo que significaba su canto desde el primer momento, porque eran las plagas de la humanidad y también su última esperanza de supervivencia.

Cuando la niña calló, finalmente, pasó un buen rato hasta que Muerte se decidió a romper el silencio.

Bueno, esto es lo que hay. Sabemos de lo que es capaz la especie y también sabemos que nacen siendo inocentes. La decisión es nuestra.

Un solo inocente merece la pena dijo Malformación. Ni siquiera nosotras podemos atrevernos a arrebatarles nada. Voto por intervenir y salvar el mundo. ¿Quién me apoya?

Yo también voto por la vida intervino Desolación, en una o dos generaciones, estos niños serán capaces de hacer del mundo un lugar habitable de nuevo.

Las demás plagas asintieron una detrás de otra, apoyando a Malformación.

Mirad dijo Miedo, parece que entra alguien.

A través de la ventana al mundo, vieron como se abrió la puerta de la habitación. Entraron dos hombres, adultos, bien vestidos y bien alimentados.

Los niños dejaron de sonreír. Las plagas supieron, en ese mismo instante, que algo malo, algo horrible, estaba a punto de ocurrir.

Pero dijiste que esta ciudad no te pertenece, Guerra susurró Indiferencia, y Miedo no tiene motivos para haberla visitado. No no hay razón para que los niños se asusten, o sufran ¿no?

Hambre, que sabía que su labor no acababa cuando los hombres llenaban el estómago, sino que continuaba hasta que satisfacían todas sus necesidades, era la única qe comprendía lo que ocurría.

No es culpa mía decía para sí misma, no es culpa mía, por favor, no me culpéis a mí

Las plagas, una a una, fueron apartándose de la imagen de la habitación. Muerte fue la única que mantuvo la mirada fija en ella, en todo momento, cuando uno de los hombres comenzó a pegar a los niños, cuando el otro comenzó a desnudarse. El sonido, sin embargo, no podían silenciarlo. La niña que cantaba hacía unos instantes gritó hasta que perdió la voz. El niño lloraba silenciosamente, más acostumbrado al dolor que a las canciones.

¡No lo soporto más! ¡Bajemos a detener esa locura! gritó Cáncer.

Lo que estáis viendo ocurrió ayer dijo Muerte. Yo me llevé a los niños hace horas, antes de que empezara la reunión.

Al cabo de un rato cesaron los gritos y los lamentos. Muerte cerró la ventana y la mesa volvió a convertirse en una superficie opaca. Contaminación pasaba la mano por encima, como si buscara algún rastro de los niños en ella. Las más jóvenes se habían alejado y hablaban entre ellas, pero Crisis no podía contenerse y lloraba en un rincón, sola y completamente descontrolada. Nunca había visto nada parecido.

Tú lo sabías dijo Hambre volviéndose hacia Muerte. Lo sabías y no nos has dicho nada. Has jugado con nosotras.

Tienes razón respondió, yo sabía lo que iba a ocurrir porque ya había ocurrido, a veces se producen desajustes en el tiempo. Pero recuerda que yo no abrí la ventana, fuiste tú. No me juzgues, Hambre, porque tú y yo sabemos mejor que nadie de lo que es capaz el hombre. No sé de qué te sorprendes.

Yo Lo sé, tienes razón, pero Pensé que esto ya no ocurría, pensé que

Muerte dejó a su hermana tranquila. Se retiró de la mesa, caminó un rato y esperó hasta que se tranquilizaron, porque las Plagas eran muy sensibles a las acciones de los hombres. Cuando consideró que ya había pasado un tiempo suficiente, se acercó de nuevo.

Tenemos que tomar una decisión dijo, no quiero que os dejéis influenciar por lo último que habéis visto. La inocencia se pierde con facilidad. Los hombres nacen inocentes, pero aprenden la violencia rápidamente, en cualquier parte del mundo y en cualquier época. Tenemos que decidir qué hacemos ahora que están sumidos en el caos.

Crisis, que se había mantenido alejada, se acercó a la mesa. Tenía los ojos enrojecidos y el rostro deformado en una mueca de rabia infinita.

Mátalos dijo. Mátalos a todos.

¿Estás segura? Esta decisión no tiene vuelta atrás.

Mátalos dijo Cáncer poniéndose en pie.

A todos. Hasta el último de su especie.

Mátalos a todos.

Las palabras de Crisis se transformaron en un grito de una sola voz. Una tras otra se unieron, y gritaron, y exigieron a Muerte que actuara, sin duda y sin excepción. La sentencia era clara y unánime: Genocidio.

Muerte se levantó de su silla y pidió silencio con las manos.

Está decidido entonces. La humanidad muere hoy.

La asamblea se disolvió y, poco a poco, las plagas abandonaron la habitación. Muerte se quedó sola, y nadie puedo ver que estaba sonriendo. Llevaba mucho tiempo esperando esa decisión. Cuando la llevara a cabo podrían empezar de nuevo, podrían intentarlo de nuevo con otra especie. Pero no iban a cometer los mismos errores. Esa vez no pensaba permitir que Hambre se ocupara de todo. Lo haría ella misma, como debía haberlo hecho la primera vez. Si Hambre intervenía, los hombres se peleaban entre ellos, pero cuando ella se acercaba, los hombres se abrazaban unos a otros.

Esta vez, pensó, todo será diferente. No se equivocó.

