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Relatos del bimestre noviembre-diciembre


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126 respuestas en este tema

  • Esdrás

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#1

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:17

Nueva y exitosa edición. Un total de 17 relatos basados en las condiciones fijadas por exemptus, ganador del concurso anterior.

Y para tener las cosas claras, recordemos cuáles son:

(1) El relato debe representar la idea de que el amor eterno existe.

(2) El tono del relato debe ser serio.

Aclaraciones para evitar malentendidos:

* Debe ser amor carnal, no de otro tipo (como religioso, paternal, etc.), aunque no tiene por qué ser entre personas necesariamente. Cualquier interpretación de "eterno" es aceptable, pero debe ser evidente para el lector.

* Que el tono sea serio no quiere decir que tenga que ser una tragedia o no pueda contener bromas puntuales, pero desde luego no puede ser una comedia, una sátira o una parodia. Y nadie ha hablado nada de realismo, así que si se quiere se puede jugar con la fantasía o el absurdo.


Y aunque nadie se las lea, no está de más poner las reglas genéricas de esta segunda etapa:

VOTACIÓN Y COMENTARIOS

- El concurso cuenta con tres categorías: mejor relato, relato mejor escrito y relato más original.

- Los participantes están obligados a votar las categorías de mejor relato, relato mejor escrito y relato más original. El no votar implica la descalificación del participante.

- Los lectores no participantes pueden votar.

- No está permitido que los participantes voten sus propios relatos en ninguna de las categorías.

- El voto a mejor relato implica escoger tres de los relatos presentados a concurso y darles un valor de 3, 2 ó 1 punto. No cabe dejar desierta esta categoría. Necesariamente se elegirán tres relatos y se les dará la puntuación antes reseñada.

- En las categorías de mejor escrito y más original se elegirá un único relato para cada una de ellas.

- Los votos se enviarán a Esdrás vía MP, antes de concluir el día 15 del segundo mes, indicando claramente el título y el número de los relatos elegidos en cada una de las categorías y reseñando la puntuación otorgada en la categoría de mejor relato.

- Los votos irán acompañados de los comentarios correspondientes a todos y cada uno de los relatos presentados a concurso. No es algo opcional, sino obligatorio. El concurso siempre nació con un objetivo, mejorar en nuestro hacer, y los comentarios son la herramienta imprescindible para conseguirlo. Y comentar un relato implica un esfuerzo mínimo por parte de todos, esfuerzo que deberá exceder las tres líneas que algunos consideraban suficientes en la edición anterior.

- El día 16 del segundo mes se harán públicos los votos de todos aquellos foreros que hayan votado (participantes en el concurso o no), así como la clasificación de los relatos en las diferentes categorías.

- A partir del día 17 se colgarán los comentarios de forma progresiva, dando así a cada autor el derecho a réplica.

CONDICIONES DEL CONCURSO DE RELATOS

- El ganador de cada edición fijará según su arbitrio las condiciones del siguiente concurso, condición o condiciones que comunicará vía MP a Esdrás quien las hará públicas en la nueva convocatoria (primer día del siguiente mes).

- No se aceptará nunca como condición el dejar libertad absoluta de cara a la redacción del relato. Este es un taller para aprender. Si no se fijan retos a superar, no se aprende ni mejora. No se trata ni de entorpecer a base de condiciones absurdas o de casi imposible cumplimiento, ni de dejar que cada uno haga lo que quiera pues ni siquiera tendríamos criterios de evaluación predeterminados. Y no olvidemos que la participación es libre. Si a alguien no le gustan la condición o condiciones o cree que no va a poder bailar con ellas, no está obligado a concursar.

  • Esdrás

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#2

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:17

RELATO Nº 1

CLARA


Había escuchado y también leído en algunos libros teorías acerca del amor. Contaban que primero viene el enamoramiento, donde palpitas con cada detalle del ser amado y vives en una especie de nube. Después llega una etapa más tranquila. Ahí empiezas a ver defectos que antes no veías y el sentimiento se calma, siendo sustituido por el cariño, que desemboca en el amor propiamente dicho. Esta sería la aceptación del otro como tal. La rutina aparece pero es bienvenida. Para la mayoría de la gente esto representaba la muerte del amor, ya que en infinitud de libros y películas el amor significaba pasión y enamoramiento. Una especie de exaltación de la juventud, y el resto era desechado.

A mi todo esto me da igual ya que sé que son meras excusas, miedos que la gente tiene a dejarse llevar por completo. Lo único que tengo claro en este mundo es que amo a Clara. La pasión, el cariño, la rutina, todo eso había estado entrelazado tan íntimamente desde el primer momento que no lo podía separar. Cuando pienso en todo esto, recuerdo que hay gente que explica el amor como resultado de alguna especie de chispa química. ¿Habrían estado enamorados de verdad alguna vez esas personas? Estoy convencido de que no.

Clara y yo somos familia, primos. Nuestros padres siempre se habían llevado bien, por lo que vivíamos cerca y pasábamos mucho tiempo juntos. La primera vez que nos besamos en los labios me sentí bien, más que bien. De hecho comprendí con sólo diez años que había encontrado mi lugar en el mundo, y ya nunca más pensé estar en otro lugar. Después vinieron las caricias y los juegos amorosos. Realmente no recuerdo la primera vez que hicimos el amor, aquello era otra caricia más de las muchas que nos brindábamos.

La familia entendió nuestro cariño como algo inevitable y lo aceptaron. Solían decir que cuando creciéramos estaríamos tan cansados de vernos las caras, que a la primera de cambio, saldríamos corriendo lo más rápido posible en direcciones opuestas. Mientras bromeaban entre ellos, Clara y yo nos mirábamos sonriendo, asombrados ante la magnitud del tiempo que se abría ante nosotros. Para un niño el tiempo discurre en cámara lenta si se compara con el de un adulto. De hecho cada año que pasa, el tiempo parece acelerarse un poco más. Nuestra emoción era entonces comprensible.

Pero tras esos años felices, casi sin avisar, llegó la guerra. Una guerra inútil, como lo son todas. Era muy joven cuando me reclutaron. Intenté evitarlo pero no teníamos ningún otro sitio a donde ir o escapar. Así que me despedí de Clara en una colina. Esa noche el cielo estaba lleno de estrellas. Dormimos tendidos en la hierba, mientras la distancia entre los dos, si alguna vez la hubo, desaparecía por completo.
Cuando me preparé para marchar por la mañana, nuestro pelo estaba revuelto. Desenredó una hoja de mi cabello al mismo tiempo que abría su mano dejando que el viento se la llevara muy lejos. Desde el mismo instante en que me alejé sólo pensaba en regresar lo antes posible junto a ella.

Su recuerdo me ayudó cuando vi morir a muchos de los amigos que fueron conmigo al frente. Cuando tuve que pasar noches enteras en barricadas húmedas mientras las bombas y la metralla caían a mi alrededor.
Maté, tuve que matar. Realmente no sé si lo hice a sangre fría, sólo sé que entré en el juego y me comporté como todos los demás. Me repito a mi mismo que fue para sobrevivir, para volver lo antes posible con Clara. Aunque a veces aún me despierto por la noche empapado en un sudor frío, con recuerdos vagos, en dónde escucho gritos ahogados y siento sangre ajena resbalando por mis mejillas.

Cuando por fin regresé a casa ya no existía nada. Sólo quedaban ruinas y cadáveres, entre ellos encontré el de Clara.
Estaba muerta. Cuando la vi tendida en el suelo, inerte, caí de rodillas roto de dolor y me derrumbé junto a ella. Ninguna estrella apareció esa noche en el firmamento. Comprendí que esta vez la despedida era definitiva. En ese instante mi corazón se redujo a cenizas igual que el resto de las cosas de mi mundo.

A partir de entonces fui como una sombra, andaba, comía y respiraba pero todo me era ajeno. Aprendí a sobrevivir sin ningún tipo de ayuda ni compañía. Hacía los trabajos que al resto les repugnaban y prácticamente no me relacionaba con nadie. Era más satisfactorio que andar con gente que siempre esperaba cosas de ti, y yo ya no podía ofrecerles nada. Mientras me iba aislando del mundo que me rodeaba, me negaba a pensar en ella. Su mero recuerdo era demasiado doloroso.

Pero aún sabiendo todo eso, mis pasos me llevaron al pequeño cementerio. No tuve problemas para conseguir trabajo como enterrador. Los muertos no dejaban de llegar al mismo tiempo que el hambre y las enfermedades se extendían por todas partes.
Al principio enterraba los cuerpos sin ningún tipo de sentimiento, pero a la vez me inquietaba la idea de que nadie volviera nunca a saber de ellos y que desaparecieran definitivamente de este mundo.
En ese lugar, estando tan cerca, no pude evitar volver a pensar en Clara. Entonces lo comprendí. Entendí su dolor y el mío, aunque ella estaba muerta, seguía viviendo y sintiendo. Si el mundo la había olvidado, yo aún sabía quién era ella y la amaba. Yo la recordaba y por eso ella aún me estaba esperando.

Yo mismo la había enterrado así que no dudé en desenterrarla ni un momento. Noté su reproche silencioso al reencontrarnos, pero cuando la tuve otra vez entre mis brazos mi corazón revivió con ella. Recordé mi lugar en el mundo y ella se abrió a mí como antaño, volvíamos a estar juntos.

Construí una casa sencilla dentro del cementerio para los dos. Una noche, desenterré a un chico de unos ocho años que había muerto esa misma mañana. Lo encontraron tirado en una calle. Su familia había desaparecido hacía tiempo y yo sabía muy bien lo solo que se encontraba, ya que esa tarde estuve escuchando su llanto a través de la tierra que lo cubría.
Lo saqué de su tumba cuando anocheció y lo llevé a nuestra casa. Lo lavé y peiné, e hice que compartiera su vida con nosotros. Cuando volvía a casa, él me esperaba con una sonrisa que cada día que pasaba se le hacía más amplia e iba descubriendo poco a poco sus dientes y su mandíbula perfecta.

Recoger al chico no lo hice tanto por mí como por Clara. Ella siempre me esperaba sin una queja, aunque sabía bien lo sola que se sentía cuando yo no estaba. El chico fue para los dos un regalo, el hijo que nunca tuvimos. Cuando Clara lo vio por primera vez su rostro se iluminó y de sus ojos brotaron lágrimas. La abracé con fuerza y lloré como un niño contra su pecho.

Los días pasaban tranquilamente y en calma. No recibíamos visitas ya que me había labrado fama de tipo raro y antisocial, << otra víctima más de la guerra >>, les oía murmurar a mis espaldas. No me importaba, por otra parte ¿quién se atrevería a entrar en la casa de un sepulturero?

Pasaron los años y el trabajo se estabilizó. La guerra había acabado hace tiempo y la posguerra ya era sólo un recuerdo. La economía del país estaba en auge y el viejo cementerio era más una atracción para turistas que otra cosa. Todos me llamaban el viejo huraño. De vez en cuando me daban propina cuando les enseñaba el cementerio y les llevaba a ver las tumbas más ilustres.
Cada vez que conseguía unas monedas extra iba directo al puesto de flores y compraba flores blancas que eran las preferidas de Clara. Enseguida las llevaba a casa y juntos las colocábamos por todos los rincones. El chico las arreglaba y hacía diademas y collares que regalaba a Clara. Yo siempre guardaba algunas para entrelazarlas en su cabello y el resto las repartía por nuestra cama mientras ella aún dormía, para que cuando abriera los ojos por la mañana, se arrojara a mis brazos riendo y besándome mientras fingía sorpresa. Adoraba esos momentos y los guardo en mi corazón como un tesoro.

Pero llegaron malos tiempos, el cementerio fue declarado en ruinas e iban a construir unos chalets en ese terreno. Me ofrecieron una plaza en una residencia pero evidentemente me negué, nunca me separaría de ellos.
Al principio fueron amables pero más tarde llegaron con herramientas destrozando la puerta de nuestra casa. Sé que ella nunca olvidará sus caras de asco cuando los descubrieron, miraban sus cuencas vacías mientras se tapaban la boca horrorizados. Yo siempre recordaré la tristeza que se reflejaba en el rostro de Clara mientras avanzaban inexorablemente hacia ella. Intenté ir a su encuentro pero varias manos me agarraban fuertes como garras, impidiéndome ir a ayudarlos.
En cuanto los guantes la rozaron, se deshizo entre sus manos a la vez que su cuerpo se convertía en polvo, escapando de entre sus dedos con la elegancia de un viento suave. El chico no tuvo tanta suerte, cuando lo cogieron gritaba de dolor sin que ellos pudieran oírlo, mientras se iban quebrando sus huesos al irlos metiendo en una bolsa. Yo lloraba sin lágrimas al mismo tiempo que las cenizas de mi corazón partían junto a las de Clara.

Mis últimos días los pasé en una especie de manicomio. Me trataban con condescendencia cuando se dirigían a mí, mientras los oía murmurar sobre mi desgracia. Sólo esperé. Esperaba una oportunidad y pronto llegó en forma de una cerilla olvidada por un celador. Se le cayó al suelo y nadie se dio cuenta, pero yo sí. La recogí y esa misma noche prendí fuego a mi colchón. Ardió junto a mis recuerdos, prendió fuerte con mi dolor y mi amor. Mis cenizas atravesaron fácilmente los barrotes de la habitación y fueron a su encuentro. Ella me esperaba entre los árboles, en la tierra, en el aire. Llevábamos con nosotros todo lo que éramos, habíamos sido, seríamos y no seríamos en nuestras vidas. Nos abrazamos y fuimos por fin uno, volvimos a tener nuestro lugar en el mundo, uno definitivo.

Con mi último aliento me reí, me reí de esos científicos que explican el amor como si fuera una simple reacción química y me reí también de esas películas donde el amor es tan apasionado como falso. Me reía mientras pensaba ¿qué sabrán ellos?.

  • Esdrás

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#3

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:18

RELATO Nº 2

LA CIUDAD DE LA LLUVIA


La contempla a través de la ventana, taciturno y extasiado. La ve dirigirse hacia la puerta, mientras sus tacones bailan entre la lluvia. Ve su corto pelo rubio y cómo, con un gesto dócil, lo recoge tras su oreja. La ve sonreírle entre la lluvia. Quiere decirlo todo y no decir nada en absoluto, susurrarle en el oído sin palabras, compartir un suspiro y abrazarla como si no hubiera mañana. Pero ella ya está lejos, atravesando la puerta, escapándose de su mirada obnubilada. Entonces, a él sólo le resta pensar; pensar cómo ha llegado a aquél lugar, que es el cielo y es el infierno a la vez.

Era una tarde gris y alicaída, como tantas otras en aquella ciudad. Él esperaba tras su escritorio de madera la llegada de un nuevo cliente, rezándole a un Dios en el que no creía para que no fuera otro marido celoso. Con igual dosis de fortuna e infortunio no fue un marido celoso, sino un caso aparentemente sencillo, que sin embargo cambiaría su vida para siempre. Se hacía llamar Mr. Hough y tan sólo era un padre preocupado. Un hombre que se había metido en algunos negocios “peliagudos” (tal y como él los definía), y que temía que ello pudiera poner en peligro a su única hija. “Ya perdí a mi mujer”, comentó en su despacho mientras intentaba parecer impasible, aunque tras sus ojos se escondía algo parecido a un agujero negro emocional; “no soportaría perder también a mi única hija”. El detective Smith se reclina tras su silla, junta los dedos y mira a través de la venta. “ Sin duda alguna, es una ciudad de oportunidades, pero también un lugar peligroso”. El detective aparta la vista de la ventana. “No tiene porque preocuparse Mr. Hough. Cuidaré de su hija”.

