Regreso al Pasado: Double Dragon

Regreso al pasado

A lo largo de la década de los 80 y primeros 90, este humilde servidor de ustedes siempre llevaba a cabo un sacrosanto ritual cada vez que acompañaba a progenitores y familiares a algún bar o restaurante: rastrearlo de cabo a rabo, hasta el último de sus rincones, en busca de ese tesoro que sin duda convertiría una aburrida sesión gastronómica en un alucinante viaje interactivo de imprevistas consecuencias. Dicho tesoro no solía hallarse en el interior de un cofre, sino bien resguardado en las entrañas de un mueble de unos 172 cm de alto, 64 de ancho y 83 de fondo (medidas de la legendaria First Games, una de las cabinets generalistas que más se expandió por tierras españolas). Raro era el bar, tasca o restaurante que no disponía de una de aquellas máquinas arcade que, aunque ni mucho menos dejaban para el dueño tantas ganancias como las tragaperras, servían para que la chavalería de entonces nos amontonáramos alrededor de ella durante horas para alivio de los padres que acudían a dichos locales.

Regreso al Pasado: Double Dragon Captura de pantalla
Así, bien en algún rincón apartado del recinto, bien junto a las omnipresentes tragaperras, o bien incluso en el exterior si el local contaba con una amplia terraza, en la mayoría de las ocasiones la búsqueda finalizaba de manera satisfactoria, por lo que sin más tardanza me posicionaba frente a aquella cabina arcade multiplaca (no era común encontrarse con alguna cabinet dedicada a un único juego, ya que las multiplacas eran mucho más económicas para el dueño, permitiéndole además cambiar de juego cada cierto tiempo con relativa facilidad). Por regla general contaban con un par de sticks americanos (los mandos occidentales tipo palanca, ya que los de bola eran más del gusto del público oriental), tres botones cóncavos (de nuevo los más usados en territorio occidental) para las acciones del juego, botones para uno y dos jugadores engalanados con esos graciosos muñequitos, un par de placas de metal en los rincones para dejar descansar el cigarro mientras se jugaba (como pueden ver, eran otros tiempos), y un alucinante monitor de tubo de 21 gloriosas pulgadas (o más) que dejaba en el más absoluto de los ridículos a ese televisor tipo trinitron de 14 pulgadas al que solíamos conectar nuestros modestos aparatos de 8 y 16 bits para jugar en nuestras casas.

Si los salones recreativos que salpicaban la geografía española eran el Jardín del Edén para los jugadores de entonces, aquellas máquinas solitarias que podían verse en bares y restaurantes no significaban para nosotros otra cosa que una más que agradecida embajada del Paraíso Terrenal situada en territorio extranjero. La pega de la dichosa maquinita era que necesitaba 25 pesetas para funcionar (los micropagos de entonces, para entendernos), pero aquello no detenía a jugones acérrimos como el que esto suscribe. Todo consistía en firmar un pacto con el progenitor: él introducía unas cuantas monedas de cinco duros en mi bolsillo, y yo le dejaba tomarse su cerveza con tranquilidad; al menos bajo mi punto de vista, era un trato justo en el que ambas partes salíamos ganando. Pocas cosas producían más emoción en el corazón de este ahora achacoso jugón que encontrarse ante un mueble nunca antes visto (¿qué juego contendrá?), o ante uno ya conocido pero que estuviera apagado (¿descubriré un juego nuevo cuando lo encienda?). Aquel mágico momento, que llevaba a revelar un Final Fight, un Street Fighter II, un Willow, un Ghouls ’n Ghosts, un Rambo III, un Pang o vaya usted a saber qué, solía quedar grabado en mi memoria para siempre jamás.

Regreso al Pasado: Double Dragon Captura de pantalla
Precisamente, uno de dichos momentos que guardo con especial cariño me lleva a principios de 1988. Era un local cercano al trabajo de mi progenitor, por lo que solía frecuentarlo de vez en cuando. Dicho local jamás había contado con una recreativa, así que cada vez que iba allí no me quedaba más remedio que aburrirme como una ostra mientras me tomaba un refresco, hasta que en dicho año sonó la flauta: un mueble arcade había aparecido en un rincón, junto a la barra, y toda la chavalería del barrio se había reunido en torno a él, de manera que no podía atisbar ni una minúscula pulgada del monitor para ver de qué juego se trataba. Solo llegaba hasta mí el sonido, ¡pero que sonido! Los altavoces tronaban a todo volumen (se ve que el dueño no había dado instrucciones al técnico que trajo la cabina arcade para que bajara el sonido de la máquina, bien por olvido o bien por desconocimiento del alto número de decibelios que podían llegar a alcanzar esos cacharros), por lo que todo el local temblaba presa de los contundentes efectos especiales de aquel juego. Nada más escucharlos ya sabía que me encontraba ante un título nuevo. Uno de ostias, dado que eran ostias las que se escuchaban. Pero ostias como panes, simuladas con unos FX dignos de una película de Terence Hill y Bud Spencer.