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RELATO Nº 5

NEGROS COMO EL ABISMO


El aire olía a muerte a muerte. A nuestro alrededor vi a mis amigos, a los que eran mis amigos; ya no más. El miedo se apoderó de ellos, y como a todos los seres vivos que de cara al miedo, se transforman, se vuelven irracionales, violentos. Todos corrían para salvar su vida, sin importar la de los suyos, su familia, sino la propia; el instinto de conservación mandaba. Pisaban, robaban, golpeaban, todo con tal de escapar. Luvinia y yo, me apena decirlo, hicimos lo mismo, juntos. No podía permitirme perderla ni ella a mí. Corríamos a todo pulmón por las calles; arriba los rayos, los rayos de los cazadores, de los cazadores que nos perseguían y de los que huíamos. Avanzamos no sé cuántos metros, con el peligro siempre acechando. Vimos naves y naves aterrizando; eran naves de los cazadores, de las cuales salían decenas, cientos tal vez, de ellos, con sus formas inverosímiles y sus armas devastadoras, salidas, así lo parecía, de las más lúgubres y desoladoras historias de ciencia ficción. Cuando pisaban tierra no hacían otra cosa que destruir y matar, matar y destruir, sin importarles nada.

Presenciamos la muerte de quienes eran, antes de desaparecer, nuestros vecinos. Lo hicieron frente a nosotros. Lanzaron un rayo, uno como nunca había visto antes, y la gente se esfumó, sin siquiera dejar rastro, como si nunca hubieran existido.

Los transportes no servían. Todo el sistema eléctrico dejo de funcionar de repente. Sin embargo, y gracias a mis conocimientos avanzados de mecánica, logré echar a andar el nuestro. El ruido del motor despertó una luz de esperanza a los demás, quienes se abalanzaron a nuestro vehículo de repente, primero en todo suplicante, con lágrimas sinceras en los ojos, ofreciendo sus servicios y su lealtad a cambio de llevarlos a bordo; como no los subimos se volvieron amenazantes. Empezaron a arrojar toda clase de objetos para romper los cristales delanteros, pero no lo lograron por completo y pudimos escapar con un vehículo abollado y con un vidrio completamente estrellado, que, por fortuna, aún me permitía ver el camino.

Avanzamos por la carretera. Luvinia no abrió la boca en todo el camino. El único ruido que emitía era un sollozo, seguramente por la situación que vivimos y a todas las personas que tuvimos que dejar atrás, sin llevarlas con nosotros, a pesar de ser rostros conocidos y que en algún tiempo, hoy perdido, pertenecieron a personas queridas por nosotros. Intenté consolarla, le dije que fue lo mejor, que nuestros víveres no eran suficientes, que la gente se iba a voltear contra nosotros. Y era cierto que pensaba todo eso, pero ella no se recuperó. Así salimos de la ciudad.

No habían pasado más de dos horas desde que apareció la primera nave. La vida, nuestras vidas, transcurrían de manera habitual, a veces aburrida y que, a pesar de eso, hoy extraño y añoro. El transporte de los invasores no se parecía ningún otro vehículo aéreo que manejábamos. Su tecnología era muy superior en todos los sentidos. Cuando pisó tierra, varios cazadores salían de su interior en cuestión de segundos, como si supieran muy bien qué hacer, como si estuviera planeado.

Luvinia, tal vez para no escucharme, tal vez para informarse, sintonizo el radio. Una señal, transmitida por todas las estaciones, mandó un mensaje de alerta a todos los ciudadanos y, lo más importante, dio a conocer la ubicación de varios refugios donde se aceptaban a todos, donde había comida y agua; lo más importante era su estructura subterránea, ilocalizable para los invasores. Para nuestra fortuna, a pocos kilómetros teníamos un refugio.

Llegamos al poco tiempo. Nos recibieron amables, con los brazos abiertos y felices de tener nuestra integridad física a salvo. Nos pasaron a un pasillo muy grande, que daba a lo que creo yo eran todos los cuartos. Nos detuvimos y preguntaron si teníamos algún conocimiento de robótica, electrónica, informática o algo por el estilo. Confesé mis conocimientos de mecánica, por si de algo era útil. Me respondieron sí y fui llevado a una sala, la del fondo del largo pasillo, donde había todo tipo de armas y transportes bélicos, incluso unos como nunca imaginé. Ahí me recibió una persona llamada Espinoza, como él me lo dijo.

Al poco tiempo me enteré de dos cosas. La primera era que mis habilidades eran inútiles, y la segunda que Espinoza el jefe de la sección, encargado de la reparación de las armas, los cuales, al igual que todos los transportes, dejaron de funcionar a la llegada de los invasores. Espinoza me dijo que me quedara con él, pues quería charlar un momento, y como no había otra cosa de que platicar, me contó todo lo que sabía de los invasores. En realidad los invasores, o los cazadores, como los llamé anteriormente, eran conocidos como devoradores de planetas, una raza ya milenaria, con grandes adelantos científicos y tecnológicos que les permitían habitar el espacio por tiempo casi indefinido, pero que cada cierto tiempo llegaban a un planeta en condiciones similares al que tenían en la antigüedad, con el único motivo de explotarlo, viviendo en él hasta que eso ocurriera. Le pregunté cómo supo eso y si sabía por qué lo hacía, y me contestó que lo hacían porque su planeta madre lo destruyeron hace ya miles de años, y que su naturaleza les impide cuidar de los planetas a los que han llegado. Volvía a insistir con la fuente de su información, que me confesó, resultó ser un cazador capturado por ellos, lo cual despertó en mí dudas en lo que a su aspecto concierne, que me reveló, era un ser extraño, con sólo cuatro extremidades, con esqueleto interno y con necesidades fisiológicas idénticas a las nuestras: respirar, necesidad de líquidos (en especial agua), débiles de carne, con necesidad de comer, de micción y defecación.