La niña se llamaba Kacy, pues las iniciales de su difunta madre antes de casarse eran K.C. Era una niña de 12 años, menuda aún para se edad, rubia y dicharachera. Smith tenía que reconocer que los primeros meses en los que observó a Kacy la chica le impresionó. Aquella gris ciudad, con su lluvia incesante, solía derrumbar hasta los espíritus más jóvenes. Sin embargo, no era el caso de Kacy: solía mostrarse alegre, siempre dispuesta a jugar y a sonreír. Era aquella clase de niña dicharachera y educada que solía enamorar a las visitas que venían a su casa. Por lo demás, Kacy no era diferente al resto de chicas de su edad. No, en aquel momento no lo era.

Así, en la ciudad que le había visto nacer, la de la lluvia incesante, pasaron cuatro años para el cada vez más viejo detective Smith. Entre otros casos, solía vigilar a Kacy: con quién iba, qué hacía… Le gustaba repetirse a si mismo que lo hacía por trabajo, pero en el fondo de su ser sabía que cada día le preocupaba más la chica. Poco a poco, Kacy dejaba de ser un caso más. En los últimos dos meses se había sorprendido a si mismo con los pensamientos más impropios, dentro de su cabeza había una voz que se refería a Kacy como a la niña de sus ojos, y raro era el día en que no pensara en ella.

Aquella tarde la estaba vigilando. Kacy estaba en uno de los bares que solía frecuentar, acompañada de una amiga.
Un chocolate caliente, por favor. ¿Qué? No me mires así chica, sabes que odio el café.
Kacy sonríe y aparta la mirada, con la gracia que siempre la acompaña. Smith juraría que le está mirando. No es la primera vez que tiene esa sensación.
Cuando sale del bar y se despide de su amiga, Smith la sigue. Aún lejos de su casa, es asaltada por un hombre, que la coge de ambas muñecas, mientras grita algo que Smith no alcanza a oír. El corazón de Smith da un vuelco y empieza a correr como nunca antes lo había hecho. Antes de que se de cuenta ha desenfundado su pistola y apunta al hombre, que ya se marcha corriendo. Smith se acerca a ella. No parece muy asustada.
¿Estás bien, chica?
Sí... sí, gracias.
No te preocupes, ya ha pasado.
¿Cómo te llamas? - pregunta ella, entrecerrando sus verdes e infinitos ojos. Él vacila, y gira un poco la cabeza.
Smith. Detective Smith.
Te he visto más de una vez... supongo que te ha contratado mi padre.
Ja. Serías una buena detective, Kacy.
Gracias, detective Smith. Es bueno saber que hay alguien que se preocupa.
Kacy apoya una mano sobre su hombro y le da un suave beso en la mejilla. Smith la acompaña hasta su casa. Hablan de jazz y de películas antiguas. De esto y de aquello, de todo y de nada. Cuando llegan a la puerta, Smith se despide de ella.
Te vigilaré Kacy, pero debes andarte con cuidado.

El tiempo pasa, Kacy ya ha cumplido los 20 años, y él la sigue observando. Poco a poco piensa cada vez más en ella, no como un caso más, sino como a algo bello e inocente que hay proteger de aquella ciudad lluviosa, que no es sino una jungla inmisericorde. Cada día la observa, y cada día ella cala más profundo en sus pensamientos, más hondo en su corazón. Y a veces se ven. Y a veces hablan. Y a veces Kacy está en su casa, trabajando en uno de sus dibujos, y levanta su vista hasta donde está él y esboza una pequeña sonrisa. Y Smith la encuentra única, infinitamente fascinante.

Entonces llegó aquél día extraño. No la encuentra en ninguno de sus lugares habituales. En medio de la desesperación entra en su casa, en busca de alguna pista. Pero es en vano, no encuentra nada. Se sienta sobre el escritorio de Kacy, intentando convencerse de que a la chica no le pasará nada, de que sólo está sobreactuando. Pero entonces el detective Smith ve en uno de sus dibujos su rostro; se ve a si mismo de otra manera, cómo jamás le había mostrado ningún espejo. Sale corriendo a recorrer la ciudad, a encontrar a Kacy.

En un callejón, un ex novio borracho intenta besar a Kacy, cogiéndole las manos, mientras ella se revuelve y gira la cabeza. Smith llega cuando Kacy ya está llorando y el chico ha conseguido desabrocharle los pantalones. Sin pensarlo dos veces, aparta al chico de un empujón y le propina un puñetazo con todas sus fuerzas. El borracho, al ver la sangre que mana de su boca y la pistola que le apunta, decide salir corriendo como si no hubiera mañana.

Smith se acerca a ella e intenta consolarla. Kacy está enrojecida y cabizbaja, no habla ni mueve un músculo. Smith le habla, le explica cosas sobre la vida y cómo es en aquella ciudad, intenta hacerla sonreír, intenta tranquilizarla. Al poco, Kacy se derrumba. Apoya las manos y la cabeza sobre el pecho de Smith y empieza a llorar desconsoladamente. Habla de todo lo que está mal en su vida, de los hombres, de aquella maldita ciudad, de la lluvia que nunca cesa. Cuando se calma un poco, Kacy deja a su corazón hablar.
Smith, tú eres diferente. Tú eres un hombre de verdad. Siempre estás ahí, tú siempre estás ahí. Yo...
Las palabras se entrecortan al salir de su boca.
Yo, só-sólo quiero esta a- a tu lado.
Kacy acerca sus labios a los de Smith. Smith gira la cabeza, maldiciéndose a si mismo.
Kacy, yo podría ser tu padre.
Kacy coge su cabeza entre sus manos, le mira fijamente y se arma de valor.
Lo único que podrías ser es alguien digno de amarme.
Se besan bajo la lluvia. Smith no logra reconocer si lo que moja su pecho es la lluvia o las lágrimas de Kacy Hough.

Estuvieron juntos un tiempo, sin que nadie lo supiera. Tres breves meses, que Smith recordaba como los mejores de su vida. Hablaban de todo, se veían en los lugares más recónditos. Kacy se sentía protegida y querida como nunca antes y a Smith le fascinaba todo lo de Kecy, cada pequeño detalle de su cuerpo o de su carácter. De su pelo rubio, de su alegría, de sus ojos verdes o del impulso vital que siempre la acompañaba.

Smith ya ha terminado de rememorarlo todo y, sin embargo, Kacy aún no ha llegado. Le gusta hacerle esperar. Smith sabe que Kacy no se lo ha dicho, pero su padre le ha comprado un billete de avión que la alejaría de aquella maldita ciudad para siempre. Sabe que no se lo ha dicho porque quiere estar a su lado. Y porque también sabe que Smith haría todo lo posible para que ella se fuera. Sí, Kacy era una estrella demasiado brillante como para perderse en medio de la lluvia. Smith lo ha meditado mucho, y sabe cuál es la única manera de que Kacy se vaya de aquella ciudad para siempre. Deja sobre el asiento el papel que le tenía preparado, saca su pistola y aprieta el gatillo.

Al entrar en el coche, Kacy encuentra el cuerpo inerte del detective Smith. Siente una punzada en el estómago y que algo en su interior se rompe en mil pedazos. Confundida y asustada ve el papel, lo abre y lo lee. “Te quiere, Gary”.Entonces Kacy lo entiende todo; coge el papel, lo dobla, lo pone en su bolso y se encamina hacia el aeropuerto. Una lágrima cae por su mejilla, confundiéndose con la lluvia.

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#4

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:19

RELATO Nº 3

¿POR QUÉ A MÍ?


¿Por qué a mí? ¿Por qué ahora? Ya no lo quiero. Lo quise hace tiempo, mucho, quizás demasiado. Demasiado para el ahora, demasiado como para acordarme de lo que significaba, demasiado para que mi agotado corazón vuelva a latir con esa intensidad. Demasiado como para tener que compartirlo con esta rara enfermedad que dicen que tengo.

¿Quién eres? ¿Qué es lo que deseas? No entiendo por qué ha llegado a mis manos este trozo de papel con palabras de amor y añoranza, con sentimientos desconocidos para mí pero que han perforado mi alma aún sin conocerte. Debes ser hermosa. Si estas palabras que han enternecido mi corazón han salido de tu interior debes de ser de ser una persona increíblemente tierna. ¿Me pregunto qué pondrán hoy en la tele?

Mi fatigado corazón me dice basta. No quiero recordar esos sentimientos, sé que no lo aguantaría otra vez. No quiero rememorar esos días de felicidad y ensueño, esos ilusionantes y eternos viajes para verte. No quiero volver a revivir esos besos bajo lunas llenas, y esas palabras susurradas al oído que alteraban cualquier poro de mi piel. No quiero que vuelvan a mi memoria esas amargas despedidas con la incertidumbre del cuándo nos volveríamos a ver, con la secreta pero compartida desilusión de saber que eso no podía funcionar.

Qué extraña sensación. No te conozco pero mi corazón está intentando decirle algo a mi mente que no termino de asimilar. No tengo ayuda para intentar comprenderlo. Aquí estoy solo, defenestrado en la tumba que es este horrible lugar donde no conozco a nadie ni nadie parece conocerme a mí. Qué más da lo que diga o haga, a nadie parece importarle. Incluso después de leerte, esas serias mujeres de bata blanca que tengo a mi lado todos los días parecen obviar mis preguntas sobre ti y lo único que parece importarle es cuánta cantidad de esa droga con la que quieren matarme me van a dar hoy. Donepezil, curioso nombre, cuando vuelva mañana a clase he de recordar preguntarle a la señorita para qué vale. Por cierto, ¿para qué me tienen encerrado en este cuarto? Hoy había quedado con Lucas para jugar al trompo y no voy a poder ir si no me dejan salir.

Hicimos nuestras vidas, cada uno a su manera. Sí, te recordé toda la vida, con esa punzada amarga del dolor de un amor imposible, de una distancia insalvable que no hacía sino acrecentar el hastío de mi corazón. Siempre he pensado en ti, amándote en silencio, añorándote con mortificantes lágrimas nocturnas, con recuerdos que apuñalaban mi maltratada alma día a día y con absurdas esperanzas de recuperarte algún día. He intentado reemplazarte. Dios, lo he intentado con toda mi alma, incluso un día pensé que lo había conseguido para seguidamente volver a caer en el oscuro y sombrío pozo de la desesperación y la ira.

¿Por qué me tienen aquí fuera al frío? Algo de una ensoñación dicen los de mi alrededor, algo de que les estaba contando un amor platónico. ¿Yo? ¡Ja! ¿Cómo que algo de viajes en autobús para ver a alguien muy especial? Esa señora se debe de pensar que soy tonto o algo parecido. ¿Y qué narices hago en una silla de ruedas?

Tantos años, tantas lágrimas derramadas… ¿tanta congoja en el corazón para esto? Ahora que te leo, que veo lo que has sentido tantos años y que no te has atrevido a recuperar por miedo a caer en los mismos errores, me siento roto, malherido, tocado de muerte por los años perdidos, por las palabras no dichas, por las caricias no sentidas. Siempre he sabido lo que yo sentía. Ahora sé lo que tú sentías y eso me desgarra el alma. Maldigo la hora en la que te conocí, en la que caí en tu hechizo. Maldigo las horas que pasé a tu lado, las que pasé esperando para verte. Maldigo la hora… no; doy gracias por haberte conocido, por haber vivido una parte de mi vida junto a ti, por tenerte en mi memoria. Bendito el día en el que te emborraché, en el que te dije: no me pucheres, en el que te hablé al oído de ciertas cosas que ahora me da pudor repetir. Bendito el día que viniste a Madrid por mí. No te guardo rencor, no te preocupes, siempre serás mi niña de ojos oliva.

¡No quiero más natillas de esas de mierda! No tengo más hambre, ¡dejadme en paz asesinas! Os creéis que no sé lo que queréis hacer conmigo pero estáis muy equivocadas. ¿Por qué estoy llorando? Seguro que estas guarras han intentado verme el pito como hacen todas las mañanas. ¿Qué hace este trozo de papel en mi mano? ¿Una carta?

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#5

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:20

RELATO Nº 4

PACTAR CON EL DIABLO

No era extraño que en el kichin-yado, la posada de la pequeña villa montañosa de Taira, los viajeros que cruzaban las altas montañas buscaran hospedaje bien entrada la madrugada. Es por ello que Tarou Matsushita, el dueño del pequeño establecimiento, no se sorprendió cuando alguien golpeó la puerta. Estaba lloviendo.

El visitante vestía unos pantalones grises estilo hakama sobre un quimono negro y portaba una catana sujetada por el cinturón. Tarou se asustó, pero el recién llegado, de apariencia joven, le dijo que no causaría problemas, que solo buscaba un lugar para refugiarse de la lluvia.

Una vez dentro, el huésped se presentó como Yuu Nishikori. Después se cambió de vestimenta y dejó que se secara la que había estado llevando. El posadero le había dejado un quimono que guardaba para los que pasaban la noche allí.

Tras una breve charla, ambos estaban ya enfrascados en una conversación en la que el sake era el protagonista principal.

—¿Y qué te trae por esta villa, viajero? —preguntó Tarou después de un rato.

—Busco a alguien —respondió Yuu.

—¿Aquí? Puedes preguntarme, nos conocemos todos. El poblado es pequeño —dijo mientras le servía algo más de sake a su contertulio y de paso volvía a beber del suyo.

—No, no aquí. No específicamente. Es una larga historia.

—Bueno, tengo tiempo.

***


—Yuu, tu misión será traerme un lobo gris de las montañas. Se te permite usar cualquier técnica. El amanecer del cuarto día es el límite. Si fracasas, no se te derivará aún al sensei. ¿Entiendes lo que eso conlleva? —me dijo el entrenador, un hombre de rasgos antiguos y cabeza despoblada.

—Entiendo.

—Adelante, rápido. Corre.

Y así hice. Mi corazón de aventurero me decía que iba a ser una gran misión. Y, a la vez, me sentía orgulloso de mí mismo, pues si la terminaba con éxito sería el más joven que se recuerda en pasar a la última fase del entrenamiento para samurái, con dieciséis años.

Pero no debía fiarme. Las montañas eran altas y traicioneras. Mientras emprendía el camino hacia el bosque, sujeté con firmeza mi sable. Aún no sabía lo que me iba a deparar aquella misión.

El primer día fue tal y como lo esperaba. Me adentré en el bosque y avancé por lugares peligrosos donde las manadas acechaban. Pero yo no temía, ¿pues qué iba a temer el corazón de un joven que nada sabe del miedo?

Una vez llegué a las partes altas de los montes, empecé mi búsqueda. Un lobo gris. Tenía que tener cuidado con las manadas. Un error y estaría condenado. Pero no estaba dispuesto a fallar.

