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Encontrado 2 resultados

  1. Yemeth

    1 Mensaje 1 Obra

    Mira que original. Pues eso, pones una obra que te guste y te marchas. Tanto arquitectura, escultura como pintura sirven. Eso si, al menos poned titulo y autor. ¡Empiezo yo! ¡Convirtamos el hilo en una enciclopedia artística de proporciones colosales! ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Sansón. Joseph Solomon.
  2. Durante la Edad Media europea se puso de moda algo que podríamos considerar tan descabellado como es utilizar polvo de momia egipcia triturada como remedio medicinal. Se empleaba para tratar un sinfín de afecciones: diarrea, artritis, poliomelitis, reuma, etc. También servía para preparar ungüentos que supuestamente podían aumentar la potencia sexual o evitar el envejecimiento. Se sabe a ciencia cierta que el rey de Francia Francisco I (1494-1547) acostumbraba a viajar con una provisión de polvo de momia. De esta manera, si enfermaba o resultaba herido podría sanar rápidamente gracias a sus “propiedades curativas”. Quizá influenciado por tan importante personaje, años más tarde un rey de Navarra envió a Egipto a su médico personal en busca de tan preciado “medicamento”. En el siglo I, el escritor romano Plinio el Viejo describió por primera vez las bondades del polvo de momia: “corta hemorragias, cicatriza heridas, trata cataratas, sirve como lilimento para la gota, cura el dolor de muelas y el catarro crónico, alivia la fatiga al respirar, corta la diarrea, corrige los desgarros musculares, endereza las pestañas que molestan al meterse dentro de los ojos”. En 1571 el médico italiano Pietro Andrea Mattioli (1501-1577) en su obra "Los discursos" extendía su uso a anginas de pecho y hemorragias. En Turín, en el mismo siglo XVI veían la luz unos manuscritos que describían el proceso de fabricación del licor de momia: “carne de hombre joven y sano, muerto de muerte violenta, como ingrediente básico. Se corta en trocitos pequeños y se mete en un tarro de cristal, bien cubierta de aceite y se precinta el tarro. Se deja durante un mes, luego de destila en una retorta. Por cada libra de producto destilado, se añade triaca y musgo. Se mezcla todo con diligencia y de nuevo se deja durante treinta días en lugar caliente”. Ante tales propiedades, no es de extrañar que nobles y gobernantes de la época quisieran hacerse con tan preciado producto cuyo comercio ya había nacido en el siglo XII, controlado en su mayoría por judíos y popularizado por un médico árabe de nombre Al-Magar, que tenía la costumbre de recetar aquella sustancia a sus pacientes. Así Pierre Pomet, el boticario de Luis XIV, escribió extensamente sobre las virtudes médicas de la mumia, llegando a conferir un grabado detallado, y no muy exacto, sobre cómo imaginaba que las momias estaban preparadas para el entierro. La utilización de momias con fines terapéuticos comenzó por un desliz lingüístico. Antiguamente los persas comerciaban con betún, un líquido negro y viscoso al que se le atribuían propiedades saludables al que llamaban “mumia” (mummia, mumiya, mum). Cuando algunos mercaderes europeos llegaron a Egipto y contemplaron por primera vez una momia creyeron que estaban recubiertas de betún, de mumia. Nada más lejos de la realidad. Para mantener los cadáveres en buen estado, los egipcios embalsamaban los cuerpos revistiéndolos con unas resinas y sales que con el tiempo se descomponían dándoles un aspecto oscuro y duro, parecido al del betún. Se produjo la confusión: si la mumia tenía propiedades milagrosas para el cuerpo humano, también lo tendría aquello con lo que se impregnaba a las momias egipcias. Los cruzados culminaron el proceso ya que contaban que la mumia tenía propiedades milagrosas, curando inmediatamente las heridas y soldando en pocos minutos los huesos rotos. El acercamiento con la cultura árabe y el conocimiento de las maravillas de oriente en la Europa cristiana facilitaron que los polvos de mumia se hicieran un hueco en los albarelos de las reboticas. Las consecuencias fueron muy negativas, ya que todo aquel que se creía algo tenía que hacerse con el supuesto medicamento: el polvo obtenido al atomizar las momias se diluía en vino o en agua con miel y se dispensaba a la atribulada clientela. Tal fue la necesidad creada, que en algunos casos se llegaron a vender directamente trozos de cadáveres