Esa noche, a la hora que se cenaba en el comedor, un cuarto gigante donde todos íbamos a comer avena o algo parecido, me quedé en uno de los baños, le dije a Luvinia que se adelantara. Entonces se escucharon los primeros ruidos, irreconocibles, pero temidos por todos. Al sonido le siguió un temblor leve, luego uno más grande y otro, sin cesar. Las paredes empezaron a cuartearse, y yo a correr adonde se encontraba Luvinia. La vi que venía hacía mí, corriendo a toda prisa y con un semblante de terror en el rostro que nunca olvidaré, principalmente porque fue la última vez que lo vi. La tomé y corrimos de nuevo, en dirección a una salida, aunque no se veía ninguna. Pensé que si huíamos en dirección opuesta a los demás tendríamos más oportunidades de escapar, puesto que la atención se concentraría con la masa de gente. Me equivoqué. Llegamos a un camino sin salida, con un muro de escombro que nos impedía el paso. Dimos media vuelta para salir, pero se derrumbó la otra pared y quedamos atrapados, a oscuras. Yo escuchaba sus gritos y sus lamentos. Sin decir palabra, puse mi tentáculo en su rostro. Sólo sentía sus lágrimas y las escamas de su piel. Dejo de llorar, me tomó la mano. El techo entero se nos vino encima.

No sé cuánto estoy aquí, enterrado en un ataúd de ladrillo y tierra. De repente veo una luz que escapa por un orificio. El orificio se agranda y la luz se hace más grande, al grado de cegarme temporalmente. Recupero la vista. Enfrente de mí una silueta, poco definida, más definida. Un ser extraño de cuatro extremidades baja y se pone enfrente de mí. Lleva un traje, ese no puede ser su verdadero cuerpo, su piel no es blanca y su rostro no es liso y negro. Lleva algo así como un casco. Lo miró de frente, escruto. Lo negro del cristal empieza a perder intensidad y se reconoce una cara, extraña, deforme. Veo dos ojos, sólo dos ojos negros, como el abismo.

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RELATO Nº 6

LA BRISA DEL TIEMPO

Hace ya casi un año que el viento apareció por primera vez. Fue como si una brisa cálida de verano recorriera el planeta lentamente, matando a su paso a todos los adultos sin distinción. Solamente sobrevivieron los niños y junto a ellos surgió la única verdad conocida de este nuevo mundo; cuando empiecen la pubertad morirán si el viento les alcanza.

John nunca ha entendido porqué solo mueren los adultos. Cada vez que el viento llega se siente en paz, le invade algo parecido al placer y se abandona a él como todos los demás. La primera vez que lo sintió terminó por el suelo, entre risas, y con una sensación de plenitud en su interior. Cuando volvió en sí, se dio cuenta de que su madre estaba muerta, ella y todos los demás adultos.
Desde entonces la muerte se ha convertido en una presencia real, lo único en lo que ahora se puede pensar es en encontrar comida y un lugar seguro para vivir, lo demás no importa. Por eso en el grupo de John se ayudan entre ellos para lograr su objetivo, se necesitan. Eso es lo que Pat les dice, y John la cree.

Pat es la jefa del grupo. Tiene 12 años y, de los cinco, es la más mayor. Organiza todas las tareas y les enseña a acampar y a cazar. Estuvo en los Boy Scouts y de pequeña vivía con sus abuelos en una granja en medio del campo. De hecho ese es ahora su objetivo, llegar a su antigua casa y trabajar en la granja. Ella les asegura que sus primos aún estarán allí y les proporcionarán cobijo y comida.

A John le gusta Pat, es la más lista y ayuda a todos. A Tony también lo aprecia, sabe muchas cosas que les sirven. Les enseña qué plantas pueden comer y cuáles no. Sus padres tenían un huerto, eran vegetarianos. John no entiende muy bien por qué no quiere comer carne cuando cazan algún animal.
Sospecha que no estaría tan flaco si comiera algo más que esas hierbas insípidas, pero no le molesta ya que así tocan a más carne por cabeza.
El grupo siempre tiene que esperarlo e incluso, algunas veces, lo llevan a caballo. Normalmente lo hace Pat, dice que es responsabilidad del jefe hacerlo. John se enfada por ese tipo de cosas. No es que Tony le caiga mal, no es eso, lo que pasa es que le molesta que ella le preste tanta atención y a él no. Cuando lo ve así, Pat se hace la ofendida, y haciendo grandes aspavientos provoca las carcajadas del resto, entonces, John se aleja de ellos enfurruñado y pone a prueba su puntería lanzando piedras.
El otro día le acertó a un pájaro y todos le felicitaron como a un héroe. En la ciudad practicaba sin parar con las latas como un simple juego. Ahora su puntería le sirve para cazar y se siente bien al ser de utilidad, es como si hubiera encontrado su lugar en el mundo.

Los perros grandes, si van en manada, pueden ser tan peligrosos como lo eran los lobos, aunque realmente nunca se han encontrado con ellos. El verdadero peligro son los otros niños pero con la pistola que Jessica consiguió de su padre policía se sienten protegidos, incluso los monstruos de las pesadillas parecen esconderse de ellos. Aún así, dos miembros del grupo murieron hace tres meses en un ataque de otros niños.
A John no le gusta recordar eso, ni cómo terminaron matando a varios de los que lo hicieron antes de que pudieran escapar; se vengaron con creces de ellos. La comida y el agua escasean y los medios para conseguirlas son lo de menos.