Ocurrió la mañana del segundo día. Apareció mientras descansaba al lado de un riachuelo. Ella.

En lo primero que me fijé fue en su vestimenta, nada adecuada para los bosques y montañas. Un yukata naranja que semejaba de alta clase, bastante echado a perder, suponía que por los roces con las ramas y arbustos. No tardé en ver que no era una chica normal. Aunque preciosa, sus extraños y exóticos rasgos llamaban la atención. Orejas puntiagudas y ojos rojos. La melena era igualmente rojiza, anaranjada. Ardiente.

Las potentes exhalaciones indicaban que venía de hacer un gran esfuerzo. Me acerqué a ella y dio un paso atrás.

—Tranquila, no voy a hacerte nada.

Me miró con inseguridad. No con la inseguridad de una joven asustada en un bosque, ni con la inseguridad de una chica a la que le habla un extraño. Me refiero a la duda de ojos entrecerrados y picante curiosidad.

—¿Tienes algo de comer? —preguntó con seguridad.

—No.

En ese momento decidí exhibir mis habilidades, como todo joven narcisista que siempre ha ido por delante. Me adentré en el agua y después de un par de braceos, saqué una carpa.

—Ahora sí.

—Lo siento, pero no puedes cocinar eso aquí —me dijo en tono serio—. Me están persiguiendo.

—¿Persiguiendo? ¿Quién?

No respondió.

Al final comimos un poco de arroz que tenía en la bolsa.

No sé si fue amor a primera vista. Nunca me había preocupado por esas cosas. Mi vida se había debido siempre al entrenamiento. Por y para él. Cuando desayunaba era para prepararme. Cuando hablaba con los demás era para entrenar. Cuando tenía tiempo libre, entrenaba. Era lo que me había inculcado mi padre desde que nací. Él era un importante samurái y no quería que su hijo fuera menos, por lo que la norma que regía mi vida no era otra que la disciplina. La constancia.

Decidimos alejarnos de allí y la llevé a un lugar menos peligroso.

—¿Qué te trae por estos bosques? —preguntaba la chica de fuego.

—Soy aprendiz de samurái y me han dado una misión que consiste en cazar un lobo.

Fijó sus ojos rojos en los míos y sonrió. No era la primera vez que esbozaba esa ligera y críptica sonrisa.

No me contaría nada sobre ella por mucho que insistiese. Pero continuamos vagando por la montaña, hablando. Simplemente hablando. No quería olvidarme de la misión, pero era inevitable. La primera vez que pude olvidarme de mis deberes. De mis preocupaciones. Ser el mejor, llegar siempre el primero. Ganar. Dominar. Nunca habría pensado que el simple hecho de charlar pudiera dar tal satisfacción.

Lo más duro fue el anochecer del tercer día. No quería dejarla. Nunca. No quería volver. Olvidaría todo y me iría con ella. Pero en mi mente no podía dejar de sentirme culpable. Solo quedaba una noche para que se disiparan las dudas, una vez el plazo hubiera vencido se acabaría todo.

Al principio pensé que, pese a afirmar ella que tenía dieciséis años, se comportaba como alguien mayor. Poco a poco fui desechando la idea y descubrí que no era tan diferente a mí. Nunca me lo contó, pero ella tampoco había tenido tiempo para quitarse de la cabeza todas las preocupaciones. Y anhelaba lo mismo que yo. Es por ello que los besos, las caricias, las palabras... todo cobraba una dimensión más, una intensidad que se alzaba por encima de cualquier obligación.

No volvería aquella noche, lo había decidido.

—Te salvaré y nos escaparemos juntos —le dije.

—No. Tienes que volver. Te pueden atrapar a ti también.

—No nos atraparán. Y si lo hicieran...

Señalé la empuñadura de mi catana. Entonces nos besamos y abrazamos la noche estrellada.

Ésa fue la última vez que hablé con ella. Al día siguiente, me desperté mareado. Por la posición del Sol, me di cuenta de que la mañana se había consumido ya: era tarde.

—¿Pero qué demonios...?

Me toqué la cabeza. Sangre. Y en el suelo una roca marcada de rojo. Lo único que dejó fue un “Lo siento” escrito en la tierra.

Entonces lo vi. Una columna de humo no mucho más allá. Sus huellas mostraban el camino. Una vez llegué allí el fuego se había extinguido y las huellas se habían unido con otras más grandes y numerosas. La habían cogido.

***


Tarou, que no había articulado palabra en todo el relato, habló.

—¿Y llevas ocho años vagando por el país buscándola? —dijo sin parecer muy convencido.

—Fui entrenado en la constancia. Fallé una vez, pero una batalla no es la guerra. O también puede que sea un embrujo que aún dura, no lo sé. Mientras esté en mi mano, iré a por ella. Y si alguien la quiere, será por encima de mi cadáver. Me he dado cuenta de que una vida sin ella es como una muerte lenta, no tengo nada que perder.

—Es posible que pueda ayudarte —informó de pronto Tarou.

Yuu giró la cabeza rápidamente, fijando si mirada en él.

—Se dice que en Shirakawa-gō hay una Han'yō de cabello y ojos rojos como la sangre. Corre. No sé cuándo exactamente, pero dentro de poco la convertirán en una ofrenda a los dioses por ser medio demonio.

—¿Y por qué han esperado tanto? —preguntó Yuu mientras cogía sus pertenencias y se preparaba a toda prisa.

—Este año se inaugura el jinja más grande de la región. Van a enterrarla bajo el santuario. La tienen allí encerrada, o eso se cuenta.

Hitobashira —dijo con rabia Yuu.

Y corrió. La villa de Shirakawa-gō no estaba muy lejos de allí. Un día a lo sumo. Tomó la vía más rápida y directa, a través del bosque a pie de las montañas. Si había arbustos, estos cedían a su catana. Si había rocas, saltaba por encima de ellas. Corrió y saltó. Estaba cerca. Tras ocho años de infructuosa búsqueda por fin lo había conseguido.

Shirakawa-gō no era muy grande. En la parte superior del poblado se podía ver el torii, justo encima de unas escaleras que subían y daban la bienvenida al santuario sintoísta. No había mucha gente, apenas un par de guardias. Esperaría a la noche.

Una vez la oscuridad reinó en el ambiente, comenzó la misión. En estas condiciones, el sigilo era algo fácil de ejecutar. Nadie observaba con mucha atención, nadie lo esperaba. No hubo tiempo ni de defenderse. Al segundo siguiente, el guardia de la izquierda cayó al suelo. Ligeramente. Casi sin que se notara. Apenas un leve sonido sobre la madera. Tanto que el otro solo miró extrañado para ese lado y se acercó. Sin sospechar. Al segundo siguiente, ya tenía la catana en el cuello. Que estaba en una habitación, confesaba. El pasillo a la izquierda. Dos guardias más, sí. Entonces cayó fulminado.

Dentro del lugar era más difícil deshacerse de los dos vigilantes. Pero cualquiera que está con la guardia baja es presa fácil para el depredador que se esconde entre la maleza. Así lo hizo Yuu. El primero cayó antes de que pudiera darse cuenta de que algo ocurría. El segundo pudo ponerse la mano en la empuñadura de su catana. Ésa fue la última vez que tuvo mano. Poco después rodó la cabeza.

Yuu dudó antes de abrir la puerta. Por fin. La iba a ver de nuevo.

—¿Qué está pasando? —se oía desde dentro.

La voz era reconocible. Y abrió la puerta.

La reacción de ambos cuando sus ojos se encontraron fue gélida, como si el tiempo se hubiera paralizado por completo. Pudo pasar una eternidad, pero por suerte solo fueron unos segundos.

Y sonrió. Con la misma leve y distante sonrisa que hacía tanto que no veía. Con los ojos entrecerrados, crípticos. Rojos. Ardientes.

—¿Has venido a salvarme? —dijo Akai, que así se llamaba, tranquilamente—. No sabía que tuviera un príncipe azul.

—Vaya una bienvenida le das a tu héroe, ¿no? —comentó él, con media sonrisa en la boca.

—No seas estúpido. No me puedes rescatar. Nos perseguirán. Yo moriré igualmente, pero tú también serás ejecutado. Huye, Yuu. Corre.

—¿Qué te hace pensar que esto es un rescate? —replicó él fríamente, para sorpresa de ella—. No hay negociación posible aquí, Akai. Esto es un secuestro.

Y aquí ambos se miraron fijamente, saboreando el fuego y la pasión ya casi olvidadas por la desgracia y la soledad.

Ella se acercó, con su cabello casi escarlata y sus ojos brillando de luz y tinieblas.

—¿Y qué harás, Yuu? Esto es un pacto con el demonio, no puedes sellarlo así como así. El precio es tu vida. Estarás condenado para siempre a deambular por los prados y montañas, escapando a todas horas de guerreros y del imperio. Escondiéndote. Susurrando.

—El guardián del demonio. Suena bien. Acepto el pacto, puedes tomar mi alma. Corramos.

Y corrieron. Salieron del santuario, pasaron por debajo del torii, agazapados. Ya se había dado la alarma, la Han'yō había escapado.

Cogidos de la mano, llegaron a las afueras de la villa. A partir de ahí, montaña y bosque. Justo entonces aparecieron cuatro guardias que les perseguían. Yuu se giró.

—Yo me encargo. Nos vemos en el río, ve rápido —susurró a Akai.

—No. Son muchos, huyamos.

—Tranquila. El contrato es de por vida, ¿no?

Y entonces comprendió que la sonrisa no era críptica en absoluto.

—De por vida.

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#6

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:20

RELATO Nº 5

UNA MAÑANA DE DOMINGO


Miguel bajó de su auto apresuradamente, cerró con fuerza la puerta del automóvil y entró casi corriendo a la iglesia. Dentro, un pequeño grupo enlutado escuchaba de pie las exequias del padre de la colonia. Ahí estaba Mariana; Miguel llegó y se quedó a su lado: ambos iban ese día a velar a su cuñada.
Miguel miró en derredor para identificar los rostros tristes y afligidos que esa mañana de domingo acompañaban a la mujer recién fallecida. Mariana, hermana de Miguel, la mayor de los tres, mostraba un semblante reflexivo mientras abrazaba a su hija homónima; Marcos, esposo de Mariana madre, tenía exactamente la misma expresión de cavilación. A la izquierda, más allá de su hermana, Marisa, la gran amiga de toda la vida de la fallecida, se encontraba a punto de desmayarse, motivo por el cual un par de hombres que Miguel no conocía intentaban reanimarla dándole un poco de aire y palabras de consuelo. Miguel pasó revista a todos los presentes, pero no reparó ya en ninguno por ver al pequeño Manolito, hijo de la fallecida, con una tristeza tal que era incapaz de transmitirla con el llanto, pero que la falta de brillo en sus ojos anunciaba. Pero eso era normal —mas no cómodo de ver— para Miguel, lo que realmente le extrañaba era no ver a Manolo, su hermano, el padre de Manolito.
—¿Y Manolo? —preguntó Miguel a su hermana.
—No lo sé —responde Mariana ya con una mueca de severidad y disgusto por la ausencia de su hermano —. Es una falta de respeto y responsabilidad enorme. Con su hijo, su esposa y con Dios. Mira nada más al pobre de Manolito cómo está.
—No quiso hablar con nadie desde el accidente —respondió Martín, amigo íntimo del viudo, quien se unió a la conversación por haberla escuchado desde su lugar, no muy lejos—. Debe ser muy duro para él. Ya saben cómo la quería.
—¿Y eso qué? —profirió Mariana acentuando el tono de molestia—. Era su obligación estar aquí y comportarse como es debido. ¿Acaso no se dará cuenta del daño que le hace al pobre de su hijo? Si su esposa lo viera, cosa que seguramente puede desde arriba, estaría muy decepcionada. ¡No! Enojada, sí, enojada con él.
—Además debe de estar cansado por la hora que llegó ayer —dijo Martín, tratando de bajar el caldeo de ánimo de Mariana—. Cuando yo me fui de la funeraria él se quedó completamente solo y no se le veían ganas de irse a su casa.
—No intentes justificarlo, Martín —respondió Mariana, a quien ya todo le parecía estar en contra de su razón.
La mujer se fue para no irritarse más. “No vaya a ser que pierda los estribos”, pensó.
—Oye, Martín —preguntó Miguel cuando Mariana se fue—. ¿A qué hora te fuiste de la funeraria?
—Como a las tres de la mañana. Tuve un día muy agitado y no pude quedarme más tiempo por más que lo intenté. ¿Por qué lo preguntas?
—Es que en la mañana, cuando me desperté, le hablé al dueño de la funeraria para preguntar por Manolo, pero me dijo que se había ido en la madrugada sin avisarle a nadie. Como ya se me hacía tarde supuse que ya estaría aquí.
—¿Y no habrá ido a dormir un poco?
—Pues me quedé dormido temprano porque estaba muy cansado, como a las dos de la mañana; ya ves que me pase la tarde arreglando los papeles del accidente. Pero le hablé a su cuarto antes de venirme, pero nadie contesto, y eso que toqué con mucha fuerza.
La conversación terminó porque ambos hombre tuvieron que tomar asiento para continuar con la ceremonia. El padre leyó unos pasajes de la biblia. Personas como Marisa, conocida por todos los presentes, empezaron a dar vehementes discursos sobre la persona que ese día los abandonaba para nunca más volver. Uno a uno los visitantes fueron a darle el último adiós a la mujer, esposa y madre. Por motivo expreso de Manolo, el ataúd permaneció cerrado, debido a que el accidente desfiguró tanto a la fallecida que las cirugías post mortem no sirvieron para darle un aspecto que no causara repugnancia. Así, todos los que pasaban, tocaban el féretro y decían las palabras consideradas prudentes para consolarse y quedar bien consigo mismos, porque dentro de la caja nadie los escucharía.
Una vez que todos los preparativos terminaron, pasaron cuatro hombres a cargar el ataúd. Martín, Miguel, Marcial (primo de la fallecida) y Marcos, en sustitución de Manolo, lo llevaron hasta la carroza para dirigirse al panteón. En sus rostros se notó el esfuerzo que les costó llevarlo hasta ahí. Cuando el automóvil arrancó, la caravana lo siguió a poca distancia. Los transeúntes, automovilistas, o personas que asomaran su cabeza por una ventana de su casa, tuvieron la oportunidad de ver ese desfile de atavíos negros y rostros apesadumbrados. El recorrido duró poco más de treinta minutos. Una vez en el panteón los mismos cuatro hombres bajaron el féretro y lo colocaron en la fosa en la que duraría hasta quién sabe cuándo.
—¿Te diste cuenta lo pesado que estaba el ataúd? —preguntó Miguel a Martín, girando su muñeca y enderezando su espalda para comprobar si así disminuía el cansancio del músculo provocado por el féretro.
Manolito veía con tristeza cómo la caja en donde se encontraba su madre estaba siendo cubierta con tierra de cementerio. No pensaba en su padre, ni se imaginaba que el amor de éste por su esposa le condujo a contraer matrimonio con otra mujer; un matrimonio irrevocable.