Hasta entonces jamás me había llamado la atención el apartado sonoro de un videojuego; ni siquiera los carismáticos FX de juegos como Pac-Man o Super Mario Bros. recibían la más mínima atención por mi parte. Pero aquello era distinto; ya fuera por su contundencia o por la habilidad con la que había sido creado, el apartado sonoro de aquel todavía desconocido juego hizo que me enamorara de él aún sin haber atisbado uno solo de sus píxeles. Aguardé pacientemente a que el público que atestaba la recreativa remitiera. Lo hizo en cuanto el individuo que estaba jugando vio el mensaje de Game Over, ya que afortunadamente el resto eran solo mirones que abandonaron el local al unísono. Así que allí estaba, era toda mía; yo tenía lo que ella quería (por supuesto, había aprovechado los minutos en los que la recreativa estuvo ocupada para dar la tabarra a mi progenitor, por lo que hasta tres monedas de cinco duros aguardaban en mi bolsillo, deseosas de cumplir con su labor), y también sabía dónde tenía que introducirlo para que, al menos durante unos minutos, me jurara amor eterno. Tras insertar la primera moneda en la ranura, surgió ante mí la pantalla de título: Double Dragon, así se llamaba aquel videojuego. En fin, querido lector constante, hemos llegado a nuestro destino. Disculpa que te haya contado esta batallita durante el trayecto, últimamente me dejo llevar demasiado por la nostalgia. Es hora de entrar en faena. Aparcaré el DeLorean aquí, en el interior del garaje donde comenzará todo, justo al lado de… Un momento, ¿qué demonios hace aquí el coche del Road Avenger?

Regreso al Pasado: Double Dragon Captura de pantalla

Double Dragon

Año de lanzamiento: 1987

Plataformas: Arcade, NES (versión también disponible en Wii bajo Consola Virtual), Master System, Spectrum, Amstrad, MSX, Commodore 64, PC, Atari ST, Amiga, Atari 2600, Atari 7800, Mega Drive, Lynx, Game Boy (versión también disponible en 3DS bajo Consola Virtual).

Antes de nada, hay que dejar clara una cosa: Double Dragon no es el primer videojuego de tortas a destacar en la historia de los videojuegos, ya que ni siquiera inventó la rueda de los “yo contra el barrio”. Juegos consistentes en dar cera a los contrincantes ya los había antes, pudiendo nombrarse como uno de los más relevantes al histórico Kung-Fu Master (Irem, 1984), al que muchos consideran primer juego de tortas de la historia si eliminamos de la ecuación títulos de boxeo y similares. Otro juego de mención obligatoria es Yie Ar Kung-Fu (Konami, 1985), siendo éste también encumbrado por no pocos estudiosos del videojuego como el primer juego de lucha uno contra uno lanzado al mercado (de nuevo, dejando a un lado títulos que trasladaban deportes de contacto con más o menos soltura). En lo que a beat ’em ups se refiere (entendiéndose el género beat ’em up como ese juego de repartir bendiciones a mano abierta en el que los escenarios cuentan con profundidad, brindando al jugador la posibilidad de desplazarse en ocho direcciones en lugar del izquierda/derecha habitual), el honor de inaugurar todo un género corresponde a Nekketsu Kōha Kunio-kun  (Technos, 1986), título que en occidente fue tuneado (no pocos aseguran que más bien envilecido) para convertirse en Renegade. Pues bien, este Double Dragon casi podría considerarse una secuela espiritual de dicho título, si bien a efectos prácticos tanto DD como Kunio-Kun son dos series distintas. Pero las semejanzas están ahí, ya que de entrada ambos juegos comparten no solo compañía desarrolladora, sino también director: Yoshihisa Kishimoto, quien en el pasado también participó en las películas interactivas (o sea, títulos al estilo Dragon’s Lair en los que todo es full motion video y quick time events) Road Blaster y Cobra Command.

Pag. 1 de 7

Anterior Siguiente

Comentarios

1997-2018 © MeriStation, All Rights Reserved

Webs de PRISA

cerrar ventana