A veces, cazan algún gato o perro, los atraen con promesas de comida y cariño y luego se los comen. John se encarga de despellejarlos, los demás no quieren hacerlo porque les parece asqueroso.
Al primero que se comieron fue al perro de Jessica. Desde entonces Jessica lo odia por eso, pero él no cree que su pena fuera real porque se comió muy a gusto su parte cuando le puso el plato delante.

Will les da clases como si aún estuvieran en el colegio ya que Pat dice que es bueno que sigan aprendiendo. Además de ser listo, Will es muy fuerte, y para mayor frustración de John, Pat siempre lo mira como atontada. Cuando puede se pelea con él, pero siempre acaba magullado y en el suelo mientras Willl ríe a carcajadas y Pat sonríe. Lo único bueno de esos momentos para John, es que ella le dedica más atención; le da un sermón sobre los perjuicios de empezar una pelea, a la vez que le va relatando todas las virtudes de Will.

Por las noches hacen guardia por turnos. Todos duermen juntos para protegerse de los intrusos y, mientras Will y Pat se besan y abrazan, John se tapa como puede con su manta para evitar el frío. Jessica nunca dice nada pero John sabe que también le gusta Will. Cuando Pat no está, va corriendo a su lado y hace cualquier cosa que él le pida, aunque sea ridícula.

Desde el ataque, siempre exploran el terreno antes de adentrarse en él para ver si hay otros niños. Ese día a John le tocaba explorar con Pat cerca de un lago. Estaba contento porque iban juntos, por eso no se percató de que ella cada vez se rezagaba un poco más, hasta que la oyó gritar. Se giró asustado y la vio arrodillada, llevándose las manos al estómago y comenzando a llorar. John corrió a su lado y observó con horror que sus manos y piernas estaban manchadas de sangre.

Pat ¿Qué te pasa? ¿Te han herido?

Ella le miró angustiada.

No es eso le dijo entre sollozos. Voy a morir. Ya no me queda tiempo.

En ese momento le pareció mucho más pequeña de lo que era. Nunca la había visto llorar así, siempre parecía tenerlo todo bajo control, pero ahora su llanto sonaba desesperado. Era cierto, ya no disponía de tiempo, el próximo viento la mataría. Había entrado en la pubertad y ya tenía la regla.
John deseó con fuerza que nunca más volviera a soplar aquel viento en apariencia cálido, pero que siempre terminaba dejándole helado y solo en medio de ninguna parte. En ese momento él también empezó a llorar desconsolado, lo último que deseaba es que ella muriera. Pat le cogió entonces de las manos, suplicándole que se calmara.

No se lo digas a Will ni a los demás. No deben saberlo. Será nuestro pequeño secreto ¿Lo entiendes?

Él se sentía feliz por compartir algo con ella, por eso solo pudo asentir con la cabeza y mientras ella se recomponía lavándose en un arroyo, John no podía dejar de mirarse las manos llenas de sangre, tan parecidas ahora a cuando desollaba a algún cachorro.

Desde ese día no ha habido ni rastro del viento. Will ha empezado a decir que debe existir una especie de patrón. Según él, las primeras veces aparecía cada día pero ahora se dilataba más en el tiempo, incluso han pasado ya varios meses desde la última vez.

Pero, pese a todo, el viento volvió a soplar. Llegó cuando Pat y John volvían a estar juntos de exploración. Les envolvió con una cálida sensación que ya conocían bien. Se buscaron, abrazándose con fuerza, y en ese instante vino a la memoria de John una imagen de cuando era pequeño; su madre cantaba mientras le tenía en su regazo, era feliz. Hundió su cabeza en el pelo de Pat mientras le preguntaba con voz queda:

¿Mamá?...

Notó que el abrazo de ella se relajaba, sus brazos le resbalaban por la espalda como si fueran una dulce caricia. Cuando el viento desapareció, Pat estaba ya inerte en el suelo, pero él seguía aferrado a su cuerpo.

Pasaron horas hasta que decidió volver con los demás. Will y el resto no entendieron nada cuando les dijo que Pat había muerto, no querían aceptarlo.

Desde ese momento, todo ha cambiado. Will ya no se preocupa por enseñarles. Antes se quejaba, pero ahora John echa de menos esa rutina. La poca seguridad que habían conseguido, la han perdido con la muerte de Pat. Will y Jessica pasan todo el día juntos y descuidan incluso explorar y buscar comida. Ellos mismos se han nombrado jefes, y le exigen a John que vaya a buscarles algo para comer mientras ellos se quedan sentados sin hacer nada. Incluso parece que ya ni se acuerdan de la granja. No solaente John sufre esta situación, el que peor lo lleva es Tony, sin el apoyo de Pat está cada día peor de salud.

Una fría mañana, Tony no se ha despertado, de hecho, ya no lo hará nunca más. No ha hecho falta el viento para llevárselo lejos.

Tras la muerte de Tony, John solo piensa en abandonarles. Sabe que no le dejarán marchar ya que le necesitan, lo que no sospechan es que él a ellos no. Están cerca de la granja, cree que no le costará encontrarla ya que se lleva el plano de Pat. También necesitará la pistola porque solo y sin un arma, seguramente moriría. Puede ser que ellos también lo pasen mal sin la pistola y su puntería, pero no se para a pensarlo, ya que lo único que quiere es llegar a la granja como sea. Una noche se marcha sin hacer ruido. Para cuando despierten al amanecer, estará muy lejos.