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#7

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:22

RELATO Nº 6

EL AMOR ES UN PUZZLE


Es una insípida mañana de jueves en el cementerio de La Almudena de Madrid. No sopla viento y los primeros y gruesos copos de una incipiente nevada caen somnolientos sobre la piedra y la grava, tiñendo el paisaje de un blanco espectral. Junto a un severo y sobrio panteón, un pequeño bosque de paraguas negros rodea a un sacerdote que oficia un breve responso. Cuando finaliza, un cortejo de rostros marcados por la pena y la pérdida inicia su desfile ante el hombre que, en silencio, mantiene su mirada clavada allí donde se cincelará el nombre de su esposa muerta. No responde a los pésames porque es incapaz de hablar. Solo siente. Pronto es el único que permanece allí, como una estatua más de las que adornan el camposanto. Pero sus piernas flaquean bajo el peso del dolor, y llorando, cae de rodillas ante la corona de rosas rojas que él mismo ha depositado hace unos instantes. Con una mano trémula limpia la nieve de la banda de raso negra, descubriendo su leyenda. Por siempre. Para siempre.

*****


La conoció en su primer año de carrera, en el bar de la facultad de Medicina. Le gustaba aquel lugar, un pequeño mundo poblado de gentes variopintas y de ruidos, de olores, de barajas y cerveza aunque él no se mezclara con el resto, aunque no jugara ni bebiera. Se limitaba a leer o repasar apuntes, a solas, sentado en una mesa de un rincón lejos del castrante ambiente de frustración y competitividad que según él se respiraba en la biblioteca. Refugiado en su libro de Anatomía, no se dio cuenta de su presencia hasta que oyó el sonido rasposo de una silla arrastrándose junto a él. Alzó la vista y su mirada se ahogó en los azules ojos de ella. No pidió permiso, no se disculpó. Simplemente se sentó frente a él tras una fugaz sonrisa, sacó un libro idéntico al suyo y comenzó a leer. Con gesto inconsciente colocó un mechón de pelo tras la oreja y él supo que se había enamorado.

*****


Un coche toma una última curva antes de detenerse. Crazy de Gnarls Barkley resuena con fuerza a través de las ventanillas bajadas, rompiendo la calma del barrio residencial. La portezuela trasera se abre cuando la canción muere y un veinteañero baja de ella.

—¿No te animas entonces? —dice una cabeza asomando—. Tío, que es viernes y tus padres están de viaje.
—No, de verdad. Mañana tenemos el partido y prefiero estar descansado. Ya sabes. Aún tengo que cuidarme.
—Cuidarte, cuidarte. Tú mismo. Pero tú te lo pierdes. ¿Ya te he dicho que irá Alicia? ¿Se lo he dicho, Alex?
¬—Sí, unas veinte veces en la última media hora. Anda, déjale en paz y no seas plasta. Jorge, te recogemos mañana a eso de las diez. Y haznos un favor. No vuelvas a verte El diario de Noah.

El coche sale entre risas, chirridos y goma quemada. Jorge espera en la acera, con una gran sonrisa, hasta verles desaparecer. Cruza el jardín y abre la puerta de la casa. Se dirige directo a la cocina, al frigorífico, y saca un bote de zumo. No ve la figura que se sitúa a su espalda y apenas siente el pinchazo en el cuello, pero todo su cuerpo se paraliza de inmediato. El zumo cae estampándose contra el suelo, salpicando las perneras de su chándal y él también comienza a caer pero unos fuertes brazos lo sujetan y lo arrastran hasta la mesa, tendiéndolo boca abajo. Su adrenalina se ha disparado. Sus ojos, con las pupilas dilatadas hasta convertir ambos iris en círculos negros, se mueven frenéticos a un lado y a otro atrapando el perfil de un mono azul y unas katiuskas verdes. El miedo da paso al pánico, le cuesta respirar y su corazón bombea con dificultad. No entiende qué está pasando. El sabor del terror llena su boca.

No ve el bisturí cortando su camiseta. No siente el bisturí sajando su carne sobre la cicatriz que adorna su espalda, ni la mano sujetando su riñón izquierdo. Solo sabe que quiere gritar y no puede.

*****


Pasaron seis años desde que sus caminos se cruzaran, casándose un día de septiembre rubricado con promesas de amor y fidelidad. Votos sinceros formulados con sencillez por un hombre y una mujer que se amaban poniendo por testigos a cuantos quisieran escucharles. Familia, amigos, compañeros. Siguieron años de felicidad, una felicidad tranquila y apacible, y también egoísta. Se tenían el uno al otro y no creían necesitar más. Él no lo necesitaba. Ella era su mundo, el centro de su existencia, el eje en torno al cual giraba. Era principio y fin. Alfa y omega. Era suya.

*****


La secretaria ni siquiera aparta la mirada de la pantalla del ordenador cuando el técnico de mantenimiento la saluda brevemente al salir del despacho de su jefe. Responde ausente, concentrada en su trabajo, tecleando furiosamente el informe para la reunión de la tarde. Una hora después, la alarma del móvil le recuerda que es la hora de preparar el café que, puntual y diariamente, sirve a su jefe a las doce desde hace ya tres años. Conecta la máquina y prepara un Rosabaya colombiano. Cuando acaba, llama a la puerta y entra sin esperar una respuesta que sabe no llegará. Son apenas tres pasos antes de que su cerebro sea capaz de registrar lo que está viendo. Su boca se abre formando una o perfecta y la pequeña bandeja con el café cae de sus manos sobre la cara alfombra, mezclándose con la sangre que la empapa. Un grito despavorido, cargado de espanto y horror, desgarra su garganta alertando a los empleados del pasillo. Sobre la mesa del despacho yace el cuerpo de su jefe abierto en canal. Solo en el interrogatorio al que la someten llegará a saber que le han arrancado el corazón y el hígado y entre sollozos, solo podrá decir que lo único que vio fue un mono azul, una caja de herramientas y unas botas de goma verde.

*****


Nunca pensó que aquella convención médica la apartaría de ella para siempre. Y tampoco olvidaría aquella noche de noviembre en la que recibió una llamada desde Madrid. Descansaba en su cara habitación del hotel Langham de Londres, tras varias horas de conferencia como oyente. Tomaba un té, mirando por la ventana la prematura iluminación navideña de la calle Regent y de Oxford Circus, abstraído por su reflejo azul y blanco sobre el pavimento mojado por la lluvia. El timbre del teléfono lo devolvió a la realidad. Descolgó el aparato y el tiempo pareció detenerse mientras escuchaba.

Era su padre. Llevaba horas intentando comunicarse con él, pero su móvil estaba apagado. Había ocurrido una terrible desgracia. Sí, Irene. Un accidente de tráfico de regreso a casa. Los médicos habían hecho cuanto estaba en sus manos pero no había sobrevivido. Lo sentía. Lo sentía mucho. Igual que su madre. Estaban destrozados. Sí, habían respetado su voluntad. Sus órganos habían sido donados. Aquellos que el accidente había respetado. Confiaban en que pudiera coger el primer vuelo. No debía preocuparse. Ellos ya habían iniciado los trámites del sepelio. Irene reposaría en el panteón familiar.

Colgó y el mundo se convirtió en un lugar oscuro y frío.

*****


Ha transcurrido un año desde la muerte de su esposa. El tiempo que ha necesitado para localizar todas las piezas y devolverlas a su verdadero lugar. Todo encaja por fin. Vuelve a estar completa. Vuelve a ser ella. Irene. Su Irene. La viste con su mejor vestido, ocultando las cicatrices del frío y rígido cuerpo embalsamado. Cepilla su cabello y la maquilla con esmero. Es un artesano que mima su obra maestra, dedicando su atención hasta al más ínfimo detalle. Le coloca sus pendientes favoritos y la toma en brazos, sacándola de la cámara en la que la ha mantenido los últimos meses desde que profanó su tumba. Sube las escaleras del sótano y se dirige con su preciada carga al salón. La tumba en el sofá para luego sentarse a su lado, alzando su cabeza para que descanse sobre los muslos de él, tal y como le gustaba hacer cuando estaba viva.

Sí, sabe que está muerta. No se engaña. No cree en un dios redentor, ni en la resurrección, ni en otras vidas más allá de la presente. Pero una vez más están juntos. Como siempre debieron estar. Como vuelven a estar. Hurga en el bolsillo y saca una alianza de oro que desliza por el anular de Irene, el anillo con el que selló su promesa de amor un día de septiembre. Sonríe feliz. A su lado, sobre una mesita, arde un mechero Bunsen. Alarga su mano y lo arroja al suelo bañado de combustible. Lenguas de fuego se arrastran de forma inmediata en todas direcciones y pronto las llamas devoran cuanto hay a su paso. Él solo la mira a ella, ajeno al creciente calor. Ya nada ni nadie podrá separarlos. Siente que las drogas que ha tomado comienzan a hacer su efecto y a ella dedica sus últimas palabras, antes de perder la consciencia, antes de que el fuego los consuma.

—Juntos, mi amor. Una vez más. Por siempre y para siempre.

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#8

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:24

RELATO Nº 7

LO QUE PUDO SER


Una fuente de piedra se erguía en mitad de un desierto blanco. En ella decenas de peces de colores nadaban sin inmutarse por el continuo tintinear de las gotas que caían desde arriba. Los rayos de luz resbalaban en el agua convirtiendo la superficie en un arco iris de infinitos colores. Junto a la fuente un viejo árbol descansaba majestuoso dando sombra a un banco grisáceo que se apoyaba sobre la arena, y en él, dos personas se miraban a los ojos, y agarrados de las manos dejaban pasar el tiempo como si nada más importara.
Una ligera brisa sacudió el largo cabello rubio de uno de ellos, una mujer joven, de piel blanquecina y mejillas sonrosadas. A su lado un hombre moreno, de pelo castaño, con espaldas anchas y una imperceptible sonrisa en la cara.
La mujer notó una pequeña curva en la comisura de sus labios y le fue suficiente para saber en que pensaba.
-Sabes, ese día fue el primer momento en que me sentí viva de verdad, esa tarde entera paseando por la alameda, sobre las hojas que el otoño se había llevado, riendo por todo y por nada, ese beso de despedida en la mejilla que nos dejo anhelantes de algo más, y esa espera estresante hasta la mañana siguiente cuando nos volvimos a encontrar bajo el viejo chopo en la orilla del río.
-Es curioso, pero siempre pensé que ese árbol creció con el único propósito de vernos juntos, jóvenes y sin que nada nos importara, fue testigo único del primer roce entre nuestros labios y de la explosión de amor que nos uniría para siempre.
-Tal vez fuera verdad, tras esos días el árbol se dejó consumir por el tiempo, hasta que poco a poco desfalleció, dejando tras de sí nuestros momentos.
-Sería que entristecido no pudo soportar la pena por nuestra separación, seguro que anhelaba volvernos a ver, volvernos a cobijar del viento o darnos sombra en las eternas tardes abrasadoras de verano.
Las manos entrelazadas se apretaban con fuerza, fundiéndose en una sola, transmitiendo y acompasando los latidos de dos corazones en uno.
Las dos figuras permanecían quietas, inertes con la mirada fija el uno en el otro, saboreando con cuidado las facciones que tenían en frente.
El hombre a su pesar se soltó una mano y con delicadeza la llevó hasta la cara de la mujer donde con cuidado le apartó un mechón de pelo que le tapaba la cara, y lo deslizó suavemente detrás de su oreja. El leve roce de su mano con el rostro de la mujer hizo que su piel se erizase, y que su corazón despertara en latidos incontrolados.
La mujer sonrió con fuerza y buscó a tientas sin apartar la mirada la otra mano que hacía un momento había estado junto a ella.
Una vez la encontró, la volvió a agarrar con fuerza, y volvió a dejarse perder en ese primer día y los que le siguieron.
Una vereda de un río cristalino que fue testigo de un romance, las risas cómplices que les acudían involuntarias al rostro en cuanto se hablaban, la lluvia que les mojaba el pelo pero que no impedía que siguieran juntos, los abrazos eternos en busca del calor cuando la noche se mecía sobre ellos, las huellas en la hierba cuando corrían por el campo persiguiendo un sueño que parecía posible.
-Nunca debí de marcharme- dijo azorada la mujer, donde una lágrima empezaba despacio a surcarle la cara y se detenía dubitativa en el mentón, anclándose en la piel para no caer al vacío- debí de quedarme junto a ti. Ese día llegó el invierno, y ya nunca más se me despegó en vida.
-¿Y que podíamos hacer? Éramos demasiado jóvenes, niños a los ojos de nuestros padres, nada de lo que dijésemos tenía peso para ellos. No podían entender lo que habíamos encontrado y lo que éramos el uno al otro.
-Pensé que nos volveríamos a encontrar, que el destino nos juntaría y que en ese momento no nos separaríamos otra vez. Espere, recé, soñé por un momento que jamás se produjo.
-Fue la guerra, las bombas, las balas, la muerte, ante eso el destino se partió por completo y nos alejo por siempre, nuestros caminos en ese momento fueron movidos, desviándose el uno del otro, y por el hombre no volvieron a unirse.
La mujer apartó la mirada, la lágrima del mentón ya no estaba sola y tuvo que dejarse caer para dejar su hueco a otras que llegaban, sus ojos húmedos vertían tantas lágrimas como un grifo que hubiera quedado mal cerrado y cada una de ellas significaba el dolor de cada segundo que habían estado separados.
El hombre quiso reconfortarla, se llevo la mano que asiaba con fuerza y la acercó a sus labios donde la sostuvo durante un instante que pareció una eternidad.
La mujer temblorosa se dejó llevar por el roce de sus labios en la piel, y poco a poco las lágrimas dejaron de brotar de sus ojos.
Sus miradas volvieron a cruzarse y se detuvieron fijas al unísono, como encadenadas en un solo momento.
-Cada día con cada sombra creía verte, te gritaba con fuerza hasta que me temblaba la voz del dolor pero nunca te girabas, y cuando lo hacías no era tu rostro.
-Deseaba escapar, desertar de la muerte que me rodeaba, buscarte y apartarte del mundo, de unirnos para siempre como debió de ser, antes de que el tiempo se volviera gris y los hermanos y padres se odiaran entre sí.
-Aunque no estabas nunca llegaste a alejarte del todo, una parte tuya se quedó conmigo cuando partiste y lo sentía en cada poro de mi cuerpo, sabía que tu también me buscabas, pero nunca llegaste.
-Deseaba escapar, cada día, cada segundo lo deseaba mil veces, pero en cambio recibí un arma en las manos y la orden de matar a quienes antes habían compartido las calles conmigo.
El viento revolvió de nuevo el cabello de la mujer, sacudiendo el mechón y tapándole otra vez la cara. Esta vez el hombre, no se lo movió de nuevo tras la oreja, sino que lo contempló maravillado, alucinado en cómo todo en aquel rostro parecía perfecto. incluso los surcos que habían dejado las lágrimas en la cara le daban un toque cálido y reconfortante.
-Nunca volví a querer a nadie, tras ese otoño, el amor quedó rezagado en el viejo chopo y no pude volver a sentir lo mismo.
-Yo quise amar a otras mujeres, busqué con desesperación otra alma en la que sentir y compartir lo que había tenido contigo, pero todos los intentos fueron vanos e impuros. Sabía que ese verano y otoño habían cambiado mi vida, que nada podría volver a parecerse a aquello, y que Dios me perdone, pero lo maldije en silencio por separarnos, lo odié con toda mi fuerza y aún hoy no consigo olvidar el tiempo que nos ha tenido separados.
El hombre se levantó y abrazó a la mujer entre sus brazos, le acarició el pelo, y olió con pasión su perfume. Ella se sintió segura allí junto a el, sabiendo que esta vez si era para siempre.
-De aquí ya nadie nos podrá separar. Estaremos juntos para siempre. Un nuevo comienzo, aquel por el que tanto sufrimos.
-Ya no me importa, me da igual que no consiguiéramos encontrarnos en vida, ni que muriera sola y trastornada por un amor de juventud. Ya sólo me importa la eternidad, una eternidad que la voy a pasar contigo, sin nadie que nos separe ni nos aparte el uno del otro. Te quiero como lo hice siempre , y el tiempo será testigo de cuanto fue.
-Te amo, y tampoco a mi me importa tener que haber muerto para volver a encontrarme contigo, porque ahora es siempre, y siempre es justo el tiempo que deseo estar junto a ti.
El hombre y la mujer se separaron, se miraron durante un instante, y fundieron sus labios en un beso eterno.