o, también, una pasta de coloración negruzca. Además, en un alarde de creatividad, se elaboraron y comerciaron unos ungüentos obtenidos mezclando sustancias oleosas, a los que se atribuyeron efectos rejuvenecedores de la piel. Aunque todos esos productos poco tenían que ver con las momias egipcias, estas se convirtieron en un negocio muy lucrativo. Al principio no fue difícil conseguirlas, pero el tremendo aumento de la demanda provocó que la materia prima empezase a escasear. Los saqueadores de tumbas se esmeraban al máximo, pero su trabajo no conseguía abastecer al próspero mercado europeo, por lo que no hubo más remedio que recurrir a la falsificación. No tardaron en aparecer comerciantes sin escrúpulos que momificaron alegremente cuerpos de esclavos, cadáveres abandonados o personas ajusticiadas, dando gato por liebre a incautos boticarios. La primera persona en denunciar el uso fraudulento de la mumia fue el cirujano francés Ambroise Paré (1510-1590). Lo curioso del tema es que el doctor Paré conoció la realidad de la estafa en una conversación con un personaje originario de Navarra. De las crónicas se deduce que el rey navarro era un adicto consumidor de polvo de momia, pero su popularidad era tanta que la demanda superó a la oferta. No se sabe si a instancias del monarca o por iniciativa propia, pero en 1564 se encuentra a Guy de la Fontaine, el médico personal del soberano, en la ciudad egipcia de Alejandría comprobando la magnitud del problema de escasez e intentando adquirir in situ el preciado remedio. Ambroise Paré relataba años más tarde el chasco que se había llevado Guy de la Fontaine al evidenciar que todo lo relacionado con la mumia era un enorme fraude: "Un día, hablando con Guy de la Fontaine, médico célebre del rey de Navarra, y sabiendo que había viajado por Egipto y la Berbería, le rogué que me explicase lo que había aprendido sobre la mumia y me dijo que, estando el año 1564 en la ciudad de Alejandría de Egipto, se había enterado que había un judío que traficaba con momias; fue a su casa y le suplicó que le enseñase los cuerpos momificados. De buena gana lo hizo y abrió un almacén donde había varios cuerpos colocados unos encima de otros. Le rogó que le dijese dónde había encontrado esos cuerpos y si se hallaban, como habían escrito los antiguos, en los sepulcros del país, pero el judío se burló de esta impostura; se echó a reír asegurándole y afirmando que no hacía ni cuatro años que aquellos cuerpos, que eran unos treinta o cuarenta, estaban en su poder, que los preparaba él mismo y que eran cuerpos de esclavos y otras personas. Le preguntó de qué nación eran y si habían muerto de una mala enfermedad, como lepra, viruela o peste, y el hombre respondió que no se preocupara por ello fuesen de la nación que fuesen y hubiesen muerto de cualquier muerte imaginable ni tampoco si eran viejos o jóvenes, varones o hembras, mientras los pudiese tener y no se les pudiese reconocer cuando los tenía embalsamados. También dijo que se maravillaba grandemente de ver cómo los cristianos apetecían tanto comer los cuerpos de los muertos. Como Guy de la Fontaine le insistiese en que le explicase cómo lo hacía para embalsamarlos, dijo que extraía el cerebro y las entrañas y hacía grandes incisiones en los músculos: después los llenaba de pez de Judea, llamada asfaltites, y con tiras de ropa mojadas en dicho licor las colocaba en las incisiones y vendaba separadamente cada parte y cuando esto se había hecho envolvía todo el cuerpo en un trapo impregnado del mismo licor. Una vez efectuado todo esto los metía en cierto sitio y les dejaba que se "confitasen" dos o tres meses. Finalmente Guy de la Fontaine le dijo que los cristianos estaban bien engañados al creer que los cuerpos momificados fuesen extraídos de sepulcros antiguos y el judío respondió que era imposible que Egipto pudiese proporcionar tantos millares de cuerpos como eran pedidos por los cristianos, pues es falso que en aquellos días se embalsamase a nadie, ya que el país estaba habitado por turcos, judíos y cristianos, que no acostumbraban a usar tal tipo de embalsamamiento, como era habitual en los tiempos en que reinaban los faraones". Casi seguro que Guy de la Fontine regresó a la Baja Navarra decepcionado y dejando a Juana III de Navarra descompuesta y sin polvo de momia egipcia.
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