Tras varios días sin apenas descansar, ha llegado por fin a la granja. No le parece muy grande, pero observa que tiene varias vallas de seguridad bastante efectivas contra intrusos, ya que hay restos de lo que parecen niños y algún que otro perro. Se planta en la puerta principal, grita su nombre y dice que viene de parte de Pat. Espera en silencio pero no obtiene ninguna respuesta. Sabe que no puede rendirse, por eso continúa hablando, habla de Pat y cuenta todo lo que sabe de la granja, dice también que viene solo y que quiere ayudar.
Cuando por fin termina de hablar, tampoco hay respuesta, solamente silencio. Está muy cansado, así que se sienta en el suelo cogiéndose las rodillas y apoya la cabeza en ellas. Apenas ha dormido desde su huída, no tiene otro sitio a donde ir, solamente puede esperar.

Un buen rato después, casi al anochecer, una puerta se abre lentamente y un niño sale de la casa acercándose a él. Se detiene cuando llega a su lado y sin dejar de apuntarle con una escopeta, le dice:

Parece que de verdad vienes solo. Mi hermano mayor murió con el último viento y desde entonces necesitamos a una persona que pueda sustituirle. ¿Has estado alguna vez en el parto de un cordero?

Claro. He estado en varios le miente ¿Cuántos años tienes? le pregunta John un tanto ansioso.

Tengo nueve y mi hermana siete ¿Y tú? le pregunta el chico también, mientras le abre la puerta bajando la escopeta. Entonces apareciendo de la nada, una niña pálida de ojos grandes corre hacia ellos y se aferra al brazo de su hermano mayor. John sonríe al contestarles:

Genial. Yo tengo ocho años. Aún nos queda a los tres un montón de tiempo por delante.

Quiere quedarse con ellos y ayudarles. También piensa, contento, que esta noche dormirá por fin en una cama.

Antes de acostarse le suplica a algún Dios, que ni Will ni Jessica lleguen nunca hasta allí. Sabe que no podrá dejarles entrar, ya no son de su grupo. Reza para que se los coma algún perro o que se equivoquen de dirección y se pierdan para siempre.

Esa noche tiene un hermoso sueño. Nunca más sopla el viento y Pat y él viven felices años y años en la granja hasta que les alcanza la muerte, que resulta ser una vieja señora arrugada y desdentada.

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RELATO Nº 7

LAS HUELLAS DEL PASADO


Con la cuarta generación vendrá vuestra sentencia. El cielo refulgirá con la luz de mi venida abriéndome paso y las trompetas resonaran con mayor estruendo que la tormenta para indicar nuestro descenso. Surgirán los muertos de sus tumbas, que junto a los para entonces vivos, se dispondrán a la espera de ser ajusticiados. Pues yo soy Dios todopoderoso y mi palabra es mi voluntad.

»Entonces, acompañado de ángeles y jinetes, descendió de los cielos como había vaticinado el libro sagrado, resonaron las trompetas causando más estallido del que cabía esperar. En medio de aquella vorágine de caos, germinaron los muertos de la tierra para unirse a los vivos, y se cumplió su voluntad. O parte de ella, pues muchos muertos y otros tantos de los vivos le guardaban rencor. Consumidos por la rabia ante su justicia injusta, ante el delito salvado de castigo y los sacrificios de amor que no habían sido más que una prueba, un juego propio de un sádico, de un enfermo.

»Haciendo honor a su nombre, el Dios todopoderoso condenó a la más dolorosa de las muertes a todos aquellos que se le oponían. El escenario no tardó en convertirse en un campo de batalla, y entre el polvo levantado por la destrucción que causaba su brazo sentenciador se vislumbraba la matanza. Cientos de ángeles exterminadores atacaban desde el aire, lanzando largas alabardas de oro, que volvían a la mano de su propietario una vez cumplido su cometido. Mientras que los jinetes, gobernando sus monturas, destruían todo lo que alcanzaban a su paso. Ninguno se paró a distinguir entre quien había sido sentenciado a muerte o no. El hombre pagaría ante tamaña insolencia, y pagó.

»Sobre un vasto terreno de lodo se nos iba congregando a los que supervivientes, como a borregos. Recuerdo que llovía como nunca y el viento soplaba fuerte mientras uno a uno escuchamos nuestra sentencia. La realidad es que poco importaba aquella resolución, el destino nos había preparado otro plato que degustar. Sentado mientras terminaba el proceso selectivo, presencie lo que ahora muchos tildan de milagro. La tierra bajo nuestros pies, ahora seca, se resquebrajó liberando a las criaturas del hades.

»La verdad, más allá de nuestras esperanzas de salvación, era que lo que allí ocurría no era más que otro juego, uno que no comprendíamos. Una lucha entre dos amantes en la que uno de ellos desbarata con sus artimañas los planes del otro. Un choque de fuerzas desmesuradas contra la que no podíamos competir, solo elegir, y la elección estaba en nuestra mano.

»Los años han ido pasando desde aquella noche. En cada confrontación temo encontrar a mis hijos como rival. Solo la fortuna ha permitido que no ocurra. No podría darles muerte, incluso ahora que el concepto ha cambiado en gran medida. Es una pausa, un instante de calma antes de volver a resurgir dispuesto a matar de nuevo. El objetivo directo de ambos bandos es la destrucción de la fuerza máxima enemiga, poniendo un final a este torbellino de resurrecciones. Allí es a donde me encamino, al mando de una pequeña fracción de las huestes del infierno, junto con mis camaradas. Somos muchos, en la historia están escritos nuestros nombres, y juntos, representamos la ira y la desesperación.


***



Las llamas tintaban de rojo las nubes que encapotaban el cielo, bajo ellas, los cuerpos bronceados de los guerreros sudorosos luchaban como animales en lo que a la vista del hombre resultaba una macabra representación.