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#9

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:24

RELATO Nº 8

WELCOME TO COLD STONE


Por primera vez desde hacía mucho tiempo, las viejas vías volvían a vibrar anunciando la llegada del tren. A su paso por ellas, los trozos de hielo depositados en el frío metal oxidado saltaban en pedazos.

Greg lo oyó desde el calor de su cabaña. Expiró hondo y enterró la cabeza entre sus brazos. Permaneció inmóvil durante varios minutos. Luego empezó a tiritar, todavía no se había adaptado al frío. ¡Ay, el frío! Había vuelto de nuevo y esta vez más implacable que nunca.

Las vías dejaron de chirriar, el tren había llegado a la estación. Greg asió su vaso de Whisky, y en el momento en que éste voló hacia la chimenea y explotó, su autoengaño terminó para dejar paso a la aceptación. Salió de la cabaña pegando un portazo y, a paso lento, caminó por la nieve. No fue hasta que estuvo frente al tren, cuando el único pasajero bajó.

Y entonces la vio, y el viento invernal sopló con más fuerza, pero ella no pareció notarlo. Su sonrisa desprendía calor, pero él solo podía pensar en lo lejos que quedaba ese verano. Sus ojos, tan negros como un cielo lleno de estrellas, eran para Greg la oscuridad de la caverna más profunda. El pelo caía suelto sobre sus hombros, fluyendo como el agua de un río o como la nieve en una avalancha. Le cubrían unas mantas finas de color azul celeste, que dibujaban su curvada figura. Olía a césped y a tundra a la vez.

Y entonces se vio a sí mismo reflejado en el hielo. Esa boca, cubierta por una barba espesa y canosa, y el Whisky que había estado bebiendo noche tras noche desde que el tiempo empezó a tornarse gris goteando por ella. Esos ojos, manchados por una nube roja producto del alcohol y de las noches en vela. Ese pelo, sucio, enmarañado. Sobre él, un abrigo de tela desgastada y remendada, que denotaba esa oronda figura. Olía a vejez y a hastío a la vez.

— ¡Hola! Encantada de conocerte. Me llamo Anne Marie.

—…hola, soy Greg. Bienvenida a Cold Stone. Mi cabaña está por ahí —contestó al tiempo que se ponían en camino—. ¿No tienes frío?

—Estoy algo acostumbrada, ya he estado en lugares como éste antes.

—Bueno, ahora mismo no muestra su mejor cara. Tendrías que verlo en primavera, es precioso.

—Greg, sabemos que eso no pasará.

—…lo sé.

Al fin llegaron a la morada de Greg, y éste la invitó a una taza de chocolate caliente y a un asiento. Conforme la noche se acercaba, Greg fue sabiendo más acerca de Anne Marie, su pasado, sus gustos y sus aspiraciones; Anne Marie por el contrario no conoció nada de Greg. El día acabó y ella se fue a la habitación que le había sido ofrecida, mientras que él se tumbó en el sofá.

Es duro acostarte sabiendo que no puedes soñar, que la noche será fría y larga y oscura. Y lo fue. Y el día, cruel; y la noche que lo siguió, fría y larga y oscura. Y el tiempo pasó.

Fue otro día como tantos otros el que acabó siendo completamente diferente. La leña ardía en la chimenea, y Greg ardía en deseos de seguir conociéndola.

— ¿Y qué harás cuando te vayas de aquí?

—Bueno… quedan muchas estaciones por visitar. Las vías de este tren se alargan, llegando muy lejos. Todos los destinos se parecen, aunque siempre es una nueva experiencia dejar tu huella en cada uno.

— ¿Y cual es esa huella?

—Mmmm, supongo que eso solo lo puede saber quien se queda tras mi marcha.

— ¿Cuánto queda para que yo lo sepa?

—Eso depende de ti.

—Dependerá de cuándo decidas irte.

—Pues eso, que depende de ti.

—…

—Bueno… ¿por qué siempre hablamos de mi? Quiero saber algo de tu vida Greg, seguro que tienes cosas interesantes que contarme.

En ese momento, no fue solo el fuego de la chimenea lo que iluminó la cara de Greg. Con media sonrisa en su rostro envejecido y la otra media torpemente disimulada, pudo ver a través de la ventana que se encontraba tras Anne Marie cómo caían gotas desde el tejado. Eran pocas, quedaba mucho para que el deshielo diera paso a la primavera, pero le llenaban de esperanza y de calor.

— ¿Y bien?

Tras unos balbuceos iniciales producto de los nervios, Greg pudo arrancar por fin. Él hablaba y hablaba y ella atendía, medio recostada en el sofá y con su perfecta sonrisa. La oscuridad llegó de repente, pero antes de que Anne Marie cerrara la puerta de su habitación, a Greg se le ocurrió algo.

—Oye, Anne Marie…

— ¿Sí?

—Parece que el clima empieza a mejorar, ya debemos estar llegando a postrimerías del invierno. Si quieres, podemos ir algún día a la montaña. La subida es un poco escarpada, pero desde arriba hay unas vistas preciosas.

—Me encantaría.

— ¡Bien! Bueno, emm… ¿lo organizo para la semana que viene?

—Por mí perfecto.

—Pues hecho. Duerme bien.

—Igualmente.

Cuando llevas mucho tiempo sin soñar y finalmente lo haces, esa noche se hace muy extraña. Te sientes confundido… y feliz. El calor le arropó entre las mantas, y el día llegaría y más gotas caerían del tejado. Y la noche siguiente, más calor. Y la semana pasó.

— ¿Estás preparada?

—Síp, vámonos.

El inicio de la subida no estaba ni a un kilómetro de la cabaña. Llegaron pronto, no eran ni las diez. Empezaron la marcha a buen ritmo. Anne Marie avanzaba a paso ligero por la nieve, dando ágiles zancadas; Greg, tras ella, lo hacía entre jadeos, pero la esbelta figura que caminaba frente a él, mientras le animaba a seguir, le hacía más llano el ascenso. Ella se percató de su cansancio, y le propuso parar un rato.

—Me encanta la primavera.

—Pronto llegará, quédate a verla.

Los ojos negros de Anne Marie le miraron profundamente. Greg nunca había visto esa mirada en ella, ni en ningún otro visitante de Cold Stone. Solo se dio cuenta de que ella se le acercaba cuando notó esos labios a un centímetro de los suyos. El beso fue corto y cálido.

Fue entonces cuando Greg vio entre la nieve la primera flor primaveral. A su lado, un charco de agua formado por el hielo derretido reflejaba su cara, mostrando ahora una imagen sin distorsión: la barba desapareció, mostrándose en su lugar una sonrisa esperanzadora; sus ojos dejaron de ver rojo y comenzaron a ver verde; los brazos de una renovada figura juvenil eran ahora los que abrazaban a Anne Marie. Las fosas nasales se impregnaron de los aromas estivales, del calor de un nuevo sol que llenaba la montaña y llegaba hasta el hogar del joven, y que parecía que no se iba a ir nunca.

—Me iré.

— ¿Qué?

—Cuando volvamos de la cima, recogeré mis cosas y partiré a la siguiente estación. Has conseguido prolongar mi estancia, pero veo que tenías razón, finalmente mi partida depende solo de mí. El calor está llegando, pero yo todavía no me he ido. La primera primavera en la que esté, será la única que presencie, y no quiero hacerlo aquí… lo siento.

El charco se heló al instante, y la imagen se volvió a difuminar. El viento se ensordeció, empezó a retumbar toda la montaña. Greg vio como un tsunami blanco se precipitaba hacia él, enterrando su cuerpo bajo el frío más letal que nunca presenció.

Todos hemos estado en Cold Stone. Cuando el tren se para y se abren sus puertas, empezamos a notar los efectos de la estación sobre nosotros. El frío invade nuestros cuerpos y nos envuelve en una pesadumbre que alarga los días y eterniza las noches. Los sentidos se nos paralizan, haciendo que solo queramos y podamos ver al pasajero; nadie más cabe en Cold Stone, ni nosotros mismos. Somos invisibles y frágiles, un hombre viejo y gordo que no puede dormir por las noches. Pero la primavera puede llegar, bien porque el pasajero empieza a ver nuestro reflejo en el agua y no en el hielo, o bien porque una huella en la nieve no dura para siempre. O al menos la mayor parte de las veces es así. Pero puede llegar alguien que pise tan fuerte, que no habiendo llegado nunca el calor cuando ella está, al partir el frío permanece.

En cuanto a Greg, vio como Anne Marie se alejaba sin volver la vista, mientras él seguía atrapado en la nieve. Ella se fue para llevar el invierno a otra estación, pero en Cold Stone éste duró para siempre.

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#10

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:25

RELATO Nº 9

LA MADRE


Cómo no tener miedo de esa vieja mujer que arrastraba su vida entre luto y vergüenzas. Ella, que no había abandonado ni por un instante la casa en que habitaba desde la muerte de su esposo, era la madre de mi querida futura mujer. Quién no conocía en esta ciudad la historia de esta señora. Quién no había oído hablar alguna vez de la tragedia de su padre, que perdió su única hija por culpa de un bandido, de un don nadie sin pasado que acabó ahorcado años después como acaban todos los de su calaña.

Y ahora, esa mujer nos miraba, en un largo silencio, con esos ojos hundidos por el peso de diez años de soledad y miseria. Nos inspeccionaba como quizá lo hizo su padre cuarenta y tres años antes, cuando ella y su difunto marido regresaron de una fuga apasionada y clandestina para anunciar lo que nadie quería ni deseaba escuchar. Nos escudriñaba desde esa atalaya que era la butaca mientras pensaba y pensaba quién era yo y por qué aparecía allí en su templo, su Luxor, para anunciar que su única hija, su único testimonio real de que alguna vez tuvo un marido, iba a casarse conmigo.
Luego, tras sorber las últimas gotas de un té que desde hacía horas era frío, habló: -no fue fácil para nosotros. Tu padre, María, no era un hombre como los de ahora. Llegó a esta ciudad un día cualquiera, sin ningún apellido ni honor. Vestía como vestían los desheredados, armado con dos pistolas y unas espuelas oxidadas. Era una criatura sacada de las entrañas del tiempo, forjado por los fuegos de una pasión ya olvidada, salvaje como el viento. Tu padre me arrebató de tus abuelos con la violencia de ese amor que tanto dolor produjo en nuestra familia. Un amor que manchó el apellido de tu abuelo y condenó mi vida al secreto y al rumor. El precio de ese dolor fueron treinta y cuatro años de felicidad y una hija que eres tú, María. No fue fácil dejarse arrebatar por el hombre que amaba y amaría, no fue fácil castigar todo mi universo por sólo treinta y cuatro años de una condenada felicidad. Debes saber a cuánto renuncié para acabar entre los brazos castigados de tu padre. Debes saber qué significa amar a quien te arranca, a quien te mortifica y a quien te adora. Si no entiendes este dolor, si no comprendes la esencia del sufrimiento, no podrás entender lo que es amar eternamente. No hay amor infinito sin dolor, como no hay amor sin amor eterno. No, sin duda alguna que no lo hay.

Sus manos temblaban mientras invocaba los recuerdos del pasado. Nosotros callábamos y esperábamos. Después, mirándome a mí, siguió: -y tú, ¿qué sabes del sufrimiento? Vienes aquí desprendiendo miedo; miedo ante una vieja y arrugada mujer como yo. ¡Cómo si mi aprobación ante este matrimonio fuera indispensable para ratificar vuestro amor! No, no deberías mostrar miedo ante mí. Mi marido, que en paz descanse, no esperó nunca los beneplácitos de los demás. Escúchame bien jovencito: no voy a permitir esta relación y mucho menos este matrimonio. ¿Quieres a María o simplemente crees que la quieres? Demuéstrame y demuéstrate que aceptas el dolor del amor, que entiendes que la eternidad requiere la mortificación de vuestras dos almas. No, no voy a permitir que os caséis pues en la facilidad y comodidad no encontraréis la eternidad. No encontraréis en mí ninguna aprobación ni ninguna herencia. Si lo que pretendéis es casaros, entonces lo haréis sobre la humillación de mi negativa. Viviréis en esta ciudad como mi marido y yo vivimos: siendo el fruto de los rumores y la fuente de las vergüenzas, pero con amor. Aquí está vuestro dilema: amarse eternamente y sufrir mi ira y mi reniego, o la nada.

Sus torcidas piernas levantaron su cuerpo cansado y, tras mirar el retrato de su difunto esposo -el salvaje hombre que la embarazó y la arrebató de su buen nombre y su fortuna, alejándola de una vida fácil entre los suyos- se alejó deambulando entre tambaleos y suspiros. María lloraba a mi lado, padeciendo el dolor que quizá, según su madre, volvería inmortal nuestro futuro amor.

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#11

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:26

RELATO Nº 10

VALERIA


Era de mañana y aún hacía frío. Confundido entre los petersburgueses, atravesaba la ciudad en dirección al gran almacén del viejo judío Salzmann. Al doblar una esquina, por fin apareció ante mí la mole finisecular, heraldo de una nueva, símbolo de todo lo que yo creía erróneo en el mundo.

Entré. Había bastante gente, que acaso estaría resguardándose del frío mientras curioseaba por entre las mercancías en exhibición. Durante la hora siguiente recorrí el establecimiento para familiarizarme: estudié las variadas secciones, la ubicación de puertas y escaleras, el movimiento de gente… Imaginé un plano entero, recreé lo visto y proyecté un día común y corriente en el almacén Salzmann. Considerándolo suficiente, decidí irme, abandonar esa atmósfera viciada por el interés pecuniario y el consumo, el gran tinglado capitalista para esclavizar a las masas.

Debí haber estado cegado por el furor revolucionario, pues no noté que avanzaba directamente hacia una caída estrepitosa. Choqué contra una mesa, y era tal mi ímpetu que volé por encima de ella para aterrizar en unos artículos de vidrio que se reventaron en decenas de pedazos sobre mi cara.

Sentía las miradas sobre mí, y no me atrevía a incorporarme totalmente para no tener que encarar a la gente que se había juntado como si presenciase una obra.

Luego sentí unas manos sobre mi brazo derecho. Ejerciendo una suave pero segura presión, me fueron empujando lentamente hacia arriba, y cuando estuve levantado vi a una joven erguida frente a mí, inspeccionándome con su profunda mirada.

En ese mismo instante sus ojos me dominaron por completo, apoderándose de todo mi ser. Me sentí infinitamente pequeño, reducido a nada. Pero a la vez experimenté un extraño gozo cual nunca había vivido.

Cuando la oí hablar ya me había olvidado por completo de todo, y creí que no había nada fuera de nosotros dos. Su voz era la quintaesencia, el éter, lo que mantiene todo junto.
—Estoy bien.

Obviamente no lo estaba. Una vez que regresé a la realidad, el dolor también lo hizo. Vi pequeñas gotas de sangre en el suelo, y la cara entera me escocía. Algunas de las personas que miraban mostraban repulsión. Pero el ser que estaba enfrente no se inmutaba, y seguía atento solamente a mí.
—Señor, necesita que le limpien sus heridas. Por favor, venga conmigo.

La seguí. Durante el trayecto nunca soltó mi brazo derecho. Debería haberle dicho que no hacía falta, pero el contacto con ella, aun a través de mi saco raído, la tímida fuerza de su mano sobre mí, era una sensación tan placentera que no deseaba que acabara.

Entramos al baño y ella cerró la puerta tras de sí. Inmediatamente abrió el grifo y tanteaba esperando a que el agua saliera caliente.
—Salzmann tiene dinero, ¿no? Agua corriente y calentadores en este edificio, impresionante— seguía diciendo estupideces.

Volteó, dirigiéndome una breve sonrisa. Al parecer tomó mi comentario como un permiso para hablar, porque inmediatamente dijo:
—Por fortuna solamente se le ha raspado la cara. Puede agradecer que no se le haya incrustado ningún vidrio, especialmente en los ojos. Ahora acérquese.

Me acerqué al lavabo y, tras verme en el espejo, sumergí la cabeza en el agua jabonosa. La sensación era agradable, pero no se comparó con el momento en que ella introdujo sus manos y con sus dedos acarició mi cara, limpiando mis heridas, acelerando mi pulso, exaltando mi mente.

Estaba inclinada justo a mi lado, y podía sentir su acompasada y cálida respiración sobre mi nuca. Era la curación maravillosa, la regeneración total.

Después retiró sus manos, y me dijo que podía sacar la cara. Lo hice lentamente, extrañando la tibieza. Al abrir los ojos, vi que el agua había tomado un ligero tinte rosado. En el espejo se reflejó mi rostro surcado por diminutas líneas. Luego su cuerpo se interpuso entre mis dos yos, y una toalla blanca me oscureció la visión. Nuevamente sentía su contacto a través de una barrera entre nuestras pieles; el culmen había pasado. Ya no era el paciente necesitado de atención urgente, sino el convaleciente relegado.

Hizo unas recomendaciones sobre un ungüento y sobre no rascarme las costras por nada del mundo. Y al final añadió otra corta sonrisa. Llegaba el momento de la separación, y yo ideaba formas de evitarlo. Pero seguía totalmente trastornado, y no se me ocurría nada que dejara una buena impresión.
—Muchas gracias por todo, señorita… —alcancé solamente a decir, esperando que ella me diera su nombre y me confirmara si estaba libre.
—Valeria Petrovna Rybakova.

Y de nuevo el silencio. ¿Sería indiferente? ¿De veras no se interesaba para nada en mí al grado de no preguntar mi nombre, o era timidez? El mismo hecho de que me atendiera con tanto cuidado no disipaba mis dudas; podía interpretarlo como alguna simpatía (aunque, ¿por qué habría yo de parecerle simpático?) o bien como algo que hubiera hecho con cualquier persona (pero, entonces, ¿por qué ese contacto, a veces casi innecesario, por qué esas miradas y sonrisas que tampoco sabía descifrar?).

La razón me había abandonado; sus armas habían perdido filo y habían quedado inutilizables. Solo dije mi ridículo nombre, única herencia de mi padre, a quien ni siquiera honré dando mi patronímico.
—Soy Velizar Velikov. Estoy muy agradecido por su ayuda, y lamento haberla distraído por tanto tiempo de su trabajo. Me gustaría poder pagarle de alguna forma.
—Señor… Velikov, no tiene por qué retribuirme nada. Hice lo que cualquiera hubiera hecho.
—Pero que nadie hizo —dije, aferrándome a lo poco que podía.

Y de nuevo su sonrisa lacónica. ¿Qué quería decir?
—Por favor, déjeme invitarla a un café.
—Es difícil, señor Velikov. Después del trabajo cuido a mis hermanos.
—¡Entonces tráigalos! No es molestia. Incluso podemos llevarlos al parque; se divertirán y yo le ayudaré con la carga.
—No es ninguna carga, señor. Esos niños son mi vida, y agradezco a Dios cada momento que paso con ellos. Ahora debo volver a mi trabajo, señor Velikov, por lo que le ruego que me disculpe y le deseo una pronta recuperación. Recuerde el remedio; estoy segura de que le irá bien.

Y el última tablón que quedaba se había deshecho. Asentí, me hice a un lado y observé cómo se iba. Hasta ese momento no la había visto de lejos, su forma de caminar. Era un paso delicado pero seguro, humilde y soberbio, y lo que sobresalía de su negro pelo recogido se mecía en tándem con su cuerpo.

Salí del almacén. Ya no hacía tanto frío, pero ¿de qué servía si por dentro era un invierno eterno donde la única fuente de luz y calor se había extinguido?

*****

El invierno se convirtió en infierno.

Pasé la tarde encerrado en mi cuarto. Debería haber ido con el grupo, pero no sabía cómo enfrentarlos. Ya no creía en su misión. Ya no creía en ellos, ya no me importaban, ya no me importaba nada.

La imagen de Valeria afloraba, y me visitó continuamente a lo largo de la noche. Pero se esfumaba, y no me alcanzaba a decir nada.

Pero al día siguiente ya estaba decidido. Me planté delante del destartalado edificio de la calle R***. Entré; olía el tabaco, y al final del pasillo en tinieblas se vislumbraba una luz mortecina. Caminé hacia ella, hacia el grupo.
—No habrá bomba —dije, justo antes de mostrarme en el umbral —. No habrá explosión. Es imposible hacerlo sin que alguien muera.

Clavaron los ojos en mí. Estaban todos: Elkin, el único al que podía llamar amigo, Tsvetkov, Filippov y Zaitsev, el líder.
—Desde el principio establecimos que eso no era impedimento —dijo éste —. No queremos una maldita masacre, pero dos o tres son prescindibles, y más estos cresos que frecuentan el almacén. Y, ¿qué demonios le ha pasado a tu cara?
—Me he roto una botella accidentalmente. Escuchen. Nadie nos asegura que no muera gente común o empleados. No habrá bomba.
—Deliras. Tu misión era determinar el mejor punto, no si habrá uno.

Miré a los demás. En sus rostros se reflejaba la pálida luz. Parecían espectros, ángeles exterminadores dispuestos a todo. Pero me aventuré.
—Puede que no estés de acuerdo conmigo, pero ¿y los demás?

Tampoco ellos. Se quedaron callados, incluso Elkin. Al parecer Zaitsev los había adoctrinado aún más. Sonreía odiosamente, mostrando sus dientes torcidos.

En eso sentí una ira que crecía adentro, como si todo lo acumulado en el último día hubiera entrado en reacción y esperara a arder.
—¡Engañados, ingenuos, obnubilados! ¿Qué no ven que todo esto es fútil? Aunque derribaran el almacén, aunque los derribaran todos, ¿creen que colapsará el sistema del mundo? El zar, la burguesía, pueden caer, pero la historia nos juzgará por haber derramado tanta sangre, por buscar justicia sin misericordia, igualdad por degradación. El futuro no será mejor con el fuego de las bombas ni las muertes de inocentes, ¡idiotas!

Y salí hacia el almacén. Le contaría todo a Valeria, y que ella hiciera lo necesario. Zaitsev era un fanático y no desaprovecharía la oportunidad de mandar su mensaje.

Media hora después, al cruzar un callejón me jalaron y tiraron al suelo. Cuando volteé, estaban Zaitsev, Tsvetkov y Filippov con palos de madera.

No dijeron nada. Tsvetkov dio el primer golpe al estómago, sacándome todo el aire al instante. Siguieron golpes en la espalda, piernas y brazos. Trataba de no gritar, pero el dolor se manifestaba en mi cara. Encorvado, abatido, miraba al suelo cuando oí los pasos de Zaitsev. Aún no había intervenido.
—Hoy te daré por muerto, Velizar Semiónovich. Pero si reapareces, te perseguiré hasta las mismas puertas del infierno.

Y diciendo eso, dio el golpe final en la cabeza.

*****

Cuando desperté, vinieron todos los recuerdos en tropel. Me levanté a duras penas y corrí. Al doblar la esquina, vi el almacén Salzmann incendiándose, despidiendo un espeso humo negro. Zaitsev había dado el último paso; era una bestia, un agente de destrucción, y yo lo había permitido.

Entré. A través de las llamas y el humo, con los ojos ardiendo y tosiendo sangre, avancé. Entonces la vi, tendida en el suelo. Me tiré a su lado. Su cara estaba negra; su vestido, deshecho por el fuego; las manos, quemadas.

Abrió los ojos. Aun en la penumbra, su mirada me dominó nuevamente. Pero esta vez entendí: no había oportunidad.
—Perdóname. Perdóname, Valeria. Lo intenté, pero no pude, no he podido evitarlo.

Se quedó quieta, como asimilando todo, retrotrayéndose desde el primer encuentro hasta éste. Luego habló. Su voz, debilísima, seguía siendo infinitamente bella.
—Lo entiendo, Velizar Velikov. Pero usted no necesita mi perdón.
—Sí, lo necesito para seguir viviendo. Usted me ha salvado, Valeria, pero yo no he podido salvarla a usted.

Entonces lloré, lloré como no lo hacía desde niño. Valeria me atrajo hacia ella, hacia su pecho. Ardía.

Nos quedamos así un rato. Ella me habló, y yo escuche. La conocí como nunca había conocido a nadie. Antes de morir, sonrió. Esta vez pude responder. La besé hasta que el calor de sus labios la abandonó.

*****

He sacado su cadáver, asistido a su funeral y a su entierro. Conocí a los pequeños León y Grisha. No eran solamente sus hermanos: eran la única familia de sangre que le quedaba. Gracias a una carta que Valeria dejó, podré adoptarlos. Ella me ha descifrado desde el inicio, ha presentido mi transformación. Siempre me conoció.

Hoy he entregado papeles del grupo a la policía. En ellos reporto nuestras actividades, detallo modus operandi, direcciones y datos de todos.

Tendré que huir. Zaitsev me estará buscando, y a la policía del zar no le agradará que un ex terrorista, por más cooperativo que sea, ande suelto. Me entregaría, pero debo velar por los niños. Después de que consiga la potestad, nos iremos. Antes de morir, Valeria me habló de unas personas en Gdansk. Llegaremos allí, eventualmente. Trabajaré en el puerto, en algún periódico o lo que sea. Nos estableceremos, León y Grisha estudiarán y crecerán. Es curioso; me recuerdan mucho a ella, pero ya los quiero por lo que son.

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#12

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:26

RELATO Nº 11

LA MUERTE NOS REPUDIA

Todo en él parecía estar ardiendo.
El aire que respiraba parecía inflamarse en llamas al inundar su boca. Las heridas de sus manos escocían como si se hubiesen empapado en alcohol. De su pecho lacerado emanaba un fluido espeso, negruzco, que apenas era reconocible como sangre. Y sus ojos, antes hogar del océano, eran ya un claro reflejo del infierno.
Y sin embargo, aún la amaba.

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Las promesas de amor eterno eran raras entre los de su clase. Pues estas palabras, en sus labios virados al púrpura, tenían un sentido del que carecían entre los humanos.

Jamás iban a morir.

Pero pasarían la eternidad intentando destruirse.

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Habían tomado mil nombres, mil mentiras. Ocultándose entre un gentío al que no pertenecían. Ocultándose del otro, y volviendo siempre a él. Su droga, su aliento, su perdición.
El bullicio de la City londinense era ahora su coartada. Las luces hacían frente al cielo oscuro. Los ojos de ella hacían frente a los de él. Como puñales de zafiro, la intensidad de sus miradas rozaba lo salvaje.

— Te odio.

Ella rió.

— ¿Y?
— Quería que lo supieras.

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Aspiró el perfume de su cabello color caoba, y se sintió morir cuando el aroma de las rosas saturó su ser.
Ella le acariciaba el rostro, dulce como jamás lo había sido.
Cubiertos por las sábanas de aquel motel, parecían casi una pareja más.
De la manga de su camisón violeta salió un puñal. Lo asió, y en una fracción de segundo le desgarró el cuello.
Un gruñido salió de él a la par que manaba la sangre. Gutural, ronco. Moribundo.

— Te quiero.

---------------



Se despertó, con la cruda tela empapada de sangre. Inspiró con fuerza, mientras frotaba la marca de su garganta. El olor metálico de su RH positivo no había logrado eliminar la fragancia que la inundaba a ella.
Desde la cama, pudo oír el correr del agua en la ducha.
Se levantó, casi desnudo y salpicado de sangre seca por todo su cuerpo. Tiró del cajón de la mesilla, bruscamente, hasta que consiguió sacarlo. En su fondo, una caja forrada de terciopelo le esperaba.
Con la caja en las manos, se dirigió al baño. De la puerta, entreabierta, se escapaban vaharadas de cálido vapor. Allí, el olor a gel y a antiséptico cubría el sombrío ambiente de las camas.
Tras la traslúcida cortina, ella se duchaba. En ello, hizo caso omiso a la entrada de su amante.
Él sacó un revólver. Disparó, a través de la cortina, que con previsible dramatismo se cayó a la par que ella se desplomaba en la bañera. La sangre aún fluía de la herida cuando se acercó a besarla, liberando su cara de la plástica cubierta.

— Yo también te quiero — exhaló ella.

--------------



Londres quedaba ya muy atrás. Un denso torbellino de más besos, sangre y pasión había barrido ya los recuerdos de aquella noche.
Él escribía, rememorando sus tiempos en Córdoba. A pluma y tintero, rasgueaba sobre aquel cuaderno de cuero la historia inacabable que llevaba viviendo desde siempre.

Una historia donde nadie sino ella podía ser la protagonista.

Habré olvidado mis nombres, pero los suyos permanecen grabados a fuego en mis entrañas, como sé que ella atesora los míos. Fátima. Así quiso ser cuando nos encontramos en Medina al-Zahra.
De mis días en Córdoba apenas recuerdo más que su cuerpo desnudo y su perfecta cadencia cada vez que me agasajaba en árabe. Ni los libros, ni los palacios, ni las palabras del Califa. Nada más que ella y todo cuanto puedo odiarla.


Una gota roja cayó sobre la tinta negra, seguida de muchas más. Él miró hacia arriba, donde ella sonreía, con las muñecas sangrantes cortadas de arriba a abajo.
Lamió el papel, sintiendo en su lengua la amarga tinta fresca y el hierro del rojo líquido. Ella le sonrió aún más.