Ni el mejor adivino habría predicho una victoria tan contundente. dijo Ramis mientras sacaba con esfuerzo el hacha clavada del cráneo de un ángel. La fortuna nos ha favorecido, nos ha bendecido. Han sitiado la plaza, los tenemos, ¿me oyes? ¡No te vengas abajo ahora!

Alejandro se encontraba arrodillado, agarrando su espada por el pomo, cubierto con una fina capa de sangre y coágulos de sus enemigos.

Camarada, lo miró, agotado. la fortuna favorece a los audaces.


***



La peste de los cadáveres hacía casi imposible el respirar. La orina y la mierda cubría a la mayoría de ellos, conformando una alfombra ausente de vida que impedía ver un solo adoquín del suelo.

Esto es repugnante. No entiendes la magnitud de tus actuaciones, hombre. ¡Las repercusiones!

No eres el más adecuado para hablarme, a mí, de las repercusiones de algunos actos, pedazo de hijo de puta. El humano estaba tranquilo, sereno. No me convenzas con tu sucia palabrería, envenenada con promesas vacuas. Tus días como dios ven hoy su final. empujó a Dios, cogiéndolo del pelo y obligándolo a arrodillarse. Con la otra mano, se deshizo de su yelmo, rebelando su rostro. Ahora mira a la cara de la justicia.

¿Job, eres tú? Pero, le temblaba la voz. ¿cómo es posible? ¿tú?

El paso del tiempo rebela todas las mentiras, padre. sonreía, excitado por el momento. Veo en tus ojos la desesperación. No comprendes nada ¿verdad? Cómo es posible que hayamos conseguido llegar tan lejos. No eres capaz de asimilar esta derrota. No entiendes cómo es posible que Dios todopoderoso caiga ante su débil creación. disfrutaba con el momento. Alentaste a la gente a hacer locuras, incluso a consta de su propia vida. ¡Sacrificios! estiró fuerte de sus cabellos, forzándolo a que lo mirara. Quería que lo mirara fijamente. Al más poderoso de los dioses puede destruirlo la criatura más inferior que haya creado. Solo tuvimos que dejar de creer en ti.

¡Pero yo premié tu fe! No era capaz de contener la saliva dentro de su boca.

Y yo siempre te lo agradeceré. Sin embargo, para ello, me arrebataste todo. Con la mañana del nuevo día se desvanecieron mis ganados, erradicados por tormentas o despojados por mis enemigos, asesinaron a cada uno de mis entonces hijos bajo tu firme palabra. Asesinaste a mi esposa, acabaste con mis esperanzas. Me lo quitaste todo, a mí, que creía en ti, que te adoraba, te amaba. Me enviaste una ola de tormento y desesperación, un azote de locura.

Job no era capaz de contener sus lágrimas.

Aun hoy día mis lamentos siguen derramándose como agua. Así como el carmín de tu sangre brotará ahora sobre tu legado.

Le rajó el cuello con el frio filo de su acero, haciendo que su sangre se esparciera por los cuerpos sobre los que se encontraban. Poco a poco sus ojos iban apagándose, perdiendo la vida que escapaba de sus venas. Entonces, antes de que se desvaneciera por completo Job se dirigió a él por última vez.

Puede que hayáis acabado con vuestro pasado, pero vuestro pasado no ha acabado con vosotros.

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RELATO Nº 8

APOCALIPSIS FELIZ


El amo me hace agacharme a coger el documento. Es un sucio papel amarillento que está plegado varias veces. Lo desenrollo como buenamente puedo intentando que no se destroce y, al final, resulta que son tres folios. Me ordena que se lo lea. Tanta sabiduría, tanta tecnología, para después no saber leer. Comienzo a leerlo en voz alta, él presta atención.
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Soy Miguel Domínguez. Corre el año 2015 y tengo un hambre del demonio. Estoy a punto de realizar una acción suicida contra los alargados, por lo que me gustaría escribir unas palabras para que mi memoria no desapareciese en un futuro. Lo más seguro es que esto no valga para nada, pero recordar un poco no me vendrá mal para afrontar mi destino.

De antes del 2012, año de la invasión, tengo poco que decir. Me casé con una mujer que era una flor, más concretamente un cardo, pero yo tampoco estaba como para tirar cohetes y era bastante vago, así que preferí apañarme con ella y morirme de asco el resto de mi vida. Tenía un trabajo de mierda en una fotocopiadora. Mi jefe era un viejo carcamal que olía a meados y tenía un hijo aún más inútil que yo. Así me tiré un montón de años, hasta que Sofía me obligó a hacerle un hijo. Nació Neftalí (mejor no preguntar quién le puso el nombre). Debido a las complicaciones con el parto, mi mujer, gracias a Dios, no podría tener más hijos. Decidió que quería tener la parejita, con lo que a los dos años nos fuimos para China y nos trajimos una guapísima niñita. Después, poco más, rutina y más rutina.

Todo esto hasta el fatídico veinte de agosto de 2012, cuando comenzó la invasión. La tierra se tiñó de sangre y dolor esos días. Los alargados bajaron del cielo con esas cosas voladoras transparentes, por lo que nadie se dio cuenta hasta que los tuvimos desfilando por nuestras calles. Los humanos empezamos a caer como moscas. No hubo evacuación ni prácticamente defensa. Todo había sido demasiado precipitado y los monstruos se extendían rápidamente por el mundo. Mi familia logró resistir gracias a que vivíamos en un pueblecito andaluz perdido de la mano de Dios. Allí tardaron más en llegar, al parecer no llevaban GPS, pero lo hicieron. Nos pudimos hacer con armas y repelerlos tímidamente, pero aún así nos masacraron. Murieron casi todos los del pueblo, entre ellos mi familia. Y no es que me importara mucho perder de vista a mi mujer y a mi hijo, pero la chinita me caía bien. Creo que derramé un par de lágrimas por ella. Podría haberlos enterrado pero no había nadie que me fuera a echar en cara el no hacerlo, así que decidí largarme de aquel lugar.