— Transilvania. Romariç — le susurró al oído, mordisqueando su oreja.

Le empujó sobre el escritorio, uniendo sus labios con los suyos y humedeciéndolos en su propia sangre. Sus finos brazos se perdieron en su cuerpo.

— Fuimos los mejores vampiros que jamás han tenido. Cassandra... — replicó apasionadamente.

De un tiro, la bombilla que alumbraba la sala se quebró en mil pedazos.

---------------



Pasaban los años, nada cambiaba. Era otoño en París, y ella caminaba de la mano de un joven de ojos verdes.
Las hojas secas caían sobre ellos, movidas por la fría brisa del norte. Ella se estremeció, y su acompañante no tardó en cubrirla con su chaqueta.

Merci... Pierre.
— Oh, Aloïs... combien est-ce que je peux t'aimer, ma rose d'hiver?.

A los pies del río, con los árboles desgajándose sobre ellos, se abrazaron. De la nada, apareció él. Pistola en mano. Instantes después, encañonaba a Pierre, apretando el cañón contra su sien. Sonreía, con malicia.

— Tardabas demasiado — musitó ella en inglés, con tristeza.

Pierre, perdido por completo, no sentía más que el frío metal en su cabeza y el temor por la joven que amaba.

Mais qu'est-ce que...

Un disparo a bocajarro cortó las palabras de Pierre. Ella, situada enfrente, se vio salpicada de la sangre y los sesos del hombre al que hacía escasos segundos estaba abrazando.

— Quería estar con él — se lamentó ella, al borde del sollozo. — De verdad.

Él sonreía, mientras hundía su pie en el cuerpo del joven francés.

— Si no no me habría molestado. Aloïs — añadió entre el desdén y la adoración.

Ambos se marcharon, cada uno por su camino, con la certeza de que acabarían cruzándose de nuevo.

---------



El Big Ben presidía su escena. De nuevo, Londres, eterno símbolo de sus encuentros más irrelevantes, se abría para ellos.
— Ha pasado mucho tiempo — dijo él.
— Más de lo que acostumbramos.
— ¿Le querías, no es así?
— Más de lo que he podido querer a nadie sin odiarle en la misma medida.
— Entonces no pude llegar en mejor momento.
— Al principio pensé que no duraría, que no tendrías paciencia. Después llegué a pensar que lo dejarías pasar. Pero nunca lo dejarás pasar.
— Lo único que quiero en esta vida es que no seas feliz, mi amor.
— Te odio — dijo ella, tal y como no muy lejos de allí, le había declarado él hacía años.
— ¿Y?
— Que eres el veneno que pudre mi cuerpo inmortal. Que eres la criatura más despreciable que la eternidad puede albergar. Que soy adicta a ti. Que soy tan jodidamente despreciable como tú. Y que si no podemos morir será sólo porque la misma muerte nos repudia.
— ¿Y? — repitió él, indiferente.
— Que te quiero.

----------------



Dejaron, como siempre, su impronta en el hotel. Rosas, sangre, sexo y pólvora. Sumidos en su juego interminable, donde el mayor amor posible no era más que el más venenoso de los odios. Privados del cambio, al estar privados del tiempo para realizarlo.
Mientras tanto, el mundo siguió girando a su alrededor. Y hasta que no dejase de hacerlo, nada en él podría ser para ellos más que una gota en el océano.
Como el océano de sus mismos ojos, en el que no podían sino ahogarse.

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#13

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:27

RELATO Nº 12

ECOS


Dicen que todas las cosas importantes en Buenos Aires suceden en un café con macetas, música de radio, y el aroma de la leche con vainillas. La primera vez la vi en el café que hay en la esquina de Corrientes y Maipú, donde paro a desayunar. No me fijé mucho en ella, solo me llamó la atención el parecido.

La segunda vez la vi en el almacén. Esta vez me pude fijar mejor, porque llevaba mis otras gafas, y pensé que mis ojos me mentían. Con setenta y tres años es lo normal.

La tercera fue en el bistró Panucci, que ha sido uno de mis rincones favoritos durante cuarenta años, y allí estaba otra vez. No solo eso, sino que llevaba ese vestido azul que tanto me gustaba. Puede que la falda fuera algo más corta, y las mangas tenían algo diferente, pero era ese mismo vestido.

Y no tenía sentido. Hacía casi cuarenta años que ella no tenía ese aspecto. Había estado muerta durante siete, y si había decidido regresar de la tumba y ponerse ese vestido, ¿por qué no decirme nada, o venir a mí? Después de todo, estuvimos casi medio siglo juntos.

Pero ella tenía sesenta y ocho cuando murió, y ahora tenía el mismo aspecto que cuando la conocí. Traté de sonreírle desde lejos, pero miró a través de mí.

Fui al baño, me eché agua en la cara, traté de asegurar que no había estado soñando las últimas décadas. Pero mis rodillas y mi espalda se quejaban, recordándome que los setenta y tres seguían ahí. Y el espejo me devolvía un rostro con poco pelo, ralo y blanco, poca barbilla, y un ojo más cerrado que el otro por ese ictus que a veces me cuesta reconocer haber tenido el año pasado.

No era gran cosa como rostro en mis días buenos, y ahora acababa de ver a una mujer que era la viva imagen de Irene.

Cuando salí ella estaba aún en su mesa. No sé cómo, pero reuní el valor para hablarle.

—Si me excusa, señorita —le dije— ¿le puedo robar unos momentos de su tiempo?

Me miró con aprensión, probablemente pensó que parecía inofensivo, y me hizo ademán con la cabeza. Me senté.

—Gracias, mire, es que se parece lo imposible a una persona que conocí, incluso en el vestido y el perfume —ella me miraba, pero no respondía—. Me llamo Alfonso Balbiani.

—¿Qué quiere usted? —me dijo, ignorando mi mano.

—Mirarla más de cerca, asegurarme. Se parece usted tanto —me miraba dudosa—, y no, no estoy tratando de engatusarla: soy lo bastante mayor para ser su abuelo, y los meseros le dirán que he estado viniendo a este sitio toda la vida y no tengo por costumbre importunar a otros clientes. Solo estoy aturdido por la combinación del chianti de la casa y el parecido de usted con alguien que me importaba mucho.

—Perdone si fui brusca —me contestó, con la expresión más tranquila, y me impresionó su voz, esa voz que no me había acostumbrado a dejar de escuchar—. Me llamo Irene.

Fue mi turno de mirarla fijamente.

—¿Se encuentra usted bien? —me preguntó, después de un instante tenso.

—Estoy bien —dije—, pero la mujer a la que te parecés, perdoná si te tuteo porque no lo podré evitar, también se llamaba Irene.

Ante su asombro, extraje de la cartera aquella foto que le hice a la entrada del Luna Park, hace cuarenta y siete años, y la miró, en sus colores desvaídos, y le tocó entonces abrir mucho los ojos y llevarse la mano a la boca y decir que hasta llevaban el pelo parecido. Me preguntó de cuándo era la foto, le dije cuarenta y siete años, mirá, ahí se ve la fecha en el reverso.

Me preguntó si era mi esposa. Le dije que sí, y que había fallecido hacía siete años.

—¿Y no tiene usted hijos? —preguntó—. ¿Nietos?

—No.

Ahora era su turno de mostrar interés, estas cosas no se ven todos los días, era algo que no tenía explicación. Me preguntó si estaba jubilado, qué hacía. Le contesté la verdad: que me retiré hace años, hago poca cosa, leo literatura francesa, paseo, de vez en cuando miro cosas que me interesan en Internet. Pero por la mayor parte solo trato de pasar el tiempo mientras espero a reunirme de nuevo con Irene.

—¿Cómo murió? —preguntó de súbito—. No, perdone, es indiscreción.

—No, no, es natural. Cruzaba la avenida con las bolsas de la compra, un automóvil a setenta no la vio venir, se acabó. Pasó en un instante —le dije, con la punzada del recuerdo—. Al menos no sufrió.

—Dios mío, es horrible, cuánto lo siento. ¿Lo vio usted?

—No, yo estaba adentro en el almacén, terminando de pagar la compra. Pero sí lo escuché. Sonó como una palmada, como el inicio de un trueno.

Lo que no le dije fue que, igual que un trueno, o que el grito de su nombre en mi garganta, el eco de aquel día retumbó alargándose en el tiempo sin fin, llenando mis días de otros ecos. Igual que un trueno, el silencio que hay después no es el mismo que el silencio antes, porque está lleno de ese sonido bajo y terrible que te recuerda que eres una cosa muy pequeña y estás a merced de la vida, y que la soledad que te espera al final solo es un silencio lleno de ecos como ese, y que vivirás asustado como un niño hasta que la muerte te reclame y dejes de escucharlo por las noches.

—Te agradezco tu tiempo —dije—. No pretendía molestarte, ha sido como ver a mi Irene otra vez, joven y guapa, como yo la recuerdo.

—¿Es así como la recuerda usted? ¿Como en la foto? ¿Tal como era hace cuarenta y tantos años?

Saqué otra foto, tomada el año antes de morir Irene. Tenía como quince kilos más, su pelo era blanco, y alrededor de sus ojos había arrugas. Miré la foto por un minuto, luego se la entregué.

—Esta es ella, también —le indiqué—. Verá, cuando miro la foto, yo la veo más allá de los años, no sé cómo explicarlo. Creo que todas las mujeres son lindas, cada una a su manera, y mi Irene era la más hermosa de todas.

Me miró con una expresión extraña un momento, sin perder la sonrisa.

***

La vi de nuevo, porque suelo cenar dos veces a la semana en el Panucci, y también coincidimos haciendo la compra. Trabamos más conversación, inevitablemente.

Los demás la veían también, hablaban con ella, por lo tanto no era un fantasma o aparición regresada del más allá. ¿Una hija secreta? Absurdo. Y tampoco eso explicaba los mismos gestos, el mismo perfume, las ropas, la manera de hablar, de comportarse. De sonreír.

Se dice que todos tenemos un doble en alguna parte, un doble perfecto, resistente al escrutinio de los pequeños detalles, pero nuestros caminos nunca se cruzan. Nunca di crédito a esas cosas, y tampoco lo hago ahora. Quizá sea más bien que ciertas vidas también dejan ecos detrás de sí, como los ruidos fuertes, que se propagan en todas direcciones, rebotan y vuelven a nosotros. Imaginé, en mi delirio, que si uno vive, que si uno ama con la suficiente intensidad, puede dejar ecos en el mundo.

Empezamos a quedar regularmente, los lunes de seis a siete, en el café de Corrientes. Pero poco después me dijo:

—Alfonso, no creo que pueda venir el lunes siguiente. Mi prometido ha estado de viaje, y vuelve el mismo lunes.

—¿Tu prometido? —repetí, no queriendo traicionar el nudo en mi estómago—. Nunca lo mencionaste antes.

—Bueno, no pretendía ocultarlo —me contestó—. No hemos hablado tanto.

—Te felicito entonces. ¿Cuándo es la boda?

—Gracias —me contestó—, pero en realidad no estoy segura.

—¿No fijaste fecha?

—No es eso. Es que... bueno, no estoy segura de querer pasar el resto de mi vida con Carlos—dijo, y suspiró, como quien se quita de un peso—. ¿Sabés? Creo que necesitaba decir eso, a alguien. Con mi familia o mis amigas no hablo nunca de esto. Quiero a Carlos, por supuesto, y es muy bueno conmigo, y amable, y voy a cumplir treinta, y...

La dejé hablar. Era claro qué le pasaba. Siguió hablando de su familia, de lo bueno que era Carlos (odioso para mí, al instante, los sentimientos son así de irracionales), y de cosas que no importan porque todo lo que se dice antes del "pero" no importa en realidad. Me preguntó cómo estuve seguro de casarme con Irene. Que envidiaba mi matrimonio, cómo era posible que duráramos cuarenta y siete años y solo la muerte nos hubiera separado, que tenía conocidas que se casaron con el hombre de su vida y no habían aguantado juntos dos años.

Pero esa no es pregunta que pudiera responder. Como dijo el poeta, para quien no cree, ninguna explicación es suficiente, y para quien cree, ninguna es necesaria.

Carlos vino con ella en una ocasión, seguramente para asegurarse de que yo era tan viejo y falto de atractivo como ella me describía. Debió de quedar satisfecho, pues no vino más. Era un joven agradable, que la miraba absorto, como quien contempla su Zahir particular.

***

Me la encontré otras dos veces en El Ventanal; en ambas la convidé a café. Sabía que me estaba enamorando de ella —no, me había enamorado de ella ya desde el primer instante, otra vez, ¿qué otra cosa podía yo hacer?—, y me torturaba pensar que si era una reencarnación de mi Irene, puesta en este mundo de nuevo como un eco para mí, entonces se iba a casar con un joven agradable llamado Carlos. Pero no lo era, tenía pasado, me enseñó fotos de ella cuando chica, me presentó amigas que la habían conocido de siempre, y mi Irene solo había estado muerta siete años. No comprendía lo que pasaba, pero sabía que no podía haber dos al mismo tiempo. Y era imposible. Ella solo veía un anciano en mí. Nos separaba demasiado tiempo; toda una vida.

Pero comprendí hace poco.

La semana pasada, me preguntó si yo tuve dudas cuando decidí casarme con Irene.

—Ninguna —le contesté—. En ningún momento, del primero al último.

Me miró durante largo rato. Empezaron a aparecer bocetos de lágrimas en sus ojos. Resultaba, según me contó, que Carlos le había puesto un ultimátum: fijar una fecha o romper el compromiso.

—Daría lo que fuera —dijo— por estar tan segura de un hombre, de cualquier hombre, como vos de tu Irene.

Me besó en la mejilla, se despidió hasta el próximo lunes.

Ayer no fui al Panucci. Estuve en el Pórtico, donde voy ocasionalmente, pero no había estado desde hacía tiempo.

No lo esperaba, pero lo encontré cuando fui al baño. Fue entonces cuando comprendí del todo.

Tardé en darme cuenta. Su rostro no me saltó a la vista como con Irene, pero claro, hacía muchos años que no lo había visto. Le dije buenas noches, trabé conversación, le enseñé otra foto. Al principio desconfiaba, pensaba que le había estado siguiendo, no se creía que la foto era antigua. Lo pude convencer de que no, que era alguien que se le parecía. Alguien que conocí hacía tiempo.

Después que lo invité a café y aprendí que le gustaba la literatura francesa, la comida italiana, y que había roto con su novia hacía poco, ya no tuve dudas.

—Tengo que presentarte a una chica —le dije.

También mencionó que se llamaba Alfonso, pero eso yo ya lo sabía.

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#14

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:27

RELATO Nº 13

EL ÁRBOL


Bajo el amparo del árbol frutal donde pasamos los mejores días de intimidad, juramos que nuestro amor no sería truncado por las mareas del tiempo cambiante, que el parecer juicioso del resto de las personas no afectaría ni condicionaría nuestros sentimientos mutuos, y que no importaba cuantos conflictos, revoluciones, ideologías o cambios se produjeran a lo largo de nuestras vidas, pues nada de ello manipularía nuestra percepción de la persona a la que amábamos.

Debajo de aquella copa de hojas y ramas que se entrelazaban y mezclaban como un abrazo afectuoso, nos prometimos que superaríamos juntos todos los retos de la vida, y que nuestros sentimientos trascenderían más allá de la muerte. Nos teníamos el uno al otro, y eso era lo que nos bastaba. No necesitábamos creer en la palabra de Dios, ni unirnos en santo matrimonio bajo los votos sagrados para hacer de nuestra unión algo real a los ojos de los demás, ni necesitábamos firmar un documento escrito que acreditase nuestros sentimientos como algo legal para con el gobierno y la sociedad. ¿Qué significaban aquellas promesas hechas hacia un ser todopoderoso invisible y su declarado mensajero encarnado? ¿Qué autenticidad tenían esos papeles que se perderían en una marabunta innecesaria de documentos traspapelados? ¿Cuántos de aquellos que juraron amor eterno hacia su pareja, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separase, acabaron desuniéndose bajo el nombre del divorcio, o en el caso más extremo y pesimista, cediendo ante la cólera psicótica de la violencia?

Rechazamos aquellos convencionalismos que durante generaciones, a lo largo de los siglos, se constituyeron como algo necesario e incluso obligatorio para hacer que nuestro amor fuese algo real y auténtico a ojos de la sociedad, de los gobiernos y del omnipresente ser que lo dominaba todo desde lo desconocido. Retamos a todo aquello y a las personas que se opusiesen, incluidas instituciones, gobiernos o dioses, porque no necesitábamos la aprobación de absolutamente nadie más, aparte de nosotros mismos, para saber que nuestra unión era real tan solo con mirarnos a los ojos.
Contemplar ese brillo parpadeante como tintineos silenciosos que precedían a esa sutil y delicada sonrisa, esa leve curvatura de la comisura que denotaba la seguridad y satisfacción en su rostro, continuado con un rubor que lejos de extraer la vergüenza, mostraba la sorpresa y un regocijo tímido de felicidad contenida por la suerte de estar juntos, en ese preciso instante, sin que nada lo entorpeciera. Esos tiernos y sensibles momentos de afecto, confianza, y bienestar, era todo lo que necesitábamos para saber que ese sentimiento era real y único.

Jurar un amor eterno en la adolescencia suele ser sinónimo para muchos de inexperiencia, y una cabeza repleta de clichés, pero cuando a lo largo de los años mantienes la palabra y la felicidad del primer día, el destino empieza a dibujarse como una realidad alejada de fábulas quinceañeras. En ese momento me di cuenta que el secreto solo residía en nosotros, en las personas, en los seres humanos y en lo que sintamos por dentro, en lo sinceros que seamos con nosotros mismos y con quienes compartimos el día a día a lo largo de nuestra vida.

Quien crea que hallar el amor perfecto es encontrar a alguien que complete nuestros vacíos interiores, está equivocado. No busqué un complemento que me llenase, sino una persona con la que compartir mis virtudes, y que aprendiendo junto a ella, me hiciese alguien mejor en la vida, capaz de dar más y pedir menos. De esa manera es como el amor se transformó gradualmente en algo simbiótico, y a través de la experiencia y la reciprocidad mutua, afianzamos aún más nuestros lazos, creciendo como seres humanos, como personas al margen de todo lo establecido condicionalmente por leyes, creencias y mandamientos. Encontramos nuestro propio sentido de la vida, del bien y del mal, y finalmente, el camino que queríamos recorrer juntos.

Años y más años fueron pasando, y lejos de agrietar las cadenas que nos mantenían juntos, estas permanecían fuertes e irrompibles. El resultado de nuestra unión dio como fruto preciosos vástagos a los que criamos y educamos transmitiéndoles el mismo amor y respeto que sentíamos nosotros. Les guiamos en su crecimiento, y cuando tuvieron la edad de decidir, les orientamos dándoles la libertad necesaria para que descubrieran ellos mismos que era lo que realmente buscaban en la vida, sin que nada ni nadie tuviese que condicionar sus deseos. Queríamos que ellos hallaran su propio camino de manera independiente, sin que nadie dijera hacia dónde debían dirigirse, ni con quién debían juntarse. Nosotros encontramos nuestro camino de esa forma, y dictaminar algo distinto habría sido una hipocresía y un reflejo de lo falso y carente de autenticidad que eran nuestras vidas; pero era real, todo lo que sentimos era de verdad, y por tanto era imposible traicionar nuestro propio credo.

A medida que las arrugas en nuestra piel se hacían más visibles, y el paso del tiempo se ensañaba cada vez más con nuestros deteriorados cuerpos, resultaba evidente e imposible de ignorar el hecho de que tarde o temprano nos separaríamos en esta vida. No sabíamos quién podía ser el primero en desfallecer, pero creíamos profundamente en nosotros, y en seguir juntos incluso más allá de nuestro fallecimiento.
Hay parejas que encargan sus tumbas y lápidas para que estén adyacentes, y así permanecer juntos; pero para nosotros esto no era más que encarcelar nuestro ser en cajas de madera, criptas de cemento, y barreras separándonos de cualquier contacto con el verdadero mundo. Nuestra súplica para permanecer juntos era mucho más simple: verter nuestros restos al pie de aquel árbol de ramas entrelazadas que nos cobijó, y nos otorgó innumerables horas de compañía, mientras se fraguaba nuestra unión en intimidad. Fue nuestro testigo y confesor, y no se me ocurría otro ser viviente mejor que aquel para certificar nuestro vínculo irrompible, el cual nos otorgaba el oxígeno y los frutos que nos permitían vivir tanto a nosotros como al resto del planeta. La idea era hermosa y triste al mismo tiempo, ya que aquel acto recogía un significado repleto de simbolismo. Era devolver algo que habíamos ido recogiendo a lo largo de nuestra vida, y retornarlo al lugar donde algo nuevo era posible incluso cuando el fin llegaba.

Sabíamos que un día tendríamos que enfrentarnos al mayor de nuestros temores: perder nuestra alma gemela. Y así fue. Tuve que enfrentarme al hecho de vivir para decir adiós por última vez a mi amor, a la madre de mis hijos, y a la mujer que me otorgó el don más valioso, y que todos anhelamos por mantenerlo perpetuamente en nuestras vidas: la felicidad. El dolor de no sentirla a mi lado era poderoso, pero no me venció. Cumplir mi promesa de llevar sus cenizas al pie del árbol, y desear estar a su lado ahí, en ese hoyo recién cavado con mis temblorosas manos, era una tentación que me empujaba a adelantar mi ida con extrema y egoísta ambición, pero no me venció.

Había algo más fuerte que todo aquello. Cuando me sentía deprimido, veía las fotos de nuestros hijos, hablaba con ellos, y ayudé a crecer a mis nietos. Ver como toda nuestra experiencia, nuestros conocimientos, y nuestra noción de la vida había trascendido a ellos, era el verdadero regalo que podía depararnos lo que quedaba de vida, tanto para mí, como para mi difunta pareja mientras respiró. Contemplar aquellos orgullosos hijos, quienes hallaron el verdadero significado de la felicidad junto a sus parejas, y cómo seguía transmitiéndose a través de sus retoños, era la manera más clara de demostrar al mundo que nuestro amor seguía siendo eterno a través de las venideras generaciones.

La satisfacción por una vida completa culminó el día de mi desvanecimiento. En mi lecho de muerte, hijos e hijas, yernos y nueras, nietos y nietas, además de otros allegados, se agolpaban alrededor de mí, tristes en expresión, pero vitales y prósperos en su interior. Mi vida acababa, pero para mí no era el fin. Ellos continuaban mi legado y el de mi amada en esta vida, y yo trascendería a un plano distinto, desconocido y sin atestiguar. Confiaba en que mis seres queridos cumpliesen mi última petición, y no dudé ni un instante en que ellos realizarían mi deseo.

Ahora no puedo ver ni oír, pero sigo latente de alguna manera. Es puro sentido. Es noción. Sabía que me habían depositado en el lugar que les encomendé: al pie del árbol. Allí debía estar mi querida cómplice, aguardando mi llegada. Noté como mi incorpórea forma ascendía, y finalmente formaba parte de una nueva estructura, una comuna difícil de identificar en principio, pero que finalmente reconocí como el propio árbol en sí.

Seguía vital, existente dentro de aquel organismo, y conformando un nuevo estado que debía descubrir por mí mismo, al tiempo que trataba de hallar un signo de la presencia de mi amada. Mi percepción me indicaba que me encontraba en una de las múltiples extremidades que formaban el complejo conglomerado de ramas entrelazadas, todas ellas emparejadas, formando una maraña enigmática y poco usual. Era un solitario en un mar de elementos distribuidos a la perfección, con la excepción de una única rama, algo apartada, que también se hallaba señera. Un pálpito me estremeció el sentido, y a partir de entonces, un deseo se abrió ante la energía que me seguía manteniéndome vital: debía alcanzar esa rama.

El tiempo era intrascendente en esta forma, y su cuantificación inútil. Todo lo que podía hacer era expresar de alguna manera ese afán de avanzar con tesón, hasta alcanzar el objetivo marcado. Mi percepción me reportaba algo interesante: esa otra rama también crecía en mi dirección. Ambos queríamos alcanzarnos. Desafiando las propiedades físicas de aquellas maderas, curvando sus figuras, y avanzando en una ficticia carrera contra el desasosiego y la ansiedad, logramos alcanzar el cénit de nuestro propósito: establecer contacto.

Y entonces, supe que eras tú.

Más allá de la vida, más allá de la forma en la que existíamos, y sin la necesidad de encontrar una respuesta lógica a lo que percibíamos, volvimos a estar juntos una vez más. Ya no importaba preguntarnos qué sería de nosotros si aún fuésemos humanos, porque teníamos la seguridad de que nuestra prole mantendría el espíritu que engendramos. Ahora solo restaba existir, seguir compartiendo nuestra compañía y nuestro amor, juntos, y sentirnos felices.
Aquel árbol que nos unió una vez, había vuelto a reunirnos, y no podíamos pedir nada más a cambio. Sin embargo, no fue necesario reclamar para recibir algo a cambio. Todas las ramas del árbol empezaron a dar frutos, y nosotros no fuimos una excepción. Crecieron con nosotros, y en la madurez se desprendieron para diseminar con ellos lo que habíamos empezado hace mucho tiempo, ya fuese en forma de alimento, o procreando con sus semillas. El ciclo era bien conocido por nosotros, y seguimos viviendo felices en el interior de aquel gigante vivo, perpetuando el bien que habíamos iniciado en el pie de ese mismo árbol bajo nuestro íntimo y sincero juramento.

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#15

Escrito 01 diciembre 2011 - 19:28

RELATO Nº 14

LAS PUERTAS DEL CIELO

Parting is bitter and weeping vain
For all true lovers will meet again
For no fate can sever my love from me
For his heart is the river and mine is the sea
*
The Parting (Tradicional)

*Separarse es amargo y en vano es llorar
Ya que los que de verdad se aman se volverán a encontrar.
Nada de lo que pase podrá el amor que siento cortar
Pues su corazón es el río y el mío es el mar.


Nada más verla me di cuenta. Fue una luz. Un momento. Una eternidad. Yo era todavía muy joven e inocente. Me preguntaréis cómo puede saber una persona si está enamorada si es la primera vez. Yo lo supe. No sabría explicarlo, pero así fue. No tuve más que escuchar mis propios sentimientos. Sin camuflarlos. Sin refrenarlos. Y ellos solos emergieron. Con fuerza. Rompiendo con todo lo anterior. La tristeza infinita de mis ojos. La soledad perpetua de mi alma. Vi esa luz. Y todo cambió. En un momento. Noté el rubor de mis mejillas. Agua en un pozo seco hasta entonces. Noté el temblor de mi cuerpo. Movimiento donde antes solo había rigidez. Noté cómo se iba formando una sonrisa en mi rostro. Luz donde solo había una sombra. Y noté que estaba realmente viva. Y vi en mi interior cosas que jamás había llegado a imaginar que pudieran existir. Formas. Colores. Movimientos. Desconocidos. Hermosos.

Fuimos muy felices. Su sola presencia bastaba para llenarme cuando estaba vacía. Su voz, sus palabras, me hacían flotar; y, creedme, es tan hermoso volar. La quise tanto, tantísimo... Y ella me quiso por igual, ni menos ni más, porque en el amor sobra el comparar. Nunca le pregunté nada sobre su pasado, sobre su vida, y ella nunca me preguntó a mí. Éramos dos navegantes perdidas en el océano, encontradas y unidas por nuestro amor. Sin pasado. Sin futuro. Solo el Presente. Sin preocuparnos de nada más. Solo nosotras. Solo nuestro amor. Y creedme: era tanto lo que teníamos...

Fue todo un hermoso sueño hasta que ella murió en mis brazos un lluvioso atardecer. Sus manos, todavía calientes, unidas con las mías. Su piel, suave, tan conocida, tan misteriosa. Sus párpados cerrados nunca más descubrirían la luz de sus ojos. Yo era solo una niña entonces. Dieciséis inviernos. Tres primaveras. Lloré amargamente sobre su pecho. En el mío sentía un dolor inmenso que apenas podía soportar. Y prometí que nunca la dejaría ir. Ir al lugar al que llamamos cielo...

No pude parar de llorar. Era increíble que hubiera tantas lágrimas en mi interior, tanta tristeza, tanto dolor. Las lágrimas eran el amor que yo sentía por ella, desprendiéndose de mi cuerpo, pero mi amor era infinito y mis lágrimas nunca cesarían. Y lloré como nadie hubiera llorado nunca antes, comprendiendo en aquel mismo instante que nada en este mundo podría llegar a consolarme. Sentí entonces una respiración profunda a mi espalda y, al momento, unas manos ya frías sobre mis hombros. Dejé escapar un grito de sorpresa, y después de asombro. Porque esas manos eran las mismas que yo había amado. Las manos de la muchacha que yo amé y que descansaba ya en el sueño eterno. Me llevó más hacia ella y me abrazó con fuerza y ternura, como temiendo perderme o tener que soltarme. Yo también temí perderla al darme la vuelta y mirarla a sus ojos…
Danzamos juntas sin parar hasta el amanecer, llorando de felicidad, temiendo que fuera un sueño del que íbamos a despertar. Me apretó más fuerte entre sus brazos y acercó sus labios a mi oído. Su voz me llenó: «Nunca te dejaré. Nunca me apartaré de tu lado».


Oh, la locura... ¿Qué sabrán ellos? No pueden comprenderlo. Todos en el pueblo piensan que estoy loca. Sesenta años no pueden haber sido un sueño. Ni un día me ha dejado sola. Ni un día ha dejado de venir mi amor. Y todas las noches bailamos juntas hasta el amanecer.


Ahora tengo ochenta años. Esperando a la muerte, el momento final. Mi amor está arrodillada junto a mí. Nuestras manos unidas. Nuestros corazones juntos. Me mira con sus dulces ojos: «Pronto vendrás y estarás conmigo por siempre». Siento una gran sensación de bienestar en mi interior, dejando este cuerpo mortal atrás. Todo es luz. Y frente a mí, el camino de la eternidad. Siento su cuerpo cercano, abrazándome. Y cruzamos bailando juntas las puertas del cielo.


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