Mi objetivo era simple, vagar por el mundo hasta que me pillaran y acabaran conmigo. Sabía donde había otros pueblos, por lo que iría aprovisionándome en ellos sobre la marcha. Tuve suerte, la verdad, en algunos encontré bastante víveres y en otros algunas armas. También bebí agua, de esa a la que debieron echarle algún raro producto radiactivo que se trajeron de su planeta. Me empezaron a entrar picores y comencé a perder pelo. Si estás leyendo esto, ya sabrás que poco a poco pierdes todo el cuero cabelludo, se te va cayendo la piel y empiezas a echar sangre por la boca continuamente, pero esto era el principio y yo no le di mucha importancia. De hecho decidí raparme para evitar, de paso, los piojos.
Como digo, vagué por varios pueblecitos hasta llegar a uno que se llamaba Huelma, creo. Me metí a dormir en una casa abandonada y cuando fui despertado de sopetón por unos disparos, me encontré en medio de un tiroteo entre humanos y extraterrestres. Sin dudarlo saqué mi escopeta y comencé a disparar, con la buena fortuna de que me cargué a un par de ellos y debido a eso otra media docena escapó. Tras ello tenía intención de liarme a tiros con mis congéneres también, pero eran demasiados, así que bajé el arma. Me tomaron como un salvador. Mi aspecto infundía una mezcla de respeto y miedo: calvo y con un parche en el ojo. ¡Ah, sí! Lo del parche no lo he contado aún. Me quedé tuerto en mi pueblo, cuando aprendíamos a manejar las armas. Un viejo rifle de caza se me reventó en las manos mientras observaba fijamente por la mirilla. El resto lo podéis imaginar. Por supuesto que la versión oficial fue que perdí mi ojo luchando cuchillo en mano con un alargado. Esto no hizo más que aumentar mi popularidad en aquel grupo no conocían a nadie que hubiese peleado mano a mano con una de aquellas bestias. En fin, con unos cuantos hechos y mucha palabrería me gané en pocos días el liderazgo de esa gente.

Éramos pocos, más o menos una docena, pero cada vez íbamos encontrando a más gente que se unía a la causa. Había de todo: médicos, policías, banqueros, comerciantes, etc. Incluso un historiador medio loco, que fue el que más insistió en que guiara los designios de todos ellos como habían hecho grandes generales tuertos de la antigüedad como Aníbal, Quinto Sertorio o Blas de Lezo. Yo trataba de dar instrucciones precisas y, de vez en cuando, arriesgaba el cuello para consolidarme. No es que fuera más valiente que nadie, simplemente no tenía ninguna esperanza de sobrevivir a todo aquello, no tenía miedo a la muerte. Tras lo de mi pueblo estaba en una especie de prórroga vital y no pensaba pasármela lamentándome de mí mismo ni llorando a nadie. El vino también me daba agallas, la verdad.
Si encontrábamos a alguno de aquellos alargados era el primero en atacar rifle en mano. Rifle, pistola, ametralladora o escopeta. Me sorprendía lo rápido que aprendí a manejar todas esas armas. Antes me daba pavor hasta salir de caza. Sofía decía que si un ladrón entrara por la noche en casa, no tendría huevos a actuar como un hombre. Si tuviera el cadáver requemado de esa puta manipuladora delante, me mearía encima. Porque eso es otra, los cadáveres que dejan estos bichos. Sus armas son una especie de bolas metálicas del tamaño de un balón de fútbol-sala que emiten unas ondas invisibles. Uno no las ve hasta que golpean con algo. Lo que tocan lo funden, son letales. Al menos no parecen ser muy precisas, les he visto fallar disparos a cinco metros de distancia. Es nuestra ventaja, la única que tenemos.
Hablo de ventaja en lo que se podría llamar guerra de guerrillas, que es lo que hemos hecho nosotros siempre. A gran escala tienen artefactos cuyo poder de destrucción no podíamos imaginar que fuera posible. Como está torre de irrigación que tengo delante. Así, al menos, la llamamos nosotros. Porque parece que está succionando la sangre de lo más profundo de la tierra. Después se la llevan con sus naves vete tú a saber dónde. Nuestro historiador, Juan, decía que se llevaban el magma y nadie parecía dispuesto a contradecirlo.

Pero sigamos con mi historia. Mi grupo fue avanzando hacia el norte. Cada vez éramos más, llegando incluso al centenar. Fueron buenos tiempos. Si, aparte de ser respetado como líder, las mujeres comenzaron a sentir verdadera fascinación por mí. Aunque parezca raro había mejorado mi aspecto físico. Pasé, debido a la escasez de alimentos y al ejercicio físico, de ser un tipo fofo a un tener un cuerpo bastante atlético. Además, muchas habían perdido a sus maridos o novios y la verdad, es que entre los que quedábamos no había mucho donde elegir. El follar dejó de ser un milagro para mí. Vino y mujeres, quién me lo iba a decir.
Pero había algo que estaba empezando a empeorar: nuestra salud. Como dije antes los alargados habían debido echar algo en el agua. Bueno, eso es lo que yo pienso, Juan estaba seguro de que hubo una reacción química en la atmósfera por algún producto que trajeron. El caso es que sentíamos picores cada vez más intensos por todo el cuerpo y el pelo se le estaba cayendo a todo el mundo. Los más afectados perdían también las uñas, hecho harto doloroso según atestigaban sus lamentos. Decidimos entonces ir hacia Toledo, donde se nos informó que había un núcleo de resistencia bastante poderoso. Quizás allí tuvieran la cura para lo que nos estaba pasando. Yo tenía poca fe en ello, pero un líder ha de mantener la esperanza del grupo por encima de todo.

Tras muchos incidentes en el camino, que me abstengo a detallar por falta de espacio y tiempo, llegamos a Bailén, lugar en el que me encuentro ahora mismo. Desde lejos pudimos observar una gran torre que sobresalía unos cincuenta metros del cielo. Parecía una torre petrolífera, negra como el tizón y que haría estremecerse al más valiente debido al terrible ruido que emitía. Parecido al sonido de un bebé gigante succionando la leche del pecho de una madre. Era verdaderamente asqueroso, lo juro.
Aquí cometí mi gran error, como todo gran general que se precie. Convencí a mi tropa de que deberíamos destruirla. Más que por deseo de venganza creo que fue por una especie de ambición, por alimentar más mi ego y por sentirme en cierto modo invencible tras haber conseguido salir victorioso de tantos enfrentamientos. Todo el grupo estuvo de acuerdo conmigo. De hecho pocos se atrevían a cuestionarme cuando sabían que tenía una flor en el culo.
Ahora puedo decir, sin lugar a dudas, que fue una cagada. La estrategia era sencilla, adentrarnos por la noche en la zona y poner explosivos en la base de la torre. El primer error fue el ir por la noche, puesto que su sentido de la visión no tenía nada que ver con que hubiera luz o no la hubiera, cosa que averiguamos cuando en plena oscuridad nos acribillaron sin problemas. Nosotros al contrario o veíamos un pijo. El segundo fue meternos en un jardín con demasiadas flores. Nunca había visto tantos alargados juntos. En definitiva, solo sobrevivimos una decena. Y nos vinimos a este edificio semiruinoso en el que estoy escribiendo ahora. Solo Juan se quedó conmigo, los demás perdieron la fe en su líder y se largaron. El historiador no se fue porque fue alcanzado en una pierna por uno de esos rayos invisibles. Murió hace un par de días de gangrena. Así me quedé solo de nuevo y volví a ser el capullo sin amigos que era antes. Pero tengo clara una cosa, voy a morir matando. Si estás leyendo esto, espero que mi misión tenga éxito y que mi nombre pueda ser escrito con letras de oro en la historia. Al menos, que quede eso de mí. Ahora voy a salir ahí y voy a volar esa maldita torre. Por mi tropa, por mí mismo.
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El amo me mira con ojos curiosos como esperando un desenlace para una historia que ya está acabada. Niego con la cabeza, doblo el papel y lo meto en el bolsillo. No dice nada y me insta a continuar avanzando por aquellas ruinas. No, Miguel no lo consiguió. Seguramente muriese antes de avanzar siquiera cien metros. Pero los supervivientes de aquel día si lo hicieron y hablaron con otros muchos. Por todo el país, por todo el mundo, hubo valientes que intentaron plantar frente a los alargados, pero eran demasiado poderosos. De hecho aún quedan reductos de humanos rebeldes, pocos pero los hay. Según mi opinión, no se está tan mal. A los sumisos nos tratan bien, nos dan de comer con abundancia y son bastante cuidadosos con nuestra salud. Si no eres ambicioso puedes vivir una buena vida, incluso relacionándote con otros miembros de tu especie. No, no está nada mal.
Pero el casoel caso es que tras leer la carta de Miguel, me están entrando unas ganas irrefutables de arrancarle la cabeza al amo.

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Esdrás Rey Vendrick

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Y esto es todo. Un total de ocho relatos. Edición peladita, peladita. Suerte a todos y disfrutad de la lectura.

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Lord_Nox Tatsumaki

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vida restante: 100%

Y esto es todo. Un total de ocho relatos. Edición peladita, peladita. Suerte a todos y disfrutad de la lectura.

 

Creo que si hay tan poca gente es en buena parte porque han matado a Meristation. Yo mismo he dejado mayormente de ser forero en protesta por los bugs; la única excepción, el único sitio en el que puede darme por conectarme y postear, es este concurso. Porque dicho concurso merece que participe siempre que tenga una idea para él, porque es una actividad buena y especial y porque no tiene la culpa de nada. Pero han matado al foro.


"Doce mil (libros), señor Aronnax. Son los únicos lazos que me ligan a la tierra. Pero el mundo acabó para mí el día en que mi Nautilus se sumergió por vez primera en las aguas. Aquel día compré mis últimos volúmenes, mis últimos folletos y mis últimos periódicos, y desde entonces quiero creer que la humanidad no ha vuelto a pensar ni a escribir".
-Capitan Nemo, 20.000 Leguas de Viaje Submarino                                                                 

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JAVOX MERISIENTIFIKO

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vida restante: 100%

Imprimidos y listos para lerse, sobretodo en el camión y en el baño, donde me concentro con más facilidad. De hecho voy para allá ahora.

 

:shock:

 

¿Y por qué carreteras dices que sueles ir?

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pevi Ornstein y Smough

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vida restante: 100%

Imprimidos y listos para lerse, sobretodo en el camión y en el baño, donde me concentro con más facilidad. De hecho voy para allá ahora.

 

:shock:

 

¿Y por qué carreteras dices que sueles ir?

 

Yo también flipe al leerle, pero, bueno, supuse que lo había entendido mal... XD

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Guest
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